Relumbrar en este instante de peligro

Walter Benjamin no supo de Inakayal, aunque debió experimentar emociones similares. El primero vino al mundo en Berlín, cuatro años después de que el segundo dejara de existir de una mala manera en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

17/09/2017
Adrián Moyano

Sólo fugazmente el alemán conoció la reclusión mientras que el mapuche gününa küna soportó tres años de cautiverio. Benjamin se quitó la vida al intuir que nada se interponía entre él y las oscuridades del totalitarismo. Alrededor de la muerte de Inakayal el suicidio también es una de las hipótesis, aunque no tenga sustento en la cultura del pueblo al que pertenecía.

El longko expiró después de una jornada de agonía el 24 de septiembre de 1888. El crítico también sufrió antes de que su corazón se detuviera, el 26 del mismo mes pero de 1940. Los dos murieron lejos de su origen. Se dice que Inakayal nació a orillas del arroyo Tecka pero no hay mayores certezas al respecto. En cambio, sí se sabe de sus residencias alternativas sobre el río Caleufu, el río Limay o el lago Nahuel Huapi. En el caso de Benjamin no hay dudas: Alemania se reconocía como imperio cuando sollozó por primera vez, en Berlín. Inakayal quiso viajar al reencuentro de sus newen desde La Plata pero no pudo, porque sus captores no permitieron que muriera según las enseñanzas de su pueblo. Inclusive hoy existen serias dudas sobre si será verdadero su descanso… El filósofo intentaba cruzar la frontera que separa a Francia de España cuando los funcionarios franquistas impidieron su paso. Decidió morir en Port Bou, donde en el presente un par de memoriales señalan el acontecimiento.

Benjamin no supo de Inakayal y yo no sé casi nada sobre su obra, aunque en mis presentaciones suelo recomendar “leer a contrapelo las fuentes wingka” para avanzar en una reconstrucción de la historia mapuche. En realidad, su frase es “cepillar la historia a contrapelo” y según aprendí al finalizar una de sus biografías, está en “Sobre el concepto de la historia”, una serie de textos que su autor no pensó en publicar y que sin embargo, sus amigos elevaron a la categoría de legado. En cambio, el poeta e inminente doctor Jorge Spíndola conoce bastante los aportes del alemán. Al encontrar resonancias entre letras de tayül recopiladas a uno y otro lado de la cordillera con considerable distancia temporal, el autor de “Perro lamiendo Luna” suele citar que “no existe ningún documento de civilización que no sea al mismo tiempo documento de barbarie”. Spíndola se vale de esa cita cuando desnuda referencias a la mortandad que provocó la Campaña al Desierto en viejos cantos mapuche, durante décadas tergiversados por uno de los más empecinados justificadores intelectuales del despojo que sufrió el pueblo mapuche: Rodolfo Casamiquela. Los perpetradores de aquel genocidio pensaban que seguían la guía de la civilización, por cierto europea y moderna… La que sobre todo, fue objeto de reflexión para Benjamin durante su demasiado corta vida.

Su biógrafa1 afirma que “la experiencia, la sensibilidad subjetiva que fluye junto al mundo objetivo, fue lo que Benjamin persiguió en su propia vida” y de acuerdo a esa búsqueda, “buscó una expansión de la experiencia en sus viajes, pero fue obligado a convertirse en exiliado”. Que nadie se confunda, al filósofo nunca le sobró dinero, más bien al contrario. Sin embargo, se las arregló para pasar temporadas en sitios de Dinamarca, Italia, Francia, Polonia o España. A su manera, Inakayal interpretó la existencia en los mismos términos: fue un ñampulkafe, un viajero. A través de diversos testimonios, podemos saber que debió conocer como la palma de su mano las ancestrales rastrilladas que vinculaban el actual sur de Neuquén con el noroeste de Chubut, el oeste cordillerano de Río Negro con el litoral atlántico y quizás, los pasos que a través de los boquetes, vinculaban a Valdivia con el levante. De mar a mar, el Wallmapu sin fronteras… Hay múltiples referencias al viaje como metodología de “expansión de la experiencia” en la cultura mapuche del siglo XIX.

No fue con ese cometido que Benjamin abandonó Berlín pocos días después del incendio del Reicshtag, excusa perfecta para que Hitler como canciller, dispusiera el arresto masivo de comunistas, inclusive los que eran diputados. Se dirigió a París, como muchos otros intelectuales y amigos para sencillamente, prolongar su libertad. Con un cometido más o menos idéntico, Inakayal y su gente abandonaron la margen sur del Nahuel Huapi hacia 1883, cuando supieron que por segunda vez, las tropas argentinas tenían al lago como objetivo. Hay que ponerse en la piel de Benjamin cuando siete años después de sobrevivir como refugiado, resultó evidente que París iría a caer en manos de las tropas alemanas a las órdenes del régimen nazi. Al igual que el longko mapuche gününa, buscó poner distancia hacia el sur.

El último viaje del filósofo y crítico fue a pie. Debió encerrar no pocas penurias, si se tiene en cuenta que su existencia había sido eminentemente urbana y más bien sedentaria. Quizá su corazón se enturbiara como nunca al recibir la negativa de los oficiales españoles de Migración. El último viaje de Inakayal en libertad también terminó en frustración: pensaba en comerciar con los galeses y en acordar nuevas raciones con el oficial argentino a cargo del Fuerte General Villegas. Después de idas y venidas, ese intento significó su cautividad.

Benjamin no alcanzó a padecer el genocidio que se abatió sobre el pueblo judío porque en 1940, aún estaba gestándose. En cambio, Inakayal y su gente sufrieron encierro, “marchas de la muerte”, castigos corporales y torturas psicológicas que en Guantánamo envidiarían por su creatividad. Aunque indirectamente, el alemán fue víctima de un Estado totalitario que llevó su faceta policíaca a un grado espeluznante de perfección. El mapuche gününa küna, de un Estado que necesitó de un genocidio para formarse.

En septiembre de 2017, es evidente que resurgen tentaciones totalitarias en la Argentina. Volvimos a hablar de “desaparición forzada de personas”, de “enemigos internos” y de “terroristas”. Entiendo que Benjamin sugería observar de manera circunspecta a los historiadores cuyas obras funcionaban sobre todo, para apuntalar la perpetuación en el poder de las clases dominantes. La recomendación también es válida para tamizar la labor de los medios de comunicación y sus periodistas.

Al menos en su versión decimonónica y hasta no hace mucho, el marxismo no alcanzó a entender el drama que significó y significa el colonialismo. No hace tanto que sabemos que fuera de Europa, la modernidad es impensable sin su contrapartida lógica, la del colonialismo. Hasta donde entiendo, Benjamin no pensó en términos de-coloniales, postcoloniales o anticoloniales. Aunque quizás sí, cuando en la antesala de su agonía planteó que “articular históricamente el pasado no significa conocerlo «tal y como verdaderamente fue». Significa adueñarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro. Al materialismo histórico le incumbe atrapar una imagen del pasado tal y como se le presenta de improviso al sujeto histórico en el instante de peligro. El peligro amenaza tanto a la permanencia de la tradición como a sus receptores. En ambos casos es uno y el mismo: el peligro de entregarse como instrumento de la clase dominante. En cada época, es preciso hacer nuevamente el intento de arrancar la tradición de manos del conformismo, que está siempre a punto de someterla (…) Encender en el pasado la chispa de la esperanza es un don que sólo se encuentra en aquel historiador que está compenetrado con esto: tampoco los muertos están a salvo del enemigo, si éste vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer”2.

Su biógrafa dice que tanto en su vida como en su trabajo, Benjamin fue no sólo un registro del horror sino también “un índice de las posibilidades que están por ser realizadas –y un instrumento hacia su realización- una vez que todos empecemos a vivir de forma verdadera”. Quizás ahí radique la diferencia más importante entre el filósofo alemán y el longko Inakayal. En la vida y el trabajo del mapuche gününa küna, aquellas posibilidades todavía a realizarse a comienzos del siglo XXI, encontraron plenitud y verdad. Para el pueblo mapuche, la realización terminó cuando el enemigo empezó a vencer. Esa derrota no ha cesado todavía, pero hace tiempo que sus días empezaron a contarse.
 

Glosario
Longko: literalmente, cabeza. Es el orientador con funciones políticas en la organización tradicional mapuche. Suele traducirse malamente como cacique.
Gününa küna: nombre que se dan a sí mismos los llamados por los científicos del siglo XIX tehuelches del norte.
Newen: fuerza o energía de alguna expresión de la naturaleza.
Tayül: canto de función ceremonial.
Wallmapu: noción mapuche de universo. También para designar al territorio ancestral.

1 Leslie, Esther: “Walter Benjamin: la vida posible”. Traducción de Lucía Vodanovic. Ediciones Universidad Diego Portales. Santiago (Chile). 2015.

2 Benjamin, Walter. “Sobre el concepto de historia”. Traducción Bolívar Echeverría. Centro de Estudios Miguel Enríquez. (2003-2008).