Alejandro Dolina: la hermenéutica barrial ilustrada

“La venganza será terrible. 30 años” (Planeta, 2017)

24/09/2017
Diego Reis

Hablar de la obra de Alejandro Dolina supone de antemano, una disyuntiva: si el lector/interlocutor no es un conocedor de la obra del “Negro”, no comprenderá qué o quiénes son el “Ángel gris”, los “Hombres Sensibles de Flores”, los “Hombres Sabios” o los “Refutadores de leyendas”, qué es el “Licor del Olvido” o el “Vino del Recuerdo”, ni comprenderá un sinfín de citas veladas; en cambio, si ya es un admirador crónico de esa obra, de más estarán todas las aclaraciones.

Imaginaremos entonces un lector a mitad de camino de ambas versiones, ni el recién anoticiado de la existencia de un conductor de radio/escritor/ músico/ humorista llamado Alejandro Dolina, ni el fanático y fervoroso seguidor del “Negro” en todos sus avatares (como se confiesa el redactor de este artículo).

Este será un ejercicio de divulgación dolinesca, digamos.

La radio como forma de vida

La excusa de este artículo es la aparición del libro “La venganza será terrible. 30 años”, que el Grupo Editorial Planeta acaba de editar. El volumen es de unas dimensiones considerables y excede las 500 páginas. En ellas abundan los testimonios, los registros, las anécdotas, los fragmentos transcriptos y las fotografías de lo que fueron las tres décadas del programa de radio que todavía sigue engalanando las medianoches argentinas.

A mediados de los años ochenta, Alejandro Dolina y Adolfo Castelo iniciaron en Radio El Mundo, un programa llamado “Demasiado tarde para lágrimas”. El programa salía de lunes a viernes de 1 a 3 de la mañana (es decir, para ser exactos, de martes a sábado). A priori, Dolina estaba desolado: sospechaba que la radio les había ofrecido esa franja horaria como primer paso para despedirlos, ya que su proyecto anterior (el ciclo matutino “Qué extraño es todo esto”) había durado tan sólo un mes. No fue así: “Demasiado tarde para lágrimas” fue transformándose, poco a poco, en un éxito, primero de culto, luego multitudinario. La radio comenzó a llenarse de oyentes que iban transmitiéndose la noticia: había un programa que salía todas las madrugadas, lejos del tono clásico radial, lejos del discurso neutro de las noticias, un programa que rompía todos los discursos. Lo que Alejandro Dolina y Adolfo Castelo inauguraron aquella primera madrugada de los tiempos no era sólo un programa de radio: era una nueva mirada del universo, o lo que es lo mismo, redondamente, un nuevo universo.

Demasiado tarde para lágrimas” cambió de nombre. Fue, fugazmente, “El ombligo del mundo”. Después fue, definitivamente, “La venganza será terrible”. También, con los años, fue migrando en el dial: de Radio El Mundo se mudó a Rivadavia, a FM Viva, a Continental, a Del Plata, a Radio 1o, a Radio Nacional, hasta la actual AM 73o. Los nombres propios también fueron mutando: Adolfo Castelo abandonó prontamente el proyecto, Jorge Dorio se fue y volvió para volver a irse, Guillermo Stronati y Gabriel Rolón fueron los más persistentes (y quienes armaron con el Negro, durante una década, un implacable tridente ofensivo), Elizabeth Vernaci, Daniel Mactas, el “Coco” Silly, Gabriel Schultz, Gillespie, hasta el actual e impecable Patricio Barton. Una sola cosa, un solo elemento se mantuvo, siempre constante: Dolina.

¿Porque qué es, al fin y al cabo “La venganza será terrible”? Un programa de radio que lleva 30 años en el aire. Pero es más que eso, es más que el simple persistir: es un producto cuyo nivel de audiencia (y de calidad) no decae jamás. Eso también explica (y sostiene) dicha persistencia. Pero hay más: “La venganza...” es un terreno en el cual se tratan temas de índoles inhallables en otros espacios, radiales o televisivos, donde se mezclan la filosofía y la voz de la calle, el fútbol y la literatura, la música excelsa y el grito sagrado. Y todos esos temas son tratados (trabajados) con sapiencia, con inteligencia, con ingenio y con la chispa necesaria para encender la atención de cualquier oyente casual. Escuchar quince minutos del programa es (de alguna forma, simbólicamente) haber escuchado los treinta años anteriores del programa; pero nadie que haya disfrutado esos quince minutos puede dejar de escuchar, puede volver a la ignorante medianía anterior.

Allí, cada noche, vemos desfilar a los reyes de Francia y a los zares de Rusia, a Kant, a Borges, a Goethe, a Macedonio Fernández; conocemos la historia de los anteojos y recibimos instrucciones sobre cómo jugar a la escondida o cómo quedar como un príncipe uno que es un poligrillo; escuchamos las canciones versionadas por el “Sordo” Gancé y asistimos a reflexiones sinceras y profundas sobre casi cualquier tópico del pensamiento. “La venganza...” es, para decirlo sin ambages, un programa memorable, superior, criollísimo.

En la contratapa del libro leemos: “Hacer radio salvó mi vida, asegura Alejandro Dolina en estas páginas. A la luz de los hechos, podría afirmarse que también salvó las vidas de algunos otros.”

Los lenguajes, la semiología y la hermenéutica dolinesca

El actor y humorista español Santiago Segura, en el libro que reseña este artículo, se admira y se queja: “En el fondo, siento que con Dolina se excedieron en el reparto de talentos: no es justo que un tipo que escribe los libros que él ha escrito esté dotado a la vez para el canto y la composición. Pero bueno, ya sabemos que la vida es injusta”. La semblanza vale como principio de definición, o al menos de aproximación. ¿Qué es Dolina?: ¿Conductor de radio? ¿Escritor? ¿Músico? ¿Pensador? ¿Divulgador? Todo eso, todo a la vez, sin exclusiones. Como ya bien lo dijo (lo escribió) Jorge Dorio: “Mientras Dolina simula hablar por la radio, está, en verdad, haciendo literatura.”

En cuanto a la escritura, ha escrito los libros de relatos “Crónicas del Ángel Gris” (recopilación de sus históricas columnas en la revista “Humor”), “El libro del Fantasma”, “Bar del infierno” y la novela “Cartas marcadas”.

En el campo de la música, son de su autoría la comedia musical “El barrio del Ángel Gris” (Premio Argentores 1990), la opereta criolla “Lo que me costó el amor de Laura” (acaso su obra más ambiciosa y lograda) y “Radiocine”, que recopila algunas de las innumerables piezas teatrales/musicales breves, compuestas por Dolina para las noches de los viernes de “La venganza será terrible” y que siempre contaban con la participación de artistas estelares.

Ya en el campo del pensamiento y la divulgación, cabe recordar que el humorista gráfico Caloi (gran amigo del “Negro”) inventó un personaje en su honor, al cual hizo dialogar con su clásico Clemente en sus viñetas: el filósofo griego Alexis Dolínades (inspirado en Dolina, claro está). Toda la filosofía del tal Dolínades se resumía en este sonoro aforismo: “Todo lo que hacen los hombres es pa' levantarse minas”. Y aquí estamos ya en el corazón de la cosa, en el meollo del asunto: Si existe lo borgeano, si existe lo kafkiano, entonces existe también, irrecusablemente, lo dolinesco.

Borges decía (hablando de Kafka) que cada escritor crea sus precursores: Dolina ha creado un estilo propio, personalísimo y vistoso. Tan personal que ahora vemos emerger desde las profundidades del tiempo a personajes dolinescos, en contextos innegablemente dolinescos, sentenciando frases eminentemente dolinescas. ¿Qué define ese tono dolinesco? La mezcla del barrio y la filosofía, las diversas mitologías confrontadas con la voz de la calle, ese cruce permanente de discursos, espontáneo, desfachatado y definitivo, es lo dolinesco. Horacio Ferrer, en una de las cartas a modo de prólogo a “Crónicas del Ángel gris” dice: “Recursos de meditación, de invención y de exposición narrativas de tan remota estirpe como la paradoja, la parábola o la ironía, fábulas, leyendas y alegorías son puestas por Alejandro al servicio de éticas y estéticas porteñas.” También nos revela, sagazmente: “Revelar lo desconocido y revelarlo en (lenguaje) porteño (…) son los dos talentos de cabecera en Dolina”. Dicho de otro modo: lectura e interpretación, decodificación y codificación.

Roland Barthes, en el ensayo “El mito, hoy”, escribe: “El concepto fundamental de la semiótica es la relación con los signos con los objetos e ideas que representan, y la combinación de dichos signos en sistemas que denominamos códigos” (“Mitologías”, 1950). Dolina funciona para nosotros como mediador de signos, como traductor de un complejo sistema de objetos y relaciones, como demiurgo creador de ideas y de personajes que podemos ver, entender y querer para siempre.

La hermenéutica suele ser definida como el arte o teoría de interpretar textos. El término hermenéutica proviene de una voz griega que significa interpretar, declarar, anunciar, esclarecer y, finalmente, traducir. Significa el acto por el cual alguna cosa se vuelve comprensible o se lleva a la comprensión. En el campo estricto de la filosofía, la hermenéutica representa una teoría de la verdad, y el método según el cual se expresa la universalización del fenómeno interpretativo desde la historicidad concreta y personal. En ese campo, el de la hermenéutica, en ese mar universal de los sargazos navega el “Negro” Dolina, argonauta criollo, de esas arduas redes desteje los hilos con los cuales urdirá luego la trama secreta que tan argentinamente nos define.

Entonces, intentar clasificar a Alejandro Dolina según cualquier parámetro es una actividad destinada prontamente al fracaso. Dolina es un artista inquieto, ecléctico y, por ende, inclasificable.

La invasión

Alejandro Dolina ha ejecutado una proeza artística de dimensiones borgeanas o tolkienianas: inventó un barrio al cual le estampó un nombre real (Flores); le asignó una cosmogonía singular, sus dioses y sus espíritus (el Ángel Gris, el Árbol Silbador, los Narradores de Historias, Luciano el volador); y lo pobló de seres más o menos pedestres, con algo de héroes (el polígrafo Manuel Mandeb, el poeta Jorge Allen, el ruso Salzman, el músico Ives Castagnino).

En el cuento de Borges “Tlön, Uqbar, Orbis Tertiüs”, un mundo falso, artificial, comienza a inmiscuirse y a devorar el mundo real. Esa circunstancia es deplorada por el narrador, quien se lamenta: “El contacto y el hábito de Tlön han desintegrado este mundo”. Y predice, amargamente: “Entonces desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español. El mundo será Tlön.”

Sin embargo, al pensar en la obra dolinesca, nada más grato que imaginar la invasión de ese mundo que comenzó a fraguarse hace treinta años (y acaso antes) por un muchacho de barrio, sencillo e ilustrado, llamado Alejandro Dolina. Un mundo que fue imaginando desde la radio, desde sus canciones, sus libros, que fue introduciendo subrepticiamente en este mundo nuestro. Un mundo menos adusto, menos rudo. Un mundo donde la fantasía y la magia rigen, aunque sea por un rato; donde los eternos perdedores pueden triunfar, aunque para ello deban irse hasta el mismísimo e infernal Barrio del Dolor, y la recompensa sea apenas un beso fugaz.

Nada más grato que imaginar un futuro en el cual la obra de Alejandro Dolina vaya ganando terreno, conquistando millones de oyentes y lectores, que termine devorando el mundo real, que el contacto y el hábito del universo dolinesco desintegren este universo maula y, entonces sí, para felicidad de todos los Hombres Sensibles, el mundo será Flores.