Tierra prometida: Silvia Urtubey

24/09/2017
Carolina Biscayart

Sobre el silencio Alejandra Pizarnik invoca: el silencio es luz e induce en el poema a beber del silencio/ adentro del silencio. La poeta contrapone el canto a la confusión y a la búsqueda íntima:

Él canta.
Yo acarreo todo en desorden, sin saber lo que traigo, de quién,
para quién, quién habla en la cesta de las llagas:
Él canta.

Y así, los poetas enuncian para aliviarse y en ese remanso acaso clandestino, fugaz o solitario; el lector con sed a esos acordes es vulnerable al misil oculto en las palabras que lee. Vulnerable a conciencia llana. Vulnerable.

Hoy Silvia Urtubey

Sobre la autora: En la presentación inaugural de su libro: La rebelión de la muda, Silvia cuenta que a edad temprana una amiga le regaló un libro de Pizarnik, su lectura empezó a mover de cuajo su ser poético y, aunque ese libro o esa autora hayan quedado atrás, siempre se bebe de la fuente inicial aunque la conciencia de ello esté entre velos y recuerdos. Así Silvia abraza su destino después de diez años de poemas en un libro. Abraza a sus viejos silencios como maestros de la resistencia, la contracara, la mirada aguda del que no se pierde en las palabras; del que por no hablar ve y ver en este caso, es no indiferencia. Abraza un silencio que construye humanidad y la evoca. Abraza a una madre, elemento del destino, de la mudez y de la rebelión. Y, más allá de la aceptación, Silvia nada resigna y dice: No volveré a morir como un ahogado/ en la faena repetida de un destino de barco. Su obra enuncia el daño de lo no dicho, acepta el costo, y canta la vuelta a la palabra. Palabra filosa, hecha con las manos en la arcilla, masticada a golpes de tiempo. La rebelión de la muda es materia /del polvo propagado a golpe de malón.

 

Caer

Desde el monedero cae

la pequeña estampilla.

 

Se la ve desesperar

entre la boca que la expulsa

y el suelo que la espera

como en estos días

en los que solo hay humo.

 

Así debe ser también

el momento en el que se sale de la madre

bautizada de silencios y de puños,

con la cara entre las manos,

los dedos entrenados para no volar.

 

Nunca se pasa por el silencio

de conocer a esa madre

y nunca se pasa por la ventana

de recordar a esa madre.

 

Su dintel, la luces de navidad,

la plaza del triángulo,

el corazón ofendiendo al verano,

son omo los ladridos desesperados

en el trayecto de la bala.

Todo se asemeja entre sí

y a lo otro

cuando se evapora el recuerdo primordial.

 

Si dijera “Querido ciervo, madre”

o “Querida flor, madre”,

no sería una verdad y,

sin embargo, correría sangre

en busca de una palabra justa: alelí.

 

Caer es solo un torbellino misterioso

o su detonación

y se parece a salir de allí

con la piel marcada

de guiones como lunares.

 

No se pueden arrinconar esas marcas de comadreja,

no se pueden borrar esos epitafios.

 

Son barcas obligadas al desarme,

un corazón forzado a golpear

y a navegar este perro, esta liebre,

esta valva huérfana

que el recuerdo procura.

 

(imagen Natalia Buch)

 

Falso Infierno

También la noche,

semejante al sueño que la crea,

tiembla sobre el hueco oscuro

y viene después una primavera.

 

Lo habitual ha sido flagelado en los parques

donde la juventud clava sus uñas.

 

Todo lo que tienen

en sus manos los fantasmas es

la basura o los silencios.

 

Saliendo de sus dientes también está la risa

de tiempo atrás, de falso infierno,

y voces incrustadas después de la nuca

en lo profundo del mar.

El juguete vendrá con su memoria

apegada al espanto de esa certidumbre

que en la infancia se conoce.

 

Habrá una niña mortificada o una feliz criatura

que lleva su silencio colgando de la lengua

como una abanderada cuando se va.

 

Sus pasos detonan explosiones de ausencia,

aplausos de madres, derrame de dulces fogones,

murmullos y flores que duran

el tiempo del beso a un recién nacido.

 

Falso infierno: cuando se lo ve de frente todo calla.

 

Una madre

Me preguntas

si todavía profeso

intemperie y escapismo.

Sí. Los profeso.

Me preguntas si pronuncio

palabras extranjeras

de silencio y esperanto,

firmamento y escarlata.

Las pronuncio.

 

Todo menos nombrarte

bajo la forma de una oruga de seda

creyendo que panoplia

era el nombre de una flor.

 

¿Y preguntas si he notado

que doblegas a las flores?

Ya no hay flores.

Las doblegas.

¡Ah! ¡Lo sé!

Eras la cicatriz.

No el amparo,

El humo escaldado

y la manada de huidas

en el lugar del proyectil.

 

Eras el ama de cría del aborto.

¿Me preguntas si me duele

Esto que tanto me duele?

He padecido lo oscuro,

el olvido infinito,

la estupidez

y las misas del encierro.

Una muchacha pequeña que era yo

compraba floreros de cristal

y relojes para dártelos.

 

¿Me preguntas si a veces te maldigo?

Un disparo tuyo me atraviesa.

 

(imagen Natalia Buch)

 

Destino

Demasiadas veces has visto la luna

sin los dedos de tu padre señalándola

ni consejo que aplaque su blancura.

 

Has sido el hombre, el hermano

que solventa su silencio con espanto,

plusvalía sirvienta del olvido.

 

Tu catalejo es lágrima del mismo ojo

con que dirime gestos y palabras.

Apresura la puteada y el dilema de la puteada,

insoportable corazón de un niño que se esconde.

 

Pero en el arco del potrero

otro niño que es él mismo

ha acercado entre sí las piedras

y yo he visto al poeta desde entonces

señalar con su dedo la blancura

de otra luna mejor, aquí y ahora.

 

Cuando el propio silencio es inaudito

Y sus matices te sangran al oído

Susurro, murmullo, tifón de las palabras cobra vida.

 

Copulan, como te he oído decir,

el tiempo y el espacio y en una coordenada de jalea

la voz de tu padre te arrebuja:

“El destino es un pájaro que pasa”

 

En la misma señalada y bajo el hierro candente

Una letra escalda la piel de la cría

dejando marcado también a su cachorro

con fuego, con poesía,

con revuelta en la plaza y con destino.

 

Un efecto colateral

¿Llega primero el cuerpo o la palabra?

no sé si antes hay que decir malón

o si malón es el nombre

de la noche y los incendios.

 

No sé si antes hay que decir fogón

o si fogón es la clave que amontona los fusiles

y apaga los apagones.

 

No sé si antes hay que decir refugio

o si es refugio la salva y el desespero

que prefieren los pichones

imputados en su nido.

Revelió, revuelta,

¿cómo decir noche?

Y ¿cómo decir nube?

 

El silencio es un efecto colateral

de un saqueo que lo necesita.

 

Silvia Urtubey: Nació en Capital Federal pero reside en Dina Huapi desde 1986. Es maestra jardinera. Ha llevado una vida triple en el ejercicio de la docencia, la crianza de sus cinco hijos y la escritura. Es editora, redactora y actualmente se desempeña como correctora de estilo. Ha fundado y coordinado diferentes medios autogestionados no comerciales como la Revista Cultural Vientos del Este y Café Literario del Lejano Este. En la actualidad edita, junto a otros poetas de la región, la colección de trípticos Yuyos malditos. Fue distinguida con diversos premios literarios y, recientemente, obtuvo en la convocatoria 2016 del Fondo Editorial Rionegrino, el Primer premio a libro de poesía por La Revelión de la muda. Libro que se presentó semanas atrás en la localidad de Dina Huapi y próximamente se presentará en Bariloche en el marco de La Fiesta de la Palabra.