Memorias que sustentan resistencias

¿Y si Martin Eden hubiese recorrido las estepas de la Willimapu? ¿Y si ese personaje de Jack London hubiera mirado a su alrededor para ver la multitud de pueblos originarios de los valles californianos?

15/10/2017
Adrián Moyano

Imagen de Mariano Rodríguez que acompaña la edición de "A ruego de mi superior cacique Antonio Modesto INAKAYAL"

A medida que Martin Eden se aproxima a su inexorable final, tiendo a levantar la vista y distraerme. El colectivo avanza de sur a norte por la Ruta40, en el tramo que coincide con los antiguos senderos mapuches y gününa küna.

Sé que el desenlace está próximo porque semanas atrás cometí el error de leer la Introducción. Con la industria editorial argentina en retirada, las novelas estadounidenses más fáciles de conseguir son de origen español. Suelen incluir estudios preliminares o introducciones que invariablemente, descubren las últimas alternativas de la trama. Los críticos o especialistas parecieran disfrutar con el hecho de anular el suspenso. Es verdad que aún no sé de qué manera, pero tengo presente que el todavía joven Eden irá a suicidarse. Frente a esa perspectiva poco halagüeña, los pensamientos se escapan por la ventanilla en dirección a la estepa.

Vuelvo de Trevelin, donde se celebrara una nueva edición del Congreso de Historia Social de la Patagonia. Participé del panel que cerró la jornada del viernes, donde titulé a mi intervención “Antes de la Patagonia, el Wallmapu: la percepción mapuche de su territorio. Memoria en las resistencias”.

El Sol se sitúa oblicuo y amarillea las rugosidades verdosas del relieve, se nota que el invierno fue particularmente húmedo porque lechos en general arenosos aprietan agua torrentosa. El ómnibus viaja por la Willimapu, el territorio del sur, según la denominación mapuche que era corriente antes de la Campaña al Desierto. Por la huella que quedó debajo del asfalto, entre Esquel y el cruce a El Maitén, cabalgaron infinidad de veces Inakayal, Foyel, el aonik enk Casimiro, el gününa küna Sinchel o Hinchel, según la escritura de las fuentes.

Tantas memorias me apartan de las páginas.

Dice la inoportuna Introducción que “Martin Eden” es la novela “más autobiográfica de Jack London”. Al igual que su autor, el protagonista tiene orígenes en la clase trabajadora californiana, en el último cuarto del siglo XIX. Después de trabajar como marino y por cuestiones amorosas, Eden se larga a leer cuanto libro pueda caer en sus manos. Concibe a la ilustración como método de ascenso social y de ganarse el favor de Ruth Morse, jovencita de la alta burguesía de Oakland que finalmente, demostrará que no estaba a la altura de tanta pasión. Al igual que London, Eden ingresa al mundo de la escritura como medio de expresión artística pero con claras aspiraciones profesionales, es decir, pretende que sea su medio de vida.

Destrozos del alma

Ruth comete el error de desairar a Martin apenas unas semanas antes de que los editores descubrieran el potencial de sus obras. En el lapso de unos pocos meses, las novelas, cuentos y ensayos que el ex marino había escrito de manera febril mientras sufría hambre, aparecieron en revistas, diarios y en libros en tiradas de a miles. Los mismos textos que en primera instancia, habían rebotado contra el muro infranqueable de la industria editorial… Los comerciantes, los banqueros, los jueces y la familia de su novia, que antes “se hacían a un lado como cuerpo a la jeringa”, ahora invitan a cenar el exitoso escritor. Pero su alma está hecha añicos. Él es la misma persona, no entiende por qué la clase de la cual forma parte Ruth, se rinde a sus pies cuando unos meses atrás, prefería verlo lejos. O mejor dicho, entiende perfectamente el porqué del cambio: en sus cuentas bancarias hay varios miles…

En la ficción, Eden se deja encandilar por las enseñanzas de Herbert Spencer y se convierte en una suerte de militante de Nietzche, a diferencia de London, que terminó por abrazar posiciones socialistas. En una entrevista periodística, el autor había señalado que su personaje caminó hacia el suicidio por no asumir el socialismo, causa que le habría otorgado una razón para continuar con vida. La descripción que hizo el autor de “Colmillo blanco” sobre las condiciones de explotación del proletariado estadounidense de la época es sobrecogedora. Pero Eden termina por despreciar tanto a su clase de origen como a su lugar de hipotética llegada.

London nació en 1876. Ese mismo año, los apaches que seguían el liderazgo de Gerónimo entraron por vez primera a una reservación. Entre nosotros, el presidente Alsina ordenaba la construcción de la célebre Zanja que llevaría su nombre. “Martin Eden” comenzó a publicarse de manera seriada en 1908 y al año siguiente ganó la calle como libro. Precisamente, en 1909 murió Gerónimo, en condiciones de prisionero de guerra. Arizona no queda tan lejos de California pero en la multitud de lecturas con que el joven Eden se formó a marchas forzadas, no hubo lugar para el drama que se desarrollaba contemporáneamente.

Tampoco para la historia no tan antigua de Oakland o San Francisco. Se calcula que la población indígena de California ascendía a 350 mil humanos hacia 1769, cuando los españoles establecieron la misión de San Diego. Los antropólogos hablan de aproximadamente 100 pueblos que pertenecían “a seis familias lingüísticas diferentes” 1, es decir, seis maneras de interpretar el mundo, seis formas de pensar la humanidad, de apreciar la belleza y de explicar la vida. Diversidad que no interesó a los conquistadores, fueran de origen ibérico o angloamericano.

Ninguna soledad

Sensible a otras heridas, Jack London no reparó en el fenómeno colonial. “A lo largo de la costa al norte de la Bahía de San Francisco y extendiéndose por los valles de los ríos y las colinas del centro de California vivían numerosas tribus de la familia lingüística penutiana. Al norte de la bahía se localizaban los miwoks, maidus, wituns y yokuts, mientras los costanoanos habitaban el litoral meridional hasta la bahía de Monterrey. Más al sur habitaban los tribus shoshones de los cahuillas, serranos, gabrielinos, juaneños y luiseños, cuyas designaciones provenían de las misiones españolas adonde la mayoría fueron reducidas” 2. Hollywood mediante, por aquí apenas si tuvimos noticias de los shoshones, quizás a través los westerns que transcurrían durante la Fiebre del Oro. Es que Estados Unidos se quedó con California en 1848 después de una guerra desigual. Los peñi de aquellos pueblos que habían conseguido sobrevivir a las enfermedades que importaran misioneros y soldados españoles, tuvieron entonces que enfrentar los rifles de quienes buscaban riquezas rápidas.

Entre los mapuche se concibe a la persona en vinculación estrecha con su contexto social y territorial. La existencia es eminentemente colectiva: kizu ngünewkulelay che puede traducirse como “ninguna persona existe sola”. Como contrapartida, Eden se ufanaba de su individualismo filosófico, al que en su faceta política no costará mucho descubrir en el “equipo” que gobierna la Argentina desde 2015. ¿De ahí la virulenta ofensiva? “Para nosotros los mapuche el viento es un newen, el agua es un newen, la respiración es un newen, las kura son seres vivos. También son newen las montañas, los cerros, la luna, las estrellas… Cada uno de ellos es un newen y cumple una función en la existencia. El universo completo se ve expresado o sintetiza en la persona, puesto que corre por nuestros cuerpos, el aire se expresa en la respiración de nosotros, el fuego se expresa por el calor humano, las estrellas se expresan en nuestros ojos y así sucesivamente” 3.

Que el proletario Eden depositara sus esperanzas de redención personal sólo en las bibliotecas derivó en una tragedia. Si hubiera buscado las sabidurías en las colinas que rodean Oakland y un poco más allá, quizá London no habría tenido necesidad de suicidarlo. No sé nada de los shoshones pero su explicación del mundo no puede ser muy distinta a la mapuche. El individualismo del joven Martin transitó hacia la más absoluta soledad. No fue capaz de advertir a la multitud de newenes que estaban a la alcance de su bicicleta, después de dejar atrás los últimos barrios de Oakland. No hacía falta abrazar el socialismo para seguir con vida o quizá no alcanzara. La justificación estaba ahí nomás. En nuestro caso está ahí nomás, en el inmenso esplendor del Wallmapu. En sus memorias y resistencias.

1. Flagler, Edward. “Tambores indios. Conocer a los señores de la Tierra”. Colección “Así vivían”. Ediciones Martínez Roca SA. Barcelona, 1998. Página 349.

2. Ídem.

3. Quidel Cabral, Javier. “Reflexiones sobre el ordenamiento y autorregulación o sistema jurídico mapuche”. Citado por Antona Bustos, Jesús: “Los derechos humanos de los pueblos indígenas. El Az Mapu y el caso mapuche”. Ediciones Universidad Católica de Temuco. 2014. Página 88.