Gabino

Llegaba al boliche pero no entraba: el boliche de siempre. Décadas. Pero no entraba. Se quedaba parado en la vereda y hacía una seña detrás de los vidrios. Solamente cuando estaba de humor, de muy buen humor, se asomaba. Pero entrar, lo que se dice entrar, ya no entraba. Un recuerdo de Martín Medero.

10/11/2017

Gabino Tapia (foto gentileza José Luis Zamora)

Para él le armaban enseguida una mesa junto al cordón, debajo del alero, para que no interrumpiera el paso. Una mesa. Dos sillas: una Gabino, la otra vacía.

“Tres sillas para la sociedad. Dos para la amistad. Una para la soledad”, pienso ahora en esa línea de Thoreau.

Llovía, como llueve siempre en los recuerdos.

“¿No te cagás de frío acá?”. “¿No entrás?”. Fumaba a lo bestia y dejaba que el café se enfriara. “¿Y para qué?”, decía, “adentro no hay nadie”.

Lleno estaba: criaturas, extranjeros, políticos, algún periodista, “adentro no hay nadie”, así decía “y además no sé por qué ahora ahí no me dejan fumar”.

Nos conocimos acá. Él andaba recogiendo en papel y tinta las caras tristes y chiquititas del piberío invisible, desarrapado. Las que nadie mira, y después las regalaba. Testimoniaba. Colgadas en las paredes de los comercios “para que se jodan”, decía “vienen a sacar fotos y no ven nada”.

Gabino Tapia (foto gentileza José Luis Zamora)

Pero intimamos más en Buenos Aires. Cuando tenía un trabajo fijo de asistente en el Congreso de la Nación. Odiaba ese asunto. Lo íbamos a visitar seguido y la excusa le venía siempre bien para rajarse. El mundo de los cafés, el tabaco, la charla. A veces andaba lleno de silencios. De todo aquello me quedó un dibujo que él iba haciendo en una servilleta mientras conversábamos.

Me acuerdo, pero justo hoy no sé dónde estará.

Entonces fue que lo encontré en la vereda; solo estaba. Fumando como siempre estaba. Tomaba café y fumaba, la boina metida hasta las orejas. “Adentro no hay nadie”. Y afuera la otra silla vacía porque “siempre alguien pasa”. Y tenía, estos últimos años, también una silla con ruedas, plegada, a la mano. Le pregunté por eso y me explicó que se había mancado, así dijo, que andaba medio jodido de la cadera y que “el tordo”, dijo, le había recomendado usar un andador. “Pero no tengo un mango y un amigo me prestó ésta”. Entonces la usaba para afirmarse y la llevaba empujando del manillar.

No le importaban las cosas que le importan a casi todos: ni la casa, ni la ropa, ni la plata…nada de eso le importaba. En esos días vivía cerca, del boliche, cerca, en un departamento cuyo alquiler pagaba una hija. Me contó que había dejado de dibujar. Era Gabino triste; o, mejor dicho, esa lágrima que siempre tuvo, ahora lo inundaba.

Cuando se fue, se fue empujando, insólito, la silla, la vida, vaya a saber los recuerdos. No tenía ni dos monedas para el barquero. La boina calada, el pucho en los labios: daban ganas de ser él para poder dibujarlo.