Bastante más que la primera guerrillera

El recorrido militante de Amanda Peralta. De Taco Ralo y las Fuerzas Armadas Peronistas a la resistencia mapuche. “Murió en Suecia la primera mujer guerillera de la Argentina”, tituló Clarín cuando falleció. A ocho años y miles de kilómetros, Adrián Moyano trae necesarios recuerdos sobre el camino de Amanda.

12/11/2017
Adrián Moyano

Cuando sus pulmones dejaron de funcionar para siempre, el “gran diario argentino” tituló “Murió en Suecia la primera mujer guerrillera de la Argentina”. La noticia demoró unos días en trascender en el país pero mi tristeza se había anticipado gracias a un mail de su hija. En líneas tan breves como intensas, me comentaba que había desplegado actividad hasta último momento. Eran los primeros días de 2009, la Revolución Cubana celebraba cincuentenario y antes de expirar había trabajado en un artículo sobre el tema para un diario sueco. La tenaza en mi garganta se deshizo en llanto cuando leí que otro de sus hijos, había descolgado un ñorkin que ornamentaba su casa en Gotemburgo y arrancado quejidos mapuche para despedirla.

Contenían verdad aquellos titulares. En los 60, Amanda Peralta había participado de la fundación de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP). Para quienes nos lanzamos a la militancia aún adolescentes al abrigo del retorno democrático, Taco Ralo estaba envuelto en un hálito tanto de leyenda como de misterio. En la primavera “alfonsinista” y al ventilarse los crímenes de la reciente dictadura, eran los 70 los que ocupaban buena parte de la reflexión, sino toda. La Resistencia Peronista era asignatura para veteranos o especialistas.

La primera vez que la vi fue en la Ruka Mapuche Furilofche, aunque por entonces todavía era la sede del Centro Mapuche. Se presentó como profesora e investigadora de la Historia de las Ideas de la Universidad de Gotemburgo y nos contó que tenía previsto visitar el museo que recientemente, la corporación Benetton había inaugurado en Leleque. Además de su cátedra, trabajaba en un organismo que por un lapso determinado, debía reformular los guiones de los museos suecos con inspiración postcolonial.

No hacía tanto que yo había leído “Cultura e imperialismo”, del palestino - estadounidense Edward Said. A grandísimos rasgos, a través de análisis muy eruditos sobre la novela inglesa y francesa, la ópera y otras expresiones artísticas de los siglos XVIII y XIX, Said ponía en evidencia cómo Europa justificaba desde las manifestaciones culturales más elevadas sus prácticas coloniales e inclusive, las naturalizaba.

Edward Said

Entre muchas otras deudas intelectuales que con él mantengo figura la idea que animó mi primer libro: “Crónicas de la resistencia mapuche”. El co-fundador de la teoría postcolonial reclamaba escribir “historias de las resistencias”. Él se refería sobre todo a los movimientos de liberación de África y Asia pero su reclamo me parecía y me parece, absolutamente válido para la Argentina y Chile, como formaciones estatales que practican el mecanismo que otros investigadores llaman “colonialismo interno”.

Una de las peligrosas

Sería 1998 o 1999. Que yo supiera, nadie hablaba de Said ni del post-colonialismo en los ámbitos académicos y menos políticos de Bariloche. Que una veterana exiliada argentina compartiera con nosotros esos conceptos llamó poderosamente mi atención. En esa primera oportunidad, intercambiamos direcciones de correos electrónicos y en los años siguientes, pudimos construir una intermitente amistad, siempre mediada por una creciente admiración de mi parte.

Gracias a su investigación, viajó varias veces más hasta aquí y sumó Esquel a sus itinerarios. Una tarde que debí grabar o incluso filmar, me contó del rescate que sus compañeros de organización concretaron en una cárcel de San Telmo para que ella recuperara su libertad. Uno de ellos cayó en la acción pero el objetivo se cumplió. Años más tarde, con la última dictadura en ciernes, me dijo que no se quería exiliar pero cuando vio su rostro en la portada de la revista “Somos” junto a otras dos compañeras, entendió que no quedaba otro camino. El titular decía “Las tres mujeres más peligrosas de la Argentina” o algo así. El camino que la condujo a Gotemburgo pasó primero por Brasil y tuvo muchísimo de calvario.

Amanda tituló a una de sus investigaciones “Los indios en el museo: desastres de la ciencia en la Argentina durante el siglo XIX”. Para escribirla, consultó la correspondencia entre Francisco Moreno y Florentino Ameghino. Créanme: aquellos y aquellas que reivindican la actuación del perito en Límites deberán convivir con la vergüenza después de leer algunas de las instrucciones que impartía en esas misivas. Para mí era noticia que una investigadora de una universidad sueca viajara a la zona para entre otras cosas, conmover los cimientos de la historia que todavía se tiene como válida a escala regional, entonces justifiqué una entrevista para el diario en el que trabajo. Entre otras cosas, Amanda le dijo a los lectores de El Cordillerano que desde 1500 “es Europa la que diseña la visión del mundo. Es el europeo el que define quién es el otro y además, se reserva el privilegio de definir cuál es el problema del otro. Con el Iluminismo y la razón, encuentra además una armazón científica para esa costumbre y allí surge la antropología, una ciencia que surge para estudiar al otro y que hoy está absolutamente en crisis. Hasta los propios antropólogos admite que su materia está en crisis a raíz de ese posicionamiento frente al otro”. Según mi archivo, la nota se publicó el 30 de septiembre de 2000.

La soberbia de la modernidad

Recordé mucho esa sentencia en estos días, al leer los últimos capítulos de “Los derechos humanos de los pueblos indígenas. El Az Mapu y el caso mapuche”, de Jesús Antona Bustos. El autor es español pero se desempeñó en universidades chilenas y colaboró con organizaciones mapuches. Es un gran libro y hay mucho que aprender en sus páginas pero sobre todo en las que cierran el ensayo, incurre en el ejercicio de aquel privilegio, es decir, la prerrogativa de definir cuál es el problema del otro. En este caso, del pueblo mapuche del Ngulumapu. A grandes rasgos, el doctor en Antropología de América trata “de establecer puntos de convergencia intercultural entre los derechos humanos y el Az Mapu”, según sus propias palabras. En esa búsqueda, invierte 44 páginas en averiguar qué concepto mapuche puede equipararse al de dignidad, cuál o cuáles al de libertad, qué implica la solidaridad para los mapuche y qué la igualdad, entre otras nociones que la modernidad todavía supone que son creación suya y original.

Esos ejercicios trajeron un recuerdo más reciente. Hace poco más de un año, al comenzar el III Encuentro Intercultural Taiñ Rakizuamün Entulepaiñ, Ramiro Lincan interpeló al panel, que se integraba por tres antropólogas. Palabras más, palabras menos, el joven peñi quiso saber por qué la antropología siempre estudiaba al pueblo mapuche, en lugar de analizar la lógica que había permitido el surgimiento de los sectores que detentan el poder en la Patagonia. Un rato antes, Lincan había expuesto sobre los antiguos saberes mapuches en materia de plantas medicinales, conocimientos que paulatinamente son corroborados por la ciencia. Y puso en común un caso de extractivismo en desmedro de la paramela, que tiene lugar un tanto más al sur y cuenta con la complicidad de una universidad pública, en connivencia con una empresa de cotizada marca.

Pensamientos todos que tienen absolutamente vigencia en 2017, cuando no sólo la antropología aún se arroga la prerrogativa de definir cuál es el problema. Otro tanto sucede con la política y el periodismo de los grandes medios de comunicación. El mismo diario que saludaba –hay que decir que respetuosamente- la partida de Amanda Peralta, hoy supone que “el problema” son las relaciones sentimentales que puedan recrear o no los integrantes de Pu Lof en Resistencia del Departamento Cushamen. Políticos como Miguel Ángel Pichetto o Sergio Wisky insisten con erigir a la RAM en un problema de seguridad nacional cuando el único muerto que se produjo hasta el momento, dejó de existir durante un operativo a cargo de uno de los brazos armados del Estado.

El poder de narrar

¿Quién estudia desde una perspectiva antropológica a una sociedad que sólo demoró 130 años en contaminar un lago cuyas orillas estaban pobladas hace 10 mil? ¿Qué coherencia interna tiene el pensamiento de quienes vociferan “los mapuches vinieron de Chile” cuando sus mayores llegaron aquí hace dos o tres generaciones? O menos aún… ¿Qué fundamenta la “limpieza” de terrenos de flora autóctona para su reemplazo por césped inglés? Los machi o longko mapuche, ¿querrán saber cuáles son los conceptos occidentales equivalentes a yamuwün, a itrofil mongen, a kizungünewün o a ñampulkan? ¿Disfrutarán alguna vez de la oportunidad de plantear cuáles son los problemas de la sociedad occidental? Sobre los inconvenientes que les plantea la condición subalterna desde fines del siglo XIX, no necesitan teorizar demasiado.

Said: “… las narraciones son fundamentales desde mi punto de vista, ya que mi idea principal es que los relatos se encuentran en el centro mismo de aquello que los exploradores y novelistas afirman acerca de las regiones extrañas del mundo y también que se convierten en el método que los colonizados utilizan para afirmar su propia identidad y la existencia de sus propia historia. En el imperialismo, la batalla principal se libra, desde luego, por la tierra. Pero cuando toca preguntarse por quién la poseía antes, quién posee el derecho de ocuparla y trabajarla, quién la mantiene, quién la recuperó y quién ahora planifica su futuro, resulta que todos esos asuntos habían sido reflejados, discutidos y a veces, por algún tiempo, decididos en los relatos. Según ha dicho algún crítico por ahí, las naciones mismas SON narraciones. El poder para narrar, o para impedir que otros relatos se formen y emerjan en su lugar, es muy importante para la cultura y el imperialismo, y constituye uno de los principales vínculos entre ambos. Más importante aún: los grandes relatos de emancipación e ilustración movilizaron a los pueblos en el mundo colonial para alzarse contra la sujeción del imperio y desprenderse de ella” .

No pude despedirme de Amanda. Fui una tarde al hotel donde me dijo que se hospedaría, pero en la conserjería me informaron que no había llegado. Por meses no respondió a mis correos, hasta que un día me confió que su deficiencia respiratorio crónica no la había dejado volar a Bariloche y que había estado un mes inconsciente. Por prescripción médica, nunca más debía viajar en avión. Cuando se publicó, envié a Gotemburgo un par de ejemplares de “Crónicas de la resistencia mapuche” por encomienda. Quedó contenta con mi trabajo pero me recomendó que leyera a Walter Mignolo, tarea que cumplí apenas pude. Cuando murió el 2 de enero de 2009, los diarios la despidieron como “la primera guerrillera argentina”. Fue bastante más que eso... Ella supo a ciencia cierta cuáles fueron y cuáles son los problemas. Había nacido en Bolívar, cerca de donde tuvo lugar la célebre batalla de San Carlos. Contaba historias de Kalfükura y le decían la Negra. En la frialdad del invierno sueco, cuando sus pulmones no pudieron más, la despidieron quejidos de ñorkin.

Glosario

Ñorkin: instrumento musical de viento.
Az Mapu: la explicación mapuche del universo, la humanidad, la naturaleza. Suele equipararse a cosmovisión. Del az mapu derivan también sistemas normativos.
Ngulumapu: territorio del oeste. Chile en la actualidad.
Taiñ rakizuamün entulepaiñ: Estamos sacando nuestro pensar acá.
Yamuwün: según Antona Bustos, la acción de respetar.
Itrofil mongen: toda la vida. Abarca a los seres que para Occidente no tienen vida. Suele traducirse como biodiversidad.
Kizungünewün: mandarse solo. Una acepción de libertad
Ñampulkan: viajar. Se entiende también como libertad de movimiento.
Kalfükura: gran longko y toki mapuche que fue pesadilla de los wingka entre 1834 y 1872.