La opulencia y la pobreza

El joven baleado era del Alto, que concentra a los pobres de una ciudad de la que sólo suele mostrarse la ostentación de sus hoteles cinco estrellas, sus centros de esquí y sus bellezas. En ese barrio de calles de tierra la desocupación es del 30 por ciento. Nota de Santiago Rey para Página12.

10/12/2017
Bariloche
Santiago Rey

En el Alto de Bariloche los casos de violencia institucional es habitual.

Karina Riquelme camina todos los días por las calles del Alto de Bariloche. Son calles de tierra o barro, según la estación del año. Son esas mismas calles en las que hace siete años la Policía rionegrina mató a su marido, Sergio Cárdenas, en uno de los episodios de violencia institucional más graves que registra el país desde el regreso de la democracia. El 17 de junio de 2010 un cabo de la rionegrina ultimó de un tiro por la espalda a Diego Bonefoi, un pibe de 15 años. La reacción popular derivó en una represión indiscriminada, que provocó la muerte por balas policiales de Nicolás “Nino” Carrasco de 16 años, y Sergio Cárdenas de 29. Sergio había salido a la puerta de la casa de su suegra para ver qué estaba pasando. Ahí cayó. En el Alto. La causa por los asesinatos de Nino y Sergio fue caratulada “homicidio en riña” y aún no tiene condenados. Pasaron siete años. También por la espalda, una fuerza de seguridad mató hace dos semanas a otro pibe pobre y del Alto de Bariloche. En este caso, al estigma histórico de esos jóvenes se sumó como amenaza la cruzada civilizatoria del Estado contra el pueblo mapuche.

Rafael Nahuel era pobre, del Alto, y comenzaba su proceso de reconocimiento como mapuche. Fue asesinado por la espalda por una bala 9 mm, compatible con las que dispararon los integrantes del grupo Albatros de Prefectura Naval durante la represión que consumaron en la comunidad Lawken Winkul Mapu, en Villa Mascardi, a 35 kilómetros de Bariloche.

“Pasaron siete años y la situación sigue siendo la misma, o peor. Para gran parte de la sociedad somos ‘los negros del Alto’”, dice Karina. Y recuerda que entre los asesinatos de junio del 2010 y el de Rafael Nahuel en 2017 se reiteraron innumerables casos de violencia institucional, y que la propia policía se vio involucrada en otro hecho que llevó a Bariloche a la tapa de los diarios: un efectivo de la fuerza rionegrina, Lucas Muñoz, estuvo 27 días secuestrado y luego fue ultimado de un tiro en la cabeza. Ocurrió en 2016 y a pesar que todas las sospechas apuntan a una trama de delincuentes, policías y punteros políticos, hasta el momento no hay imputados ni procesados en la causa.

Como tampoco no hay condenados por los asesinatos de Sergio y de “Nino”. Como aún no hay imputados por el homicidio de Rafael.

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Bariloche es una ciudad de contrastes. No es una novedad. Comparte esa característica con muchas las ciudades del país. Pero aquí, entre lagos y montañas, son más evidentes: la opulencia de los sectores más ricos, la ostentación del turismo cinco estrellas, el Cerro Catedral acotado a quienes pueden pagar 1.300 pesos por día para esquiar, y hasta los estudiantes que exteriorizan su adrenalina adolescente en las calles y boliches de la ciudad, se contraponen con una desocupación estimada en el 30 por ciento en el Alto y la pobreza más extrema, que soporta el frío invernal sin gas natural en pequeñas casillas de madera y nylon.

En el Alto, los barrios se agrupan en una zona llamada Pampa de Huenuleo. La poeta barilochense por opción, Graciela Cros, se pregunta si “¿hay sol en Pampa de Huenuleo o sólo hay panteones, garitas, frío, hielo y muerte? / ¿Hay sol o hay panteones para dormir morir en el cementerio?”.

El Alto es desde donde, a veces, muy de vez en cuando, los “negros” bajan. Así lo denominan en el centro y el oeste opulentos: bajar.

Bajan, como el 17 de junio de 2010 cuando la policía mató a tres jóvenes; bajan como cuando los saqueos de diciembre de 2012 se cargaron un intendente; bajan a la búsqueda de lo que se les niega, sea justicia o comida. Bajan.

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Ni Sergio Cárdenas, ni Diego Bonefoi, ni “Nino” Carrasco estaban “bajando” cuando los mataron hace siete años. Rafael Nahuel tampoco. Se había “ido al campo”, como explicó a los integrantes del proyecto Semillero del colectivo Al Margen, del cual participaba capacitándose como carpintero. En “el campo” estaba la parte mapuche de su familia, y Rafael los iba a acompañar, para además profundizar el conocimiento de su pertenencia a ese pueblo.

“Los muertos no tienen tiempo / y sus hijos llevan con inocencia en las venas la memoria”, describió otra poeta, Carolina Biscayart.

Con la memoria en las venas, el viernes 24 de noviembre Rafael viajó 35 kilómetros desde el Alto de Bariloche hasta Villa Mascardi.

Dos días después, la Prefectura volvió a entrar a la comunidad y Rafael murió por el impacto de una bala como las que usa esa fuerza de seguridad.

Acorde a los intereses de clase opulenta del centro y el oeste de la ciudad, la Cámara de Comercio local celebró el desalojo de la comunidad mapuche. “Tanto la Justicia como las fuerzas de seguridad realizaron (el operativo) para que se garantice la seguridad de vecinos y turistas”, señaló a través de un comunicado. Ese día, unos 300 efectivos ingresaron al territorio y detuvieron a cuatro mujeres y cinco niños, de uno, dos, tres y diez años de edad. Como un “éxito operativo para restablecer la plena vigencia de la ley en la zona de Villa Mascardi”, lo calificó la entidad que reúne a los empresarios barilochenses.

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Bariloche genera el Producto Bruto Geográfico (PBG) más alto de la provincia de Río Negro, gracias, fundamentalmente, a la industria turística (entre el 40 y el 45 por ciento del PBI proviene de esa actividad). Unos 2.700 millones de dólares produce anualmente la ciudad, según la proyección hasta fines de este año. Pero su desfinanciado municipio sólo se quedará con unos 610 millones de pesos de ese producido en la ciudad. Es decir el 1,3 por ciento.

La comuna tiene una política impositiva regresiva, que recauda un monto casi similar por la universal Tasa por Servicios aplicada a todos los vecinos, que por la Tasa de Inspección, Seguridad e Higiene (TISH), vinculada a la actividad productiva y comercial.

La caída de la actividad económica nacional en los últimos años provocó un descenso porcentual importante en los ingresos municipales por coparticipación. A modo de ejemplo: a comienzos de octubre, Bariloche había recibido por ese concepto 355 millones de pesos, unos 56 millones de pesos menos de lo que había presupuestado para esa altura del año. Es exactamente el monto de una masa salarial de los trabajadores municipales. Hoy por hoy, la Municipalidad se endeuda girando en descubierto para poder atender esos compromisos. Así, la inversión social es mínima, sino inexistente. El Alto, es la zona más perjudicada por esa desatención.

A 25 kilómetros del Alto, los representantes del G20 se reunieron para empezar a delinear la reunión anual que se realizará en Argentina el año próximo. Fue justo durante la semana entre el homicidio de Rafael y la inspección ocular del pasado jueves. Encerrados entre centenares de armados miembros de la Policía Federal, la Policía de Seguridad Aeroportuaria, la Prefectura Naval, la Gendarmería y la Policía de Río Negro, los integrantes de los países del G20 escucharon al ministro de Economía, Nicolás Dujovne volver a comprometer un ajuste estatal y un aumento de la presión fiscal para terminar con el déficit.

La reunión se desarrolló en el Hotel Llao Llao, rico rico o dulce dulce, nombre de un hongo comestible en mapudungun, la lengua mapuche. El hotel está ubicado a pocos metros del lago Nahuel Huapi (Isla del Jaguar o del Tigre). Cuando la Bariloche opulenta quiere promocionarse en el mundo a la búsqueda de turistas, utiliza la lengua y la iconografía mapuche. La misma cuya represión luego celebra.

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Karina camina todos los días esas calles de tierra y barro del Alto de Bariloche. Cuando visita a su madre pasa por el exacto lugar en el que mataron a Sergio, su marido. Y piensa en la “indiferencia de parte de la sociedad que nos tilda como negros del Alto”. Piensa que “sigue siendo la misma sociedad que esconde la cabeza o mira para otro lado cuando pasan cosas como lo de Rafael o lo de Lucas Muñoz”. Y piensa también en “todas las cosas que siguieron pasando”.

Siete años como recorte temporal arbitrario y posible para contar la ciudad de los contrastes. Siete años después, Karina se emparenta, sin conocerla, con la familia de Rafael, también pobre, también del Alto, y además mapuche.

Sobre las calles de tierra y barro del Alto, Karina lo resume todo cuando saluda: “Acá andamos; sobreviviendo.”