El Último Caso de Wallander: La Historia Submarina

“El Hombre Inquieto”, Henning Mankell (Tusquets Editores, 2013)

04/03/2018
Diego Reis

En el otoño de 1980, un submarino no identificado entra en aguas territoriales suecas, violando las fronteras del país. La base naval de la región recibe del Estado Mayor de la Defensa la misteriosa orden de dejarlo marchar, sin ni siquiera solicitarle identificación. Dos años después, el suceso se repite, cuando dos submarinos extranjeros se aventuran hasta una zona militar protegida. En el invierno del 2008, el inspector Kurt Wallander (léase “Guálander”) se entera de los pormenores del caso, al entrevistarse con su consuegro, el entonces Jefe de la base naval invadida. Esa entrevista desatará, a casi 30 años de distancia, una serie de desapariciones y muertes insospechadas.

La historia comienza

En 1991, el sueco Henning Mankell publica “Asesinos sin rostro”, la primera novela protagonizada por el inspector Kurt Wallander, un policía de la pequeña ciudad de Ystad, cerca de Malmö, al sur de Suecia. Wallander es una suerte de alter ego de Mankell: tiene su misma edad y profesa el mismo amor por la naturaleza y la ópera. Es el héroe de 11 novelas de Mankell y personaje secundario de “Antes de que hiele” (2002), novela que protagoniza Linda, la hija también policía del inspector Wallander. La serie “Wallander” alvanzó gran éxito internacional e inspiró dos series de televisión: la serie sueca “Wallander” (Enero de 2003 – Julio de 2013) y protagonizada por Krister Henriksson; y su homónima británica (Noviembre de 2008 - Junio de 2016) y que fue protagonizada por Kenneth Branagh. El múltiple fenómeno “Wallander” (que incluye al personaje, los libros y ambas series) cuenta con su propio club de fans en Inglaterra.

¿Cómo es el inspector Wallander? ¿Qué lo acerca o lo aleja de los detectives clásicos del género policial? Kurt Wallander es melancólico y sensible pero arrastra un carácter parco, impersonal, misterioso. En “El hombre inquieto”, la última novela (en orden cronológico, nó de aparición) de la saga, se autodefine en tercera persona, así: “Tenía sesenta años, era diabético, sufría algo de sobrepeso, no se cuidaba como debía, hacía poco ejercicio, bebía demasiado, comía mal y en forma desordenada. De vez en cuando se obligaba a mantener una disciplina que no tardaba en abandonar”.

Separado hace años de su ex-mujer alcohólica, con una hija que siguió sus pasos en la policía y que acaba de hacerlo abuelo, sufre sin embargo los trastornos de la edad y de la memoria, que van empeorando según avanza la novela. “El envejecimiento, ese movimiento invisible que sufrimos todos”, se queja. Y predice su futuro de soledad, casi inmediato, basado en esta prerrogativa: “No he apreciado ni cultivado la amistad con los demás”.

El problema final

La historia comienza con un repentino acceso de ira”, arranca la novela final de Wallander, frase que nos remite indudablemente al principio de la “Ilíada”, que también inicia famosamente con un ataque de ira: Canta, oh diosa, la cólera de Aquiles Pelida, cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes...”

Otras citas, veladas o explícitas, atraviesan la novela. Tanto el consuegro de Wallander, Håkan von Enke, como Louise (la mujer de éste), desaparecen en un bosque, sin dejar el más mínimo rastro; lo cual recuerda al cuento “El misterio de Marie Rogêt”, de Edgar Allan Poe, uno de los textos inauguradores del mismísimo género policial. Asimismo, luego de las desapariciones, uno de los personajes dice: “Es como en la canción de los diez negritos. Van desapareciendo uno tras otro”. De hecho, “Los diez negritos”, además de ser una clásica canción infantil, es una también clásica novela policial de Agatha Christie (tanto así que es la novela de misterio más vendida de la historia y está considerado uno de los diez libros más vendidos de todos los tiempos).

Pero no sólo de citas policiales se alimenta el relato wallanderiano. Lejos de las novelas casi absolutamente dialogadas de sus colegas, los detectives Salvo Montalbano (del italiano Andrea Camilleri) y Kostas Jaritos (del griego Petros Márkaris), el texto de Mankell fluye en gran medida al discurrir del propio Wallander, sus procesos de investigación y de elucubraciones personales. El estilo es, por momentos, exhaustivamente informativo, de una precisión decimonónica. Sin embargo, no hay (casi) rasgos puramente circunstanciales o episódicos. Todo elemento es funcional a la trama.

El estilo directo (donde los diálogos se reproducen textualmente con el auxilio de los guiones o de los dos puntos) se alterna con el indirecto (el que reproduce lo que alguien ha dicho, pero sin emplear sus palabras textuales) y aún con el indirecto libre (donde el narrador no reproduce las palabras del personaje sino que adopta su perspectiva y no se utilizan marcas gráficas para introducir las palabras del personaje).

Esta amplitud de recursos narrativos propone cambios de ritmo que, a su vez, posibilitan una lectura ágil y amena. La prosa fluye: la novela, de casi 600 páginas, se deja leer amablemente.

El lector paranoico, la amenaza fantasma

Borges ha cristalizado (originalmente en su debate con Roger Caillois en la revista Sur, en 1942) el concepto de que el detective es la clave formal del relato policial. Ricardo Piglia, en la misma línea del pensamiento, nos dice en “El último lector” (hablando del primer detective de la historia de la literatura, el Auguste Dupin de Poe): “Dupin es antes que nada un gran lector, un nuevo tipo de lector”. Y, más adelante, define: “Dupin es el que está, como lector, en tensión con el escenario de la ciudad, entendida como el espacio de la sociedad de masas.”

El enigma existe en la medida de que existe también un lector/traductor/intérprete de (para) ese enigma. Ese lector se llama Dupin, se llama Legrand, se llama (desaforadamente, por antonomasia) Holmes, se llama Marlowe y se llama, también, Kurt Wallander. El detective es quien ve luz en la oscuridad más profunda, quien entiende las voces más caóticas, quien escucha el árbol caer en el bosque.

Ricardo Piglia también llama la atención sobre esa aparición (invención) en la historia de la literatura, simultánea con la del género policial: el lector del género policial. Es ese lector que todo lo lee en clave policial, al acecho de pistas, señales, signos. Es un lector atento y desconfiado. Piglia lo llama “el lector paranoico”. Ahora bien, un poco tautológicamente, el detective (amateur o profesional) encarna como nadie y a la perfección ese prototipo de lector propuesto por Ricardo Piglia, ese “lector paranoico”.

Wallander es un exponente fiel de ese lector. En “Un hombre inquieto” Wallander lee, lee casi constantemente. Pero no lee en busca de un placer estético: lee en busca de pistas. La lectura es su modus operandi: lee (de la biblioteca pública) libros de táctica bélica moderna, libros sobre submarinos y buques de guerra en general y las Memorias de un espía llamado Wennerström; lee ejemplares de la revista Svensk Polis; lee el archivador, las notas manuscritas, las agendas antiguas y los libros de su desaparecido consuegro, entre ellos uno sonoramente llamado “La amenaza de los submarinos”; lee cartas que, como cita a su maestro Rydberg, “había que interpretarlas”. Y además de leer, también escribe: lleva un anacrónico bloc de notas.

¿Qué busca en todos esos textos? Él mismo lo declara, luminosamente: “Buscaba, se dijo, el otro contenido. El invisible, escrito entre líneas.”

La mismísima presentación de los hechos y las diversas versiones conspiran contra ese lector/investigador: “En más de una ocasión descubrieron que los sucesos desvelados presentaban un orden causal unverso, es decir, lo último que descubrían o que sucedía era el preludio, no la conclusión, de una concatenación de hechos.”

Para no oficiar ni pecar de spoiler, lo que moviliza la narración es la identidad de aquellos submarinos invasores y fugitivos. Wallander investiga y para ello debe desentrañar los orígenes mismos del problema, su contexto histórico. Se hunde en los entreveros sociales, políticos y económicos de la Guerra Fría. Allí comienza a crecer la sombra amenzante del enemigo de aquella Suecia: la República Democrática Alemana y Rusia, el enemigo del Este. El miedo latente de los servicios secretos soviéticos y de los espías, tránsfugas y traidores a la patria. Y del otro lado, al Oeste, los buenos. Reflexiona en voz alta el narrador: “Los Estados Unidos eran los buenos, ¿no? Ellos habían supuesto la caída de Hitler y del imperio milenario de los nazis. De Estados Unidos venían las películas, la música y la moda en el vestir.”

Más cerca de la novela de espionaje y de intriga (Graham Greene, John le Carré) que de la clásica novela policial (la novela-problema), “Un hombre inquieto” trabaja con la constante tensión del tiempo y de la historia, con la aparente anulación del tiempo y de la historia. “Los servicios secretos no dejan de existir nunca- sentencia Herman Eber, un exiliado político de la RDA, interrogado por Wallander-. Cambian de nombre, pero siguen ahí. Quienes piensan que el espionaje ha disminuido en nuestros días no han entendido nada.” Y luego afirma: “La existencia de los servicios secretos se basa en un juego cuyos principales y más afilados instrumentos son la mentira y el engaño.”

La Guerra Fría continúa, con ataques de otra especie, con la invasión y ocupación de otro tipo de terrenos. Sten Nordlander, el mejor amigo del consuegro de Wallander, comparte esa versión: El reparto puede ser otro, pero la escena es la misma.”

¿Todo está guardado en la memoria?

Kurt Wallander está doblemente enfermo. Es diábetico, llega a sufrir un ataque de hipoglucemia tan terrible que pierde el conocimiento. Para peor, lo acecha la sombra del Alzheimer, ese “otro tipo de olvido que no reconocía, unas tinieblas sobre las que no era capaz de arrojar ninguna luz.”

En esas parálisis de la memoria, en esas lagunas se debate para resolver el que será su último caso. Lo resuelve, más o menos felizmente. Pero no sale particularmente iluminado de esa odisea. Se autodefine: “Sigo siendo el mismo personaje desconcertado en la periferia de los grandes sucesos políticos y militares. Soy el mismo hombre inquieto e inseguro y me encuentro tan al margen como antes.”

Pero lo que más lo indigna (lo aterra) es el miedo a que todo quede sepultado en el olvido. ¿Qué hace entonces contra ese olvido nuestro detective/lector? Escribe.

En el Epílogo de la novela, leemos: “Empezó a escribir. Recopiló todas sus ideas y sus notas y construyó sistemas enteros de información organizada en papelitos distribuidos aquí y allá por las paredes de la sala de estar.” Y luego concluye: ”No tardó mucho en comprender en qué consistía verdaderamente la tarea emprendida. En efecto, escribía sobre sí mismo y sobre su propia vida, tanto como a propósito de Håkan von Enke.”

El resultado: 212 páginas con la portada en blanco, que envia anónimamente a un colega suyo, el inspector Ytterberg. Para que quede memoria de los hechos, para que nada se pierda en el olvido. Curiosamente, la obra final del detective de la novela policial es el intento de escritura de una novela policial.

Fatalmente, Wallander comienza a perder la batalla contra el Azheimer. Esa poderosa tiniebla va ganándolo: “Y después, nada. El relato de Kurt Wallander termina ahí, irrevocablemente.”

Tal vez (y muy probablemente) por eso el inspector Wallander se decide por fin a escribir, a dejar de ser personaje y convertirse en autor. Como el mismísimo Mankell confiesa en el Colofón de la novela: “Como la mayoría de los escritores, escribo para que el mundo resulte más comprensible...”.