Tierra prometida: Jorge Carrasco

04/03/2018
Carolina Biscayart

El autor hoy convocado es ante todo un buen lector, memorioso, y un observador del concepto de fronteras en todas las escalas. Tal vez por eso, nacido del otro lado de estas acaso fronteras, le habla diariamente a su Chile natal en su tarea del no olvido de sus orígenes y de la historia. Y en esta tarea crea una revisión permanente de sus creencias y la hace obra. Por eso afirma y pregunta. Por eso poesía y narrativa. Por eso su sitio y su exilio. El autor dice: Fui patriota hasta que tuve patria gotera documento/Después fui enteramente Jorge Carrasco

Cito autores que Jorge ha resaltado en distintas oportunidades para mostrar algo de su permanente compromiso de tejer su ser literario, político y protagonista de su tiempo. Se sumerge en su búsqueda cuando recuerda a Lorca diciendo: Canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy un hombre de mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política o a Sartre afirmando en La Náusea: Los que viven en sociedad han aprendido a mirarse en los espejos tal como los ven sus amigos. Yo no tengo amigos ¿por eso es mi carne tan desnuda? Sí, como la de la naturaleza sin los hombres o entrar en los laberintos de Borges, los más lógicos y los de mayor exposición, como cuando éste enuncia en La muerte y la brújula: Llegué a abominar mi cuerpo, llegué a sentir que dos ojos, dos manos, dos pulmones son tan monstruosos como dos caras. Siempre atento a la poesía como corresponde, en todas partes partes, en todos los géneros literarios, Jorge Carrasco afirma en su prólogo del libro Mar muerto: en el poema nunca ocurre nada, siempre algo va a ocurrir. Como un mar que se retira hacia su centro, a morir como un gran elefante verde, o a esperar el próximo maremoto. El verso es el lugar de la inminencia: un pez de agua de goteras.

Los convoco aquí a leer y disfrutar algunos de los textos de este íntegro autor rionegrino.

Imagen de Natalia Buch

(De Mar muerto, 2008)

LA DEUDA

¿Quién pagará el daño alzado
En el límite austero del gesto
Con el trabajo de esta luz sorda?

¿Quién, con la copa verde
de tus salinas injurias,
brindó en el lozadal del maldito: avariento
destructor de tus unánimes sonidos?

¿Quién debió poner su rostro
a tus puños
y en su lugar,
mirando a quien hacía y pasaba,
sopló tus dedos temblorosos a una estela
de quemante vacío?

¿Quién te debió amar
más noblemente que ninguno
cuando tu torpe corazón se hundía,
sin guitarra,
en la ternura abstracta que no dio nada al mundo?

¿Cuántos te debieron dar
cuando tú no dabas?

 

MAR MUERTO

Que se queden con su oleaje los remeros
Estoy sordo tengo sueño no me vengan
Con reclamos los severos hoy no escucho
Que se queden con su pez las gaviotas
Soy el mar muerto tengo sueño y tengo cama
Duermo en los cardos o en las piedras o no duermo

Y por primera vez tengo calma y no la tengo
Y tengo un oleaje para mí solo me alimento
De mis pequeños peces huyan las gaviotas
Que se queden sin mis uñas y pestañas
Sólo deseo ver la mano extendida en el viento
Y el párpado que cae sobre la misma mirada

Tengo un solo árbol del paisaje tengo dos
Y no están sus rostros en la sombra
Está la espera para mí solo como un pájaro dormido
Que se lleven todo y sólo dejen mis miradas
Les presto el oleaje para un último maremoto

Que se queden con sus costas estos fenicios de batea
Como con el florero lleno de podridas rosas
Que se queden con sus fundas con sus vainas
Y metan allí himnos huecas estadísticas desfiles
Estropajos como guirnaldas de oceánicas fiestas

Estoy ciego no me vengan con películas mudas
Es suficiente con el gesto austero de la sabandija
La conozco debajo de las piedras esconde su mecedora
Con imágenes así todos lloran no me vengan
Con sentimientos sucios ahora que no tengo fango
Con lágrimas ahora que aprendí a reírme de mí mismo

LA GOTERA

Casi rehecho casi preparado
para doblar en tu arena
mi urgente abrazo de alambres
mi destello azul de vísceras
mi furibundo resorte de campanas
casi deshecho casi desterrado

no me abriste tu alma ni tu espejo
ni tu sábana cerca del olvidado zapato
hoy me buscaste con cuerdas y trapos ásperos
sólo en el charco de tu recio consuelo
no hoy no abriste tu calma ni tu entrecejo

preparado estaba para esparcirme
en tu óxido como débil lingote
como roca de derrame ya no enferma ya no austera
a su rincón ya no atada preparado
para derribarte a ti ciruela última del árbol de verano

desde abajo no me miraste desde arriba
me quedé como gotera
de dormitorio entre las telarañas de agosto
burlada por alguien
que retira de su rumbo la blanca palangana de tu cuerpo.

 

(De La Tarima y el florero, 2017)

ALZHEIMER

¿A qué vinimos a este valle, madre?
Leontina, sin tú saberlo, murió el año pasado.
La sombra de los plátanos
agoniza contigo en este sanatorio de Cipolletti.

El brasero, los tejidos de punto, el pan amasado
ya no existen en el tortuoso ayer
de quien les dio el apacible latido.
Tus palabras tampoco.

Quisimos creer que ese mundo minúsculo
había muerto mucho antes.
Trabajamos,
jugamos como niños a ser limpios y felices,
nos identificamos con nuevos documentos
y de pronto frente a ti éramos los mismos.

¿A qué vinimos a este valle, madre?
Cayó la azada de la inocencia
en la tierra de la lombriz ciega,
pero no fuimos culpables.
Nuestras vidas se ahogaban
en tu alegría de mujer triste
como insectos en el corazón de los tucílagos.

Caminar de un lado a otro
es quedarse en el mismo lugar siempre,
una sombra,
una enfermedad del corazón más aperrado,
un agujero en el zapato roto del tiempo.

Tú mente es la patria
más tibia, madre.

Tarde, muy tarde para vivir
este otro exilio.

 

ALGUNA VEZ SUPE

Pero el error nos ayuda como un adormecimiento.
F. Hölderlin

Alguna vez supe
cómo estaba dividido el mundo
y no hice nada por unirlo.
Dejé que lo bueno se corrompiera frente a mis ojos
y que lo malo no destruyera a los perversos.
Cometí errores, es cierto,
y no me ha gustado salir de esos errores.
¿Habrá cosa más humana que eso?

¿Me cerrarán alguna vez la boca?
¿Llegarán antes de la fiesta los farsantes?
Soy un ciudadano de mi tiempo:
convertí el error
en un espacio gratamente habitable.

Unos cuantos adioses miden toda la vida
y yo detesto los pañuelos, las lágrimas
olvidadas en los andenes.
En tiempos de cercanía
vivo, con gusto, lejano de todo.

Voceros fueron algunos
de todo un pueblo,
de una clase social,
de un partido, de un zoológico, de una telaraña.
Hundieron la mano en la palangana
y fueron mordidos por el pez de agua de gotera.

De voces se nutrió el orgullo, de circos,
de atroces cercanías, de participaciones.
¿Para qué tanto ajetreo
si todo tiende hacia lo inmóvil,
hacia lo lejano, hacia lo que no se sabrá nunca?

¿Para qué, digo yo, tanta amistad con el florero?
¿Para qué tanto ofrecimiento en los altares
si saben muy bien
que el brillo del ataúd
será más fuerte que el de los ojos de la amada?

 

(De Nos esperaba el viento,2016)

EXPEDIENTE CON POEMA DE AMOR

Me veo, como si fuera hoy, pedaleando desde la chacra hacia la comisaría, la mano derecha apoyada en el manubrio y algunas hojas bailando en mi carpetita bajo el brazo izquierdo. Mientras le daba al pedal, los mocos resbalaban por mi nariz y una viva impotencia me invadía al ver que mi equilibrio en el movimiento no me permitía sacar el pañuelo para limpiármelos. Hacía frío, pero ya al costado de la comisaría, donde empecé a dejar de ahí en más mi bicicleta, tuve el cuerpo tibio de tanto pedaleo y el tiempo suficiente para salpicar mi pañuelo de mocos rebeldes, con la carpetita glauca apretada a la altura del codo contra las costillas.

Así entré a la comisaría a renovar por primera vez mi radicación, y me dirigí a esperar en el pasillo del fondo, junto a la puerta que lucía en su centro, en una cartulina amarillenta, el rótulo Migraciones. No fue fácil entrar porque había mucha gente: a la entrada, sentada en bancos y escalones, arrimada en el patio a vehículos decomisados. Gente por todos lados.

De allí me mandaron a ponerme en la fila de una oficinita lateral, donde se compraba la estampilla para renovar la radicación. Con el sello en la mano debí esperar la firma de la autoridad pertinente, cosa que ocurrió, en esa mañana, tres o cuatro horas después, cerca del mediodía. Recuerdo que durante esas horas me senté en un escalón que daba al patio de la comisaría; abrí mi carpeta y me puse a leer unos versos de un poeta de cementerio inglés (creo que era Thomas Gray). En aquel tiempo me fascinaba todo lo que oliera a muerte, quizás porque de alguna manera yo también estaba muerto. Adelante, en el estrecho pasillo de baldosas picoteadas, la cola se iba achicando lentamente, mientras a mis espaldas se seguía estirando hasta varios metros en la calle. Los pies ya me dolían de tanto estar parado cuando estuve frente a la mujer cuadrada, que mascaba chicle con sus dientes postizos, el rostro de incipientes arrugas sin maquillaje, el pelo liso y el flequillo adolescente, delante de la máquina de escribir.

Refugiada tras la trinchera imperiosa de su oficio, la mujer nos miraba con fastidio y contrariedad, oculta tras una máscara de rudo tormento. Con su boca salivosa nos pidió la hoja de la radicación a los cuatro o cinco que estábamos al otro lado del escritorio. Esperó sin dejar sus manos quietas. Yo abrí mi carpetita verde y aparté con cierta turbación los poemas del documento. Ella se tomaba un té de boldo en el momento de recibir la hoja.

Una vez que el té quedó a medio consumir, dejó la taza a un costado de unos expedientes y se puso a escribir sobre nuestros documentos. Al llegar al mío, palpó el papel y algo le debió parecer raro porque su rostro se vio encendido por un asomo de sospecha. Frotó con sus dedos en el vértice superior de la hoja y de ella apartó otra, como un mago jugando con una baraja gigante. Comprobé que era uno de mis poemas de amor, escrito a mano con tinta verde (como Neruda lo hacía, y siguiendo el estilo de sus primeros libros, comparando lascivamente a la mujer con formas y frutos de la naturaleza). Sentí que un rubor de vergüenza me cubría la cara.

La mujer leyó el poema sin alzar la cabeza y en silencio lo guardó en la gaveta del escritorio. En ese poema, recuerdo, la mujer era una rama de manzano, llena de cavidades y turgencias y la pasión del poeta la liberaba poco a poco de sus exquisitos frutos. Cuando escribió sobre mi documento, ella ya había cambiado el chicle por un cigarrillo, y mis mejillas ya no me ardían de apocamiento. Supuse, no sé por qué, que debía de ser una mujer casada, con hijos grandes y un marido gruñón dueño quizás de unas hectáreas de chacra. Al final, puso un sello y dibujó una firma ampulosa.

No me atreví a pedirle el poema por temor a contrariarla. En ese tiempo, yo andaba con mis versos por todas partes, como con algo prohibido, sin mostrárselos a nadie, y en cualquier momento de ocio me ponía a releerlos para pulir su escritura.

Salí lo más rápido que pude de la comisaría, esquivando los cuerpos de los que aún esperaban y me subí a mi bicicleta. Me sentía alegre: volvía a casa con mi radicación renovada, apenas el permiso para estirar mi nostalgia otros tres meses sin temor a ser deportado.

Las renovaciones se fueron sucediendo una tras otra, sin novedades, a la espera de la obtención de mi ciudadanía plena. El tiempo se podía medir por los cambios en la coloración de mis carpetas, cuyos tonos hoy puedo relacionar con el influjo de ocasionales tendencias poéticas. De Neruda pasé a Girondo y de Girondo a Parra; fue como ir de Wagner a John Cage y de Cage a un Piazzolla chileno. En fin, yo me entiendo. El grupo de demandantes fue bajando a medida que pasaban los años. Los individuos ya no se apostaban en los alrededores de la comisaría y llegó un momento en que todos podían aguardar bajo techo el timbre de la funcionaria. En mi caso, debía esperar en colas cada vez menos largas y podía volver a mi piecita más temprano, contento de saber que el permiso laboral me liberaba toda la mañana y me permitía abrir las carpetas para leer al poeta de turno y escribir mis versos contaminados de su influencia.

Tras varios años de espera, me sentí atropellado por una gran desazón. La oficial, según decía siguiendo órdenes, me había mandado a completar en hospitales la ficha de exámenes médicos tres o cuatro veces y a estampar las huellas otras tantas, trámites que por desgracia volvieron rechazados. Todos los que iniciaron el despacho de sus papeles en mi tiempo recibieron su documento definitivo y dejaron de acudir a la comisaría. De esa camada, sólo yo quedaba con las manos vacías. La gente, no sin malicia y secreto placer, murmuraba sobre mi estado. Decía que en este país estaban de más los poetas, o que yo debía de padecer una enfermedad misteriosa, o simplemente que me habían descubierto un delito en alguna localidad lejana. La cosa es que nadie podía entender mi situación.

Un día de finales de septiembre, me dirigí una vez más a renovar el maldito documento. Yo había empezado a trabajar en una planta productora de jugos concentrados y con lo que ganaba podía alquilarme una piecita en un suburbio no muy lejano. Cambié mi bicicleta por una moto pequeña, algo vieja y abollada; la compré a un romaneador de Moño Azul. Estacioné mi moto a un costado de la comisaría.

Entré al edificio con una carpetita celeste bajo el brazo. En ella, además de la hoja del documento, iban dos o tres poemas cortos, bastante influidos por la antipoesía de Nicanor Parra, escritos con tinta azul. En la calle y en el pasillo no había nadie esperando. Fui a comprar la estampilla lo más rápido que pude y llegué con mi documento en la mano a la oficina de Migraciones. Allí estaba la oficial, sentada detrás del escritorio, con el cuerpo envuelto en una especie de caftán casi transparente. El cabello, ahora ondulado, salpicado de reflejos, le enmarcaba las mejillas con colorete; las cejas, mínimas, se curvaban en un arco muy pronunciado, a la manera de Sofía Loren; los labios húmedos, brillantes de carmín, se movían como guardianes inquietos de una boca implorante. Era la primera vez que la veía así, carnal y desenvuelta, sin su uniforme y sin estar revisando documentos o golpeando las teclas de su máquina con fervor riguroso.

Cuando entré, me quedó mirando. Creo que advirtió mi sorpresa y turbación. Mi mano temblorosa le alargó el documento. Ella, sin mirarme, abrió la gaveta y dejó caer en la superficie libre de papeles el poema de amor escrito con tinta verde.

_ Por fin solos – dijo en un tono meloso, atrozmente seductor.

 

LOS DOS ABISMOS

Me despierto y viene ante mí el precipicio.

Creo saber qué pensamientos acosaron a Leo Szilard cuando, antes de cruzar la avenida de Southampton, en Blomsbury, imaginó la reacción nuclear en cadena. Tras quince años de exilio, sé lo que pensó Pomponio Algerio durante los quince minutos que tardó en morir en el aceite hirviendo. Tras cuatro lustros de amar a una mujer, qué pensó Enrique VIII después de condenar a muerte a su mujer Ana Bolena y qué pensó Ana Bolena antes de ser decapitada. Y tras cuatro décadas de vivir al margen de la ley, qué sintió, en su verdad más profunda (más allá de los esquematismos ilusorios de Hernández y Borges), Tadeo Isidoro Cruz cuando se puso a pelear al lado del desertor Martín Fierro.

Me duermo y viene ante mí el otro despeñadero.

Soy el piloto del Enola Gay en el cielo de Hiroshima. Soy el inquisidor veneciano mandado por el papa. Soy la espada del verdugo de Calais. Soy, detrás de la guitarra y la voz de Martín Fierro, Borges.

 

LA MUERTE DEL CERDO

Lo sacan del chiquero hediondo sin la solemnidad del condenado a muerte en una película yanqui. Lo inmovilizan cuatro hombres como a un César sin imperio. Entra el trémulo filo en el pecho y cae el gruñido ensangrentado sobre un Casio Querea sucio, sin dientes. Ya muerto, lo ponen sobre la tarima como a un convaleciente de goma. Le vuelcan agua hirviendo y le quitan las cerdas como a una púber inmunda. Blanco, rasurado, casi infantil,
su expresión prefiere lo risueño, dispuesto a perdonar la travesura de los hombres, lo excesivo de sus gestos, lo absurdo de sus rostros. Ahora su herida imita el corte que mató a Marat en el cuadro del pintor jacobino, el tajo inverosímil del Cristo de Velázquez. Sus asesinos lo miran con ternura felina, estremecidos quizás de comprobar la igualdad con la desnudez de sus maltrechas figuras. ¿Se niegan a creer que la vida se fue por ese limpio agujero? Otra vez entre cuatro lo levantan, lo cuelgan, abierto en canal.

Rembrandt no viene: le sacan una foto.

 

JUANA Y YO

1) Cuando éramos pequeños, en el quincho de su casa, mi prima Juana y yo pasábamos las horas en un inquietante y novelesco juego. Se los voy a contar.

2) Juana pedía limosna delante de mi mansión de dos plantas.

3) Luego yo pedía limosna delante de la mansión de Juana.

4) Uno de nuestros hijos (tuvimos dos) pedía también limosna a mi lado.

5) El otro hijo, alineado con Juana, descargaba su ira y su avaricia contra nosotros.

6) No juzguen mal a Juana. Todos odiamos lo que alguna vez fuimos.

7) A veces, por oposición de intereses, nuestros hijos luchaban y se herían.

8) A veces Juana y yo luchábamos y nos heríamos por nuestros hijos.

9) Entonces, en ese tiempo, pensaba que sólo las cosas ajenas nos dividían.

10) Cuando crecimos, Juana y yo nos enamoramos y vivimos este otro lacerante y apasionado juego real. Ocurrió así.

11) Juana se casó con un tipo millonario, cercano a los setenta años, excéntrico y de dudosa sexualidad. Se divorció de él.

12) Yo me casé con Juana después de haberme divorciado de mi mujer. Me fui a vivir a su mansión.

13) Tuvimos dos hijos, que se sumaron a los dos de Juana con el millonario y a uno que tuve con mi anterior mujer.

14) Uno de nuestros hijos, quizás por venganza o decepción, se puso del lado de Juana. El otro, el más abúlico, más por indiferencia y desprecio hacia todo, se puso de mi lado, seguramente porque nunca le exigí nada.

15) Juana y yo luchamos y nos herimos, creo yo, por problemas propios que no solucionamos en esos juegos de la niñez.

16) Por fin, como siempre, mediaron la disputa, como una autoridad superior, la vejez y las enfermedades.

17) A esas alturas, bordeando los setenta años, yo sólo esperaba mi muerte sentado en mi mecedora, delante del ventanal de nuestra mansión.

18) No se adelanten. Para conformarlos, les voy a dejar a ustedes, según sus simpatías, que terminen la historia y elijan uno de estos dos desenlaces:

19.1) Los problemas se multiplicaron cuando apareció esa mendiga joven (supe después, para mi sorpresa, que se llamaba Juana) detrás de las verjas oscuras de nuestro parque.

19.2) Una tarde de otoño, irrumpió en nuestra casona un joven de rostro conocido. Preguntó por Juana. Ella, feliz por el encuentro, dijo que era su mejor amigo de la infancia. Se llamaba Raúl, como yo.

Jorge Carrasco

Jorge Carrasco: Nació en Carahue Chile en 1964. Desde 1985 reside en Villa Regina. Es profesor de Lengua y Literatura y ejerce su profesión en colegios secundarios de la provincia. En 2009 formó parte del Plan de Lectura Nacional, organizado por el Ministerio de Educación de la Nación y el Consejo Provincial de Educación de Río Negro.

Entre sus libros publicados se encuentran en género poesía Permanencia de aves, La huella, su andar, Mar muerto y La tarima y el florero. En narrativa, las novelas: Sombras en el agua y Los piojos de Rimbaud; y los libros de cuentos: Maldito lunes, Último carbón de invierno y Nos esperaba el viento.

Fue distinguido como ganador de los siguientes concursos: Primera Bienal de Arte Joven de la Patagonia poesía 1993, Certamen Patagónico de Cuentos de 1998 ( organizado por la Fundación Banco Provincia del Neuquén), XV Premio Nacional de Poesía Plaza de los Poetas José Pedroni 1993, concurso hispanoamericano Cuentos Políticos (revista literaria digital El Escriba) 2005, concurso literario Chile con mis ojos 2006, 2007 y 2008 (Televisión Nacional de Chile, la Academia Chilena de la Lengua, DICOEX y la Fundación Pablo Neruda), concurso de poesía David Aracena 2008 (XXVI Encuentro de Escritores Patagónicos), concurso de Poesía Fiesta del Inmigrante 2009, concurso de cuentos En mil palabras (Centro de Investigaciones y Promoción de los Derechos Humanos, Chile) 2009, concurso de cuentos Fernando Santiván Chile 2011, concurso de cuentos Luis Catinari 2011. También recibió en 2001 y 2003 mención en narrativa y poesía en el Premio Federal (Consejo Federal de Inversiones).