# REPLICÓ METODOLOGÍAS 100 AÑOS DESPUÉS

La Campaña al Desierto como inspiradora de la última dictadura

“... cayeron víctima del rifle y del sable cien veces más guerreros indios (...) que soldados y pobladores por la lanza y las boleadoras”. El recuerdo de Francisco Moreno despeja dudas sobre el carácter de genocidio de las Campaña al Desierto. Sus trazos principales llegaron como guías hasta la dictadura que comenzó en 1976. Los riesgos de homenajes presentes, en tiempos de Cambiemos.

25/03/2018
Adrián Moyano

General Albano Harguindeguy

Para la última dictadura cívico militar fue trascendente realzar el centenario de la “Conquista del Desierto” en 1979, a tal punto que instituyó una Comisión Nacional de Homenaje. Presidió ese ámbito el ministro del Interior,

Albano Harguindeguy, mientras que ofició de secretario general el coronel Carlos Zone, por entonces en situación de retiro. Pero como sus integrantes honorarios figuraron “los señores integrantes de la Junta Militar”, además del “excelentísimo señor presidente de la Nación”. Es decir, Jorge Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti.

Aquel homenaje se tomó muy en serio. La Comisión Nacional que impulsara Harguindeguy “encomendó a la Academia Nacional de la Historia, realizar una congreso referido a tan singular acontecimiento. La Academia aceptó complacida la responsabilidad de tomar a su cargo dicha tarea”. Sabemos de ese disfrute por la introducción que escribió el doctor Enrique Barba, quien por entonces presidía la institución. Es que el cónclave supuestamente académico no sólo se realizó, además al año siguiente se publicaron cinco volúmenes con los trabajos que se presentaron y en los primeros párrafos, Barba festejó la trama que desembocó en la reunión. Tuvo lugar en General Roca, entre el 6 y el 10 de noviembre de aquel año. Dónde si no… Por entonces, a nadie se le había ocurrido rebautizar la ciudad del Alto Valle con la denominación de Fiske Menuko. Por otro lado, hubiera arriesgado la vida.

Clarín todavía no se interesaba en demonizar mapuches pero “del interés despertado en círculos muy vastos y responsables debe señalarse la concurrencia de periodistas de La Nación y La Prensa, destacados ex profeso por sus respectivas direcciones para cubrir diariamente la noticia referida al Congreso”, festejaba Barba. El diario Río Negro no pudo ni quiso quedar al margen: “No debo olvidar la actividad desplegada por la prensa local dedicando columnas a la crónica y haciendo reportajes a miembros de la Academia y a otros personajes que habían acudido a la cita”.

El cónclave hasta contó con el sostén económico de la dictadura. “No menos destacable y digno de elogio fue lo obrado por las autoridades provinciales de Río Negro. Su gobernador, contralmirante Julio A. Acuña, prestó generoso apoyo con su palabra y con el concurso material”. También “el intendente de General Roca, sede del Congreso, mereció nuestro reconocimiento más sentido”. En aquellos años, ofició como jefe municipal anfitrión el comandante mayor Sergio Díaz. Difícilmente un congreso de historia en la actualidad, concite respaldo municipal, provincial y nacional. Inclusive Harguindeguy “votó los fondos necesarios para la publicación de los 5 tomos que recogen los trabajos”, según el preciso recuerdo del presidente de la Academia.

”Juventud desorientada”

La entidad estaba en la gloria. Reducto tradicional de la “historia oficial”, su identificación con los ideales del Proceso de Reorganización Nacional era completa. “Cuando echo una mirada al pasado más o menos inmediato y advierto la desorientación que en aquel entonces dominaba a la juventud estudiosa que había llegado al extravío y observo en este momento la sana y nerviosa inquietud de los jóvenes llegados de todos los ángulos de la República, ansiosos de saber, (…) no puedo menos que pensar que nuestra Casa ha obtenido una significativa victoria en su acción magistral”, proclamaba su presidente. La restauración oligárquica estaba en su apogeo y la Academia Nacional de la Historia encarnaba uno de sus correlatos intelectuales.

En 1979, su Mesa Directiva se integraba con un capitán de Navío y un contralmirante, quienes compartían sitiales con gente portadora de los apellidos más rancios. Entre sus miembros de número figuraban otros oficiales e integrantes de familias que se beneficiaron directamente de la Campaña al Desierto, como Armando Braun Menéndez. Entre otras producciones, el historiador se encargó de escribir dos capítulos sobre las presidencias de Julio Roca en “Historia de la Nación Argentina”. Obvio, no iba a escribir sobre las matanzas de obreros que ordenaron sus parientes…
¿Por qué para los militares de la última dictadura resultó importante ensalzar el período que conocían como Campaña al Desierto? Porque evidentemente, los sucesos que tuvieron lugar entre 1879 y 1885 fueron fuente de su inspiración. Entre 1917 y 1918, Francisco Moreno escribió sus “Reminiscencias”, un conjunto de fragmentos sobre los episodios que había vivido en ocasión de sus dos primeros viajes en 1876 y 1880, además de cartas a su padre y amigos. Agrupados los textos por su hijo Eduardo, EUDEBA los reeditó en 1979 no casualmente, en la colección “Lucha de fronteras con el indio”. Durante esos años, el sello editorial de la Universidad Nacional de Buenos Aires reeditó diarios de las expediciones y memorias de los militares que participaron de las acciones, otra manera de resaltar aquella “gesta” que por entonces, se convertía en centenaria.

La impunidad histórica y la que aún disfrutaban los detentadores del poder hizo que nadie en EUDEBA reparara en las siguientes confesiones de Moreno. “Es verdad que muchas de las poblaciones y estancias fronterizas fueron asoladas por el salvaje, pero en cambio, ¡cuántos de estos fueron los ancianos, las mujeres y los niños que cayeron en las sorpresas de las tolderías realizadas por las tropas en los degüellos, fusilamientos y atroces estaqueadas, víctimas de la soldadesca que obedecía e interpretaba bien o mal, la orden o el gesto de sus superior!” (Moreno 1979:100). Líneas más abajo, puede leerse: “diré que mucho me felicito que sean pocos los que con buena pluma han referido lo que fue nuestra guerra fronteriza, durante medio siglo. Esta pobreza de cronistas deja en el olvido hechos meritorios, pero felizmente pasa por alto no poco contrarios a la civilización cristiana. (…) pues cayeron víctima del rifle y del sable cien veces más guerreros indios de aquéllos y chusma que soldados y pobladores por la lanza y las boleadoras”. Por las dudas, recordemos con el concepto despectivo de “chusma”, se designaba en el siglo XIX a la población mapuche no combatiente, es decir, mujeres, niños y ancianos.

El degüello como espectáculo

¿Sobre el silenciamiento de qué hechos se congratulaba el perito en Límites? En fuentes de la Iglesia encontraremos más que pistas. El sacerdote Antonio Ricardi trabajó como secretario del obispo Juan Carlos Cagliero y escribió “Breve relación de las misiones de la Patagonia hecho el 29 de septiembre de 1887. El militarismo patagónico. El general Villegas”. Su escrito fue difundido cuatro años atrás por los historiadores María Andrea Nicoletti e Iván Fresia. En su relato, Ricardi trajo a colación hechos que tuvieron lugar al término de la primera expedición al Nahuel Huapi (1881-1882), con José Fagnano como testigo. El sacerdote presenció el degüello que perpetró un teniente en una de las “marchas de la muerte” hacia Carmen de Patagones en desmedro de un mapuche cautivo, sólo por el afán de impresionar al involuntario testigo. Pero al igual que entre 1979 y 1983, “no hubo errores, no hubo excesos”. Ricardi añadió en su “breve relación” que “en otras circunstancias, los indios sometidos que caminaban donde quería el tirano vencedor fueron bárbaramente maltratados, apedreados, degollados y afusilados (sic) tan solo por el gusto brutal de ver una horrible matanza”. Más allá del evidente sadismo de los militares de entonces, una mirada un tanto más política permitirá comprender que la intención del gobierno de Roca fue instalar el terror en el pueblo mapuche mientras se hacía de su territorio.

El aporte del sacerdote no deja lugar a dudas: en Carmen de Patagones funcionó un campo de concentración. “Eran estos, según dijimos, unos trescientos medio desnudos, maniatados y custodiados por los soldados en armas fueron del muelle conducidos al fuerte y colocados entre los cimientos de la nueva iglesia. Allí estuvieron más de un mes no teniendo por techo más que la bóveda del cielo sufriendo todas las intemperies de los vientos, lluvias, frío, hambre y cuantas miserias de que fueron susceptibles y que no hacían más que aumentar el peso de la esclavitud”. Como los bebés irían a expirar, los sacerdotes se apuraron en bautizarlos. La tragedia terminó de consumarse cuando un día maldito, soldados irrumpieron en el recinto para arremeter contra las mujeres mapuches y arrancarles “los hijos con violencia”, para separarlos y distribuirlos entre “particulares que los piden y a los oficiales para que los esclavicen”.

Combates que en realidad fueron ataques por sorpresa a tolderías semidormidas. Degüellos a prisioneros, estaqueadas y ejecuciones. Secuestro de niños y niñas y borramiento de sus identidades. “Marchas de la muerte” y campos de concentración… Como puede advertirse, los represores de la última dictadura no inventaron nada. Simplemente actualizaron las metodologías que habían experimentado con éxito sus predecesores de un siglo atrás. Ni en la terminología tuvieron necesidad de innovar.

Primeros desaparecidos

Conrado Villegas fue el jefe de las dos expediciones al Nahuel Huapi. En otro libro que publicó EUDEBA pero en 1978, pueden leerse los partes que elevó a su superioridad para justificar sus actuaciones. Al resumir la actuación de la Primera Brigada, que se había introducido en el otrora territorio de Purran, Rewkekura y Sayweke de norte a sur en forma paralela a la cordillera, escribió que como consecuencia de las acciones, resultaron “ciento veinte indios muertos, veintisiete de lanza y sesenta y uno de chusma presentados, cincuenta y dos de lanza y trescientos noventa y seis de chusma prisioneros, cinco cautivos rescatados y doscientos caballos tomados” (Ministerio de Guerra y Marina 1978: 13). De su recuento, surge que las bajas mapuches por todo concepto totalizaron 656 personas. Sin embargo, Villegas informó exultante: “puede decirse sin exageración que esta Brigada ha hecho desaparecer del territorio que ha batido, setecientas personas”. ¿Qué pasó con las otras 44 cuyo destino no figura en el detalle? En las aseveraciones de Ricardi hay varias pistas sobre su suerte. Diferencias similares aparecen en el recuento de las acciones que protagonizaron las otras dos brigadas y con la misma terminología: desaparecidos.

La última dictadura cívico-militar finalizó el 10 de diciembre de 1983 y sus peores prácticas se habían agotado antes. La Campaña al Desierto, ¿cuándo terminó? Videla acabó sus días con varias condenas a cadena perpetua en el penal de Marcos Paz. Con Massera sucedió otro tanto: murió en el Hospital Naval condenado de manera múltiple. En el caso de Harguindeguy, la muerte llegó antes que las condenas, aunque estaba procesado. En cambio, ni Roca ni Villegas ni sus subordinados enfrentaron tribunal alguno. Es más, el Estado les brinda continuos homenajes con monumentos, nombres de calles, escuelas y efigies en los billetes. ¿Memoria, verdad y justicia? ¿Los crímenes de lesa humanidad que se cometieron contra población indígena sí prescriben? Aunque sea, que haya condenas y cárcel para la memoria de aquellos genocidas. No vaya a ser que en 2019, al cumplirse 140 años del comienzo de la “Conquista del Desierto”, al gobierno de Cambiemos se le ocurra instituir otra Comisión de Homenaje… No sería extraño, si observáramos la alcurnia de varios de sus integrantes.