# ¿POR QUÉ BARILOCHE TIENE SÓLO 116 AÑOS?

El relato de la “Suiza argentina” apresa la historia mapuche del Nahuel Huapi

Uno de los Bariloche posibles -el dominante, el dueño de la historia oficial y el relato del presente- celebró su “aniversario” el pasado 3 de mayo. Pero la arbitrariedad de la fecha queda al desnudo con el repaso de qué pasaba en esta zona, mucho antes de los 116 años festejados.

05/05/2018
Bariloche
Adrián Moyano

En 1856, el alemán - chileno Francisco Fonck integró una expedición que alcanzó a navegar el Nahuel Huapi. Al creerse solos en la actual jurisdicción municipal de San Carlos de Bariloche, los expedicionarios encendieron una gran fogata en la Península San Pedro. Pero la humareda no pasó desapercibida para los moradores del gran lago y motivó una respuesta diplomática pero enérgica por parte del nizol longko Yangkitruf, quien dirigió una misiva a un personalidad influyente de Osorno “expresándole su enojo por la violación de su territorio por los intrusos venidos el año pasado desde Llanquihue, y agregando que los castigaría en caso de que volvieran a entrar por ese lado” (Vezub 2009: 138).

¿Quién era el firmante de aquella protesta? El mismo año en que se concretó la excursión trasandina, el comandante de Carmen de Patagones, Benito Villar, presenció con sorpresa una escena para él imprevista. Gracias a que primaran las palabras sobre el lenguaje de las armas, la población ribereña se libró de un ataque al que amagaron 300 “tehuelches”, “pampas” y “chilenos”, según la terminología del militar. El contingente venía al mando de Llanquitruz, Coloala, Paillacan y Huincahual, según la ortografía de las fuentes históricas. El primero es nuestro hombre, del segundo nada puedo decir, el tercero el padre del célebre Foyel y el cuarto, el progenitor del no menos relevante Inakayal. Para concluir el acuerdo que impidió el malón, Villar recibió a Yangkitruf en el interior de la localidad para observar que “este cacique hijo de Patagones fue recibido con grandes demostraciones de alegría, reconociendo a sus amigos, abrazándolos, llorando y diciendo a cada momento, cuánto se hallaba feliz de verse rodeados otra vez de amigos” (Vezub 2009: 132). Los weichafe habían partido desde Valcheta, Maquinchao y desde Las Manzanas, espacio el último de límites ambiguos que incluía al Nahuel Huapi. A juzgar por los liderazgos que mencionan las crónicas, aquellos jinetes fueron sobre todo mapuches aunque también gününa küna. Que Yangkitruf recibiera ovaciones al aproximarse al fuerte no se explica solamente por sus intensos vínculos con los comerciantes y hacendados; en la década anterior había pasado una prolongada temporada en Patagones y además, sus kona acostumbraban a emplearse en la siembra y en la cosecha del trigo ante la escasez de mano de obra de otros orígenes. También es justo destacar que por entonces, apenas cuatro años después de la batalla de Caseros y a tres de la sanción de la Constitución, todavía no estaba maduro el proyecto político que recién se redondearía en la década del 70, según el cual el Estado debía construirse a través de la conquista del territorio mapuche y gününa küna todavía libre. La convivencia entre ambas sociedades no era una utopía sino una práctica concreta, aunque supiera de periódicas tensiones.

Todos los caciques

En efecto, un tirante intercambio epistolar había precedido el ingreso triunfal de Yangkitruf a la población que tan bien conocía. En una misiva que tiene como fecha 12 de junio de 1856, el “cacique principal” le hacía saber a Villar que había “hecho reunir a todos los caciques haciéndoles ver que toda la gente de Patagones venía firmada pidiendo se hagan las paces y no haya pelea ni traiciones” (Pavez Ojeda 2008: 280). En el texto, el longko custodio del Nahuel Huapi ponía especial énfasis en resaltar su carácter de ñizol, con expresiones del tipo “yo soy cabeza principal de todas las indiadas”. Sobre el final de la misiva, que contiene tantas fórmulas de cortesía como dichos vehementes, aclaraba que “mi escribano firma por todos los caciques que están bajo mi mando”. En una lista de ocho, en primer término figura “Paillacan” e inmediatamente después, “Guinca Gual”, es decir, los padres de Foyel e Inakayal. Se trataba de la segunda nómina que Yangkitruf acercaba a la comandancia argentina, había incluido a la primera en otra carta seis días antes, con 18 “caciques que están bajo mi mando”. La lista contenía entre otros a “Llancagir”, “Guan”, “Paillagir”, “Guircaleu”, “Naipichun”, “Coliguala”, “Treiman”, “Puelman” y “Chagayo chico”. Varios de ellos serían destacados animadores del trawün de Sayweke en la década siguiente.

Las conversaciones se producían en una coyuntura política muy particular, que entre otros rasgos se caracterizaba por la debilidad militar de la provincia de Buenos Aires. En septiembre de 1855, los weichafe al mando de Yangkitruf habían asestado un golpe importante a las tropas bonaerenses, en la jurisdicción actual del Partido de Benito Juárez. Aquel ataque quedó en la historia como el Malón de San Antonio de Iraola, hecho de armas que en la opinión del historiador Julio Vezub, fue de dimensiones tan relevantes como la derrota del mismísimo Bartolomé Mitre en la batalla de Sierra Chica. Según el investigador, “será la última oportunidad conocida en que los miembros del linaje Chocorí-Llanquetruz-Saygüeque participen de un ataque sobre una plaza argentina antes de la guerra desencadenada en 1879”. La expedición manzanera fue especialmente virulenta, de los 120 hombres que integraban el contingente bonaerense que se les opuso, sólo sobrevivieron dos. La articulación que se registró entre los mapuche de las actuales provincias de Río Negro y Neuquén más los de Salinas Grandes, no volvió a alcanzar tal grado de ajuste.

El Arreglo de Buenos Aires

Consecuencia final de las presiones y de las conversaciones que estableció con las autoridades bonaerenses, fue el “Arreglo del Gobierno de Buenos Aires con el Cacique Llanquitruz”, que ambas partes firmaron el 24 de mayo de 1857. Una era “el cacique del Sud” y la otra “el Gobierno del Estado de Buenos Aires”, en beneficio de “Todas las tribus e Indiadas del Cacique Llanquitruz o amigos de él” pero también de “todo habitante de cualquier punto del Estado de Buenos Ayres que quiera ir a comerciar entre dichas tribus e indiadas”. Por el tratado, los wingka reconocían que Yangkitruf ejercía control sobre el río Negro y se preocuparon por incluir que “el Cacique Llanquitruz reconoce que sus antepasados cedieron por tratado al antiguo Gobierno del Rey de España las tierras que se conocen por de Patagones hasta San Javier”. Quiere decir que hasta la boca del Kurüleufu se extendían los espacios territoriales de sus mayores, antes del negocio con los ibéricos. Las ambigüedades del Acuerdo obligaron en forma permanente a su reinterpretación, no siempre de manera amistosa. Pero más allá de los vaivenes, los bonaerenses reconocían la presencia ancestral de la gente que en ese momento histórico lideraba Yangkitruf sobre la cuenca de los ríos Limay y Negro y además, quedaba claro que el primo de Sayweke junto a sus “amigos”, mantenían “presencia y control directo sobre la región del Nahuel Huapi” (Vezub 2009: 134).

La intromisión de Fonck, Fernando Hess y resto del contingente chileno en el territorio mapuche libre del Nahuel Huapi había interrumpido seis décadas de ausencias wingka. Para dar con otra presencia foránea hay que remontarse a la serie de viajes que concretó a partir de 1791 Francisco Menéndez, franciscano con base en Chiloé que fue muy explícito en su cometido: se proponía “descubrir la laguna”. La historiografía colonialista tiende a exagerar la importancia de la misión que los jesuitas habían sostenido en la zona entre 1670 y 1717 pero más allá de su valoración, la mera cronología arroja que desde la llegada de los españoles al –llamado por ellos- Reino de Chile y al Río de la Plata, la actividad europea en estas playas sólo se había prolongado durante cuatro décadas y con algunos paréntesis. Más allá de la presencia muy reducida de los religiosos, España nunca tomó posesión de estos espacios territoriales, ni ejerció soberanía ni produjo actos administrativos. De ahí que Menéndez hablara de “descubrir” aunque claro, lejos estaban el Nahuel Huapi y sus contornos de permanecer vacíos de gente, a la espera de recibir descubridores.

Indios puelches

El 22 de enero de 1792, la expedición española amaneció después de pasar la noche a orillas del Ñirihuau, no muy lejos de su desembocadura en el Nahuel Huapi. En la jornada anterior, el sacerdote y los soldados españoles que formaban su comitiva, habían observado “un camino usado y pisadas de caballo. También vimos humos hacia el norte, distante cuatro o cinco leguas de nosotros”. Al reiniciar la marcha, los intrusos no demoraron en dar con un jinete, quien avistó a los recién llegados con evidente sorpresa. Momentos después, irrumpieron en escena otros cuatro anfitriones involuntarios, quienes preguntaron a los recién llegados “si veníamos de paz y de buen corazón”, según anotó el sacerdote. “Luego llegó el cacique principal acompañado de otros dos, y nos hizo las mismas preguntas, y se le respondió lo mismo. Preguntele como se llamaba, y me respondió que se llamaba Mancúuvunay. Su mujer preguntó a uno de los primeros que nos encontraron, si veníamos de paz, y respondiéndole que sí, luego comenzó a cantar y la acompañó la madre del cacique” (Fonck 1900: 302).

Menéndez puso como título a sus anotaciones de esa jornada “Se encuentran los Indios Puelches”, vocablo el último que entre otros significados, se traduce como “gente del este”. Integraban la expedición “indios amigos” de Chiloé, resulta evidente entonces que las comunicaciones se produjeron en mapuzungun o “habla de la tierra”, el idioma de los mapuches. Además, el bello nombre de aquel longko no deja dudas sobre la identidad de los pobladores ancestrales de Bariloche y Dina Huapi: Manke Wenüy significa “amigo del cóndor”, de nuevo en mapuzungun.

La primera de las localidades festejó su 116 aniversario el 3 de mayo último. Pocos vecinos se preguntaron por qué si la Argentina reivindica 208 años de existencia, la ciudad en la que viven tiene tantos años menos… Son menos aún los que advierten la trampa colonialista de realzar a Carlos Wiederhold Piwonka o a Primo Capraro como iniciadores de la historia local. Es que resulta incómodo caracterizar a la “Suiza argentina” como consecuencia de una agresión colonial en regla que además, se concretó a través de un genocidio. Mankewenüy debió morir en libertad y con Yangkitruf sucedió otro tanto, aunque expiró a traición en Bahía Blanca al caer ante el balazo de un soldado mientras estaba “de paz”. En cambio, Inakayal “dueño de la costa del lago” hacia 1876 según atestiguó Francisco Moreno, murió en la cautividad del Museo de Ciencias Naturales de La Plata en 1888. La historia mapuche y gününa küna del Nahuel Huapi también está presa todavía.

Glosario de palabras en mapuzungun

Ñizol longko: longko principal. Longko entre loncos.

Weichafe: guerrero.

Kona: servidor de la comunidad o del lonco. Los mocetones, según las crónicas contemporáneas a los sucesos.

Trawün: encuentro. Espacio de deliberación política.

Kurüleufu: río Negro.

Bibliografía

Fonck, Francisco: “Viajes de fray Francisco Menéndez a Nahuelhuapi”. Valparaíso. 1900.

Pavez Ojeda, Jorge (compilador): “Cartas mapuche. Siglo XIX”. Ocho Libros / Colibris. Santiago. 2008.

Vezub, Julio: “Valentín Saygüeque y la Gobernación Indígena de las Manzanas. Poder y etnicidad en la Patagonia septentrional (1860-1881)”. Prometeo Libros. Buenos Aires. 2009.