El día de la marmota

No hay nada que tema más el establishment económico que un trabajador con derechos. Esa es su Quimera. Después de todo, y aunque pocas veces se menciona con claridad, el trabajo es la fuerza organizativa, el espinazo social, sin el cual no queda nada. Por detrás de las Lebacs y el dólar pasado y futuro, el precio de las commodities y las tasas de referencia, los acuerdos con el Fondo y los vaivenes de la Bolsa, aquí o en Wall Street, está el trabajo.

08/07/2018
Martín Medero

Desde la desapercibida jornada del peón golondrina en campos ignotos de la Patria hasta las grandes acerías, refinerías, campañas cerealeras y emporios gráficos siempre está la mano que trabaja; y entre esta y un salario escaso está lo que un empresario denomina “ganancia”.

El 30,2% (un tercio) de los desaparecidos durante la última dictadura fueron obreros; el 17,9%, empleados en distintas actividades. Con los estudiantes (21%) conformaron, por lejos, los tres sectores sociales, víctimas predilectas, del genocidio de Estado durante la satrapía nacional de 1976 a 1983.

El Proceso militar suspendió los derechos de los trabajadores; intervino los sindicatos, clausuró la CGT y prohibió las huelgas. Todo formó parte de un plan económico que, en medida excluyente y merced al avanzado estado de las organizaciones obreras y a la legislación que les dio sustento, tomó el deliberado camino de la masacre.

"Paz, Pan y Trabajo". Primer paro de la CGT en Dictadura, 7 de noviembre de 1981

Analizar esta circunstancia implica desatar un nudo conceptual y comprender la historia política argentina desde mediados del siglo XIX y hasta estos días.

La reacción de los trabajadores expoliados construyó –producto de la práctica- desde el fondo de los tiempos sus primeras organizaciones; desarrolló una conciencia común, de clase; sopesó el valor del trabajo y sus implicancias.

Nació así, en 1857, la Sociedad Tipográfica Bonaerense, durante la presidencia de Justo José de Urquiza, que luego devendría en la actual Federación Gráfica Bonaerense, y que en 1879 protagonizó su primera huelga.

Hubo antecedentes de otras protestas obreras: saladeros, aguateros, empleo doméstico. Pero no puede pasar sin ser observada la circunstancia histórica en la que se desarrolló aquella medida sindical.

Ya era presidente de la Nación Nicolás Avellaneda; el primer presidente por la fuerza de la oligarquía, organizada en el Partido Autonomista Nacional. La crisis mundial de 1873 y la imposibilidad del Gobierno argentino de afrontar el pago de los intereses de la deuda externa, cargó (el correlato histórico es incesante) los costos sobre la clase trabajadora.

La siguiente es una frase del discurso de Avellaneda cuando la apertura de sesiones ordinarias del Congreso Nacional en 1876, dijo que:

“Hay dos millones de argentinos que econonomizarían hasta sobre su hambre y sobre su sed, para responder en una situación suprema a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros”.

Cuando en ese escenario estalló la huelga de los Gráficos, tampoco era casual que Bartolomé Mitre ya hubiera creado (4 de enero de 1870) el primer medio de comunicación hegemónico del país: La Nación.

El diario amenazó a los tipógrafos con despidos en masa, y con contratar mano de obra en el Uruguay, estrategia que fracasó gracias a la solidaridad gremial de la Banda. Los huelguistas pedían una mejora en sus condiciones de trabajo, que las jornadas no fueran de más de 12 horas, y que La Nación no empleara a niños menores de 12 años y bajo salarios de hambre.

Para sortear las protestas laborales, además de la lisa y llana represión, el presidente Mitre creó otro instrumento a la medida: la Corte Suprema de Justicia, integrada por jueces de su propio partido.

Estas son noticias todas que parecen provenir de hace solo días atrás.

Enriqueta Lucero

También lo parece la protesta liderada por la maestra puntana Enriqueta Lucero; la primera huelga docente del país y una de las primeras en el mundo.

En una nota dirigida al Superintendente General de Educación, Domingo Faustino Sarmiento, fechada en San Luis el 20 de noviembre de 1881, las docentes  piden cobrar tras “8 meses sin que se nos hayan pagado nuestros haberes devengados”.

Los sueldos dispuestos por el “Padre del aula” se cancelaban en recibos dobles, parte en moneda de curso legal y parte en vales que las maestras debían cambiar a valor de miseria en el comercio local. Aquellos recibos constituían también otro fraude: el monto final a percibir que allí constaba nunca coincidía con lo efectivamente cobrado, y sufría además descuentos abusivos por alquiler, y comisiones diversas.

“Van, distinguido señor”, dice la nota dirigida a Sarmiento, “seis años que el humilde y abnegado profesorado de esta provincia sufre la más acerba injusticia sin que nunca ciudadano alguno haya tenido el valor, como hombre, de estar en pro de la moralidad ofendida”.

El censo de 1869 había consignado que cuatro quintos de la población del país eran analfabetos.

A comienzos del siglo pasado, y con la experiencia ganada, la lucha de los trabajadores por sus condiciones laborales adquirió otras cualidades y se profundizó: La “Marcha de las escobas” por las calles de La Boca, que reunió a más de 15.000 personas, y la huelga de inquilinos en 1907, la rebelión agraria y el Grito de Alcorta; la huelga metalúrgica en los talleres Vasena (reprimida con pogromo incluido); las más aludidas de la Patagonia Rebelde, y el Cordobazo. Sucesos todos, por nombrar solo algunos, que permiten narrar la historia del país organizada a partir de las luchas obreras, en principio casi espontáneas, luego cada vez más estructuradas, sindicalizadas, desde mediados de los 40. Episodios de un drama en el que los trabajadores pagaron con sangre la conquista de nuevos derechos.

Tienta citar aquella idea de que en la Argentina “las tragedias no se repiten como farsas, sino propiamente como tragedias”.

Además de los ejemplos recurridos hay que decir que, en coincidencia con estas fechas, entre el 6 y el 13 de julio de 1977, fueron secuestradas por el Ejército Argentino 11 personas en Mar del Plata, suceso recordado como “La noche de las corbatas”, durante el cual fue asesinado el abogado laboralista Norberto Centeno, junto a sus colegas, Salvador Manuel Arestín, Raúl Hugo Alais, Camilo Ricci, Carlos A. Bozzi y Tomás J. Fresneda.

Norberto Centeno, detenido-desaparecido en julio de 1977

Norberto Centeno fue, entre otras actividades, abogado de la CGT y autor de la Ley de Contrato de Trabajo, ahí donde, dictaduras mediante, no quedaba nada.

También la especialización en derecho laboral fue y es pecado sine díe. Una especie surgida como respuesta a la sobreexplotación de los trabajadores, y perseguida hasta el día de hoy: “La industria de los juicios laborales”, definió el presidente Mauricio Macri, y “los costos que debe afrontar el empleador”, en referencia a los derechos conquistados por la clase trabajadora. “El paro de la CGT no sirve para nada (porque) después sigue todo igual”, la soberbia del ministro Nicolás Dujovne.

El ataque constante del gobierno a los convenios colectivos de trabajo; la intervención a los gremios más activos, la reforma laboral, los despidos masivos, la persecución a jueces que osan fallar en favor de los trabajadores, y en total, la represión al movimiento obrero, son parte de la inveterada política de las clases dominantes, en una réplica interminable y cíclica, donde solo los nombres (algunos, no todos) cambian.

Los despedidos de Télam, y en general de todos las reparticiones del Estado; la represión a los docentes en Corrientes, en Chubut; el desguace de una industria incipiente, pero que ya ofrecía algún equilibrio; los cesanteados en ferrocarriles y aquellos privados de ciudadanía porque ya no consiguen acceder al mercado laboral; y como contrapartida las organizaciones obreras para las cuales estos retazos de historia son ya ADN, hacen recordar a Phil Connors, el personaje interpretado por Bill Murray, en la película “El día de la marmota”, quien atrapado en un bucle temporal está condenado a repetir, día tras día, siempre la misma historia, hasta que por fin, harto de suicidarse en innumerables ocasiones, se decide a actuar.