# OPINIÓN

Los pañuelos y la plaza

Cada 24 de marzo, desde hace 18 años, Bariloche renueva sus pañuelos blancos en la plaza. El poder de un símbolo que desafía al discurso dominante impuesto hace más de cien años. El campo de debate es un espacio público que celebra la campaña militar contra el mapuche. “Lo que les preocupa es lo que los pañuelos representan”. Escribe Liliana Lolich para En Estos Días.

01/09/2018
Bariloche

 

La calidad de Monumento Histórico Nacional condicionaría lo que el municipio pueda realizar en materia de “obras, acciones, innovaciones o mejoras individuales o de conjunto que afecten o alteren su concepción, materialización y aspecto original.”. Tratándose de un espacio cívico central y de intenso uso, es imposible -y de hecho, quienes usan sus edificios lo saben- acatar requisitos que no se cumplen ni cumplieron nunca. ¿Es tan grave, entonces, asumir que la pintada de pañuelos sobre las lajas del piso de la plaza es ya una tradición socialmente consolidada siendo que no afecta la materialidad de la obra? Sabemos bien que no es ese el tema que les preocupa a quienes se oponen. Lo que les ocupa y preocupa es lo que los pañuelos representan. Ese es el punto central del problema.

Los nombres no son inocentes. Así como no fue inocente bautizar “Expedicionarios al Desierto” a la plaza que celebra la campaña militar del general Roca, hoy, la persistencia de una práctica comunitaria sostenida en el tiempo ha logrado instalarse y traducirse en un nuevo nombre: la Plaza de los Pañuelos. ¿O alguien no sabe, cuando se la menciona, a qué lugar refiere? En ese sentido, la polémica desatada no hace más que fortalecer el reconocimiento y enriquecer, aún más, su valor como fenómeno social. Sería lamentable, entonces, que la intolerancia se imponga por encima de una acción pacífica y limpia.

Otra argumentación se escuda en la imagen turística, todo un tema para la controversia y donde sobran ejemplos de qué se muestra y qué se esconde a la mirada de los visitantes. ¿No sería mejor mostrarnos como ciudad comprometida con la memoria y la justicia, con la paz y la tolerancia a las auténticas expresiones de su población? Eso sí que haría de Bariloche un destino absolutamente original. Salvo que prefiramos orientar nuestra oferta a un turista modelo modelado por estrategias de marketing para el cual abundan ofertas mucho más tentadoras y accesibles, propias de los “no lugares” que tan bien definiera Mark Augé. 

 

Intentando dar un poco de claridad a un tema conflictivo, creo oportuno aclarar algunos criterios que suelen confundirse: 

-Como patrimonio inmaterial se reconoce a toda aquella manifestación cultural que no necesariamente se manifiesta en forma física y tangible. Así, el lenguaje, la música, las costumbres, el dominio de alguna técnica u oficio, entre otras, son reconocidos como tales cuando gozan de reconocimiento social a lo largo del tiempo. Pero… ¿cuánto tiempo?

-Como criterio de reconocimiento 50 años es parte de una tradición ya superada desde que los avances tecnológicos vienen acelerando, también renovando, los procesos de construcción de cultura. Por eso hoy se considera que fenómenos muy recientes pueden ser patrimonializados toda vez que logren consolidarse por su significación, persistencia y visibilidad.

-Así como las palabras poseen un significado que les da sentido, siendo este su razón de ser dentro del lenguaje, suele ser más fácil aceptar que puedan aparecer nuevas palabras para representar nuevos significados que admitir que el patrimonio acompañe los cambios sociales. Y la pintada de pañuelos nos enfrenta, hoy, al desafío de aceptar que han surgido nuevas representaciones que complejizan el espacio público y lo resignifican.

Destacados teóricos, entre ellos, el prestigioso argentino Néstor García Canclini han planteado las dificultades de pretender encasillar a nuestra cultura dentro de los parámetros de la hegemónica tradición occidental europeizante. Estas nuevas visiones sobre la patrimonialización insisten en la necesidad de aceptar e incorporar los cambios de significado que se van dando con el tiempo entendiendo que, al igual que el lenguaje y la cultura, el patrimonio es un concepto dinámico y cambiante que se enriquece y muta con el tiempo. Hace décadas que esta condición ha sido aceptada y consensuada.

Sabemos que el Centro Cívico y su entorno han sufrido múltiples alteraciones en su materialidad y que pretender devolverle su aspecto original no está en la voluntad de nuestras autoridades ni municipales ni nacionales. ¿Por qué, entonces, tanto ensañamiento con una práctica respetuosa y leve en su materialidad, en cuanto a que no introduce ningún daño, como resulta el acto de pintar pañuelos blancos?

Se ataca a una intervención de superficie que plena de contenido en su hondura representa la más firme defensa de nuestra democracia.

 

Liliana Lolich 

Arquitecta, docente e investigadora del Conicet y la Universidad Nacional de Río Negro. Máster en Historia de la Arquitectura y del Urbanismo en América Latina (UNT). Doctora en Historia del Arte y de la Arquitectura en Iberoamérica. Ex presidenta de la Comisión de Patrimonio Histórico de Bariloche. Autora de numerosos ensayos sobre historia de la Arquitectura y del Urbanismo. Patrimonio Cultural Ambiental. Preservación patrimonial.