Mankewenüy desmiente la extranjería mapuche

Anotaciones de un expedicionario español, en 1792, dan cuenta de un encuentro con una comunidad mapuche, a orillas del lago Nahuel Huapi. Mucho antes de la fundación de la Argentina y de que los libros de historia conviertan a Wiederhold en el “primer poblador”, los mapuche ya vivían organizados en la zona. En esos testimonios queda claro que de Chile vinieron los españoles y de Buenos Aires, los genocidas.

15/09/2018
Adrián Moyano

En 1792, la Argentina no estaba en los planes de nadie. Mariano Moreno apenas si contaba con 14 años y aún faltaban ocho para que marchara hacia Chuquisaca, donde comenzaría a forjar sus ideales revolucionarios. Manuel Belgrano era un tanto mayor: 22 años. Pero por entonces, estaba más preocupado en el proceso judicial que las autoridades virreinales seguían contra su padre que por idear banderas. De hecho, estudiaba en España, de donde retornó al año siguiente. Ni las Provincias Unidas existían aún en la imaginación de los futuros revolucionarios.

El 22 de enero de aquel año, un jinete avistó al contingente español que avanzaba cerca del curso del río Nirihuau, después de desembarcar en las playas del Nahuel Huapi. La expedición seguía “una senda en medio del pasto” (Fonck 1900: 302), es decir, un camino utilizado con frecuencia por sus moradores habituales. Además, la vanguardia del contingente recién llegado apuntaba hacia humaredas que habían divisado durante la jornada anterior. Antes de dar con aquel involuntario vigía, los españoles habían encontrado pisadas y huellas de caballos. Uno de los expedicionarios enarboló una “sabanilla” en su fusil, “vino el indio cerca de él y sin responderle se volvió a marchar a toda carrera”.

Tenía sobradas razones para precipitarse. Desde que las autoridades españolas de Chiloé desistieran de sostener la misión jesuita a orillas del Nahuel Huapi, habían pasado nada menos que 75 años. Toda una generación puelche había crecido, amado, cazado, sembrado y desarrollado su cultura lejos de las miradas incómodas de los sacerdotes. También de las visitas siempre riesgosas de los soldados de Su Majestad. España nunca pudo sujetar colonialmente al País del Nahuel Huapi, que ahora recibía una amenaza contra su libertad.

La partida de intrusos cargó sus armas. Al rato, el jinete retornó en compañía de otros tres. El diálogo se estableció a unos 50 metros de distancia, es decir, a los gritos. Los involuntarios anfitriones preguntaron si los recién llegados venían “de paz y de buen corazón”. Obvio, los españoles respondieron afirmativamente y sus interlocutores pidieron que “dejasen las armas porque les tenían mucho miedo”. Los fusiles quedaron sobre el suelo pero al alcance de los soldados. Entonces, Francisco Menéndez se acercó a la delegación en compañía del capitán y el sargento de la partida, que se conformaba en total con unos 50 efectivos. “Luego llegó el cacique principal acompañado de otros dos y nos hizo las mismas preguntas y se le respondió lo mismo. Preguntele cómo se llamaba, y me respondió que se llamaba Mancúuvunay”.

Amigo del Cóndor

Mankewenüy es un vocablo mapuche que significa Amigo del Cóndor. Tres años atrás leí en voz alta la página 302 del libro de Francisco Fonck para que pudiera escuchar estas alternativas Anahí Rayen Mariluan. En la edición, hay un recuadrito que dice “Se encuentran los indios puelches”. Más allá de la anotación a la española del sacerdote, es evidente que su interlocutor se denominaba a sí mismo en mapuzungun y que se expresaba en ese idioma, ya que el franciscano contaba con lenguaraces chilotes que conocían su variante williche o tsezungun. Además, la crónica apunta la presencia de tres longko, entre los cuales Mankewenüy, era el “cacique principal”, quiere decir que la población era relativamente importante. El encuentro ratificaba la presencia de población mapuche en las actuales jurisdicciones de San Carlos de Bariloche y Dina Huapi, cuando aún faltaban 75 años para que naciera Carlos Wiederhold, en quien los cuentitos históricos atribuyen el carácter de primer poblador de estas latitudes.

Quise compartir mi entusiasmo con mi compañera: del relato de Menéndez se desprende con contundencia la preexistencia mapuche al Estado argentino… Su crónica también pone contra las cuerdas la falacia de la Araucanización de Pampa y Patagonia porque su viaje se produjo antes de las migraciones masivas que insiste en magnificar la versión colonialista de la historia. Que el sacerdote pusiera tanto énfasis y esfuerzo en redescubrir el Paso de los Vuriloches demuestra su irrelevancia para la población histórica del Nahuel Huapi, que se valía de otras vías para unir el este con el oeste cordillerano. Y viceversa...

Seguramente beneficiario, a la vez que víctima y reproductor del patriarcado, también leí ante la cantora mapuche un párrafo cuya importancia había soslayado. Anotó Menéndez: “su mujer (la de Mankewenüy) preguntó a uno de los primeros que nos encontraron, si veníamos de paz, y respondiéndole que sí, luego comenzó a cantar, y la acompaño la madre del cacique. Fueron llegando otros indios e indias y éstas acompañaron a las dos en el canto”. Yo había reparado en la importancia histórica y política de la presencia de Mankewenüy y su gente antes de que expirara el siglo XVIII a orillas del gran lago. Pero Anahí escuchó además el canto de bienvenida de aquellas mujeres mapuche puelche y en el correr de los días, disparó ráfagas de preguntas. ¿Serían tayül? ¿Tendrán vigencia? Al formar parte de una comunidad cuyo longko era Amigo del Cóndor, ¿cantarían el tayül del manke? Esas cavilaciones estuvieron al principio de su tercer disco solista, “Mankewenüy – Amiga del Cóndor”, que salió días atrás y se presentaba anoche. Más sabio que el castellano en varios aspectos, el mapuzungun no suele discriminar por género: wenüy puede significar amigo, pero también amiga. Es que desde aquella mañana de lectura, mi compañera inició una relación amistosa con newen tan emblemático. Insistirá en cultivarla porque además, tiene una película documental en proceso, bajo la dirección de la realizadora María Manzanares.

Cantos versus balazos

Incorregibles, los españoles descargaron tres de sus armas al aire para celebrar el encuentro a su manera, maniobra que causó espanto entre los puelche. Si bien el conjunto del pueblo mapuche conocía los estragos que podían hacer los arcabuces desde 1541, que las detonaciones afectaran tanto a Mankewenüy y su gente evidencia estupor. Hay que insistir: hacía 75 años que no se veía un soldado por las playas que hoy utilizan los y las barilochenses para veranear. Como España nunca ejerció su dominación colonial sobre el País del Nahuel Huapi, mal podían las Provincias Unidas del Río de la Plata considerarlo herencia. Al igual que el resto del Wallmapu, claro…

Aquellos puelche hicieron gala de la tradicional hospitalidad mapuche, “fuimos con ellos a un llano entre cerros en donde tenían sus toldos” (Fonck 1900: 302). Según la cuenta del sacerdote, se carnearon tres “carneros” para agasajarlos, a pesar de los resquemores que despertaban. “Se asó la pierna de uno y de puro gordo, apenas se podía comer. Nos dieron sal muy rico (sic), y a mi juicio es mejor que la de Lima”. Más allá de su mirada antojadiza, las impresiones que legó el franciscano son muy importantes: ya existía en la zona ganado ovino y en muy buen estado, quiere decir que aquellos puelche no eran sólo cazadores. Los elogios hacia la sal demuestran que mantenían relaciones con grupos pikunche de la actual provincia de Neuquén, que mantenían bajo su control territorial codiciadas salinas. Esos yacimientos fueron atractivo tanto para los españoles como por los mapuche del Ngulumapu, que usualmente comerciaban con sus parientes de la vertiente oriental de la cordillera.

La cordialidad convivió con la desconfianza durante aquella comida. Menéndez quiso conocer sus razones: “me contestó diciendo, que pocos días hacía que habían llegado a otra tierra cercana a la suya unos Españoles de Buenos Aires, y que después de haberlos agasajado los Indios, y dadoles (sic) caballos para su retirada al tiempo de la despedida los habían llevado presos a todos, y presumían que nosotros haríamos lo mismo con ellos”. El sacerdote quiso disuadir a su anfitrión, con poco éxito. También hizo averiguaciones sobre la presencia de compatriotas suyos pero Mankewenüy respondió “que no los había ni al norte ni al Sur”.

Por la tarde arribó a las tolderías del principal “otro cacique, llamado Cayeco, con un caballo cargado de carne de Huanaco (sic)”. Kayuko puede significar Seis Aguas en idioma mapuche pero más probable es que aquel peñi se llamara Kayukeo, cuyo postfijo viene de kewpu: pedernal. Él también “me hizo las mismas preguntas que los otros”, es decir, si los recién llegados eran gente de “paz y de buen corazón” (Fonck 1900: 304). Al anochecer, “dormimos todos en el toldo del cacique, y para disimular el que teníamos centinela comenzó la gente a cantar al uso de los Indios de Chiloé, y ellos correspondieron a su modo, por lo que se pasó la noche alegremente”. Otra vez la música…

De Chile, los españoles

El contingente español emprendió el regreso el 26 de enero y dos días después arribó por vía lacustre “al puerto de la Esperanza” (Fonck 1900: 315), es decir, Puerto Blest. Menéndez retornaría al Nahuel Huapi al año siguiente y volvería a encontrar cerca de sus playas ventosas al longko Mankewenüy, a su compañera, a su madre, a sus hijos y a los demás longko. En esa oportunidad, las relaciones no fueron tan amistosas. Los mapuche puelche del gran lago empezaron a comprender que sus visitantes eran más bien, gente de “dos corazones” aunque los sucesos que terminarían con su libertad, recién se desencadenarían 80 años después. A las órdenes de Julio Roca, antes Estanislao Zeballos comenzó a divulgar entre la prensa y a través de sus libros el estigma de la extranjería mapuche y en 1879, se precipitó el drama. Entre muchos otros, Mankewenüy encarna una inapelable desmentida a sus aseveraciones: de Chile vinieron los españoles. Y de Buenos Aires, los genocidas.

Bibliografía

Fonck, Francisco: “Viajes de Fray Francisco Menéndez a Nahuelhuapi publicados y comentados”. Valparaíso (Chile). 1900.