Milonga para una guitarra sin cuerdas

La noticia de la represión policial en el barrio 2 de Abril, que culminó con un adolescente gravemente herido, tiene detrás otra historia. Esta es la historia de Félix, su padre, hombre de campo, poeta y milonguero. Una historia de sueños frustrados, de proyectos que quedaron truncos cuando el escopetero Javier Veloso apretó el gatillo.

25/11/2018
Bariloche
Martín Medero

Félix, en su casa

Llegar hasta la casa al borde del río cuando llueve ha de ser un problema. Va una calle angosta, de tierra y piedra suelta que se ve, hace mucho nadie se ocupa en mantener. Antes, años atrás, cuando cualquier crecida del Ñireco se comía las riberas, ahí no había nada de nada; yuyos sí, pero no había casas. En aquel entonces, antes de que las obras hidráulicas domaran el agua, aquello era frontera. Los chiquilines se bañaban, y los más grandes, a la tardecita, pescaban por pescar.

Esta calle sin prestigio que entonces no era ni huella, ahora es un rumbo poceado que se hará barro previsiblemente en invierno. No hay números ni vereda ni límite entre el camino y la propiedad. La casa es de seis por ocho, las paredes revestidas con tablas y en el techo chapas de zinc. Todavía está abierta la puerta por donde una vez entró la tristeza como si fuera un familiar.

 

En la pared del comedor, sobre la mesa, hay colgada una guitarra, y le pregunto a Félix si está afinada y quién es el que sabe puntear. “Es mía”, dice, “en realidad yo soy soguero, que es mi profesión, pero sé hacer todos los trabajos del campo; me gusta hacer milongas, hago las letras, todo, porque el campo es mi vida”.

Cómo quisiera volver

Al pago donde nací

Y yo que siempre creí

Que no iba a retroceder…

Cuenta que allá en el campo, en Las Bayas, donde creció “había una guitarrita vieja, rota y sin cuerdas, de mi hermano más grande”.

-Hubo que rasquetearla toda y lustrarla, pero no teníamos plata para comprar las cuerdas.

-Parece que la guitarra no viene sola, ¿no?; que siempre hay algún amigo, un familiar que te la presenta.

Y debe ser así nomás, porque enseguida se acuerda de un tío que trabajaba en la estancia La Florinda, de la familia Morán, en Las Bayas. Y que se iba solo de pibe, diez, doce años, a pedirle que le afine el instrumento: “quiere ser guitarrero y ni cuerdas tiene para su guitarra”, dice que el hombre le dijo.

“Le anudábamos las cuerdas cortadas, y con una birome le hacíamos el capotraste”, el recuerdo le causa gracia; “ahora Nehuencito quiere aprender a tocar, pero yo no le sé enseñar. Yo aprendí de oído, como se aprende en el campo”.

Nehuén es flaco y alto a los 16, y llega custodiado por su hermana mayor. Viene de comprarse unos anteojos de sol; son anteojos grandes, ahumados, de tono marrón –demasiado- y le cubren la cara hasta la mitad.

Hace dos semanas por Nehuén nos pasamos una tarde de sábado completa en el hospital.

“Un policía fue acusado por el disparo al menor que perdió un ojo”, tituló un diario (si tuviera que glosar una frase, diría: “un curioso abuso de la gramática”); y también, “Investigan un confuso hecho donde un adolescente perdió un ojo”, cínico este otro.

- Dice tu viejo que tenés ganas de agarrar la guitarra.

“Sí”, dice Nehuén, sentado al sol, los anteojos grandes, la gorra calada, “estamos viendo si nos ponemos a estudiar”, así, en plural.

-Y que querés entrar a la Escuela de Hotelería.

-Sí, también estamos viendo.

Le digo que eso está bueno; que acá, en esta ciudad, puede haber trabajo con el turismo, ahora que cuesta conseguirlo, con la economía jodida como está.

Dice: “el país está jodido”, y se queda en silencio.

Para alimentar la charla le cuento que aquel sábado conocí a su novia, esperando en el hospital. “¿Llevan más de un año?”. “No, ahora cumplimos seis meses”, certifica.

Mientras hablamos se revisa las heridas que tiene en los brazos, a la altura del torso, producto del escopetazo que le descerrajó la policía; “esta se está curando”, analiza, “esta otra no, todavía tiene la bolita adentro, me la tienen que sacar”.

“A mí me fusilaron”, dice. Como el padre, regala humildad.

Félix me cuenta que cuando tenía siete años él ya andaba trabajando en el campo. Le iba abriendo las tranqueras al estanciero, Aurelio Morán. Me parece que la vida en la estancia tiene mucho de sistema feudal.

Cuando Félix era un niño, Las Bayas no era más que la escuela, familias rurales dispersas y el conchabo en tierra ajena para poder comer. El censo del 91 registró en el paraje 34 habitantes; después, la infame década de los noventa arrasó los campos. En 2001 quedaban solo 21 personas. Ese éxodo arrastró a Félix a la ciudad.

 

Me explica que “el trabajo de soguero está relacionado con hacer todo el apero para los caballos; es lo único que en la estancia no se paga”, dice, “pero es lo que siempre me gustó hacer”.

“Hacer la soga”, como él lo llama, trenzar riendas, bozales y maneas, “en el campo es una necesidad”; pero dice que en el correr del tiempo, el oficio de trabajar el cuero se le ha vuelto un arte: “hago la soga, y también todo lo que se pueda hacer con cuero, vainas para cuchillos, cintos o botas de potro para el campo. Pude aprenderlo y también tuve la suerte de poderlo enseñar”.

-Es un proceso que hay que hacer. Hay que saber cómo carnear, cómo sacar el cuero; después hay que sobarlo. Se trabaja con cuero de vaca y cuero de potro. Al cuero de vaca nosotros le llamamos la soga, y al cuero de potro la lonja. El cuero de potro es lo que se utiliza como “hilo”, para hacer las costuras y los tejidos.

-¿Y por qué te viniste para la ciudad?

-En realidad es sencillo, es la situación que les pasa a muchos chicos del campo. Antes las familias eran numerosas, nosotros éramos siete hermanos, y mi viejo no podía bancarnos a todos. Si le compraba zapatillas a uno, no le compraba zapatillas al otro.

 

A los 13 años Félix trabajaba por día en el campo, “de chivero”. A los 16, cuando reabrieron la escuela taller de Pilca Viejo, lo admitieron y alcanzó a hacer dos años de secundaria. Poco después se vino a Bariloche a trabajar. Enseñó el oficio de talabartero; trabajó un tiempo en otra estancia cercana a sus pagos, en Las Bayas. Fue cocinero en Puerto Blest; vivió en El Bolsón donde aprendió sobre agricultura orgánica; formó pareja y nacieron dos hijos, los dos que hace un rato regresaron de comprar los anteojos de sol.

Será que a veces el destino

Se pelea con la suerte

O será que Doña Muerte

Se le mete en los caminos…

Al salir del hospital, en la puerta, había un enjambre de periodistas, cámaras, el acoso de los celulares que ahora se usan para grabar. Le preguntaron al pibe “¿qué pasó?”. Y dijo: “Yo estaba afuera de la vivienda, en el terreno, en la parte de adelante. Llega un patrullero y se bajan los policías disparando, apenas se bajan empiezan a gatillar. Quise salir corriendo para atrás y ahí me pegaron en la cabeza (con postas de goma de una escopeta calibre 12/70), y quedé tambaleando. Después me dieron en el ojo, y ahí, cuando caí en el piso, me agarraron, me pegaron un par de patadas y me llevaron al patrullero”.

Contó que en la comisaría algunos quisieron retenerlo y otros, al ver que perdía mucha sangre, decidieron llevarlo al hospital: “yo les decía, 'a mí me arruinaron, me sacaron el ojo'; y mientras les decía eso me seguían pegando adentro del patrullero para que me callara”.

- ¿Qué edad tenés?

-Dieciséis.

Le cuento a Félix que estuve ahí cuando a Nehuén le dieron el alta. Se le ahueca la voz. Pienso que lo que está a punto de decir es una suma de detalles minúsculos, astillas de un relato mayor.

-Hay un sueño que tengo y que nunca lo pude cumplir, es el de poder vivir de mi trabajo, que es el trabajo del cuero y de la “soga”. Es lo que estaba haciendo, lo que hice desde chiquito. Cuando me instalé acá, por la escuela de los chicos, vivía de eso, de trabajar el cuero acá en mi ranchito. Entonces me saltó por un amigo la posibilidad de un buen trabajo en Ushuaia, en una estancia; eso daba para ir, hacer la temporada, juntar unos pesos, y venir y hacerme el taller que quiero hacer para trabajar el cuero.

De salario, veinte mil pesos por mes le habían ofrecido, y otros dieciocho por cada caballo que pudiera domar.

-Y te ibas con tu hijo.

-Iba conmigo, se iba conmigo a trabajar. Fuimos juntos hasta Río Gallegos, y ahí como para pasar a Río Grande hay que tomar una barcaza, hay que pasar por Chile para llegar. Y entonces él no tenía el documento actualizado de los 16 años, ese fue un error mío. Y se tuvo que volver para Bariloche; era el 15 de octubre. Traté de hacer el documento allá, fui al Registro Civil, pero tenía que esperar una semana. Se me hacía largo; yo no tenía los medios para poder aguantar. Entonces conseguí plata prestada para sacarle a Nehuén un pasaje para que viniera a hacerse el documento, y que después volviera a irse para allá.

-¿Y su novia?

-Bueno, iba medio a la rastra, es verdad; iba medio enojado, pero yo le decía que no nos íbamos a ir para siempre, que era para laburar una temporada. Yo le decía siempre: “si querés tener una novia tenés que poder cuidarla, ayudarla. Tenés que tener algo de plata”. También me parecía que tenía que estar a la par mío. Siempre anduvimos a la par. Cuando me separé yo me quedé con ellos desde chicos, y los crié solito. Ahora teníamos planes, tal vez comprar un autito… Pero con todo esto yo también tuve que volver.

Por eso estaba Nehuén en la casa de su novia en el barrio 2 de Abril cuando la policía llegó. Eso fue el 9 de noviembre, cerca de las 20. Nadie sabe explicar por qué. Admiten que los policías ingresaron al terreno sin ninguna orden. Los testigos sostienen, igual que el chico, que se bajaron de una camioneta y comenzaron a disparar. Eran cinco: Sánchez (conductor del móvil), los cabos Roda, Hernández y Galindo, y el escopetero Javier Veloso, señalado como quien efectuó los disparos, y a quien se le levantaron cargos “en orden del delito de lesiones graves agravadas por haber sido cometidas por un miembro integrante de las fuerzas policiales, abusando de su condición funcional”, según los datos provistos por la Fiscalía.

Al pibe un escopetazo lo tomó de pleno, tiene múltiples heridas que aún no cicatrizaron, y perdió el ojo derecho.

Félix me dice: “ahora hay que dar un paso atrás para volver a empezar”.

Los tientos del cabestro que trenza son metáfora. Parece que la historia está tejida con esos mismos hilos.