Sobre los brotes que tronchó el machismo racista de la Campaña al Desierto

¿Existe alguna palabra, superadora de “femicidio”, para describir los masivos asesinatos de mujeres mapuche sólo por ser “indias”? Qué mujeres vieron (y mataron) los “civilizadores” de la Campaña del Desierto. Una aproximación a un 8M silenciado.

10/03/2019
Adrián Moyano

Ilustración de la muestra “Inakayal vuelve: bordar el genocidio”, de Sebastián Hacher.

A orillas del río Caleufu (Neuquén), marzo pero de 1863. Mientras aguardaba que Inakayal y los demás longko decidieran si franqueaban su paso hacia Carmen de Patagones o no, Guillermo Cox se detuvo a describir a sus anfitrionas mujeres. En particular, el chileno de origen galés se dejó encandilar por la belleza de una cuñada de Inakayal, compañera de su hermano Mariweke. La utilizó como referencia para trazar una semblanza de la mujer del longko, cuyo nombre no registró.

Un poco diferente, por sus ademanes y figura, era la mujer de Inacayal. No tenía tantos de los encantos de la juventud como la mujer de Marihueque, pero, en cambio, tenía más de la gracia majestuosa de la mujer formada y la madre de familia. Era de raza pampa, tenía la cara ovalada, la tez cobriza, y dos grandes ojos de gacela de una dulzura expresiva, tipo supremo de la belleza entre los árabes. Su fisonomía franca y abierta era muy graciosa; por otra parte, era tan discreta como la mujer de Marihueque en el asunto de pedir chaquiras, y muy diferente en eso a la insaciable Pascuala, mujer de Paillacan. Había dado bellos hijos a Inacayal, Millaleufu, río de oro (itálica en el original) y Yahuelcó, cuya significación en indio no he podido saber, ambos hombres; una niña de cuatro o seis años por la cual el viejo Huincahual tenía mucha afección y otra de pecho (Cox 1999: 219).

Ilustración de la muestra “Inakayal vuelve: bordar el genocidio”, de Sebastián Hacher.

Wingkawal era su abuelo. Según los apropiadores del Museo de La Plata, Sarak o Dolores se llamó la hija mayor de Inakayal, quien aparentemente tuvo otras dos niñitas después de la visita de Cox. En la escalofriante nómina de los científicos que a la conquista militar, política y económica sumaron el despojo de los cuerpos, figuran además del longko, su esposa y cuatro hijas, una de ellas de corta edad hacia 1885. Como manera de consumar la ostentación de poderío, fueron fotografiados en su doble condición de prisioneros de guerra y objetos de estudio. En el semblante de sus rostros, nada deja adivinar la existencia casi idílica que a pesar de sus prejuicios, había observado el viajero chileno.

Propietarias

En las tolderías del Kaleufu pudo constatar que sus anfitriones nunca maltrataban a sus compañeras e hijas e inclusive, consideró necesario salir al cruce de los dichos que predominaban en su época sobre la supuesta “condición desgraciada de las mujeres indias”. Las calificó lisa y llanamente de falsedades, al menos “entre los pehuenches y tehuelches”. Eran los varones quienes se ocupaban de sus caballos con mucho celo, no sus mujeres. Pero además, en caso de salir, su marido o cualquier pariente varón enlazaba, aunque ellas mismas ensillaban de una manera particular. “Las mujeres, en la toldería del Caleufu y otras que he visitado, no tenían otros trabajos que los propios de su sexo entre gente civilizada. Cuidan sus hijos, hacen la comida, tejen ponchos y preparan cueros de guanaco. Todo esto es trabajo de mujer” (Cox 1999: 222). Pero además y a diferencia de las sociedades que no mucho tiempo después condenarían a las mapuche zomo a un calvario que no exhibió rasgo alguno de civilización, ellas disfrutaban de la propiedad de sus rebaños sobre cuya suerte, la voluntad del marido no tenía incidencia alguna. Según el autor del diario, “no sería extraño que casi todas las ovejas del Caleufu fuesen de la segunda mujer de Huincahual, cuando recuerdo el cuidado que tenía la china para hacerlas entrar todas las noches al corral”. Era la única que desarrollaba esa tarea porque “no teniendo hijos, se ocupaba en eso por diversión, como me lo dijo un día al cuidar las ovejas, ocupación de que participaba montada a sus ancas la traviesa Llancuhuel”. Se trataba de otra hija de Winkawal, quien “tenía una cara graciosa y picaresca, ojitos negros y vivos, dientes blanquísimos”. En el verano de 1863, estaba a punto de abandonar la niñez para convertirse en mujer. Imposible prever la desgracia que terminaría con la libertad mapuche y gününa küna dos décadas más tarde. Sobre la vida y cuerpos de las mujeres que consiguieron sobrevivir, se desencadenarían múltiples formas de opresión.

Ilustración de la muestra “Inakayal vuelve: bordar el genocidio”, de Sebastián Hacher.

Siete años después, George Musters se encontraba en las tolderías del longko mapuche Kintuwal, en cercanías del emplazamiento actual de Esquel (Chubut). El marino inglés también tuvo oportunidad de intercambiar pareceres con sus anfitrionas mapuche. Al detenerse en un toldo “donde estaban sentadas cuatro mujeres cosiendo mantas”, una lamngen que resultó “vieja y fea” para las apreciaciones del europeo, relató que conocía el río Negro, donde había estado “con el cacique Chingoli”. Se refería a Chinkolew, hermano de Yangkitruf y Mankelaf, cuya presencia en cercanías de Carmen de Patagones, obedeció a la tarea que ejerció después de la muerte de Yangkitruf, es decir, primer interlocutor en representación de los suyos ante las autoridades bonaerenses pero también, inicial línea de defensa y vigilancia.

Frescura

La anciana que charló con el marino supo de aquellas vicisitudes y como hablaba español “actuaba como intérprete de las otras tres, muchachas altas y rollizas, hijas de un hermano de Quintuhual que era capitanejo de la partida. Estaban vestidas lucidamente con ponchos de varios colores, y habían ceñido con pañuelos de seda sus cabellos finos y brillantes divididos en dos largas trenzas, que hacían resaltar encantadoramente sus rostros frescos y despejados” (Musters 1964: 274). Quiere decir que no siempre las mujeres mapuche eligieron el color negro para vestirse y que la belleza florecía durante la vida en libertad.

“Restitución”, de Hacher y Mariana Corral.

El 22 de marzo de 1870, el contingente que integraba el viajero inglés arribó a Ngeylum, expresión que en mapuzungun significa “pantano” o “húmedo”. A esa altura del periplo, la caravana se conformaba por centenares de jinetes mapuche, gününa küna y aonik enk, con sus respectivas familias y toldos. El geógrafo Rey Balmaceda estableció que ese paradero coincidía con el emplazamiento actual de la localidad de Pilcaniyeu, unos 65 kilómetros al este de Bariloche. Lejos de las enemistades irreconciliables que los historiadores colonialistas quisieron magnificar entre mapuches y tehuelches, el ambiente era festivo: “al día siguiente de nuestra llegada a Geylum vino del norte una partida de manzaneros o araucanos con sidra fabricada por ellos y guardada en cueros de oveja, manzanas y piñones, para traficar con eso”. El observador atribuyó a las bondades de la chicha la “francachela escandalosa” con que los integrantes de los tres pueblos, celebraron el encuentro.

Una jornada más tarde, Musters tuvo ocasión de probar las bondades de la gastronomía mapuche, porque “como la carne escaseara, comí en el toldo de Foyel parte de una pequeña torta de maíz y un postre de manzanas y piñones; comida en la que hizo los honores la hija de Foyel”. El marino describió a su anfitriona como “linda muchacha de diez y ocho años con largos cabellos negros y sedosos, que su doncella, una chica tehuelche cautiva, tenía que peinar diariamente como obligación especial”. Se molestó el europeo porque “esta señorita no se humillaba nunca haciendo algún trabajo doméstico, aunque de vez en cuando aplicaba su delicados dedos a la aguja” (Musters 1964: 302).

De nada le sirvió a la joven su belleza y supuesta alcurnia, 17 años más tarde moriría en la humillante cautividad del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, presa no sólo de los vencedores, sino también de sus pretendidos científicos. Según Rey Balmaceda, dejó de existir el 21 de septiembre de 1887, dos años después de la captura de su gente por parte de los soldados argentinos. Si fuera exacta la edad que consignó su huésped inglés al momento de aquella comida, Margarita dejó de existir a los 35 años, aunque en las fotografías que tomaron los invasores de su territorio e intimidad, acusa más. Una cicatriz debajo de su pómulo derecho conseguía poner en segundo plano su elegancia de antaño, pero nunca su dignidad. ¿Qué fue del bebé que llevaba en sus brazos? ¿Supo esa criatura su procedencia? ¿O los wingka también borraron su identidad?

Si el concepto de femicidio alude al “asesinato de una mujer a manos de un hombre por machismo o misoginia”, ¿qué palabra designa a los asesinatos que sufrieron mujeres mapuche, gününa küna y otros pueblos por el sólo hecho de ser “indias”?

Bibliografía

Cox, Guillermo (1999): “Viajes en las regiones septentrionales de la Patagonia (1862 – 1863)”. El Elefante Blanco. Buenos Aires.

Musters, George (1964): “Vida entre los patagones. Un año de excursiones por tierras no frecuentadas desde el estrecho de Magallanes hasta el río Negro”. Ediciones Solar. Buenos Aires.

Pepe, Fernando; Añon Suárez, Miguel; Harrison, Patricio (2009). Grupo Universitario en Investigación en Antropología Social: “Iconografía: los prisioneros de la campaña del desierto, de la Isla Martín García al Museo de La Plata, 1886”. Ediciones Contrastando. La Plata.

Otras fuentes

Cañumil, Pablo (2014). Curso de Idioma Mapuche Ngütrümküley mapuzungun. Bariloche. Río Negro.

* Las tres primeras ilustraciones corresponden a la muestra “Inakayal vuelve: bordar el genocidio”, de Sebastián Hacher. La cuarta, a “Restitución”, del propio Hacher y Mariana Corral.