Terrabusi

Muy pocos los conocen, menos aún saben quiénes son, dónde viven, ni a qué se dedican. Pero están. Son ellos, los titiriteros. Los que mueven pacientemente los hilos día a día, gobierno a gobierno. El poder es una densa telaraña tejida durante décadas en los rincones de un palacio decrépito.

17/03/2019
Nacional
Martín Medero

 

El arte de la memoria.

Cicerón (de Oratore II, 352) asegura que una noche del año 500 antes de Jesucristo, cuando  el maestro de poetas, Simónides de Ceos, arreaba palabras en un tardío banquete ofrecido por Escopas en Tesalia, probablemente en Cranón, donde el errante cantor de dioses y hombres era acogido por su mecenas, tuvo lugar la invención de la memoria.

Y cuenta Plinio,  Gayo Plinio Segundo, apodado “El viejo”, en su Naturalis Historia –donde puede leerse acerca de la vida del camaleón, los usos médicos de la col, y los efectos de la sangre de cabra sobre el diamante, entre otras inusitadas maravillas- que el gran Ciro conocía los nombres de todos los hombres de su ejército. Que el general Lucio Escipión recordaba los nombres de todos los romanos. Que Cineas sabía el de todos los senadores; de los que eran, serían y habían sido. Mitríades Póntico, cuenta El Viejo, se expresaba a la perfección en cualquiera de las 22 lenguas al uso dentro de sus dominios, asombrando a los seléucidas que dieron noticia al vecino reino de Pérgamo, del Fasis al Halys, todo en torno al Ponto Euxino y al sur del lago Meótida –hoy un mar-, hasta la playa última desde donde se vislumbra la imaginaria isla de Chipre y al Este los lagos de Van y Urmía. El recuerdo de todos los volúmenes de una biblioteca cabía con holgura en la vasta memoria de Cármadas, que solía recitar en la Academia Nueva un libro completo, de corrido, como si lo estuviera leyendo.

 

***

Pero lo que yo recuerdo es mi barrio de casas bajas, blancas, pardas, con tejados de terracota. Casas modestas y tan parecidas entre sí que daban la impresión de haber sido puestas ahí, como piezas de un juego, por las manos de un niño gigante. Casas a crédito. Casas de laburantes.

Recuerdo las calles estrechas con plantas de naranjas agrias, baldíos, pajonales y potreros, y una diagonal que hería al barrio como un tajo caliente donde crecía un ombú, justo en medio. La vereda umbría del hipódromo, y un fresno y un aromo que plantamos cuando eran solo varita con el abuelo.

Frente a mi casa había un local del que no tengo la certidumbre de que fuera almacén o algo más que panadería. Los escalones de la puerta de entrada eran de madera gris gastada, y luego oscuridad. Es seguro que hubiese un mostrador, entrando a la derecha; pero ahora la penumbra del tiempo solo permite distinguir formas en huida; sombras cálidas. Calle Saavedra al mil cuatrocientos, Martínez, hace muchos años de aquí. 

Había frascos llenos de caramelos de colores, como enormes tubos de ensayo con tapa de aluminio, una heladera con fiambres y estantes con latas de galletitas.

 

Al lado del boliche, hacia la esquina, seguía un paredón encalado. Antes había solo alambre tejido y yuyos del otro lado del cerco. Tan pronto alzaron ese paredón algún valiente pintó en letras de alquitrán sobre el blanco inmaculado: “Cámpora al gobierno (y debajo) Perón al poder”, y más abajo una “P” mayúscula que encajaba la pata en el ángulo interior de una “V” mayúscula, y a los lados una “j” chiquita a la izquierda y una “p” chiquita a la derecha.

En el recuerdo permanece, junto a un poste en la vereda, una lata grande y vacía. La lata está impecable. Es casi toda azul oscuro y dice en letras rojas “TERRABUSI”, y en letras blancas algo que me resulta un enigma: “En cada tipo una creación incomparable…”. Debajo, dentro de un triángulo blanco, el garabato despojado de lo que parece ser una niña con una breve falda y algo que carga con su brazo derecho -quizá una lata similar, aunque pudiera no ser adecuado-. La niña lleva la cabeza y medio torso cubiertos por una sombrilla. Del otro lado -girando en el mismo sentido que las agujas de un reloj- la lata tiene una ventana circular de vidrio que le ocupa casi toda la cara. Sobre la ventana dice en cursivas sans serif “¡Son de” y luego la imprenta mayúscula, también de palo seco, “TERRABUSI”, otra vez.

La chocolatada  “Las tres niñas” que venía en un envase blanco con forma de pirámide triangular de donde podía beberse insertando una pajita; la sombra leve de mi madre en la cocina; un lápiz que tenía un extremo rojo y el otro azul; la tinta china, el yoyó Russell, la heladera Siam; la cinta bicolor de la máquina de escribir; un sacapuntas con forma de horquilla, la goma de borrar “Dos Banderas”, el Ludo Matic, y así, un extraño artilugio como un ganchito que empleaba mi abuela para enhebrar las agujas, arroban el paisaje infantil.

Y también las galletitas “Lincoln”, un invento inglés de la firma Mc Vitie´s, que allá parece que son redondas, también con puntitos, y acá cuadradas y dicen “Terrabusi” en una de sus caras, y debajo “Lincoln”.

 

La lata de mi recuerdo tenía unas hermanas, también abandonadas junto al mismo poste a la puerta del almacén. Una era de la misma edad y traía Melbas, y otra mayor, de más de tres kilos, que decía “Para sándwiches y toda hora…” donde venían las Express.

Todas decían: “Establecimiento modelo. San José 1060. T.E. 231021”.

 

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Pero no decían:

El tres de julio de 2009 los compañeros iniciaron el paro. Exigían a la empresa medidas de seguridad e higiene cautelando las consecuencias de la pandemia de gripe A. Gisella Floret, que trabajaba en chocolates, contó que “pedíamos que desinfectaran la fábrica porque había compañeros enfermos, la empresa respondió que iba a cerrar el jardín maternal, pero no les dio licencia a las madres, que no tenían dónde dejar a sus bebés. Se pusieron duros y no querían dar el asueto correspondiente con tal de sacar la producción. Después del paro les dieron la licencia, se dictó la conciliación obligatoria y el ministerio intervino obligando a la empresa a que dejara faltar a las personas con problemas respiratorios, a que les pagara a las madres esos días de licencia”.

 

Al cumplirse la conciliación obligatoria dictada por el ministerio de Trabajo, Kraft Foods -ya propietaria de Terrabusi- despachó 162 telegramas de despido. Aunque el paro lo resolvió una asamblea de compañeros del turno tarde, se sacaban de encima a los de la comisión gremial, a los delegados de todos los turnos, a los que habían encabezado la protesta, en distintos horarios, de todos los sectores. Pero la gente no se fue.

Acamparon dentro de la fábrica. La policía la acordonó; no entraba ni salía nadie, y los compañeros ya no tenían qué comer.

“Quieren imponer el sistema americano de doce horas como ya hicieron en la planta de San Luis”, dijo Gisella, “así se ahorran un turno”.

Los que estaban afuera, las familias, con críos y viejos, cortaban la Panamericana. Los corría la Gendarmería.

 

El caballo Paddy.

“Después de que nos hayamos ido, habrá vendedores Kraft caminando en la sabana Africana, desafiando las nieves de Siberia y luchando contra las supersticiones de Mongolia…” (James Lewis Kraft).

Kraft es la segunda productora de alimentos del mundo. Por aquellos años tenía unos 90 mil empleados, facturaba 40 mil millones de dólares anuales con sus 160 plantas en 150 países. Hoy, millones de veces en un día un producto de Kraft en algún lugar del mundo es adquirido por alguien.

Kraft Foods Argentina nació formalmente en el año 2000, a partir de la integración mundial de Kraft con Nabisco. Nabisco había llegado al país en 1981, y desde entonces fue comprando algunas de las empresas más valoradas por los consumidores argentinos, como Terrabusi, Canale, Mayco y Vizzolini. Ya en un primer desembarco, Kraft Foods había adquirido Suchard, en 1990. En 1992, se quedó con Alimentos Especiales y relanzó los productos Tang y, posteriormente, Clight. Entre las marcas líderes que Kraft comercializó en la Argentina se destacaron, en la categoría galletitas: Terrabusi, Canale, Mayco y Capri; en pastas: Don Felipe, Vizzolini, Canale y Barilla; en jugos en polvo: Tang, Clight y Frisco; en chocolates: Milka, Rhodesia, Tita, Toblerone y Shot; y, en premezclas, el polvo Royal.

 

Kraft fue la empresa estadounidense que proveyó a las tropas de alimentos enlatados durante la primera Guerra Mundial. Sus vínculos con el poder político continúan hasta hoy. Kraft aportó a la campaña de Barak Obama y Barak Obama designó a Mary Schapiro, directiva de Kraft Foods, como directora de la Comisión de Valores de Estados Unidos.

En 1903, James L. Kraft, canadiense de Ontario, hijo de un granjero menonita de origen alemán, puso su nombre en el lateral de una carreta alquilada, enganchó a su caballo Paddy e inició un negocio de venta de quesos al por mayor en Chicago. Tenía solo 65 dólares como capital inicial cuando se lanzó a las calles. Es el segundo hijo más famoso de la ciudad luego de Alphonse “Al” Capone.

Todos tienen la misma oportunidad; una vez más la monserga de Kraft, el sueño americano: aquel que no llega es porque no quiere, o se desvía de la decencia y los valores patrios.

La Cámara de Comercio de Honduras estaba presidida por el City Bank, Wal Mart y Kraft cuando la entidad apoyó, en 2009, el golpe de Estado en ese país. Las fuerzas armadas secuestraron al presidente Manuel Zelaya, y la Cámara publicó el siguiente comunicado:

"La salida del Presidente Zelaya es el resultado de un proceso sistemático de violación de la Constitución y las leyes por parte del Gobierno que él encabezó… No se está cambiando un Presidente por otro. Se ha logrado en un marco de unidad nacional, mantener la institucionalidad, el respeto a la Constitución y las leyes".

 

La planta de Kraft en Pacheco, Buenos Aires, donde trabajaba Gisella Floret y donde más tarde fueron reprimidos y detenidos sus compañeros, es una de las más grandes fuera de los Estados Unidos. La construyeron los primos Carlos Reyes Terrabusi y Gilberto Montagna, herederos del control de la compañía.

Los Terrabusi, Ambrosio, Felipe y Julio, habían iniciado el negocio tan pronto llegaron de Italia, en 1911, con un establecimiento de bizcochos artesanales en la calle Sadi Carnot 217 (ahora Mario Bravo). En 1919, el éxito (vendían unas 5 toneladas mensuales) los llevó a ampliar y mudarse a la calle San José, de donde provino la lata de galletitas de mi infancia; y en 1963, los descendientes Carlos y Gilberto construyeron la planta modelo de la firma en Pacheco.

Al cabo, Montagna y Terrabusi vendieron todo para dedicarse a sus cultivos de soja y a criar caballos de carrera. Pero antes, en los setenta, la empresa no se sustrajo al clima político de Argentina:

Los delegados de Terrabusi formaban parte de las Coordinadoras Interfabriles de la Zona Norte que incluía a obreros de Ford, Alba, Astarsa y Mestrina. El 16 de febrero de 1976, como presidente y fundador de la Coordinadora de Industrias de la Alimentación (COPAL), Gilberto Montagna lideró el lockout patronal que generó un desabastecimiento de productos masivos previo al golpe del 24 de marzo. Con la dictadura ya instalada, los delegados Susana Ossola, Juan Esteban Ferreyra y Carlos Becker fueron secuestrados y desaparecidos, entre abril de 1976 y marzo de 1977. Los tres figuraban en la lista de “guerrilleros fabriles” (dicho esto en las persistentes palabras de Ricardo Balbín) que los empresarios habían hecho llegar a los militares.

Gilberto Montagna

 

Los titiriteros.

Después de Gilberto Montagna, la Coordinadora de Industrias de la Alimentación (COPAL), fue conducida durante años por Jorge Zorreguieta, funcionario de la última dictadura militar (subsecretario de Agricultura y Ganadería desde 1976;  Secretario de la entidad entre 1979 y 1981, y presidente de la Junta Nacional de Granos) y padre de la reina Máxima de Holanda.

El conflicto de Kraft en 2009, que recuerdan Gisella Floret y sus compañeros, apuró la salida de Zorreguieta de la COPAL, pero en el sillón vacante se sentó un viejo conocido y camarada: Daniel Funes de Rioja.

Pisos y columnas de mármol de Carrara visten el estudio jurídico Funes de Rioja en una torre de Puerto Madero. Son 850 metros cuadrados, valuados en 5 millones de dólares, donde un centenar de abogados maneja más de 14 mil expedientes. Desde los amplios ventanales del piso 11, de Rioja contempla el Río de La Plata.

Daniel Funes de Rioja

Así lo vio el diario Ámbito Financiero: “Carlos Pedro Blaquier, titular de Ledesma; y Luis Pagani, dueño de Arcor, acordaron el nombramiento de Daniel Funes de Rioja al frente de la poderosa COPAL, para un bienio que se prevé conflictivo por el surgimiento de un gremialismo de izquierda adepto a los paros salvajes”.

Es decir, nombraron a un especialista. ¿En qué?

Recuerdo la lata azul de Terrabusi, el garabato de una niña que va con su breve falda, las Lincoln de mi infancia humedecidas en leche chocolatada, y escucho un susurro de generales moviendo sus piezas en una mesa de arena.

El campo de batalla de la COPAL es la Zona Norte del Gran Buenos Aires -que incluye mi barrio de casas modestas, blancas, pardas, con tejas de terracota- el límite del cordón industrial donde radican las grandes automotrices y las fábricas de la alimentación.

El plan sistemático de devastación de la industria, el cambio de paradigma de distribución de la riqueza que implicó la persecución, el secuestro y la tortura seguida de muerte de obreros y dirigentes sindicales que aplicó la dictadura del '76, tuvo también ese escenario.

El 30,2 por ciento de los detenidos-desaparecidos denunciados ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas son obreros.

Ese es el trasfondo que pone en perspectiva la sentencia que condenó a los directivos de la planta de Ford en General Pacheco (vecina de Terrabusi), donde, como en otras empresas, se elaboraban listas, se marcaba a los delegados, tal como lo denunció en aquellos años Rodolfo Walsh.

Del mismo modo que el empresariado argentino -salvando la magnitud del genocidio- promovió, ejecutó y sostuvo una dictadura militar en el país, hicieron los nazis en Alemania a la par de las grandes empresas. AGFA, BASF, Bayer y Hoechst, Krupp, Volkswagen, BMW, Opel, Mercedes Benz, Hugo Boss, Siemens, Fanta, Kodak y Nestlé, entre otras, auparon y apoyaron financieramente al régimen y promovieron y se beneficiaron a cambio con la producción esclava de los “campos de trabajo”, enseguida campos de exterminio.

El empresariado argentino no fue colaborador de la dictadura, sino que, propiamente, fue la dictadura misma, junto a las Fuerzas Armadas.

Nunca, en Nüremberg ni en ningún otro sitio, hubo condenas para los empresarios del régimen nazi; por el contrario, al fin de la guerra se les condonaron las deudas con los países aliados.

Algo que, solapado por los intereses comunes de los grandes medios de comunicación, sí sucedió en la Argentina hace poco más de tres meses. Esa es la perspectiva.

“Mi profesión tiene momentos de angustia, de tristeza, pero también de enorme emoción y alegría. Este 11 de diciembre después de más de 42 años de los hechos, 15 años de proceso judicial y más de un año de juicio, tendremos una sentencia que espero sea histórica en el proceso de juzgamiento de delitos de lesa humanidad. Finalmente serán condenados directivos y empleados jerárquicos de una multinacional, responsables civiles de la dictadura cívico-militar”, escribió en diciembre de 2018 Elizabeth Gómez Alcorta, abogada de los sobrevivientes y niña también a pocas cuadras de mi barrio.

La condena fue por 24 privaciones ilegales de la libertad y tormentos a los trabajadores de la empresa multinacional Ford, en su mayoría delegados sindicales.

“Una de las consecuencias de este proceso será el hito en la jurisprudencia nacional e internacional sobre responsabilidad empresarial en estos delitos. A la vez, ya está asegurada la huella simbólica y discursiva en el proceso de juzgamiento de los crímenes de lesa humanidad en nuestro país”, escribió Gómez Alcorta.

Así nomás: “En lo personal, en lo humano, rescato a estas familias de laburantes, a estas mujeres inmensas y a estos hombres que sufrieron en sus cuerpos y sus vidas el Terrorismo de Estado por defender los derechos de los trabajadores. Ellos son una gran familia, de la que ya me siento parte, y ellos son los grandes héroes de esta historia”.

Pero ahí está Daniel Funes de Rioja al frente de la COPAL.

Nicolás Dujovne junto a Cristiano Rattazzi y Daniel Funes de Rioja

De Rioja fue asesor del Ministerio de Planeamiento de la Nación, durante el interregno con Jorge Rafael Videla como presidente de facto, desde donde se hacían millonarios negociados con las obras públicas y los amigos de la patria contratista. Un ejemplo es el holding SOCMA (Sociedad Macri), ganador de las licitaciones para Yaciretá, el puente Misiones-Encarnación, la central termoeléctrica de Río Tercero y de Luján de Cuyo, entre muchas. Al terminar la dictadura, igual que al terminar la Segunda Guerra, a estas empresas también se les licuaron las deudas.

Funes de Rioja fue además consejero y delegado de los empresarios ante la Organización Internacional del Trabajo desde 1976. Mientras era representante de las patronales ante la OIT, miles de delegados y activistas obreros eran asesinados y desaparecidos.

Hoy Funes de Rioja, además de presidir la COPAL, es vicepresidente de la UIA, vicepresidente de Laboratorios Roemmers; es uno de los propietarios -junto a su hijo Rodrigo- de Task Solutions, empresa que ofrece servicios tercerizados de call centers a las telefónicas en Córdoba y Buenos Aires; fue funcionario de Roque Fernández en el ministerio de Economía durante el gobierno de Carlos Menem, cuando forjó -y mantiene- fuertes vínculos con la CGT. De relación personal y muy cercana a Rodolfo Daer, ambos propulsores de la flexibilización laboral.

Cada vez que se escucha “concurso preventivo de crisis” -un ardid de las grandes empresas para despedir empleados-, muy probablemente el abogado de las patronales, Daniel Funes de Rioja, esté detrás.

 

Tierras de la memoria

Durante la dictadura, Gilberto Montagna presidió la COPAL. En los '80 la Unión Industrial Argentina. Heredero de Terrabusi, manejó la empresa durante 30 años, hasta que en 1993 la vendió a Nabisco por 360 millones de dólares. Recuerda cuando solía ir a Olivos a cocinarle tallarines a Raúl Alfonsín. Fue director de los establecimientos agropecuarios Terra Garba S.A. y Atilena SCA, y se dedica a la cría de caballos de carrera.

En tanto Reyes Terrabusi integra la comisión directiva de la Sociedad Rural Argentina. Su función lo llevó a bordo del gran escenario montado en 2008 en Palermo por las patronales del campo para pedir la renuncia de Cristina Kirchner.

Carlos Reyes Terrabusi

En aquel conato de golpe de Estado concentraron el PRO, encabezado por Federico Pinedo y Julián Obiglio, y la UCR bonaerense, con Federico Storani, Ricardo Alfonsín y el titular del Comité nacional, Gerardo Morales. También acudieron al llamado de la patria sojera distintas organizaciones de izquierda como el MST de Vilma Ripoll, y el dirigente piquetero Raúl Castells.

Reyes Terrabusi, es un apasionado del polo. Fue quien además, aprobó el bono de medio millón de pesos a Luis Miguel Etchevehere, tras su paso como presidente de la entidad rural, cuando asumió como ministro de Agroindustria del gobierno de Mauricio Macri. Un claro caso de cohecho, puesto que los cargos de la Sociedad Rural  no son rentados.

 

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Cuarenta días duró la lucha de los compañeros en 2009. Las 36 líneas de producción estuvieron paralizadas, incluyendo la línea de Oreo, resultando en tuberías obstruidas con la crema blanca utilizada en las galletas. Los silos de la fábrica acumularon insectos que contaminaron el abastecimiento de harina. El año anterior las ganancias netas de Kraft habían superado los 370 millones de pesos.

Aquellas jornadas recordaron a la huelga del '82, cuando se denunciaron "las condiciones de superexplotación (y) había controles hasta cuando ibas al baño. El conflicto salió de abajo, por medio de los compañeros que veían que el sueldo no alcanzaba”. En ese entonces los directivos Reyes y Montanga cobraban el equivalente al sueldo de 50 obreros de la planta cada uno. El paro comenzó en chocolate, donde más les duele porque se echa a perder. Después se plegó fideos y al final cartónlata, donde siempre se produjeron los peores accidentes.

Pero el 25 de septiembre de 2009 la policía de la provincia de Buenos Aires tomó por asalto la planta. Los compañeros no ofrecieron resistencia. Abundaron los gases y los disparos indiscriminados con balas de goma. Fueron 60 detenidos y 12 heridos de consideración.

“La historia no se repite, pero rima”, dijo Mark Twain.

María del Carmen Verdú, abogada especializada en derechos humanos, dijo que Kraft utilizó la planta como un centro de detención. No era la primera vez: "En lugar de ser llevados a las comisarías de policía, los presos fueron detenidos en la fábrica, en una circunstancia sin precedentes, donde los abogados ni siquiera podían entrar en el lugar donde los prisioneros estaban siendo detenidos".

"Cuando se inició el conflicto debido a las medidas de salud para la gripe porcina, Kraft ya tenía un plan para despedir a los delegados sindicales a fin de hacer recortes, añadiendo a la pobreza y el desempleo en toda la región", dijo Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora, durante la multitudinaria marcha en apoyo de los trabajadores de Kraft.

 

 

"Dentro y fuera, la planta fue militarizada", dijo Carlos Mores, otro delegado sindical despedido de Kraft que presenció los ataques de la policía el 25 de septiembre.

"La Embajada ha estado siguiendo el conflicto a base de nuestro interés en la promoción de las inversiones estadounidenses en Argentina, que han ayudado a generar empleo para más de 150.000 trabajadores argentinos", dijo la embajada de Estados Unidos.

"Un grupo de obreros de la planta industrial de Terrabusi S.A. de General Pacheco, elevó una nota al subjefe del área Tigre de las fuerzas militares. La nota obrera reclama la libertad de Juan Esteban Ferreyra, su delegado”, escribió Rodolfo Walsh en un cable de ANCLA en agosto de 1976.

 

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“Los que mienten hoy, son los encubridores de los que mintieron ayer. Los que agravian ahora, son los continuadores de los que agraviaron antes”. La frase es de John William Cooke.

El barrio aquel, las tierras de la memoria -diría Felisberto Hernández- no existen ya. Ni existe Terrabusi, que pasó de mano en mano, de una transnacional a otra. Pero detrás, aferrados a un perverso hilo de Ariadna los mismos hombres mueven la marioneta.

Las mismas ideas expuestas al sol -véase si no el editorial “Orden Republicano”, publicado por La Nación en octubre de 2009, con la firma de Daniel Funes de Rioja-.

Titiriteros detrás de la nueva Ley previsional, de las retenciones, del blanqueo; los formadores de precios que claman que “la reforma laboral es absolutamente necesaria”.

 

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Don Ambrosio Terrabusi tomaba café en un bar cuando vio salir de una despensa a una jovencita con un paraguas multicolor y una caja de galletitas Terrabusi Variedad bajo el brazo. Fue entonces que pronunció la famosa frase que luego se hizo eslogan: “Ni la lluvia detiene a los compradores de galletitas Terrabusi”.

El sol reverberó un instante sobre la gota de café en la cabeza cóncava de su cuchara.