# LECTURAS

Nostalgia

De cómo el dudoso recuerdo de un viaje en avión refiere a un libro de Boris Vian.

30/03/2019
Martín Medero

Viento del mar - Andrew Wyeth (Pintura en temple, a base de huevo, agua destilada y pigmentos en polvo)


Hay una novela que Boris Vian escribió en los ´60, y tituló “La hierba roja”. Es fácil encontrarla en las mesas de saldos; nadie le presta atención. Pero también es difícil tomarle cariño a Vian; todo resulta al final en una especie de pose o de impostura. Vian era un polímata; vale decir, que hacía de todo un poco.

Era escritor, pero también músico de jazz, actor, arpista, ingeniero… en fin. Firmó con un pseudónimo que lo mismo era anagrama de su propio nombre, Navis Orbi, cuestión que en latín significa algo así como “La nave del mundo”.

Una de sus esposas lo engañaba con Sartre.

Escribió “La hierba roja”, pero de sus ocupaciones, la menos conocida es la de traductor. Vian se dedicó durante años a traducir novelas, policiales todas, con un raro detalle en común: ninguna existía. “Tradujo” páginas y páginas de autores que no eran. ¿Qué pudo haber comentado Borges, tan afecto a esos juegos? ¿Y Fernando Pessoa, maestro de los heterónimos? ¿Qué hubiera dicho?

Siempre tuvo líos cardíacos, Boris. Murió en el cine, mirando la adaptación de “Escupiré sobre vuestra tumba”, dicen, su mejor novela.

Boris Vian y su esposa -Sartre y Simone de Beauvoir

 

Unos personajes de “La hierba roja” van llegando a la ciudad por un sendero oscurecido. Notan que es el rumbo correcto porque a los lados, junto a las piedras y hierbajos del camino, se ven diminutas, como piedras brillantes, pequeñas casas con sus luces encendidas. Las casitas, recuerdo, van creciendo en las axilas de los pastos a medida que ellos avanzan. Son cada vez más grandes, se perciben sus detalles, sus ambientes, sus ocupantes. Y más allá, agrupadas en un centro, ya apabullan las mismas casas crecidas en enormes edificios. Pensaba eso mismo, aunque al revés, en el avión, cuando me alejaba de una ciudad en miniatura.

Hay también un cuervo que predice en “La hierba roja”:

"Lil empujó la puerta y salió. Cortésmente el cuervo, le dijo adiós. Otra persona esperaba. Una niña delgada, de ojos negros e inquietos, que apretaba en su sucia mano una moneda de plata. Lil bajó la escalera. La niña vaciló y la siguió.

-Perdón, señora- dijo- ¿Dice la verdad?

-Claro que no- dijo Lil- Dice el porvenir que no es lo mismo.

-¿Y eso da confianza?- preguntó la niña.

-A veces da confianza- dijo Lil".

 

“Nostalgia de cosas que aún no han pasado” (H. Ferrer)

“Nostalgia” es una palabra que proviene del griego: nostos (regreso) y algos  (dolor). Puede que la nostalgia sea la pena de estar lejos de lo que uno ama.

A la nostalgia nos la enseñó Johannes Hofer, un joven suizo estudiante de medicina, durante una disertación que presentó en la universidad de Basilea en 1688. Dissertatio medica de nostalgia. Porque por entonces se consideraba a la nostalgia como una afección física más que del alma, capaz de provocar síntomas que, acuciando con el abandono y la tristeza, podían llevar a la muerte del paciente.

 

Johannes Hofer, tratado sobre la nostalgia

 

“La disertación trataba, en latín académico, la etiología, síntomas y posibles terapias referidas a la enfermedad que afectaba particularmente a los soldados suizos enviados a guarniciones extranjeras."

Hofer describió a la enfermedad como “una continua vibración de vitalidad a través de aquellas fibras de la mitad del cerebro en las cuales las huellas impresas de las ideas de la Patria aun persisten”.

El neurólogo Philippe Pinel agregó más tarde que el nostálgico padece una “apariencia triste y melancólica, mirada aturdida,…indiferencia hacia todo;…práctica imposibilidad de levantarse de la cama, silencio obstinado, rechazo de toda comida y bebida, demacración, marasmo y muerte”.

Johannes Hofer aconsejaba tratar la nostalgia con emulsiones hipnóticas, bálsamos cefálicos y opio, por lo menos en sus primeras fases. Luego venían las sanguijuelas, purgas, vómitos y sangrías.

En 1773, un general ruso descubrió la eficacia del terror para el tratamiento de la nostalgia. Notó que enterrando vivos durante un rato a sus soldados, después del tercer o cuarto enterramiento, la enfermedad remitía; (o acaso era reemplazada por el pánico). Incluso es posible que hayan ocurrido casos de sobredosis o efectos colaterales indeseados, tales como la muerte, por ejemplo, a cuenta de la Patria.

Al parecer, hasta entonces, a muchos soldados se los enviaba a casa a recuperarse, y no es que fuera una mala idea, pero pronto se supo que, cada vez más, los muchachos fingían y los generales comenzaban a ver como se despoblaban los campos de batalla.

Pentecost - Andrew Wyeth

La cualidad contagiosa de la nostalgia y la posibilidad de que generase una voraz epidemia fueron temidas y descritas en los manuales médicos utilizados en la guerra hasta 1946.

Casas de antigüedades, museos, búsqueda de ancestros, edificios históricos, archivos y hemerotecas, recuerdos de todo tipo han hecho hoy, probablemente de la nostalgia, un objeto de mercado.

 

Recuerdos

Dicen que fue el jesuita alemán Atanasio Kircher quien describió por primera vez la Linterna Mágica. Fue en 1654, en su libro  Ars Magna Lucis et Umbrae (El gran arte de la luz y de la sombra). El artilugio en cuestión consistía en un foco luminoso encerrado en una cajita metálica, que proyectaba formas y colores pintados en un cristal cuando este era atravesado por la luz. Como diapositivas, podríamos decir.

Pienso que el suceso es bastante similar a lo que describió el doctor Freud -“El brujo de Viena”, lo llamaba Vladimir Nabokov- cuando habló de los recuerdos. “Todos los recuerdos son encubridores”;  calculó Freud. Una celada, una ilusión. Descubrió que el inconsciente, por qué no, se parecía un poco a la linterna mágica de Kircher. También el doctor Freud participaba de una antigua creencia, decía “la memoria es indestructible” y cosas así. Decía que las “impresiones inconscientes no solo se conservan en la misma forma en que  se recibieron por primera vez, sino también en todas las formas que han adoptado en sus desarrollos ulteriores”. Hay algo casi como una mnemotécnica en eso, algo arqueológico y algo euclidiano también, que permite reconstruir un recuerdo a partir de las trazas que ese mismo recuerdo fue dejando a lo largo de la vida.

Nostalgia - Andrei Tarkovski (Fotograma)

Pero más curiosos resultan los recuerdos de cosas que no han ocurrido. O los recuerdos de aquello que tanto se desea que ocurra alguna vez. Qué hacer con esos recuerdos borregos, alimentados por una fuerza tan determinante en el presente, más aún que aquellos que se dicen “ciertos”.

Durante la secuencia final de Blade Runner -película del cineasta Ridley Scott- El replicante Roy Batty dice estas palabras al momento de morir:

"... he visto cosas que nadie creería: he visto naves de guerra en llamas más allá del hombro de Orión. He visto rayos C brillando en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia".

La misma enumeración ocurre en el poema  “El barco ebrio”, solo que a diferencia de Roy Batty, Arthur Rimbaud no ha visto jamás ninguna de las cosas que describe.

El joven Arthur dejó de escribir a los diecinueve y se fue por el mundo a cazar palabras; menos como mariposas que como animales feroces.

Vilhelm Hammershøi - Interior en Strandgade con luz de sol en el suelo - óleo

“Yo es un otro”, decía Rimbaud. Pensaba que el poeta había de ser un alquimista de la palabra, evitar la paráfrasis, desencajar los sentidos metódicamente, “lo que hago es encanallarme todo lo posible”, escribió. Y también: “Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme vidente”; esto, en el mismo sentido que el cuervo de “La hierba roja”.

Tal vez la marcha del poeta vaya con los recuerdos por delante.

Arthur fue soldado colonial en Java y mercader en Harar; tuvo una amante yemení y otra abisinia. “La soledad es mala cosa”, escribió otra vez.

“¿Para qué sirven estas idas y venidas, estas fatigas y estas aventuras en lugares de razas extrañas, y estas lenguas que llenan la memoria, y estas penas sin nombre, si un día, después de algunos años, no puedo descansar en un lugar que me guste más o menos…?”, dijo, cinchando en una tormentosa nostalgia de cosas que jamás habían sido. Nostalgia de nada.

En mayo del ´91 a Rimbaud debieron amputarle una pierna. En diciembre, a los 37, se murió.

“Sé de cielos que estallan en rayos, sé de trombas,

Resacas y corrientes; sé de noches... del Alba

Exaltada como una bandada de palomas.

¡Y, a veces, yo sí he visto lo que alguien creyó ver!”

(Rimbaud, El barco ebrio).

 

Final

Despegue o decollage, en francés.

(Fotografía Édouard Boubat)

Los ruidos furiosos del avión al alzar vuelo. El pasaje en silencio. El crujir de plásticos disuelto en una salsa de miedo. También así se dice, “despegue”, decollage; igual y sin embargo decollage no se deja hacer decir tan sencillamente eso.

Si se acude en consulta a Wikipedia, por ejemplo, la respuesta es: “designa a la técnica opuesta al collage; en lugar de construir una imagen a partir de la suma de otras imágenes o partes de ellas, aquélla es creada cortando, rasgando o eliminando de cualquier otra forma partes de la imagen original (por ejemplo, se puede formar el rostro de una mujer con partes de otras mujeres, como la nariz de una, la boca de otra, etc)”. Personalmente es algo que intuía.

Lo que no sabía es que hubiera este asunto entre mujeres y aeroplanos.