# A 37 AÑOS

Malvinas, en la vida de dos excombatientes

Juventudes arrebatadas y batallas desiguales contra ingleses, el frío, el hambre, los superiores y el olvido. José María Rodríguez y Luis Seroni relataron a En Estos Días la cruda experiencia de la guerra y sus consecuencias.

02/04/2019
Bariloche

 

A un paso de culminar los estudios secundarios, en su Mar del Plata natal, y ya proyectando inscribirse en la carrera de Ingeniería, la dictadura le impuso a José María Rodríguez un destino diferente. 

A los 18 años, el habitual sorteo lo introdujo al servicio militar obligatorio en 1982. “Bueno, pierdo un año”, pensó, ignorando que la herida sería por demás profunda. Ya en la “colimba”, le concedieron autorización para rendir el examen de ingreso a la Universidad. “Estuve una semana afuera y cuando volví se había inundado el campo donde hacíamos los entrenamientos, así que yo no tuve ninguna instrucción”.

Así, sin preparación militar alguna, José María fue enviado a la artillería antiaérea del Ejército argentino cuando el gobierno militar improvisó la recuperación por la fuerza de las Islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur, contra el poderoso Reino Unido. 

La delirante maniobra, vociferando la restitución de la soberanía arrebatada en 1833, pretendía contener el enardecido ánimo social, socavado por el fracaso de la política económica del gobierno de facto, con un fuerte aumento de la pobreza (del 4 al 20 por ciento), endeudamiento externo (de 3.200 millones a 35 mil millones de dólares) y las ya inocultables violaciones a los derechos humanos.

José María Rodríguez

En Semana Santa de 1982 “nos dijeron: ‘vayan a despedirse de sus familias porque van a la guerra’. Nos despedimos llorando. No me pudieron llevar al cuartel, nos llevó el padre de un amigo con el que fuimos juntos a Malvinas”, recordó.

Amontonados y sentados en el piso de un avión sin asientos de Aerolíneas Argentinas, viajaron de noche hasta Puerto Argentino. La brusquedad del aterrizaje, los arrumbó en masa contra la cabina del piloto.

La primera orden en la isla fue montar las carpas: dos pedazos de tela unidos con botones y sin piso. “Amanecía después de las 10 de la mañana, y a las 5 de la tarde ya era noche cerrada. Pero en general no podíamos dormir más de 3 horas. Todo era mejorar la posición, entrar en combate, y cuando no pasaba nada, buscábamos algún galpón o un depósito para meternos y ver si podíamos robar algo de comida”, relató.

 

Luis Seroni llegó a Malvinas con el Regimiento 7 de La Plata. Su posición durante el conflicto estuvo en cercanías de unas formaciones rocosas que los lugareños conocen como “Las dos hermanas”.

“El primer bombardeo que me tocó nos agarró con un amigo, Miguel Giorgio, con el que compartíamos la carpa. Y vos primero sentís las explosiones ‘bum bum bum’, y ya sabés que son tres las bombas que vienen, porque nos tiraban a veinte kilómetros de distancia, desde las fragatas. Me acuerdo la desesperación por llegar a meternos en el pozo de zorro, que era el lugar donde nos refugiábamos durante un bombardeo. Y a los pocos segundos empezás a escuchar el silbido de las bombas que se acercan y enseguida entran a caer donde nosotros estábamos. Y yo temblaba, temblaba todo y no podía parar; como en los dibujitos, que se te empiezan a golpear los dientes y no podés parar. Ahí me di cuenta de que estábamos en una guerra”, contó.

Nunca sintieron posibilidades de una victoria contra el preparado imperio. “Nos cagaban a cohetazos. Nosotros veíamos que el apoyo aéreo que teníamos, cada vez que los ingleses avanzaban, era menor. No había coordinación entre las fuerzas; la Marina no existió, el Ejército era un despelote. Y también la Fuerza Aérea”, evaluó José María. Contó que el primer avión al que le disparó con su fusil, era de un argentino que había “entrado mal” al combate.

Desde el puesto de Luis, la realidad no era disímil. Los ingleses hicieron cabeza de playa en San Carlos y “a medida que avanzaban era como que nosotros íbamos perdiendo la fe”. Para arengarlos, los curas “nos decían que nos quedemos tranquilos, que Dios estaba con nosotros, y atrás de él se veían en el cielo las columnas de humo de los bombardeos a Puerto Argentino. Y me acuerdo que yo pensaba en cómo es que el cura sabía que Dios estaba con nosotros y no con los ingleses”.

Luis Seroni

Lejos de un comportamiento ejemplar, los superiores argentinos también dejaron marcas en los jóvenes: “Si te agarraban te bailaban y te pegaban. A mí me pegaron mucho una vez que me quedé dormido porque no daba más en una guardia; me pegaron mucho con un palo en la espalda”, manifestó José María. 

El joven colimba devenido en miembro de la artillería antiaérea regresó al continente con 15 kilos menos.  “La guerra fue muy dura. Yo viví tres guerras: una contra los ingleses, otra contra el hambre y el frío, y otra contra mis superiores”. En el archipiélago, el suicidio fue opción: “No en combate, sino cuando tenía conflicto con mis superiores, cuando me pegaban, pensé que era mejor morirme”.

El desenlace de la guerra de 74 días fue caótico: “Cuando fue la retirada estábamos solos. Había que abandonar la posición pero el jefe no estaba, entonces le pedimos a un compañero, Daniel Alfonso, que era mayor, que nos guiara. Él ya tenía 27. Y nos fuimos caminando. Enseguida nos ordenó avanzar separados, por lo menos cinco metros, por si nos bombardeaban, que no nos mataran a todos”, contó Seroni.

En la retirada, también observó un soldado que se había escondido atrás de una verja. “Estaba en posición fetal, en el piso. Había pasado la noche ahí y se había muerto congelado. Así como estaba lo metimos en la caja de un camión. Me acuerdo lo que nos costó subirlo, siempre en la misma posición”.

El 14 de junio de 1982 a las 21 horas, en Puerto Argentino, el gobernador militar de las islas, General Mario Benjamín Menéndez, se rindió formalmente. 649 soldados argentinos y 255 británicos cayeron en el conflicto bélico. Pero la cifra de muertos se estima en el doble, por la cantidad de soldados que fallecieron posteriormente, a causa de suicidios.

 

“Al llegar a Buenos Aires nos esperaban los familiares. Íbamos en el micro y la gente nos gritaba los nombres de los hermanos, de los hijos. Me acuerdo de los padres de Gonzalito: ‘¿dónde está Gonzalito?’, nos gritaban. Y Gonzalito no estaba, puta madre”, rememoró Luis. “Yo no podía dejar de hablar de Malvinas, pero nos dieron un papel que nos decía que no podíamos hablar de lo que pasó en las islas. Entonces hablábamos entre nosotros, de los que ya no estaban; era muy loco, porque nos hicimos cargo de los muertos, nosotros, de todos los muertos de la guerra, y nadie nos escuchaba”, clamó.

En 2014, José María regresó a Malvinas acompañado por su hija. “Nadie gana en una guerra. No vale recuperar un pedazo de tierra si eso cuesta una vida”, reflexionó. No se considera un héroe, sino “una víctima más de la dictadura, como muchos otros chicos, compañeros y amigos a los que los militares mandaron a morir en Malvinas”.