Ningún crimen de lesa humanidad prescribe, aunque los sufrieran pueblos indígenas

Villegas, el de la calle, es más que un nombre que se repite miles de veces por día. Fue un genocida que, según los registros, “se vanaglorió de provocar la desaparición de centenares de mapuches”. ¿Por qué una ciudad honra a los responsables de aquellos crímenes?

02/06/2019
Adrián Moyano

Sucesión de voces firmes (foto Verónica Manzanares)


Atraviesa el centro de Bariloche en dirección norte – sur. Antaño, en su intersección con Moreno, cobijaba un entrañable mercado municipal. En la actualidad, circunscribe por el este a la Feria Artesanal y una cuadra más abajo, otorga domicilio a la Secretaría de Turismo de la Municipalidad. El apellido que la designa se repite maquinalmente centenares o miles de veces por día, de tan neurálgico su recorrido. Con su nombre, homenajea a un genocida.
Conrado Villegas “fue el hombre que designó Roca para finalizar la Campaña al Desierto, al frente de la 3ra Brigada de la 2da División del Ejército Argentino. En 1880, apresó a traición a tres loncos y 68 pu kona que iban en dirección a Carmen de Patagones, a cobrar sus raciones. En el fuerte que los intrusos habían levantado en Choele Choel, los cautivos comenzaron a sufrir torturas cotidianas, para sorpresa de Sayweke y demás loncos, que hasta ese momento estaban ‘de paz’ con los wingka. Incluso, existían tratados en vigencia”.
Más allá del tedeum en la Catedral de Buenos Aires, de las peñas folklóricas nocturnas y de los locros de ocasión, el último 25 de mayo se cumplieron 140 años de la llegada del Ejército a la isla emblemática que jalona el río Negro. El hito puede considerarse como el comienzo estelar de la Campaña al Desierto, cuyos ecos políticos catapultaron a Julio Argentino hacia la presidencia de la Nación. Además de las conmemoraciones más o menos habituales, en Bariloche se marchó para denunciar el comienzo del genocidio que afectó a los pueblos mapuche, gününa küna aonik enk, entre otros.
Una voz firme leyó el prontuario de Villegas: “al informar a sus superiores sobre los resultados de la campaña, se vanaglorió de provocar la desaparición de centenares de mapuches, además de contabilizar centenares de weichafe (guerreros) muertos y otras tantas mujeres, niños y niñas, cautivas. Tropas de su Brigada fusilaron a mansalva a hombres y mujeres fugitivos mientras intentaban poner distancia a nado en las heladas aguas de los ríos Chimehuin y Limay. Durante su actuación, efectivos bajo sus órdenes comenzaron a instrumentar auténticas marchas de la muerte. Cautivas y cautivos mapuche fueron conducidos desde sus territorios originales hacia los campos de concentración que organizó en Chichinales, Valcheta, Carmen de Patagones y otras localizaciones”, entre otras lindezas.

Menos cartel

A instancias del Espacio de Articulación Mapuche, una pequeña columna de gente mapuche y no mapuche se detuvo en varias esquinas, para denunciar a criminales de lesa humanidad que todavía gozan de honores institucionales. Palacios alude a Nicolás, subordinado de Villegas que tiene menos cartel que el uruguayo, pero que se cansó de batir tolderías desguarnecidas en la penumbra de los amaneceres. Otra voz denunció que operó “en el margen sur del lafken Nahuel Huapi para dar persecución a los loncos Sayweke Inakayal. Aunque no lograron atrapar a los loncos, 145 lamien fueron muertos y 500 hechos prisioneros”.

Columna pequeña, demanda grande (foto Verónica Manzanares)

Al igual que la simbología estatal, “la historia oficial se encarga de destacar el accionar militar, el valor de las fuerzas militares. Pero los relatos no oficiales hablan desde la memoria de muchos por entonces pichikeche (niños y niñas), cuyas familias fueron asesinadas”. Es el caso de Piñocashe (Flor Azul), abuela de la ñaña Manuela Toma, integrante de la comunidad Nahuelpan. Cuando era niña, pudo sobrevivir, “junto a su hermana menor, escapando de los soldados. Así, muchos pichikeche sobrevivieron escondiéndose en la orilla de los arroyos y ríos entre los juncos, huyendo por el monte y comiendo plantitas, como dice la ñaña Manuela Toma”.
Tanto Palacios como Villegas fueron hombres de Roca, quien “fue el militar clave en la gesta genocida, protegido por un amplio blindaje mediático -que aún circula en nuestros días- y un protagonismo heroico en la literatura de la época”. El tucumano “se benefició de la mano de obra esclava indígena para los ingenios azucareros de su familia, actividad que le significó posicionarse económica y políticamente. Sin embargo, (esos empresarios) nunca fueron juzgados por una actividad que ya había sido abolida en la Constitución de 1853 en su artículo 15. En él se expresa la ideología de toda una generación que pasa como gloriosa en la historia oficial pero que fue protagonista de actos infrahumanos hacia finales del siglo XIX”.
El hombre que agasaja el único monumento del Centro Cívico no sólo se había consagrado a ultimar indígenas. “Aquí es fundamental destacar que su accionar genocida recorrió múltiples territorios, silenciando y asesinando por doquier. Roca mató, mató en el desierto, en el norte, en el centro, sus ‘hazañas de muerte’ no se circunscribieron sólo a nuestra gente. Roca también fue parte de las matanzas a los montoneros del Chacho Peñaloza y Felipe Varela, Roca no dudó en saciar su sed de sangre en la Guerra de la Triple Alianza. Previo a su rol en la denominada Campaña del Desierto, no escatimó en mostrar su ‘sangre fría y escasa compasión para con los derrotados’, con los sublevados luego del asesinato de Urquiza por López Jordán en 1870”, se encargó de recordar la organización mapuche, al pie de la polémica estatua.

Denuncia la wenuy foye (foto Verónica Manzanares)


Ni pañuelos ni cultrunes

Recordemos que el año pasado, ante la confusión que generó un proyecto de declaración que presentara una concejal, múltiples voces barilochenses se mostraron ofuscadas ante la intención de cambiar el nombre del Centro Cívico, que todavía se llama Plaza Expedicionarios al Desierto. La modificación no estaba en los planes de nadie en el Concejo Municipal, pero la reacción demostró qué tan vivaz es la matriz colonialista en la ciudad. “Quienes participaron de campañas militares -algunos menos y otros más conocidos, como Álvaro Barros, Hilario Lagos, Napoleón Uriburu, Mariano Fosbery, Olascoaga y claro, Conrado Villegas- son llamados ‘Expedicionarios del Desierto’, el nombre dado a esta plaza cuando se la inaugura en 1940, junto con la estatua a Roca. La misma estatua a la que la juventud hitlerista de Argentina rindió homenaje durante la Segunda Guerra Mundial. La misma plaza de desfiles militares durante el proceso”. Todo está guardado en la memoria.

Horacio Herman, hermano de desaparecido, se sumó al reclamo (foto Verónica Manzanares)

El prontuario colectivo que elaboró la organización mapuche trajo a colación que “en 1880 el diputado Aristóbulo del Valle reconoce que:

Hemos tomado familias de los indios salvajes, las hemos traído a este centro de civilización, donde todos los derechos parece que debieran encontrar garantías, y no hemos respetado en estas familias ninguno de los derechos que pertenecen, no ya al hombre civilizado, sino al ser humano: al hombre lo hemos esclavizado, a la mujer la hemos prostituído; al niño lo hemos arrancado del seno de la madre, al anciano lo hemos llevado a servir como esclavo a cualquier parte; en una palabra, hemos desconocido y hemos violado todas las leyes que gobiernan las acciones morales del hombre.

Quiere decir que los contemporáneos ya sabían que se estaban cometiendo crímenes de lesa humanidad. ¿Qué diferencia hay entonces entre el objetivo estatal del siglo XIX de ‘extinguir’ a los pueblos indígenas y el de 1975 de ‘aniquilar el accionar de elementos subversivos’ que da excusa a la dictadura cívico-militar más sangrienta de las seis que hubo en el país? Aceptaríamos los barilochenses tener una plaza que se llamara ‘Héroes del Proceso de Reorganización Nacional’? ¡Qué es entonces lo que los barilochenses seguimos honrando en esta plaza que se llama Expedicionarios del Desierto?” La respuesta está flotando el viento, pero no está envuelta en una melodía agradable.

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