Presentaron el libro “Dejando el silencio atrás. Conversaciones sobre Malvinas”

Luis Seroni es ex combatiente de Malvinas. Nació en Quilmes, y a los 19 años -como muchos otros muchachos de su edad- fue arrastrado al mayor conflicto bélico de la historia argentina. “Dejando el silencio atrás” es un testimonio íntimo, inevitablemente duro y humano a la vez.

04/06/2019
Bariloche
Martín Medero

 

En tránsito de la crónica de guerra al diario íntimo de una experiencia personal en Malvinas, “Dejando el silencio atrás” consigue -algo difícil aún para el novelista- transmitir los sentimientos; la soledad, el miedo, el desasosiego. Pero también el ambiente: el frío, los olores y sonidos, y el hambre.

“Yo no soy un héroe”, dice el autor, “no me gusta que me digan así. Ni me gusta que me reconozcan por haber estado en Malvinas: yo a Malvinas no fui, a mi me llevaron”. Ese es uno de los delicados hilos de la telaraña del recuerdo; y el relato deja -desde las primeras páginas- de ocurrir en el plano de la épica, para ocurrir en el plano de la ética frente al hecho brutal de la guerra.

Es claro que no hay en eso una intencionalidad manifiesta; las cosas como son, como el protagonista es, sin impostura, sin maquillaje y por sobre todo, sin mensaje moralizante. En otras palabras, no hay en ninguna de esas páginas un solo atisbo de grandilocuencia literaria. El suceso, una escena de guerra, podría seducir a cualquiera que sienta interés por la escritura. Pero por el contrario, aquello que el libro describe es el paisaje interno, algo mucho más complejo de poner en palabras pero que, una vez conseguido es -como decía Roberto Arlt- “un cross a la mandíbula”. Todo lo que perdura.

Luis Seroni

“… a mi me llevaron”, dice el autor; “el ejército de Malvinas era el mismo ejército de la dictadura”, el mismo “que hizo desaparecer a 30.000 personas”. Es cierto, y quien comenta añade a propia cuenta que aún quizá, generaciones después, más allá de los hombres y mujeres que las encarnan, las más profundas estructuras ideológicas, sean también las mismas. Cuestión que la actualidad no impugna, toda vez que la Argentina recae en gobiernos de práctica autoritaria y las maneras aberrantes de despreciar la vida y las palabras cebadas con odio, regresan desde las ruinas de un tiempo que equivocadamente quisimos confinar al olvido.

Para evitar caer con esto en la impertinencia interpretativa, hay que decir rápidamente que el libro de Seroni no es un libro de historia, ni tampoco un manifiesto, sino el alma puesta en papel, así de extraño e imprescindible.

El relato, las anécdotas que componen el libro son aquellas mismas que Luis me contó cuando lo entrevisté por primera vez hace ya más de un cuarto de siglo. Nadie hablaba entonces de Malvinas. Es decir, que quienes lo hacían repetían una y otra vez un libreto brumoso, cargado hasta el tedio de “Patria”, “héroe”, “gesta”, y nada de “no nos daban de comer”, “no había municiones”, “nos estaqueaban por robar comida”; aplicaban picana a los propios conscriptos, muchachos de 18, 19, 20, con la carga de batería de los teléfonos de campaña. Nadie decía que en Malvinas hubo crímenes de lesa humanidad.

 

Ha pasado el tiempo. Cuando Luis me lo contó por primera vez, abril de 1992, habían transcurrido casi siete años de democracia y diez desde el inicio de la guerra. Y aún así, no se hablaba. Los crímenes de la dictadura habían llegado a juicio, pero eran todavía los años de las leyes de Obediencia Debida, de Punto Final, del Indulto, de carapintadas. A decir verdad, nadie realmente hablaba de Malvinas.

Y Luis contaba “habíamos quedado solos, no había nadie a cargo”. Contaba “llevaron tanquetas a un terreno húmedo y arcilloso, y los vehículos se hundían”. Contaba “derribamos un avión de los nuestros”. Contaba de un compañero, Gonzalito, y los ojos se le ahogaban en lágrimas.

“Me contó Miguel Giorgio que por esos días acompañó a Gonzalito al frente, con armamento, un mortero, creo. Ese mismo día Gonzalito le dio plata  a Marcelo Aguielo porque iba al pueblo a comprar. El pedido era muy simple: pidió que le compre una moneda, una libra esterlina, para llevar de recuerdo. Marcelo se la compró pero nunca se la pudo dar porque esa noche Gonzalito murió. Treinta años después en un asado, Marcelo rompió en llanto contando que él tenía esa moneda de Gonzalito y que no sabía qué hacer con ella. Era algo que no le pertenecía. Más de 30 años aferrado a esa moneda y a lo que ella representaba”. Ahora está escrito.

Dejar el silencio atrás, no es terminar con  él, es el principio.

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