El Hacedor

El cierre de listas de candidatos el fin de semana -que la Justicia Electoral  recibirá formalmente este martes- llegó a marcha forzada y dejó un tendal de frustrados y ofendidos que no ocultan su fastidio. Entre ellos Pichetto, reconvertido demiurgo del armado electoral del macrismo.

24/06/2019
Nacional

 

El senador y pre candidato a vicepresidente de la Nación por Juntos por el Cambio, Miguel Ángel Pichetto, operó hasta el último minuto del sábado para incluir en las listas nombres propios de su alforja.

No pudo. El núcleo duro del PRO le cerró el paso -el distrito más discutido fue la provincia de Buenos Aires- e impuso candidatos de adn macrista. El senador debió conformarse con la inclusión de la ex diputada Claudia Rucci como candidata a la Legislatura provincial, y de la neuquina Lucila Crexell en segundo lugar para la renovación de su banca en el senado.

Es posible que los métodos empleados para la selección de postulantes de cada fuerza a altos cargos de representación política merezcan ya una revisión seria, con un manual de ética y democracia partidaria en mano. Pero eso es otra discusión.

Mientras llega el día, la argentina ha derivado de un escenario de partidos - caso notable es el de la UCR que por primera vez en su historia no tendrá candidatos a presidente ni vice- a un escenario de frentes y coaliciones, que provocan, como ocurrió el sábado, un cuello de botella, y cual más, cual menos, las listas cerraron con fórceps.

El efecto más notorio del fracaso en el armado de nuevo frente oficial fue, precisamente, la suspensión de la gira debut de Pichetto y el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, que incluía Córdoba - distrito que se sostuvo en agenda- el Litoral, Formosa y Río Negro, para acompañar al intendente Aníbal Tortoriello que este domingo jugó y  perdió su reelección en Cipolletti, única ciudad gobernada por el PRO en la provincia.

Lo que iba a ser un festejo terminó en desgracia para el macrismo cuando el escrutinio dio por vencedor al candidato por Juntos Somos Río Negro, Claudio Di Tella, por un margen de 301 votos. Sin discursos, papelitos ni manos alzadas, Pichetto y Frigerio rápidamente se arrojaron de ese escenario.

Devenido camarlengo del armado político del PRO, Pichetto quedó así reducido el fin de semana a su mínima expresión. Su función “no es aportar votos” a la alianza de gobierno, como él mismo reconoció ante las cámaras; tampoco posee acervo territorial, y no termina de cumplir -hasta ahora- en su metier como “armador” político.

Su función sí es la de construir arrastrando voluntades de otros senadores y dirigentes varios a las filas del presidente; o la de destruir -según se mire- descosiendo la trama política del adversario con oferta de premio a futuro: por ejemplo, la integración a las listas del oficialismo que cerraron el sábado, algo con lo que tampoco alcanzó a cumplir.

La única víctima de sus talentos en estos días fue José Luis Espert.

 

Café con amigos

Ayer el senador se reunió en Córdoba con Juan Schiaretti, el gobernador del PJ con mayor peso político y electoral del país -actor protagónico del triunfo de cambiemos en 2015-, quien ya avisó que aportará el subsidio resbaloso de la boleta corta a su electorado para que vote presidente sin prescripciones, y a quien Pichetto buscará adscribir.

 

 

Este martes, Pichetto acudirá a la misa pagana del Club Político Argentino, un Think Tank de derecha con musgo, y  “cercanía crítica” con el Gobierno, tal como lo definió Graciela Fernández Meijide, (intérprete argentina de hiperbólica trayectoria, que fue de la CONADEP y  la APDH, al FREPASO, la cámara de Diputados, el Senado y el ministerio de Desarrollo Social durante el gobierno de De La Rúa), que ahora preside el reservado cenáculo al cual -por mencionar a uno- el Jefe de Gabinete, Marcos Peña, acude una vez por año en busca de claridad intelectual.

El vicepresidente del Club es Eduardo Lazzari, historiador sui generis y de poco explícitos pergaminos, dedicado al negocio de los tours históricos para legos por Buenos Aires y el interior. Columnista en el Grupo Clarín y en Canal 7, Lazzari, que se define como un acérrimo defensor del General Roca,  protagonizó tiempo atrás un altercado en la escuela a la que concurre su hija, porque la directora invitó a los alumnos a participar de una marcha por Santiago Maldonado.

“Ya habíamos tenido un entredicho con la directora”, le relató Lazzari a Jorge Lanata por Radio Mitre, “porque se cambió súbitamente la canción con la que se izaba la bandera para hacer una canción que tenía que ver con el lamento mapuche. Yo le plantee que eso no correspondía”.

La canción a la que aludía Lazzari, es “La viajera” de Soledad Pastorutti; y remarcó que en el colegio, donde “se generó una batalla campal”, cuestionó la canción porque, dijo, reivindicaba a los mapuches y los mapuches “atentan contra el Estado Argentino”.

Ínclitos miembros del Club Político Argentino, Meijide y Lazzari ponderan a Pichetto en la web institucional del enclave, donde se dice que “Hasta en su propia compostura no es difícil adivinar la actitud de un hombre de Estado; de una figura pública crucial en el armado de los consensos…”

Dicen que “Recuerda en ese sentido a un amplio espectro de dirigentes, desde Raúl Alfonsín a Antonio Cafiero pasando por Eduardo Duhalde y José Manuel De la Sota”.

Y lo llaman “viejo patriarca”, capaz de “vertebrar negociaciones de fuste desde ese sitio estratégico del Congreso que fue y es el Senado”, y lo comparan -al fin- con José Luis Manzano, Carlos Grosso y Carlos Menem.

Hace un año, el ala “dialoguista” del Pro, que encarnaron Frigerio, Larreta y María Eugenia Vidal, cuando pidieron “un cambio y apertura” para el salvataje político ante el desastre económico del Gobierno, chocó con los “duros”, Peña, Dujovne, antiperonistas ontológicos primero, y luego lo demás.

El mero devenir dramático del neoliberalismo a la criolla acabó por torcerles el brazo, y Miguel Ángel Pichetto terminó siendo ungido candidato de la coalición.

No obstante al senador todos lo miran de reojo.

 

Aguantar los trapos

Aunque el sábado Juntos por el Cambio incendió sus barcos y no hay retorno posible con su candidatura,  Pichetto debe demostrar -y rápido- que valió la pena el costo político que tuvo su silla a la mesa del PRO de paladar negro.

Como en el fútbol, la velocidad suele ser enemiga de la precisión. Meticuloso militante oficialista por derecho consuetudinario, el senador cumple con la liturgia Cambiemos y la hace suya con una convicción que no justifica, pero muestra apuro y sobreactuación.

 

 

Así es que el jueves 20, feriado nacional, participó de una distendida sesión de fotos en Olivos. Maquilladores, sastres y Coiffeurs lo instaron a posar con su recientemente adquirido aire de estadista para la campaña. Con él estuvieron Horacio Rodríguez Larreta, Diego Santilli, María Eugenia Vidal, su candidato a vice gobernador y ex secretario de la CONADEP, Daniel Salvador y Mauricio Macri.

Es verdad que, en algún sentido, la incorporación de Pichetto al PRO y sus aliados sigue una estrategia de ingeniería electoral, como cierto es que su eficacia está en duda, y el senador tiene poco tiempo para demostrarlo: según adelantó Jaime Durán Barba, el dólar planchado, la inauguración de obras públicas y la mano dura, entre otros remanidos recursos, benefician al gobierno y serán eje de la campaña, pero esta semana el chamán de Macri además presentará las primeras mediciones con Pichetto como candidato. Habrá que ver si aprueba.

De aquí en más y contrarreloj, Pichetto será la voz que amplifique el discurso del gobierno, además de tener que seducir a algunas figuras conocidas del PJ.

Empezará por visitar - se le sumará el propio Macri cuando regrese de la Cumbre del G20 en Osaka- a aquellos gobernadores que no han definido apoyo para los candidatos presidenciales de octubre -Córdoba, Chubut, Misiones, Neuquén, Río Negro-, y se sobreexpondrá más que nunca a través de medios tradicionales y redes sociales para defender al presidente y fustigar -antes a Cristina Kirchner que a Alberto Fernández- al gobierno anterior.

Pichetto, ya sin opciones para permanecer en el teatro político, se ha convertido así en un utensilio del macrismo -como lo fue Gabriela Michetti- en el intento por ampliar la base electoral. Su lugar en la misma mesa que Marcos Peña es ocasional y pragmático. Trascenderá, si es que ofrece resultados, como la encarnación de una astucia que permitió conservar el poder en el mejor de los casos o, por el contrario, como una anécdota más en la debacle del Gobierno de Cambiemos.