El Nawel Wapi, territorio irredento

El nacimiento del río Limay, las aguas bravas del Nahuel Huapi, fueron pretendidas como sitios de asentamiento por las fuerzas coloniales españolas, a finales del siglo XVIII. Las cartas y documentos testimonian la presencia ancestral mapuche y su rechazo al paso de los conquistadores europeos.

30/06/2019
Adrián Moyano

 

El azul intenso del Nahuel Huapi apenas se deja matizar por fulgores blanquecinos y fugaces. Sus aguas adquieren velocidad y acusan un desnivel apenas perceptible, mientras parecen disputarse espacio antes de desplomarse hacia el Limay. El río nace con tremendos enviones y entre clamores: en mapuzungun, se denomina traitraiko al rumor a veces suave, otras ensordecedor, que caracteriza a los ríos de montaña. Para los pewenche, el traitraiko es una manifestación de newen o energía pero en el nacimiento del Limay, ya nadie presta atención a sus designios. La urbanización circunscribe su margen sur hasta apretar la playa y a unos cientos de metros, la Policía de Neuquén insiste en acumular vehículos siniestrados demasiado cerca de las aguas. Nuevos emprendimientos inmobiliarios acompañan el curso del río, antes de que pegue la primera de sus curvas.

Ni el puente, ni la contaminación, ni los alambrados, ni los pinos, ni los carteles que intentan regular la pesca deportiva estaban aquí en febrero de 1794. Cuando todavía faltaban 16 años para la Revolución de Mayo y poco menos de un siglo para la llegada del Ejército Argentino, entre las nacientes del Limay y el Ñirihuau se extendían las tolderías de los longko Mankewenüy y Kayuko, dos autoridades que se expresaban corrientemente en mapuzungun y que en ese idioma se llamaban: Mankewenüy significa Amigo del Cóndor y Kayuko Seis Aguas.

 

Por tercera ocasión en otros tantos años sucesivos, los antiguos moradores del Nahuel Huapi recibieron la visita siempre incómoda de un destacamento español, que se integraba con 68 milicianos, cuatro soldados regulares y dos sacerdotes. Si bien se trataba de una fuerza militar considerable, la historia colonialista atribuyó a esa expedición y a sus predecesoras finalidades misionales, ya que la integraba Francisco Menéndez, un sacerdote español que militaba en la orden franciscana y que dejó fragmentarias alternativas de sus viajes en diarios e informes que dirigió al virrey del Perú. A pesar de las pruebas contundentes, en Lima, en Concepción y San Carlos de Ancud todavía fantaseaban con la Ciudad de los Césares y como contrapartida, ignoraban que desde 1777, un emplazamiento hispano se levantaba a 30 kilómetros del océano Atlántico sobre el río Negro: el fuerte del Carmen. Al arribar a la actual jurisdicción municipal de Dina Huapi, el religioso y la fuerza que integraba encontraron que la población de las tolderías estaba momentáneamente reducida porque la mayoría de sus habitantes había viajado a buscar chicha y guanacos, según interpretó el cura aragonés a partir de los dichos de Mankewenüy.

 

Una carta

 

Un hijo de Kayuko confió a los recién llegados que “un capitán de indios traía una carta para Don Nicolás y para mí. Preguntamos de quién era y dijeron que era de nuestros hermanos los huincas: que luego nos vendría a ver el que la traía. Esta noticia, aunque la tuvimos por dudosa, no dejó de alegrarnos”, admitió Menéndez. Nicolás era López, el jefe militar de la expedición y aquel “capitán de indios”, resultó ser un longko cuya actuación fue decisiva para que los españoles de Chiloé pusieran fin a sus periódicas intromisiones en el País del Nahuel Huapi, cuyos misterios insondables desvelaron a esclavistas primero, a jesuitas después y por último, al franciscano Menéndez.

 

La expedición tenía órdenes expresas de establecer contacto con la enigmática población de los Césares y como el religioso entendió que hacia el norte existía un asentamiento wingka aspiraba a rehacer sus pasos del año anterior, cuando había llegado hasta el río que en la actualidad denominamos Collon Cura. Era por entonces espacio territorial del longko Kolunawel, es decir, otro longko mapuche: Kolunawel puede traducirse como Tigre Marrón. Sin embargo, como era inminente la llegada de la carta cuyo contenido los intrigaba, militares y sacerdotes aplazaron su partida. Seguramente se desilusionó el religioso cuando finalmente, conoció el contenido de la misiva:

Don Florencio de Jesús Núñez Teniente de Dragones del Regimiento de Buenos Aires comandante del establecimiento del río negro en el puerto de San Joseph costa Patagónica – Certifico que el Cacique Chulilaquin ha estado en estas inmediaciones por espacio de más de cinco años, en los que dio pruebas de afecto a los Cristianos, y para que conste y lo agasajen en nuestros establecimientos, pues puede ser útil le doy esta que firmo en el Fuerte del Carmen en siete de Septiembre de mil setecientos noventa y tres. – Florencio de Jesús Núñez.



400 lanzas

 

Más allá de las escuetas líneas, quizás empalideciera Menéndez cuando calculó en 53 a los nuevos toldos que se habían levantado con familiaridad al sur del lago y su incomodidad seguro fue en aumento cuando ante los requerimientos de yerba y aguardiente que hicieron sus nuevos interlocutores, no tuvo qué ofrecer a cambio de disimular su insólita presencia. De todos modos fue Nicolás López quien peor pasó la tarde del 19 de febrero, ya que tuvo que comparecer frente a Chulilaquin y su vehemencia. El militar contó a su compañero que el longko

estaba con galones, y lo mismo que su capitán. Le saludó y el cacique con mucho imperio después de preguntarle porque no había ido yo, le dijo que cuanto antes, nos marchásemos calladitos la boca. Que nuestros caciques Mancúuvunay y Cayeco eran aucas, que no tenían gente ni salían de su tierra: que eran de mal corazón y otros improperios, y algunas veces le pasaba el bastón por delante de la cara; que si pasábamos a lo de Coluna él iría atrás antes de nosotros; que Coluna era su amigo y que eran de su mismo corazón. En toda esta conversación le tenían rodeados de indios. Quiso retirarse, y no se lo permitía hasta que yo fuese. Logró embarcarse dando palabra de que yo le iría a ver, porque le constaba que yo tenía deseo de hablarle.

La presencia de los galones en la indumentaria y la posesión de un bastón, implicaba para la lógica mapuche del siglo XVIII que su poseedor era interlocutor de privilegio ante los wingka. Evidentemente, Chulilaquin interpretó como un desaire la falta de protocolo entre los españoles de Chiloé, en particular la momentánea ausencia del religioso. Demostró además estar perfectamente al tanto de sus planes y al denostar a Mankewenüy y Kayuko, evidenció que a diferencia de ellos, él era ñizol longko, es decir, lonco entre loncos.

Su poderío se basaba en su potencia militar: Francisco Fonck, editor y comentarista de los diarios de Menéndez, calculó en 370 personas la población de aquellos 53 toldos pero quizá se quedara corto, porque el propio sacerdote anotó que “este cacique es un Indio de mucha autoridad y poder entre esta gente, porque tiene muchos conas (soldados) y fue juntando muchos más. Están al sur de la laguna más de cuatrocientos Indios y aún nos aseguran que vienen más”. Concluyó el cada vez más inquieto franciscano que “la Laguna de Nahuelhuapi se ha hecho madriguera de todos los Indios que corren las campañas o pampas de Buenos Aires, y cuando temen o saben que los quieren perseguir se meten en este recinto, bien seguros de que no los han de alcanzar”. No parecía ser el caso de Chulilaquin, porque según el certificado, su gente había transcurrido los últimos cinco años en cercanías de Carmen de Patagones, se supone que privilegiando entendimientos pacíficos y comerciales con el establecimiento.

Después de la raya que marcara el ñizol longko, el relato de Menéndez cambia de tenor. Hasta ese momento, se había limitado a describir sucesos sin extenderse demasiado en elucubraciones pero la firma postura del nuevo protagonista de los acontecimientos, hizo que cayera en una suerte de desencanto. “Ellos ninguna esperanza dan de que sean cristianos: antes cuando se les pregunta si lo serán, es darle pesadumbre”, admitió, candoroso. Inclusive, su texto desnuda las polémicas que se dieron en su propio bando al interpretar las líneas de aquella carta: “por más que diga el teniente Núñez que son afectos a los cristianos, no sólo no lo son, sino que son enemigos y muy enemigos”. El aragonés no estaba al tanto o quiso soslayar la guerra de exterminio que había llevado España contra los mapuche durante un siglo a contar desde 1541 y tampoco conocía los enfrentamientos más recientes que se habían registrado en cercanías de Buenos Aires, desde mediados del siglo que estaba por finalizar.

Nacimiento del Limay

Después de haber conocido las bondades del tributo y la servidumbre en las encomiendas, ¿por qué querrían los mapuche ser cristianos? Si bien en un segundo encuentro con Menéndez, Chulilaquin se mostró menos agresivo, los españoles decidieron reembarcarse en dirección a Puerto Blest ocho días después del primer incidente. El estandarte real español jamás consiguió ondear donde el Nahuel Huapi alumbra al río Limay.

 

Bibliografía

 

Fonck, Francisco (1900): “Viajes de Fray Francisco Menéndez a Nahuelhuapi”. Imprenta Gillet. Valparaíso (Chile).