Hacete los rulos con Alberto

Orador hábil, muy buen polemista, de buenos tonos y a la vez duro cuando tiene que mostrarse duro. La amabilidad flexible que gusta lucir Alberto Fernández discute con y seguramente supera ciertas fierezas innecesarias de tiempos idos. Escribe Eduardo Blaustein para Socompa.

07/07/2019
Nacional

 

Alberto es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos.

Ah, no.

Ese es Platero, el buen burro del viejo cuentito lírico que leíamos en la primaria.

Reintentemos.

Alberto es bajo, bigotudo, está algo panzón y es en principio suave. Lo suficientemente blando por fuera como para interpelar al prójimo con encomiable gentileza y generosidad política. Entendemos que Alberto lleva huesos. Podría anticiparse de una manera evidentemente grosera que los lleva bien puestos. O eso esperamos.

Lo dijo Jorge Asís y lo confirma literalmente el propio Alberto en entrevistas: su designación implica una autocrítica de CFK. La blandura dura del tono y los modos discursivos que emplea son en sí mismos esencia de esa autocrítica implícita. O acaso represente con delay las cosas que AF le criticaría in her face a CFK antes de dejar el cargo de Jefe de Gabinete (hipótesis: no podemos hablarles solo a los propios, Cristina. Nos estamos peleando con demasiada gente, Cristina). Hay algo que anda faltando, sin embargo. A nadie se le ocurrió o se animó a preguntarle por qué ítem se pelearon más (¿Ley de Medios? ¿Tejido político? ¿Economía?). Algunas de las cosas que discutió en los años cristinistas las cuenta él mismo, de lo más ufano, casi orgulloso: el pacto con Irán, por ejemplo. De paso eso le sirve para parar las críticas de los periodistas previsibles: yo critiqué eso mismo que decís vos y por eso me fui; no me lo digas a mí, papá. Fin de la discusión.

 

Lo que aquí se postula es que el estilo discursivo, los tonos y hasta el lenguaje gestual del candidato Alberto podrían tomarse como superación de ciertos excesos (inútiles y perniciosos) de la discursividad y gestualidad kirchnerista. Podrá decirse: pero no me gusta que sea tan moderado en tal y tal cosa. Sí, puede decirse, pero con los recaudos del contexto del que habló Cristina acaso de manera demasiado hermética: hoy el país y el mundo son otros, mucho más desagradables y ásperos, con derechización y brutos fenómenos autoritarios, de los que el macrismo hace buen uso, amén de que eso está en sus genes.

 

Suavito

 

Hay algo de inicial o presuntamente frágil en Alberto que en un primer segundo desconcierta porque parece no alcanzar para ser líder y luego sienta bien o permite un efecto de cercanía: esa voz (aflautada como la de Belgrano, diría Cris) al borde de la afonía, más la recurrencia de una tos que acecha. A uno le dan ganas de acercarle un jarabe o un caramelo de eucaliptus o de miel, pobre Alberto. Esa voz parece que se le está por ir para siempre en cualquier momento. Uno se lo imagina en una tribuna, ante multitudes, y se dice: no, con esa voz no; no va a aguantar (¡y eso no es de peronista!). Pero no, el tipo maneja sus magros recursos de tenor con la misma paciencia y el mismo convencimiento con el que habla (el modo en que Wado de Pedro banca su tartamudez es un ejemplo cercano). Mucho más aún: el tipo es un muy buen orador por belgraniano que sea el registro vocal. Fluido, inteligente, didáctico, consistente, entrador y -puede que nos engañe o exagere un poquito- amplio, un tipo que se dirige a la diversidad y que ya va repitiendo como para que quede claro que él no es CFK Belcebú, que no quiere súbditos. Al mismo tiempo dice en las entrevistas pero ojito que el que va a decidir soy yo, el presidente voy a ser yo. Se las arregla entonces para manejar los dos perfiles: la suavidad y la firmeza; lo mismo la pierna derecha (“Por supuesto que las empresas energéticas tienen que tener rentabilidad”) y la pierna izquierda (“Celebran más cómo reaccionan en Wall Street que cómo se reacciona en las calles de la Argentina”).

Alberto, de quien ahora uno lamenta no haberlo analizado mejor en otros tiempos, ya está en campaña, por supuesto, y está encontrando -y/o le pasan- frases exactas para combatir la demonización de la que ya es y será víctima (desafío complicadísimo, y por eso uno tiene que ser piadoso con las fallas comunicacionales kirchneristas, es muy difícil confrontar con la Maquinaria). Queda más o menos dicho: AF está encontrando un interesante equilibrio entre la firmeza en determinados puntos (eso incluye lo que él mismo dice acerca de cómo funciona y funcionará su relación con Cristina) y la amabilidad inclusiva que faltó durante doce años.

Visto nuevamente en modo Platero y en comparación con la experiencia discursiva K o de otros actores K: Alberto es breve, amable pero firme, no se violenta fácil, es poco autorreferencial particularmente en relación con Cris (la gira por provincias con el Sinceramente, movida astuta y a la vez conmovedora, sigue teniendo una enorme cuota de autorreferencialidad. Con eso no se gana, pero se suma mística, emoción y votos).

Cristina acaso sea más “parlamentaria”, incluso en el sentido un tanto majestuoso del viejo Senado romano, tomándose tiempos largos, a veces dramáticos (evitistas cuando habla en la tribuna). Alberto da mejor a la hora de ser televisivo y eso es más que importante: no necesita media hora ni quince ni diez minutos para replicar. Es eficaz siendo breve y si tiene que pararle el carro a un entrevistador lo hace sin que naides se sienta ofendido. Es muy astuto también para responder o no responder si lo acosan, acusan o le tiran con munición gruesa de la conocida (corrupción K y demás).

 

El mundo visto desde Corea del Centro

 

Vengo observando a este muchacho con mucha atención desde que fue ungido por Cris. Ya había visto varias entrevistas televisadas y escuchado varias radiales. Luego vi y escuché otras varias para escribir esta nota. Entrevistas con Tenembaum-Sietecase, con María O’Donnel, con el Gato Sylvestre, con Luis Novaresio y otras. Es mucho más útil verlo funcionar con quienes no son del palo, claro, pues son ellos los que tienen preguntas incómodas y audiencias en las que arañar los votos que se necesitan de cara a una elección que viene jodida, apretada.

 

A menudo el que escribe se queda solo y tecleando en Facebook por establecer claras diferencias entre periodistas (¿?) definitivamente horribles (Majul, Lanata, Feinmann) y otros (Zloto, María O’Donnell, Tenembaum, Sietecase). Pero debo decir que en alguna de las entrevistas que vi los Corea del Centro -denominación ignominiosa pero nos entendemos- muestran límites feítos y mucho prejuicio, mucha crítica o muletilla devenida de la propia subjetividad, o la propia sensibilidad middle class. Hasta por algún lejano cariño por María O’Donnell (laburamos juntos un tiempito en Página) me dio entre bronca y pena que entrevistara a Alberto solo para quedarse balbuceando lugares comunes y no intentar dar discusiones más serias y buenos argumentos críticos. María balbuceando “pero Daddy Brieva y la CONADEP del periodismo”. Una pena. Periodista todavía joven convertida en prejuiciosa señora de barrio, aun siendo hija de un politólogo brillante, y ella misma periodista capaz, una liberal relativamente consistente. Y de nuevo: “Pero Mempo Giardinelli avaló la CONADEP del periodismo”.

Uno de los mejores y más horribles errores/ vicios/ cosmovisiones del periodismo es que muchos colegas creen que lo que pase con el oficio es la piedra filosofal de los problemas del mundo y del país. Es un ombliguismo no solo corporativo y narcisista sino fatal a la hora de jerarquizar cualquier discusión. ¿Daddy Brieva? ¿Giardinelli? ¿CONADEP para periodistas? Alberto le contestó a O´Donnell y a unos cuantos algo así como “¿Y por qué carajo me tengo que hacer cargo (cosa que sí hizo, sencillamente disintiendo públicamente) de lo que digan Daddy Brieva y Mempo Giardinelli?”. Que es como responder por qué el conjunto amplísimo y rico del kirchnerismo o peronismo tenían/tienen que hacerse cargo de alguna macana dicha por Moreno, D’Elía o Diana Conti en tiempos ya remotos.

Allí donde muchos de nosotros se calentarían recibiendo esas preguntas pelotudas, de mesa de Mirtha Legrand con dos vedettes jubiladas, un médico ginecólogo haciendo negocio y un vocero macrista, allí donde nos saltaría la térmica, Alberto Platero Fernández responde a la vez suave y firme e incluso sonriendo y si tiene que fingir calentura la finge muy bien. Responde y polemiza bien, responde claro y simpático, y creíble, que es lo más difícil, y sin cassette, y sin palabrerío hueco o ideológico al pedo.

Ningún pelotudo Alberto Platero. Si es necesario apela a una necesaria -llamémosle- hipocresía elegante, light, pícara para decir por ejemplo: “Yo lo estimo mucho, es mi amigo, lo respeto, es valioso (Massa, Uñac, Gioja, Facundo Moyano, Wado). Lo mismo a la hora (por ahora) de manejarse entre economistas progres (el propio Kicillof, Matías Kulfas) y el liberal, y pedante, Guillermo Nielsen “que es el tipo que más sabe de deuda en este país”. Reivindica con lo que parece una enorme sinceridad no solo a Cristina, también a Máximo y al Kici. A Urtubey lo eliminó por macrista hace muchos meses. Sobre Pichetto hace semanas estableció que solo se lo entiende desde el odio, su odio, el de Pichetto.

 

Love, love, love

 

¿Hace cuanto ya? Dos, tres años, que Alberto fue volviendo y diciendo, con un tipo de frontalidad y de calidez que se fue haciendo más y más creíble: “Yo de Cristina, soy amigo” (bastardillas nuestras). Últimamente agrega: “No van a conseguir hacerme pelear con Cristina”. También repitió y repite: “Yo creo en la honestidad de Cristina”. Se sabe que desde que fue ungido como candidato su cantidad de seguidores en Twitter –buen espadachín en esa materia- se multiplicó a lo bestia.

Pasamos ahora de la tele y las redes al Alberto en tribuna, al acto que se hizo con la gente del SMATA. Hay una cosa latente ahí, afectiva, que lamentablemente nos conmueve a pocos, o a la tropa más cercana, de lo que fue el gabinete K y cercanías como grupo humano-político-militante. Lo describió mi brother Coco en una de ciertas súbitas, apuradas y emocionadas crónicas por whatsapp que envía de cuando en cuando desde algún encuentro político. Anduvo brother en el acto en Tortuguitas con 10.000 laburantes de SMATA. Whatsapeó algo sobre la amistad intacta entre Alberto Platero y Carlos Tomada, los abrazos y besos entre compañeros de “la década”, los reencuentros y chismes. Apuntó esto: “Es bueno verlos como viejos veteranos de alguna guerra dispuestos otra vez al combate”. Y él, brother, temblando ante diez a quince mil mecánicos entonando “Vamos a volver”. Nunca hay cámaras (ni crónicas, salvo alguna en Socompa) para esos actos. Viejo e imperdonable pecado ya no de Clarín sino de la comunicación kirchnerista y peronista. Es como si ocurrieran en otros mundos.

Entre paréntesis: si algún día alguno de ustedes tiene la imperdonable ocurrencia de pretender infartar a un funcionario macrista o un CEO mándelo de paseo por las páginas web de los sindicatos. La de SMATA, como otras, te muestra los espacios de recreación de los obreretes, sus lindos hoteles, sus actividades diversas, los beneficios peronchos horrendos que aún pueden recibir por trabajar en blanco, los campeonatos deportivos de los pibes. O la organización misma de un acto para diez mil laburantes, con himno nacional cuando al fin arranca y luego minuto de silencio por los trabajadores desaparecidos, y con una compañera con un estilo de azafata autoritaria que pide despejar pasillos, no apoyarse sobre vidrios, y uno que de pronto se calza el micrófono y pide riéndose “Los que están en los carritos dejen de morfar y vénganse”.

 

Alberto y Máximo

 

Respecto de la relación entre Máximo y Alberto, amén de la amistad y el respeto del que habla el segundo, ambos tienen puntos en común: elaboran y dicen bien. Máximo guarda lo pícaro de su viejo pero añade una sonrisa todavía tímida, muy humana. Máximo a menudo habla desde lo humano. Golazo. Al respecto, es impresionante como un orador puede hacerse a sí mismo, sin necesidad de coaching, sino acaso por sensibilidad y militancia y caminar la política y laburo. Sí acaso cercanía de asesores inteligentes y fraternos, de compañeros. Máximo orador siempre me recuerda -con altas dosis de rencor- aquella mediocre construcción de Lanata de Máximo con la play-station. Lanata se quedó infantil con la play, la fácil, la mueca repetida, la alienación en su odio. Máximo creció, Lanata se quedó. Con ese odio que seguramente le genera tantas enfermedades, tanto entrar y salir de clínicas.

 

Alberto y Máximo, decíamos. Ambos serenos, didácticos, calmos, humanos. A Alberto ya es fácil descubrirle yeites acertados: “Lo primero que voy a hacer es meter presa a la venganza”. O, como al pasar: “Yo soy hijo de juez”; es decir, un tipo formado, respetuoso de “la República”. Siguiéndolo, se notan aquellos datos que memoriza y reitera, elementales, sobre la destrucción económica y social.

No le falta gol, como el párrafo que tiró en el acto de SMATA, en el que se reeligió como secretario general a Ricardo Pignanelli: “Ya pasaron todos los semestres que podía utilizar y (Macri) no trajo un solo centavo de ese mundo que supuestamente lo aclama. Basta de mentirnos”.

O bien: “El mundo central celebra tener un súbdito de Presidente”.

O bien: “Muchas veces cuando los mercados celebran los pueblos lloran” (versión melodramática del que escribe por fiaca de chequear la enunciación exacta).

O bien: “Que no les hagan creer que no merecen, que no les bajen la autoestima”. Palabras oportunas –dichas también en el acto de SMATA- para una sociedad entristecida antes que broncuda al estilo 2001, algo anémica, resignada. Una mitad de la cual no quiere ni Cristina  ni Macri (un poco más de rechazo hacia Macri según las encuestas).

Otro yeite del discurso albertiano: “Yo estoy tranquilo. Cuando ellos nos dejaron encerrados en el laberinto de la deuda con Néstor lo transitamos y descubrimos cómo se sale. Y vamos a volver a salir del laberinto”. Crucemos los dedos.

El Alberto “moderado” no arrugó ante ese súper éxito presunto instalado por el establishment del (pre pre pre) acuerdo con la Unión Europea: “Si tenemos que revisar los acuerdos que Macri está firmando por el mundo lo haremos. No me asusta firmar un acuerdo con la Unión Europea, me asusta un acuerdo que nos castigue más de lo que ya nos han castigado”.

Uno más y no jodemos más

Un poco más, de nuevo sobre Alberto Platero en TV. Me morfé la entrevista que le hizo Luis Novaresio. Ejercicio plomo pero necesario y al fin de cuentas la nota no estuvo mal, sirve. Pero acá vamos a ser algo maliciosos.

El primer round (entre dos boxeadores de muy distintas categorías) fue vertiginoso.

-¿Quien va a gobernar vos o Cristina?

-Yo -con naturalidad total, imperturbable, creíble, tranca-. ¿Pero qué pasó con ustedes (los periodistas)? ¿Antes cuando yo criticaba a Cristina era un corajudo y ahora soy un pelele?

Novaresio, como O’Donnell, es mejor periodista/ conductor que otros, no solo en relación a los majules. Pero al igual que O’Donnell, el inteligente, coreánico del medio y me-creo-mejor Novaresio va con la puta y previsible carga de rutina: las causas judiciales de Cris, La Cámpora desbordando (verso) las listas para legisladores, Báez, ¡¡¡Nisman, por Dios!!! Es ante esa palangana de babosas cuando otros hacen de Jorge Asís Lord almirante de las armadas de todas las mares. Preguntas -uh- “picantes”:

-¿Zaffaroni va a ser tu ministro de Justicia?

-No.

-¿Moreno va a ser tu secretario de Comercio?

-¿Me estás hablando en serio?

Como un nabo queda Novaresio. Claro que eso de quedar como un nabo sucede con este decodificador, el que escribe, que no osa hablar por otras audiencias, que votarán lo que sea que voten. Alberto no arruga si Novaresio (y tantos) lo quiere demonizar pegándolo a CFK. Dice: “A mí me encanta que Cristina sea Cristina. Nadie ha hecho más por la unidad que ella”. Luego menciona a Pino Solanas y otros muchos que fueron críticos de CFK y hoy están “unidos”. “¿Más generosidad y más amplitud que la que tuvo Cristina?”.

Luego expresa también el matiz contra la parte exaltadita de la tropa: “A mí me encanta el cantito vamos a volver. Pero tenemos que volver para ser mejores”. Lo mismo van diciendo otros actores que pertenecieron al mundo K. Se aprende a los golpes, decía la abuela.

Ayer lunes, 1.30 de la madrugada, terminé de ver entrevistas a Alberto, incluyendo una de hacía varios días de Tenembaum-Sietecase. Alcanza con aludir a los primeros quince simpatiquísimos minutos de él hablando de fóbal. Muy astuto, ni siquiera prometiendo el regreso de Fútbol para Todos. Mostrarse como futbolero de ley e hincha del Bicho le da otro pequeño plus de… ¿humanidad? … ¿argentinidad?…, no mensurable en votos.

El cuento lírico o medio poema, Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, que para nuestro pánico no conocen los milennials, termina así, aludiendo al blando burro andando por el pueblo:

“Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

-Tiene acero…

Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo”.

Así termina, casi que entre hoces con las que siegan los explotados campesinos andaluces y martillos de hierro empuñados por los obreros del mundo.

Con eso simplemente jode el que escribe. Suponemos que Alberto diría: tampoco la pavada.

 

Fuente: Socompa