Moreno, Custer y sus versiones falsas en los libros de historia

El avance del hombre blanco contra las poblaciones originarias al norte y al sur del continente, encuentra puntos de contacto en la crueldad, las masacres, las expulsiones territoriales. Y también en la construcción posterior de una épica a la medida de las necesidades coloniales.

08/09/2019
Adrián Moyano

Custer, según Hollywood

Para quienes crecimos con westerns en la televisión de los sábados, la imagen será fácil de recordar: un grupo de soldados atrincherados detrás de sus caballos, abrumados por la superioridad numérica de los sioux, quienes cabalgaban en círculos sobre la posición mientras unos y otros cruzaban disparos. De vez en cuando, uno de los guerreros rompía la formación para irrumpir a golpes de tomahawk y cuchillo entre los estadounidenses, antes de sucumbir a culatazos o disparos. Hollywood se había esforzado por encontrar heroísmo entre George Custer y sus hombres del Séptimo de Caballería, mientras pintaba a los “indios” como desaforados sedientos de sangre y cabelleras. Así y todo, en las películas que reprodujeron la batalla de Little Big Horn el final era desusado: ganaban los malos. Con esa idea crecimos.

“Murieron con las botas puestas” data de 1941 y “La última aventura de Custer” de 1967. “Pequeño gran hombre” es de 1970 y ya planteaba una mirada diferente, pero las revisiones críticas comenzaron a llegar en forma de libro en la década siguiente, aunque nunca alcanzarían la masividad de aquellos films. La decisión cinematográfica de glorificar al teniente coronel dice mucho sobre el ideario de aquellos directores y su público: llevaba el apodo de “Matador de squaw” aunque para hacer al personaje más digerible para el público infantil, se prefirió identificarlo como “Cabellos largos”. Para la historiadora Roxanne Dunbar - Ortiz, quizá fuera el primer mote el más acertado, porque describió al militar como “orgulloso perpetrador de múltiples masacres de civiles indígenas” (2015: 203). Su primera hazaña, un ataque contra cheyenes que estaban desarmados y recluidos en la reserva de Wishita, dentro del Territorio Indio que en los papeles, reconocía el gobierno estadounidense.

“La última aventura de Custer”

Hacia 1876 tenía vigencia el Tratado de Fort Laramie, un acuerdo engañoso: “en 1868, llegaron unos hombres trayendo papeles. No podíamos leerlos y no nos dijeron qué es lo que contenían. Pensábamos que el tratado concernía al desplazamiento de los fuertes y el final de los combates. De hecho, querían enviarnos a comerciar en Missouri. No quisimos irnos allá. Queríamos que los comerciantes vinieran acá. Cuando fui a Washington, el Padre-muy-grande me explicó en qué consistía el tratado y entonces comprendí que habíamos sido engañados”, admitió Mahpiya Luta (Nube Roja) en una visita al Instituto Cooper, que registró el “New York Times” en su edición del 17 de junio de 1870 (Marienstras 1982: 134). El mismo tratado estipulaba que los sioux debían instalarse en reservas, aunque contradictoriamente, admitía su derecho a cazar en territorios ancestrales. La coyuntura terminó por agravarse cuando comenzó a difundirse que en los Big Horn (norte de Wyoming y sur de Montana) existían yacimientos de oro. Si bien la zona estaba comprendida en los espacios de caza de los sioux teton o lakota, ni el gobierno estadounidense ni el Ejército se detuvieron a interpretar el acuerdo e intentaron que los “indios” abandonaran su territorio. Obviamente, la respuesta fue negativa.

 

“Por sus pecados”

 

Antes de ponerse en marcha, Custer trabajó para que los sioux y cheyenes aceptaran internarse en las reservas, pero bajo la guía de Tasunka Witko (Caballo Loco), Tatanka Iyotanka (Toro Sentado) y el cheyene Ishi’eyo Nissi (Dos Lunas) se organizó la resistencia. Al igual que los mapuche, los sioux nunca habían conocido la centralización política pero acordaron unirse ante el avance de la caballería norteamericana. El asesino de cheyenes quiso librar la batalla que pensaba decisiva en Little Big Horn, en junio de 1876, pero según revelarían sus subordinados más tarde, su arrogancia hizo que cometiera un error tras otro: eligió el itinerario menos favorable y marchó bajo la mirada de los guerreros lakota (sioux), quienes pudieron evitar la sorpresa. Por último, dividió a sus fuerzas con el ánimo de envolver a sus adversarios y no hizo más que aislar sus batallones. En consecuencia, aquel 25 de junio “el ejército norteamericano sufrió la derrota más humillante de su historia” (Marienstras 1982: 135). Añade el texto de la historiadora francesa: “Little Big Horn, cuyo centenario fue celebrado por los Lacotas y los Cheyennes en el mismo momento en que los norteamericanos celebraban el bicentenario de los independencia de los Estados Unidos, se presenta como un desquite de los indios al etnocentrismo de los blancos”.

Tasunka Witko - Caballo Loco

“Sin embargo, los blancos por su parte, tergiversaron en su favor el significado de Little Big Horn. Custer fue glorificado a su muerte, sus errores pasaron a ser desgracias de un guerrero intrépido, su destino el de un mártir de la causa civilizada. Un falso Custer ocupa los libros de historia” (1982: 136). Nada que no conozcamos por aquí.

George Custer

En cambio, para el activista e intelectual lakota Vine Deloria Jr. “Custer murió por vuestros pecados [colonialistas]”. Tal el título de su libro más célebre.

Meses antes de la batalla que se disputó en las lejanías del norte, Francisco Moreno arribaba por vez primera a las tolderías de Sayweke, lonco principal en la Gobernación Indígena de Las Manzanas. Si bien entre mapuches y argentinos también existían tratados que estaban en vigencia, en el Caleufu estaban al tanto de los planes de Adolfo Alsina, es decir, del avance de la línea de frontera en desmedro de la gente de Namunkura, de Pincén y de los rankülche. Según el viajero porteño, los manzaneros también sabían que el Ejército había incorporado los fusiles Rémington y tenían noticias de la inmensa mortandad que eran capaces de provocar. En ese contexto de renovado avance colonialista, Moreno expuso sus planes de cruzar la cordillera para arribar a las poblaciones chilenas, que desde 1859 en adelante habían prosperado al sur del Biobío. Su pretensión se trató a la manera mapuche, en el transcurso de un espléndido trawün.

[…] en aquella junta tomaron parte 453 indios de lanza y que en ellos debí explicar a los caciques principales convocados por Shaihueque, Nancucheo, Molfinqueupu, Naquipichun y Jankakirque, el objeto de mi visita. ‘Parlamento’ aquél, que duró cinco horas a caballo y en el que los jefes, asesorados por los ancianos de sus tribus, no sólo estuvieron de acuerdo con Shaihueque en su negativa a permitirme el paso a Chile, sino que se opusieron a que cruzara desde Caleufú hasta Mendoza, a lo que había consentido el primero. Debía regresar por donde había venido y considerarme feliz con hacerlo (Moreno 1979:28).

 

Espionaje

 

Ante el desaire y ocioso, el futuro perito en Límites del gobierno argentino aprovechó para pasear por parajes que encontró bucólicos. En las orillas de un arroyo dialogó con dos ñampulkafe (viajeros) que venían de Salinas Grandes e iban en dirección a Valdivia. Gracias a ellos se enteró de la reciente sublevación de Catriel en la actual provincia de Buenos Aires y de un malón inminente del cual tomaría parte la gente de Rewkekura, lonco cuyo espacio territorial coincidía con la cuenca del río Aluminé. Según su propio relato, al tomar conocimiento de la expedición mapuche, decidió retornar a la ruca de Sayweke para luego apurar su regreso a Buenos Aires y dar cuenta de los sucesos que se avecinaban, es decir, asumió la verdadera finalidad de su excursión: el espionaje. Aun así, antes de emprender viaje, se hizo lugar para desplazarse hacia las nacientes del Limay en el Nahuel Huapi, hecho que la historia colonialista argentina celebra como la llegada al lago del primer hombre blanco, proveniente del este.

“La batalla de Little Big Horn puso fin a Custer, pero no a la invasión”, destaca Dunbar – Ortiz. “La historia de Estados Unidos […] no puede comprenderse sin enfrentar la cuestión del genocidio perpetrado por ese país contra los pueblos indígenas. Desde el período colonial, pasando por la fundación del país y extendiéndose durante el siglo XX, ese genocidio incluyó tortura, terror, abusos sexuales, masacres, ocupaciones militares sistemáticas, expulsiones de indígenas de sus territorios ancestrales e ingreso forzado de niños indígenas en internados de tipo militar. La ausencia de tan siquiera el mínimo indicio de arrepentimiento o sentimiento de tragedia en la celebración anual de la independencia nacional revela una profunda desconexión en la conciencia de los estadounidenses (2015: 23)”.

La lucha de Custer, obra de Charles Marion Russell

Entre nosotros, los viajes de Moreno a las profundidades del territorio mapuche todavía libre deben interpretarse en el contexto del avance colonialista argentino hacia el sur y el oeste. La continua exaltación de su figura por Parques Nacionales, instituciones educativas, municipios que se reconocieron interculturales, otras expresiones del Estado y de la sociedad civil, también indica “una profunda desconexión en la conciencia” de una proporción importante de argentinos y argentinas.

Monumento a Moreno, en Bariloche

Aquí no hizo falta Hollywood, pero la revisión crítica de las ideas con las que crecimos, es igual de urgente. Así de falsos son los Moreno, Roca o Villegas que aparecen en los libros de historia.

 

Bibliografía

Dunbar – Ortiz, Roxanne (2015): “La historia indígena de Estados Unidos”. Capitán Swing. Madrid.

 

Marienstras, Elise (1982): “La resistencia india en los Estados Unidos”. Siglo XXI Editores. México.

 

Moreno, Eduardo (1979): “Reminiscencias de Francisco P. Moreno”. EUDEBA. Lucha de fronteras con el indio. Buenos Aires.