“Chubut, Libertad y Tierra”

Carlos Echeverría presenta en Bariloche su nuevo trabajo documental.

27/09/2019

 

 

Como en anteriores entregas de Echeverría, "Chubut, libertad y tierra" se interna en la Patagonia profunda. La figura de Juan Carlos Espina, médico pionero en Cushamen en la década del ´40, le permite al director reconstruir -con un leve toque de ficción- la realidad de las comunidades originarias del sur argentino, sus reivindicaciones culturales y la lucha por la tierra.

 

 Una joven emprende un viaje

Desde Camarones, un pueblo costeño de Chubut, Nahue, una joven mujer, emprende un viaje hacia la cordillera siguiendo los vestigios de la historia de su abuelo. Lleva consigo un casete con su voz; relatos que aguardan ser oídos, fragmentos de un proyecto que el hombre urdió décadas atrás, y que en la parábola de Nahue entre dos tiempos, de a poco se irá develando.

 Entre 1945 y 1976, Juan Carlos Espina, fue el único médico de El Maitén, y de casi todo el departamento de Cushamen. Falleció en 2000. Nahue -su nieta en la ficción- conservó aquella grabación que ahora es el punto de partida de la historia.

“Siempre defendiendo a la tierra y al indio. Ellos son los dueños de la tierra”, se escucha en la cinta la voz de Espina.

El médico, de carácter humanista y firmes convicciones políticas, resume una historia de 150 años en la Patagonia argentina, donde aún resisten las comunidades originarias diezmadas por la fuerza, el hambre, la miseria y la muerte por enfermedades producto de la pobreza.

Juan Carlos Espina

“Chubut, Libertad y Tierra”, afirma el relato en el andar de Nahue y su viaje iniciático desde Camarones hasta El Maitén, Esquel, la zona de Corcovado, nuevamente a Trelew y después a Camarones, de regreso.

“Cuando se estrenó la película de Juan (Marcos Herman, joven estudiante secuestrado y desaparecido en Bariloche durante la última dictadura cívico-militar)”, cuenta Echeverría, “había preocupación por la seguridad de quienes habíamos intervenido en la película; hubo amenazas y Espina, a quien conocí de chico y era amigo de mi padre, me buscó en Buenos Aires y me ofreció ayuda”.

Durante ese encuentro, Espina le relató al joven director su experiencia en Cushamen: “lo grabé con un walkman, porque otra cosa no tenía”.

Como una suerte de alter ego de Echeverría, Nahue de a poco comienza a comprender por qué su abuelo en aquel rincón apartado del noroeste de Chubut, puso en marcha su proyecto político: recuperar los territorios usurpados para sus habitantes originarios.

 Recortes de diarios, de revistas y de noticieros de la época recomponen un paño histórico, político y social. Nahue recorre los parajes y habla con la gente que lo conoció y lo recuerda, y cuyos nombres Espina registró en la grabación.

Carlos Echeverría

 

Cuenta Carlos Echeverría: “Mi viejo, porteño,  era médico también. Llegó a El Maitén en 1942. Había entonces otros médicos, por ejemplo en Esquel y en Cholila, y entre ellos estaba Juan Carlos Espina. En el 45, mi viejo decide mudarse a El Bolsón, no conozco del todo por qué, pero una de las razones fue que en El Bolsón él podía operar. Mi viejo era cirujano. Como con Espina ya se conocían -Espina era de Mercedes, provincia de Buenos Aires- cuando mi viejo se va, lo invita a reemplazarlo, como único médico en El Maitén, donde Espina se quedó y ejerció la profesión hasta el 76”.

Fernanda estudia Historia, y ocasionalmente acompaña a Nahue en su viaje. Encarna en sí la dosis de academia a la que acude Echeverría para poner el relato en su contexto; un contexto secular que fue -que sigue siendo- el que encontró el doctor Juan Carlos Espina cuando llegó por primera vez a El Maitén. El mismo drama, renovado y antiguo.

Fernanda y Nahue reconocen en el territorio de latifundios infinitos, en la naturaleza devastada, en las comunidades originarias perseguidas y marginadas por los intereses de empresas multinacionales, el rastro de sangre que aún va dejando el proceso continuo de coloniaje que comenzó con la llamada “Conquista del Desierto”.

Solo que “el desierto no se conquista, si verdaderamente fuese un desierto, con ocuparlo bastaría”, alguien dijo alguna vez.

 

Pasaron 32 años desde aquella tarde de 1987, cuando Echeverría entrevistó a Espina.

“Cuando pude empezar a armar el proyecto, lo pensé de manera tal que se pudiera contar desde el presente, con la inclusión de Mariana Bettanin (Nahue) y Pilar Pérez (Fernanda), que recorren la región en busca de la historia, de las huellas que dejara Espina a su paso por el departamento de Cushamen”, explica Echeverría. “Así la película presenta distintos planos: uno es el hilo conductor, que es la nieta que va en busca de la historia de su abuelo, la historia misma de Espina como médico; también Espina actor social y político, y después aquello que tiene que ver con el contexto; es decir, un pueblo rodeado por estancias de la corona británica, (The Argentine Southern Land Co., un vasto enjambre de  más de cincuenta empresas de capital británico, que en realidad eran una sola) y al lado comunidades originarias que habitaban la llamada Colonia Agrícola Cushamen, de donde se proveían los ingleses de mano de obra cuasi esclava para sus estancias”.

La Compañía Argentina de Tierras del Sur, ya no está. El territorio le pertenece ahora a la firma Benetton.

 

En 1945, cuando Espina llegó a El Maitén, la Patagonia estaba mucho más cercana en el tiempo de la masacre de obreros rurales en Santa Cruz en 1921, que de los crímenes cometidos por el Estado en nombre  de aquellos mismos intereses foráneos en estos últimos dos años. Medio siglo transcurrió hasta que Osvaldo Bayer escribió sobre aquellos fusilamientos. Más de 30 años desde que Espina le contó a Echeverría acerca de su proyecto. Una historia que inicia en 1878 con el genocidio del general Roca, y llega hasta el presente en sus hechos y también en sus símbolos: los nombres de las calles, Conrado Villegas; el de los barrios, Nicolás Levalle. La misma historia, los muertos y los perseguidos.

 “La formación política de Espina fue empírica. Tenía una fuerte inquietud, y fue la propia situación de Cushamen en aquellos años, la que lo fue llevando. No solo la dramática situación sanitaria; ese fue el principio”, dice Echeverría.

En el pequeño hospital de 12 camas que Espina puso a funcionar, atendía gratuitamente a unas 70 u 80 personas por día: “era un pragmático, quería cambiar las cosas enseguida. Él armó el hospital. Antes no había más que una enfermería del ferrocarril para los pacientes ferroviarios, que eran muchísimos en ese momento, porque El Maitén cumplía un poco el rol de lo que son los talleres de Remedios de Escalada, en el sur de la provincia de Buenos Aires; es decir, ahí se reparaban las locomotoras, se recambiaban piezas mecánicas y se abastecían. Por lo tanto, había muchísimos trabajadores ferroviarios. Pero no había hospitales. Entonces, él armó el hospital”.

Según cuenta Echeverría, ese impulso humano llevará después al médico a fundar su propio partido político en la comarca. El nombre tajante y directo: “Libertad y Tierra”.

 

“En ese entonces los ingleses (la Compañía Argentina de Tierras del Sur) tenían una estructura de estancias organizadas sobre centenares de miles de hectáreas en la Patagonia, que era dirigida hasta en los más mínimos detalles desde Londres (dictaminaban incluso sobre la conveniencia o no del matrimonio de sus empleados); prácticamente como un Estado dentro del Estado”, describe Echeverría.

En consonancia con los sucesivos gobiernos de facto en el país, Espina fue perseguido.

Nahue, la “joven que emprende un viaje”, emprende a la vez una aventura; dicho esto en su sentido etimológico más estricto: “aquellas cosas (inciertas) que han de llegar”. En otras palabras, no regresará con las manos vacías, ni tampoco será la misma cuando el viaje haya concluido.

Sobre la película, reflexiona Carlos Echeverría: “Hasta 2017 cuando yo ya estaba haciendo el montaje de la película, se decía ´Cushamen´ en Bariloche y nadie sabía bien dónde quedaba”, recuerda. “Pero ese año, a partir de la persecución hasta la muerte de Santiago Maldonado, Cushamen fue un nombre que tuvo alcance nacional. Eso reubicó a la película en cuanto a la comprensión del público de donde está situado el relato, e incluso no son pocos los que trazan un paralelo entre Espina y Santiago, por el hecho de que los dos son huincas comprometidos con lo que se vive ahí en la región”.

“Chubut, Libertad y Tierra”, puede verse este sábado en Bariloche. La semana próxima se presentará en la sección “Foco Patagónico”, en el festival de Biarritz (Francia), junto a otras producciones de realizadores de la región, y seguirá a continuación proyectándose en otros 20 festivales de cine internacional.