Chile en llamas

Todo comenzó con un simple meme, llamando a una evasión masiva del tren subterráneo, por un puñado de escolares. Las autoridades trataron a los jóvenes de delincuentes y reprimieron la revuelta con fuerza. En un par de días todo se desbordó y la gente tomó las calles en señal de protesta. El presidente Piñera dijo que el país estaba en guerra y declaró estado de emergencia. Esta crónica habla de los primeros día del conflicto. Una nota de Claudio Pizarro, desde Santiago de Chile.

22/10/2019

(Foto Joaquín Zúñiga)

Acabo de enterarme que estamos en guerra. No una guerra cualquiera. Una guerra interna con un enemigo poderoso. Falta poco para la medianoche del domingo 20 de octubre y el Presidente Sebastián Piñera enciende las alarmas por televisión. Dice que el enemigo está dispuesto a utilizar la violencia sin ningún límite, que tiene el nivel de una organización criminal y que unidos ganaremos esta batalla.“Esta película ya la vi, tiene malos actores y un pésimo final”, pienso. Luego miro a mi hijo, acostado a mi lado, y me pregunto cómo le explicaré que esto no es una guerra. Que el pueblo no tiene armas. Y que ahora es el ejército quien controla la ciudad. ¿Me entenderá o creerá que Piñera es una especie de Darth Vader?  

Comenzaré por decir que escribo esta crónica, recluido en mi casa, sin posibilidad alguna de salir a la calle. El gobierno ha decretado estado de emergencia hace un par de días y desde ayer ha instaurado el toque de queda desde las 7 de la tarde. Escucho sirenas de bomberos, el ruido ensordecedor de helicópteros y el golpeteo infinito de cientos de cacerolas en las casas vecinas. 

(Foto Joaquín Zúñiga)

Me cuesta creer, ahora que dimensiono la magnitud de los hechos, que todo haya comenzado  como una tímida señal de hartazgo: una ingenua propuesta de evasión en el metro, por parte de un puñado de escolares, expresada en un simple meme publicado en la web. 

El alza de 30 pesos, anunciado por el gobierno de Piñera la semana pasada, desató una ola festiva de estudiantes saltando torniquetes en distintas estaciones.  Al igual que en la revolución pingüina del año 2006, los estudiantes secundarios nuevamente fueron quienes alzaron la voz. Piñera trató a los jóvenes evasores de delincuentes; el ministro de Economía, Juan Andrés Fontaine, dijo que si la gente se levantaba más temprano, el boleto le saldría más barato; y el ministro de Hacienda, Felipe Larraín, ante el alza insostenible de los precios, recomendó a los románticos que compraran flores porque habían caído un 3,6 por ciento.
Esa indiferencia de las autoridades generó un cortocircuito entre la clase dirigente y los ciudadanos de a pie. Fue la gota que rebasó el vaso. El límite de una paciencia que hasta ahora parecía proverbial. Y eso que las advertencias no fueron pocas: los movimientos sociales venían planteando los riesgos de un país desigual desde hace más de  una década y los informes del PNUD (Programa de la ONU para el desarrollo) repetían cada año que las desigualdades desembocarían en conflictos sociales. 

El estallido finalmente llegó, sin aviso previo, rodeado de estadísticas desoladoras. Porcentajes de un país paradigmático que ha crecido como ningún otro en la región y que ostenta, a la vez, una brecha abismante entre ricos y pobres. Porque en Chile el 1 por ciento de la población concentra el 26,5 de la riqueza, el 50 por ciento de los trabajadores gana menos de 380 mil pesos y el 94 por ciento de las mujeres jubila con la mitad del sueldo mínimo. No sólo eso: somos el único país del mundo que ha privatizado el agua, tenemos los medicamentos más caros de Latinoamérica y el porcentaje más alto de ricos en toda la región. 

(Foto Joaquín Zúñiga)

Tras dos jornadas de ebullición, la olla terminó por estallar el día viernes. El gobierno amenazó con aplicar la Ley de Seguridad del Estado y carabineros comenzó a reprimir a los manifestantes al interior del metro. Videos de gente vomitando en los vagones, por efecto de las bombas lacrimógenas, y jóvenes atacados con perdigones se tomaron las redes sociales. A medida que avanzaban las horas, el caos empezó a apoderarse de la ciudad: se encendieron las primeras barricadas y al menos nueve micros fueron incendiadas. 

El alza del pasaje en el tren subterráneo, derivó rápidamente en un descontento mayor. La escalera de emergencia del edificio corporativo de Enel, la distribuidora eléctrica que abastece a Santiago y que también anunció alzas de tarifas, fue incendiada por desconocidos. La imagen dio vuelta en los noticieros como una premonición del infierno que se avecindaba. Minutos más tarde, veríamos rodeado de llamas un monumento a carabineros, algunas plazas de peaje y al menos seis estaciones de metro. 

(Foto Joaquín Zúñiga)

La noche estaba caldeada y las autoridades en silencio. Una foto de Piñera en un restorán, saludando a un nieto de cumpleaños en plena revuelta social, se transformó en el corolario de un desencuentro sin retorno. Los primeros análisis ya no hablaban de los efectos del “tarifazo”, sino de un estallido acumulado por años de demandas sociales insatisfechas.   

Poco después de la medianoche, en una intervención sin preguntas de la prensa, el Presidente Sebastián Piñera anunció estado de emergencia en Santiago con el objetivo de restablecer el orden público. La entrega del mando al General Javier Iturriaga del Campo, hijo de un oficial acusado de entregar detenidos en dictadura a Colonia Dignidad, fue una escena difícil de procesar. Sobre todo para aquellos que vivieron en carne propia la noche oscura de la dictadura. Otra vuelta de tuerca más: el poder político transfiriendo el control territorial a los militares. 

(Foto Joaquín Zúñiga)

La medida enardeció los ánimos y desembocó en los primeros saqueos a bancos y estaciones de servicio. El balance al otro día fue desolador: 308 personas detenidas, 156 carabineros heridos, 41 estaciones de metro destruidas, más de 200 millones de dólares en pérdidas y 11 personas lesionadas. El sindicato de trabajadores del metro instruyó a sus trabajadores a no presentarse a trabajar y el sistema de transporte urbano (Transantiago) suspendió todas sus operaciones en la capital.  

Al mediodía del sábado estaba convocada una jornada nacional de cacerolazo.  La agitación, lejos de aplacarse, comenzó a tomar nuevos bríos y se extendió por otras ciudades. En Concepción se registraron ataques a un cuartel de la Policía de Investigaciones, un local de Starbucks y el Palacio de Tribunales. En Melipilla incendiaron una sucursal del Banco de Chile y en Valparaíso prendieron fuego a sede de Banco Ripley e intentaron quemar la catedral. 

El general Iturriaga decidió decretar toque de queda en Santiago, a partir de las 22 horas, y bomberos ordenó el acuartelamiento del 70 por ciento de su contingente. La primera noche con restricción de desplazamiento estuvo marcada por incendios y saqueos a compañías telefónicas, municipalidades, centros comerciales, supermercados, farmacias, estaciones de servicios y automotoras. Dos mujeres, al interior de un supermercado incendiado, resultaron muertas. No serían las únicas víctimas fatales durante la jornada. 

(Foto Joaquín Zúñiga)

Ese mismo domingo, alrededor de las 4 de la tarde, veo desde mi patio una inmensa columna de humo negro. Sintonizo los noticieros y me entero que se está incendiando una bodega. Es un local de la empresa Kayser, ubicada a unas cuantas cuadra de mi hogar, que acaba de ser saqueada por una turba. Veo como el humo se extingue y siento el olor de la ceniza húmeda en mis narices. Enciendo nuevamente el televisor y confirman la muerte de cinco personas al interior del recinto. Ya van ocho personas fallecidas. 

Piñera dirá más tarde en televisión que estamos en una guerra, tal como se lo escuché decir a Pinochet hace 30 años, y que el enemigo está entre nosotros. Me acuerdo de George W. Bush, la invasión a Irak, la torres gemelas y todas esas pesadillas que alimentan el mito del eterno retorno. 

(Foto Joaquín Zúñiga)

Veo en los noticieros brigadas de autodefensa que protegen sus viviendas de eventuales saqueos. Tipos con chaquetillas amarillas portando bates, palos y fierros. Hay algunos que corren buscando a unos sospechosos que nunca aparecen. Ese sujeto es el enemigo, pienso. Ese que no vemos, pero siempre está ahí, como un fantasma que se alimenta de nuestros temores. El mismo enemigo que Piñera describe, sin lograr descifrar quién es.

 

* Claudio Pizarro es periodista. Ganador en cuatro oportunidades del Premio “Pobre el que no cambia de mirada” y siete veces finalista del Premio de Periodismo de Excelencia de la Universidad Alberto Hurtado. Editor de la revista The Clinic durante 11 años.