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Archivo, para dejar testimonio de la represión

Un equipo de periodistas de Chile creó el Archivo de Memoria Audiovisual que reúne historias de la violencia represiva durante la revuelta. Incluye textos de las víctimas en primera persona, videos, y la geolocalización del hecho. Se propone “darle voz y rostro” a algunos de los nombres que ya son bandera.

05/11/2019

 

“Me demoré como dos horas y media. Había una fogata en la esquina de Vital Apoquindo con Fleming, gente tocando cacerolas, niños y familias. El toque de queda nos pilló en la calle. Llegó un camión con milicos. La gente corrió al tiro porque tiraron perdigones al aire...”, narra Daniel C.

“Ahora soy un minusválido, tengo un puro ojo, y con el otro, como tengo miopía y astigmatismo, veo como una cámara china digital, todo pixelado, y sólo percibo un 20 por ciento. No puedo leer en whatsapp, ver la hora y si miro un partido de fútbol no encuentro la pelota...”, cuenta Alejandro M.

Las historias se repiten. Todas se parecen. Son víctimas de la violencia represiva ejercida por el Estado chileno a la revuelta popular que conmueve al país trasandino. Algunos, víctimas de civiles también cuentan sus historias.

Un equipo de profesionales del periodismo, “preocupados por los recientes sucesos de octubre en nuestra país”, sintieron la “necesidad urgente de generar un archivo de memoria con las imágenes compartidas en redes sociales, y darle voz y rostro a las historias de las víctimas de violencia policial, militar y civil en Chile”.

El portal online Archivo de Memoria Audiovisual reúne esas historias y permite conocer en primera persona la vida y sueños de quienes se convirtieron en algunas de las miles de víctimas del accionar estatal represivo.

 

Los textos son acompañados por videos que circulan en las redes sociales, entrevistas subidas a Youtube, y la geolocalización del lugar donde las víctimas fueron heridas.

El sitio puede consultarse en Proyecto A.M.A. o en Instagram.

Un par de historias, a modo de ejemplo:

 

Por un jornal

 

Trabajo en la construcción desde los 18 años. Soy jornal. Entro a las 8 de la mañana y salgo a las 6 de la tarde. Es una pega dura. Gano el sueldo mínimo y con los bonos llego a los 450 mil pesos. Tampoco puedo aspirar a mucho, porque es difícil que siendo jornal te den trabajo de maestro. Y para capacitarte, y hacer cursos de soldadura, carpintería o yeso, tengo que llevar años en la empresa. Imagínese, tengo 24 años y todavía soy jornal. Así no se puede surgir. Y como todo el mundo sabe que los estudios son caros, hay que esforzarse más. Porque estudiar y trabajar, cuando uno está en la “contru”, es muy pesado. Lo que uno hace, entonces, es sobrevivir. Tratar de surgir de a poco.

 

Tengo compañeros que vienen de Puente Alto o Maipú y se levantan a las cinco de la mañana. Hay unos haitianos que salen de sus casas a las cuatro y media para poder llegar a la hora. Por eso encuentro un abuso que el ministro (De economía, Juan Andrés Fontaine) haya dicho que había que levantarse más temprano. Es una burla. Porque nosotros no buscamos ser millonarios, ni llenarnos los bolsillos de plata, sólo queremos vivir tranquilos y en paz. Dignamente.

Cuando la gente me pregunta dónde vivo y le digo que en Las Condes, piensan que uno tiene plata, porque no sabe que acá también hay poblaciones. Yo vivo frente a Colón Oriente, en la población Los Municipales, junto a mi familia que lleva más de 50 años acá. Mis abuelos postularon, les pasaron el sitio con una mediagua y después se construyeron la casa. Igual es raro vivir en una comuna rodeada de gente que gana 10 veces más que uno. Yo no convivo con ellos, no porque no quiera, sino porque ellos no se acercan. Al final uno termina juntándose con sus vecinos o gente de la población.

Cuando era chico, me acuerdo que fui a un colegio donde había gente mezclada, después se convirtió en privado y tuvimos que irnos todos los que vivíamos en la población, porque no podíamos pagar. Ahí se nota la discriminación. Ahora que se construyó un mall nuevo cerca, están intentando comprar las casas y están tirando la gente hacia el cerro. Somos el punto negro de la comuna. Por eso hay tanto descontento social y abusos. Uno cuando chico no se da cuenta, pero ahora que trabaja, entiende que hay diferencias grandes entre los que tienen y los que no.

El día que me balearon había ido a marchar a Plaza Italia y de vuelta me vine a pie. Me demoré como dos horas y media. Había una fogata en la esquina de Vital Apoquindo con Fleming, gente tocando cacerolas, niños y familias. El toque de queda nos pilló en la calle. Llegó un camión con milicos. La gente corrió al tiro porque tiraron perdigones al aire. Los militares empezaron a disparar hacia los condominios. Yo me quedé en la puerta, les grité, y sentí el balazo. Intenté caminar, pero la pierna era como gelatina. Caí al suelo. Yo pensaba que estaban disparando balines. Si hubiese sabido que eran balas de verdad, no me hubiera arriesgado. Jamás imaginé tanta represión contra el pueblo. Hasta que me tocó a mí.

 

 

El Figurín de Anarkía Tropikal

 

Soy artista plástico. Hago máscaras. Pertenezco a la escuela de carnavales Chinchintirapie y soy el figurín de la banda Anarkía Tropikal, un personaje que representa una crítica social. Con la banda hemos viajado a Europa, México y Perú, y nos conocen en varios lados.

 

Siempre me gustó el arte, pero mi mamá no me dejó estudiar en el Liceo Experimental Artístico porque decía que iba a ser volao (al final igual fui volao). Lo más parecido al arte que encontré fue la gastronomía. Soy chef internacional y banquetero, pero al final me aburrió el estrés de la cocina y la poca plata que pagan, así que empecé a estudiar oficios que me dieran para vivir a diario y fuera yo mi propio jefe. Así estudié gasfitería y me estaba especializando en electricidad domiciliaria en la Universidad de Santiago.

Yo le presto servicios a una empresa y cuando me voy a trabajar en las mañanas, a las cinco y media, tengo que cargar una mochila de 95 litros con todas las herramientas que necesito. Pesa como 45 kilos y me tiene las rodillas hechas mierda. Los vecinos, cuando me ven, piensan que me voy de viaje. Generalmente tomo el metro hasta Vespucio Norte y ahí espero micro. La gente se va colgando y se agarra de las mechas para subir. Todos pelean con todos. Es muy fuerte ver eso a diario.

En el último tiempo he estado trabajando para el barrio alto, en La Dehesa, Lo Curro y Vitacura, y me he dado cuenta de las diferencias sociales, económicas y educacionales que nos separan. Ahí uno puede entrar a la intimidad de los hogares. A veces pongo llaves de ducha que valen medio millón de pesos, una desfachatez. Siento impotencia al ver tanta desigualdad social.

Recuerdo que en una ocasión me tocó ir a la casa de Jean-Paul Luksic (empresario) a arreglar una filtración en el segundo piso de su mansión. Resulta que había venido otra empresa y no le encontraron la fuga, así que todos estaban mirándome para ver si resolvía el asunto. Entré a picar y nada. El mayordomo me amenazó y me dijo que si no encontraba la fuga tenía que pagar el piso flotante. Todos me estaban vigilando porque pensaban que la fuga estaba por otro lado. Hasta que pude encontrarla. Al final, le gustó el trabajo, cobre buena plata y me recomendó a otros millonarios.

He llegado a la conclusión que esa gente no es mala, si no que son ignorantes de la vida real, porque viven en una burbuja que los mantiene alejados de nosotros. Trabajan en sus barrios, se visitan entre ellos, se casan entre ellos y no conocen lo que pasa acá. Por eso hoy vemos esa poca empatía que tienen los políticos cuando dicen en televisión que reclamamos porque somos flojos.

Me acuerdo que esos días de las protestas venía chato de la pega y cuando hice el trasbordo en Los Héroes, sentí a los pingüinos (escolares) reclamando arriba y me uní a ellos. Me volví un pingüino más. Y así empecé a protestar todos los días después de la pega, hasta el miércoles 23 de octubre, cuando me llegó la lacrimógena en el ojo. Unos voluntarios de medicina me llevaron en andas a la urgencia de la Clínica de la Universidad Católica. Ahí perdí la noción del tiempo, estaba mareado, recuerdo que vomitaba sangre. Pensé que me moría. Tenía mucho miedo.

Para mí esto ha sido heavy. Hoy día, por ejemplo, tenía que hacer un trabajo donde me iba a ganar seis millones de pesos. Eso me iba a permitir comprar un auto y consolidar mi pyme. Ahora, en cambio, soy un minusválido, tengo un puro ojo, y con el otro, como tengo miopía y astigmatismo, veo como una cámara china digital, todo pixelado, y sólo percibo un 20 por ciento. No puedo leer en whatsapp, ver la hora y si miro un partido de fútbol no encuentro la pelota. Para más remate, si me rechazan la ley de urgencia tendré que pagar alrededor de 19 millones de pesos.

 

Nota de la redacción: El abogado de Alejandro, Julio Valdés, interpuso una querella criminal, una demanda civil y una denuncia ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos.