# GOLPE DE ESTADO EN BOLIVIA | LA SANTA CRUZ DE LOS BLANCOS

Con el mazo dando y a Dios rogando

La invocación de la Biblia y la Cruz por parte de un sector mayoritario del golpismo cruceño tiene su raíz en un furioso rechazo a la cultura andina y al marxismo. Una cruzada que entrelaza la guerra fría, una revolución que no fue, el fanatismo, la renta petrolera, un Cristo Redentor y un obispo bostoniano. Un relato alucinado que tergiversa la historia, sembrando racismo y violencia. Escribe Gabriel Bencivengo para Socompa.

17/11/2019

 

Cuenta el periodista y escritor boliviano Juan Carlos Zambrana Marchetti (1) que la historia comenzó en la década del ‘50. Pero tal vez fue antes, cuando Germán Busch Becerra, el mítico héroe militar de la Guerra del Chaco, luego presidente y dictador de Bolivia, siendo aún jefe del Estado Mayor impulsó en el ‘37 dos históricas medidas: la creación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos y la caducidad de las concesiones de la Standard Oil. El hombre, además de crear el Departamento de Pando, firmó la paz definitiva con Paraguay, garantizó la salida de Bolivia al Atlántico por el Río Paraguay y promulgó la constitución del ‘38. Además, mediante lo que se conoce como la Ley Busch, otorgó el once por ciento de la renta petrolera a los departamentos productores.

 

Unión Cívica Cruceña.

 

El decreto-ley nunca se cumplió. Tan vieja y olvidada quedó la norma que ni la Ley del Petróleo del ‘56 ni un contrato firmado entre el estado boliviano y la poderosa Gulf Oil Co. lo tuvieron en cuenta. El texto, sin embargo, sirvió a la élite cruceña como excusa. Se sabe, cualquiera es buena cuando la pretensión es otra. Fue así como en el ‘52, cuando los collas del altiplano se impusieron a quienes los oprimían y armaron ese gran revuelo que pasó a la historia como la Revolución Boliviana, los dueños de la tierra y el comercio de Santa Cruz se acordaron del tema, que poco les importó cuando de su clase era el destino del país.

En aquellos años, igual que hoy, miraban aterrados las reformas impulsadas por la indiada. Una de ellas: una reforma agraria que extendió el minifundio sin afectar a los grandes terratenientes de los llanos bolivianos. Lo peor de todo, el voto universal, que por primera vez incluyó a lo indios en la vida democrática y disparó el padrón de 125 mil a 1 millón 600 mil electores en apenas cuatro años. La indiada se había quedado con el 82 por ciento de los votos. Todo el Senado y 63 de los 68 asientos en Diputados. El escarnio no pudo ser mayor. Los sirvientes pasaban a ser la autoridad. El Movimiento Nacionalista Revolucionario era mayoría. Para peor, el Partido Obrero Revolucionario, de orientación troskista, dominaba las zonas mineras.

 

Lucha cívica por el 11%.

 

La élite cruceña optó por resistir. Para eso tenían que sumar a los blancos pobres y formar un partido político, algo que nunca habían necesitado. “Odiaban el debate político e ideológico, así que construyeron una historia, una causa que se pretendiera justa y fuera capaz de encender la bronca de los subalternos que aspiraban a un ascenso social”. Y la encontraron. Fue la supuesta batalla por el desarrollo. Santa Cruz para los cruceños. El civismo había nacido. “Una cruzada contra el autoritarismo, el centralismo, la corrupción y la ignorancia de los collas del altiplano”, ironiza Zambrana Marchetti.

La guerra fría todavía no había llegado con todas sus fuerzas a esas tierras tropicales colonizadas por los Jesuitas. A la élite cruceña, que albergaba ex nazis y pugnaba con sus pares de Pando y Beni por la secesión, le faltaba algo más: la adhesión de los camba, la población indígena del Oriente que descendía de los kandire. Un grupo social hasta ese momento menospreciado. La tarea no era sencilla. El argumento fue que los venidos del altiplano les robaban el trabajo. Pobres contra pobres. La creación rindió frutos. La ilusión de los camba haría el resto. Blancos, indígenas, ricos y pobres podían marchar juntos. Así lo enseñaba el relato. Los cívicos, los sacerdotes de la nueva religión, oficiaron las ceremonias del odio. Lideraron los cortejos. La oligarquía local había retenido el poder. La renta petrolera podía ser reclamada.

 

Las guerras cívicas cruceñas

Para entonces, la Revolución Boliviana se diluía. Víctor Paz Estenssoro había convertido la Bolivia revolucionaria en una firme aliada de Estados Unidos. La moneda de cambio: créditos para cubrir los crecientes déficits de la balanza comercial. Dicen algunos que si Washington quería, el gobierno se caía. Lo concreto es que en Santa Cruz libró una batalla por el control político del territorio. Paz Estenssoro colocó en la presidencia a su delfín, Hernán Siles Suazo y en el ‘56 se sancionó la Ley del Petróleo, conocida como el Código Davenport, por el abogado Wortham Davenport, quien pagado por la Gulf Oil Co. se encargó de redactarlo y de hacer desaparecer lo que concedía la Ley Busch.

 

Unión Juvenil Cruceñista.

 

Los cívicos se nuclearon en un comité y conformaron un brazo armado: la Unión Juvenil Cruceñista, un grupo paramilitar que tomó el control de la zona. El hostigamiento a las autoridades designadas por La paz fue la constante. La escalada desembocó en el ‘58 en una revuelta. Los viejos papeles de la Embajada de Estados Unidos, rescatados por Zambrana Marchetti, sugerían ya un probable separatismo. Los jóvenes de la élite, armados y motorizados, capturaron policías y líderes indígenas del altiplano. Hubo muertos entre los indeseables. La Unión Juvenil, una suerte de guardia blanca al estilo de la Liga Patriótica, eran el “orden establecido”. Su ley imperaba.

¿La renta petrolera? Hubo una negociación. El gobierno central cedía el 11 por ciento. Santa Cruz se quedaba con el seis y el Beni con el cinco. El odiado congreso plebeyo, en un intento por acortar distancia con los sectores tradicionales, dictó una norma interpretativa que restableció la totalidad de las regalías en favor de los departamentos productores. La indiada colla cumplía con la Ley Busch. Lo que no habían conseguido los cívicos.

Hoy, ni Virgilio Vega, dirigente sindical de profesión peluquero, ni Juan Lechín Oquendo, el histórico líder sindical de los mineros, tienen monumentos en Santa Cruz. Lo tiene sí Melchor Pinto Parada, el presidente del Comité Cívico Pro Santa Cruz, a quien la propia Embajada de Estados Unidos calificaba como “peligroso” y responsabilizaba de haber conducido el conflicto hacia la violencia. El mismo que había renunciado a la mitad de las regalías durante la negociación con Siles Suazo. Su pedestal se inauguró, al igual que otros monumentos dedicados a exaltar las guerras cívicas cruceñas, en el ‘86, durante el gobierno neoliberal de Paz Estenssoro, el que entregó los recursos naturales a las transnacionales.

 

Cuando el frío se instaló en el trópico

Eran los años de la Alianza para el Progreso y Washington desplegaba su arsenal desestabilizador en América latina. Bolivia no estaba al margen. Agentes encubiertos y propaganda anticomunista eran parte de la política del palo y la zanahoria. Sus mentores no escatimaban estrategias y la fe cristiana fue una de ellas. “Aunque en Santa Cruz el comunismo carecía de base política, la campaña serviría para reprimir a los collas y cambas díscolos que peleaban por integrarse a una sociedad de blancos que lo rechazaba”, explica Zambrana Marchetti. El inicio de una confrontación que se reavivó cuando el indio Evo Morales desafió a la élite cruceña.

 

El cardenal Cushing en Bolivia.

 

“El centro de la capital cruceña era el reducto inexpugnable de la élite que había estigmatizado como ‘elemento menos deseable de la sociedad’ a la clase plebeya que vivía fuera del segundo anillo, marginada, pero luchando por ingresar”, explica Zambrana Marchetti. En ese contexto, llegó a la capital de provincia una celebridad impensada: el cardenal Richard James Cushing. El arzobispo de Boston. Un hombre muy bien conectado. Era amigo de los Kennedy. Había celebrado el matrimonio de John Fitzgerald y le había tomado el juramento presidencial. Un reconocido anticomunista. Su misión evangélica: celebrar el congreso eucarístico del 9 de agosto del ‘61.

El punto culminante sería la inauguración de un Cristo Redentor en el cruce del segundo anillo de circunvalación y la carretera al norte. Un sitio nada casual. Una suerte de frontera urbana. Allí comenzaba la zona habitada por las colonias campesinas. Los collas relocalizados desde el altiplano para servir como mano de obra a los terratenientes. “Si el Cristo protegía la espiritualidad de los blancos cruceños, la protección carnal estaba en manos de las Fuerzas Armadas. Poco antes, los militares habían tomado la provincia y la habían declarado zona militar. En esas condiciones de exclusión y desigualdad -relata Zambrana Marchetti- se inauguró el congreso eucarístico y se entregó el monumento a la clase alta de Santa Cruz”.

Días después de bendecido el Cristo Redentor por el obispo bostoniano, una protesta intentó ganar el centro de la ciudad. Hacia allí marcharon los collas. La policía y el ejército reprimieron. Lo hicieron sin asco. El saldo: 16 muertos, 300 heridos y 800 detenidos. “Desde entonces, la élite cruceña adoptó a la plaza 24 de Septiembre como su reducto inexpugnable y el Cristo Redentor como trofeo de su guerra contra la izquierda y el indio. El símbolo de la cruceñidad es, realidad, un hecho que evoca el clasismo, el racismo y el separatismo”, narra Zambrana Marchetti.

 

Los monumentos a la mentira

La élite cruceña levantó otros pedestales. Ejemplos de cómo el civismo tergiversó la historia. Uno de ellos es el erigido en memoria de Jorge Roca y Gurmencindo Coronado, las dos bajas de la élite cruceña durante las guerras cívicas. Está en la periferia oeste. Según Zambrano Marchetti, “un testimonio de la beligerancia regional contra el colla originario del Occidente”. Se inauguró también en el ‘86, con la presencia de Gonzalo Sánchez de Lozada, entonces ministro y posterior responsable del asesinato de más de medio centenar de bolivianos durante la Masacre de Octubre de 2003.

 

Monumento a Jorge Roca y Gurmencindo Coronado.

 

Los elogios a los grupos de choque que enfrentaron las reformas democratizantes se multiplican en la geografía de la ciudad y alientan al movimiento falangista local. Sí, hay otros, como los monumentos al Indio Chiriguano, a Andrés Ibáñez, a la Mujer Cruceña y al Avión Pirata. “Esfuerzos por reforzar la narrativa de avasallamiento colla contra Santa Cruz. Una ciudad saturada de monumentos separatistas y anticollas. Un ambiente tóxico que no permite pensar con libertad”, narra Zambrana Marcetti.

Desde que el Movimiento al Socialismo llegó al poder, allí, frente al Cristo Redentor, los cívicos cabildearon contra el indio Morales. Arrodillados, persignándose y elevando sus rezos, dirigidos ahora por el ultraderechista Luis Fernando Camacho. ¿Qué piden? Lo explica Zambrana Marchetti: “Una victoria política de la derecha contra los indios. Lo hacen al unísono, con los ojos cerrados y los brazos en alto, rendidos como autómatas, o mejor dicho como fieles ovejas, obedeciendo fielmente a su nuevo pastor: el presidente del Comité Cívico Pro Santa Cruz”. Un Cristo devenido en arma de guerra contra el pobre, el indio, el campesino y, en forma más genérica, contra la izquierda política.

Por importó que la nacionalización de los hidrocarburos dictada por Morales y los nuevos contratos de explotación multiplicaran los ingresos de la región, ni que la empresa privada de Santa Cruz tuviera un periodo de prosperidad tan largo como nunca en su historia. Mucho menos que Morales fuera el único presidente del país que incluyó las regalías del once por ciento en la Constitución Plurinacional de 2009. La táctica de los cívicos no cambió. Racismo, odio, violencia y muerte siguieron siendo sus sacramentos, los que la élite cruceña aprendió de padres y abuelos en las décadas del ‘50 y ‘60, cuando adoptaron la fe que pregonaba un enemigo externo, que bien fue el comunismo o el colla, según la época.

 

(1) Juan Carlos Zambrana Marchetti nació en Santa Cruz de la Sierra. Desde su infancia se identificó con la clase social reprimida. Fue actor de cine y televisión, y escribió varios guiones, incluido el largometraje Ley de fuga, que denuncia violaciones a los derechos humanos. Emigró a Estados Unidos. Años después, durante el surgimiento de los movimientos sociales en Bolivia, se dedicó a explicar en diferentes foros la realidad de su pueblo. Fue corresponsal de Cambio, el periódico del Estado Plurinacional de Bolivia, y columnista del diario La Razón. Es autor del libro de investigación Destrucción de la naciones: el arma global de Estados Unidos desarrollada en Bolivia.