El obispo descarriado

Miguel Esteban Hesayne falleció este domingo, a los 96 años. Como Obispo de la diócesis de Viedma defendió los Derechos Humanos, salvó vidas y se enfrentó abiertamente a la dictadura. Minucioso comunicador, dejó todo registrado y lo publicó en libros. El recuerdo de quienes más lo conocieron.

02/12/2019
Viedma
Carolina González

(foto Nacho Correa - Diario El Tiempo)

“Cuando yo supe que había hermanos míos en situación límite, torturados, presos o desaparecidos, desde mi fe cristiana me puse a defender sus derechos. No lo tomé como una bandera social política (sino como) un nuevo campo de evangelización, al expresar que los Derechos Humanos no fueron creados por la ONU, sino que son creados por el mismo Dios”.

Así lo escribió Miguel Esteban Hesayne, en el libro Diálogos en Azul, donde dejó plasmado parte de su ideario y su vida.

¿Cómo se trabaja defendiendo los derechos humanos desde un Iglesia como la católica, muchas veces cómplice y colaboradora del horror de las dictaduras militares?

Miguel Esteban Hesayne lo hizo poniendo el cuerpo y su fe por delante. Obispo diocesano de Río Negro, nacido en la localidad de Azul en 1922, ordenado sacerdote en 1948 en la ciudad de La Plata, profesor de literatura y latín, comunicador social, capellán auxiliar del Ejército, Hesayne se enfrentó con la Junta Militar y defendió a un grupo de militantes viedmenses durante los años de plomo.

En abril de 1975, fue elegido por el entonces el papa Pablo VI como Obispo de la Diócesis de Viedma, que en ese momento abarcaba todo el territorio rionegrino. Cuando llegó el golpe de Estado de 1976, se convirtió en uno de las pocas autoridades eclesiásticas en levantar la voz contra las torturas y desapariciones, junto, entre otros, a los Obispos Enrique Angelelli de La Rioja, Jorge Novak de Quilmes, y Jaime De Nevares de Neuquén.

 

Por su defensa de la vida, la integridad y su oposición abierta a la tortura, fue amenazado, perseguido, ninguneado y hasta acusado de “filo-marxista”. Pero nada de eso lo detuvo en sus reclamos. Incluso fue el impulsor de que la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) se instalara en la Catedral viedmense.

Hesayne fue un religioso vanguardista, que empezó por desarraigar viejas costumbres ligadas a la ostentación del cargo. Ya no mas beso en el anillo de consagración; laicos y religiosos trabajando a la par en la catedral; sencillez en el trato, humildad, cercanía con fieles y religiosos.

Como Obispo de Río Negro trabajó intensamente en la unión de la comunidad, integrando los espacios seculares y religiosos.

Como hombre de fe, condenó la miseria humana y el accionar represivo de las Fuerzas Armadas durante la última dictadura cívico militar. Como hombre de bien, perseverante, aguerrido y sensible, salvó la vida de muchos hombres y mujeres que fueron “chupados” durante la última dictadura militar.

Como autoridad religiosa, manteniendo siempre los pies dentro de la estructura de la Iglesia Católica conservadora, fue un avanzado que no tuvo reparos en discutir, incluso, con Jorge Rafael Videla, uno de los mayores asesinos que conoció la historia argentina.

“Todo hombre y toda mujer nace con derechos; esos derechos terminan en el derecho del otro. Y de ahí nace que los derechos engendran también deberes; y de ahí comencé también a catequizar las relaciones humanas: una sociedad simplemente humana no se logra sino respetándose mutuamente los mutuos derechos”, repasó en Diálogos en Azul.

Hesayne escribió sus memorias, guardó las cartas que intercambió con autoridades militares, y tuvo el tino de publicarlas. La vida de Hesayne está en sus amigos, colaboradores y en las bibliotecas populares de la Provincia.

 

Comunicar es Comulgar

 

Comunidad, comunicación, comunión tienen misma raíz etimológica: puesta en común. Y Hesayne lo sabía -y practicaba-.

Cada domingo, su homilía era noticia. En su espacio de comunicación con los feligreses, aprovechaba para criticar abiertamente la situación económica angustiante y la represión ilegal. Lo hacía ante las autoridades políticas y militares provinciales que asistían a misa emperifollados y sentados en la primera fila.

En lo años más oscuros, sus discursos se reproducían en algunos medios de comunicación locales, radios y diarios. Pero sus palabras no quedaban sólo en la comarca Viedma - Patagones, llegaban también a Buenos Aires a través de la agencia Nacional Telam.

Carlos Espinosa, corresponsal de esa agencia de noticias por más de 35 años, recuerda que los sábados Hesayne solía dar un adelanto de lo que sería el sermón del día siguiente.

Como trabajador de prensa Espinosa cubría la homilía. “En Telam al principio no les interesó esa información y nos dijeron que no la enviáramos, pero después la orden cambió y cada domingo teníamos que despachar la transcripción completa. Claro, no se usaba para la cablera (sistema de distribución de información para los medios), sino que era requerido por algún jerarca militar para saber los pasos del Obispo”.

No sólo las palabras, sino sobre todo las acciones de Hesayne levantaban la furia de las fuerzas represivas. Y se lo hacían saber. Durante el mes de agosto de 1976, luego del asesinato del obispo riojano Enrique Angelelli -en lo que se pretendió hacer pasar por un accidente-, Hesayne recibió desde la ciudad de Córdoba una carta de amenaza: “Ojo! Monseñor, reflexione, Angelelli no tuvo tiempo”, decía la nota.

 

A las amenazas, le siguieron acciones persecutorias por parte de la policía de Río Negro. Hesayne reclamó al Gobierno provincial, pero las autoridades rechazaron toda acusación.

“Acecho a la Iglesia Católica”, “hostigamiento” y “descrédito a la función pastoral del Obispo diocesano”, fueron algunos de los reclamos que Hesayne le realizó al entonces gobernador rionegrino de facto, Contraalmirante Julio Acuña, según dejó asentado.

Hesayne, que sabía a lo que se enfrentaba, no se limitó a reclamar personalmente, ni a profesar en la Iglesia. Lo escribió, guardó las cartas, y con el advenimiento de la democracia lo publicó en el libro Cartas por la Vida. Porque comunicar era poner en común con todos los ciudadanos la realidad que quemaba.

 

El obispo descarriado que fue hasta marginado por los mismos fieles”

 

Mientras la violaciones a los derechos humanos eran evidentes, como máxima autoridad del Obispado Hesayne prohibió a los sacerdotes de toda la Provincia dar la comunión a los represores que no se arrepintieron de sus actos. Pero la Iglesia Católica conservadora lo atacó con fuerza: desde la curia romana le pidieron “que hiciera como si no lo hubiera escrito”. Tuvo que acatar.

“Con una pena interior, le dije al Señor 'me contradicen por cumplir con tu evangelio', y guardé silencio en lo posible”, repasó más tarde.

Levantar la voz en un clima represivo le valió a Hesayne el desprecio de muchos, porque la dictadura era avalada por una parte importante de la sociedad conservadora de la capital provincial.

“En la Iglesia de Viedma me sentí muy apoyado por sacerdotes, la mayoría, salvo uno o dos. Pero de los fieles, de un buen grupo de católicos, me sentí hasta marginado. Era el obispo descarriado”, recordó en Diálogos en Azul.

Néstor Busso, comunicador y militante social, fue amigo personal de Miguel Esteban Hesayne desde la década del '70. Se conocieron cuando Busso tenía 18 años y era representante de jóvenes del Consejo Nacional de Pastoral, y Hesayne aún estaba en la Diócesis de Azul.

Néstor Busso junto a Hesayne

El cura le salvó la vida, como a muchos más, con gestiones ante las autoridades militares cuando estuvo secuestrado. Luego, en el año '83, al regreso del exilio al que se vio obligado, Monseñor le ofreció a Busso radicarse en Viedma y ser su secretario de comunicación.

“Salir a la calle con Hesayne era el permanente reconocimiento o que te dieran vuelta la cara, eso se sentía en al calle y no pasaba desapercibido”, cuenta pocos días antes del fallecimiento del Obispo.

También recuerda que recorrer la Provincia, derivaba en un acto de hostigamiento. “En los últimos meses de la dictadura era complicado, la sensación de persecución, de seguimientos en los viajes. Tengo recuerdos de viajar sólo con él en un auto por las rutas en Río Negro sabiendo que nos estaban siguiendo”, repasa. Pero no cambia nada de lo hecho y el recuerdo de su vínculo con Hesayne lo mantiene firme.

 

El tobogán de la muerte. Bachi Chironi, un antes y un después

 

La suerte de Eduardo “Bachi” Chironi fue un parteaguas en la vida de Hesayne. Con él descubrió la oscuridad que imperaba en la realidad institucional argentina.

El final de la historia que unió a Hesayne con Chironi es muy conocida en la ciudad de Viedma. El Obispo lo salvó cuando “Bachi” fue detenido y trasladado al centro clandestino de detención que funcionó en el V Cuerpo del Ejército, en Bahía Blanca. Pero lo que más le pesó siempre a Hesayne fue el inicio de esa historia.

"Bachi" Chironi

Eduardo “Bachi” Chironi, militaba la Juventud Peronista (JP) y sabía que lo iban a secuestrar. Con temor, se presentó a Hesayne y le pidió que lo aconsejara

“Monseñor, me están siguiendo, temo que me chupen”, le dijo Chironi. “Si eres inocente, ¿por qué no te presentas? Yo te voy a visitar”, respondió el religioso según dijo ante los Tribunales, y se recopila en el libro Nunca Más.

Hesayne había sido por más de una década capellán del Ejército y creía firmemente en la institucionalidad de las Fuerzas Armadas, en los rangos, la autoridad y la Justicia.

“Bachi” tomó el consejo y se presentó por propia voluntad en la Policía Federal. Quedó detenido y pocos días después, sin que se notificara a su familia ni abogados, fue secuestrado y enviado a Bahía Blanca.

Permaneció varios meses desaparecido, antes de que su familia lo pudiera ubicar. En ese período fue salvajemente torturado al punto de que “la noche de Navidad de 1976 tuvo tres infartos”, cuenta Cristina Cévoli, quien fuera su compañera de vida.

Cuando Hesayne supo de esta situación, viajó a Bahía Blanca, se presentó en el edificio del V Cuerpo del Ejército, esperó por horas bajo el sol ardiente de enero y ante las autoridades exigió verlo. Se lo negaron, una y otra vez. Pero volvió, también una y otra vez, escribió cartas pidiendo su intervención al entonces Presidente de facto, Jorge Rafael Videla, al Ministro del Interior, Eduardo Harguindeguy, y al gobernador de Río Negro, Contralmirante Julio Acuña.

La preocupación e insistencia trajo sus frutos. Hesayne convirtió a Chironi casi en un tema de Estado para las autoridades regionales y finalmente su situación fue blanqueada. Permaneció detenido durante varios meses y luego pudo regresar a Viedma. “Volvimos a estar juntos, seguimos teniendo hijos y fuimos felices”, recuerda emocionada Cévoli. Del Obispo tiene también el mejor de los recuerdos: “Era un hombre de mucho coraje”, dice.

 

El 2 de agosto de 1985, Hesayne declaró como testigo en el Juicio a las Juntas. De su testimonio, denunciando desapariciones y torturas, un pasaje importante lo dedicó a narrar la detención de Chironi. Ante las respuestas dilatorias y negativas de las autoridades “comencé a sospechar que podría estar en el tobogán de la muerte, y que yo lo había puesto, por otra parte; y eso también lo sabía la familia y sobre todo lo sabía mi conciencia”, dijo.

 

Corrientes de agua viva

 

Con el advenimiento de la democracia, Hesayne mantuvo su visión progresista e integradora sobre el evangelio. En la década del '80 se rodeó de laicos para conducir el Obispado; le dio un rol destacado a los pueblos originarios y siguió reclamando por los crímenes cometidos durante la dictadura militar.

Al Papa Juan Pablo II -durante la visita hizo a la región en 1987-, le relató los horrores de la dictadura y su oposición a las “leyes de olvido”, la “obediencia debida”, y los mecanismos de impunidad que para ese época estaba considerando el Gobierno de Raúl Alfonsín.

Hesayne junto a Juan Pablo II, en 1987

Luego de su retiro como Obispo, con más de 75 años, se trasladó a su ciudad natal Azul, donde fundó el Instituto Cristífero. Siguió creando, escribiendo, profesando la paz y se mantuvo en contacto con los rionegrinos.

Desde hace un par de años atravesaba un delicado estado de salud y dos semanas atrás sufrió un accidente cerebro vascular. Pero aún con su lucidez intacta, seguía preocupándose por la realidad, ahora ya más enfocada a situaciones caseras.

Sus amigos y cuidadores prefirieron mantenerlo alejado de las noticias sobre el golpe de Estado en Bolivia, o las represiones constantes que sufren los ciudadanos chilenos.

“Siempre nos preguntaba sobre los rionegrinos, sobre el estado de situación de la Provincia, por los pobres. Se preocupaba mucho por sus responsabilidades, pero no sabe aún que la América Latina que él vivió en la década del '70 vuelve con fuerza”, cuenta Olga Castro Busso, amiga de Hesayne.

“Hesayne siempre tuvo un espíritu democrático y lo ha dejado como una impronta fuerte dentro de la Iglesia. En los encuentros de formación teológicas, que dentro de la Institución eran como una corriente de agua viva, Miguel fomentaba el debate, la construcción comunitaria”, recuerda el padre Luis García, quien ahora está a cargo de la Catedral de Viedma, desde donde Hesayne salvó muchas vidas.

Luis García

“Él era un enamorado y convencido de la importancia de la comunidades eclesiales de paz, como espacio de crecimiento en la fe y la transformación de la realidad”, concluye.

Ese convencimiento por la paz y en la necesidad de transformar la realidad hoy se transmite en quienes lo recuerdan.