Bienaventurados

La historia se repite en el Municipio más extenso del país. En Bariloche el Estado criminaliza la miseria, y miles de desposeídos viven aferrados a la precaria promesa del acceso a la tierra. Invisibles, olvidados y perseguidos, así es la vida en la toma.

15/03/2020
Bariloche

 

 

“Hablar es existir para el otro” (Fanon)

 

-Nosotros somos de acá. Todos somos de acá- Eso dice Alejandra.

Una hondonada de algo más de una hectárea a pocas cuadras de la ruta nacional 40, en el barrio Omega. Dos o tres hilos de agua que brotan ahí mismo del suelo y algunas plantas modestas que no llegan a ser árboles. El asentamiento está al pie de una montaña de material de descarte, una obra de relleno en marcha que ha dispuesto la Municipalidad. Al verlo uno piensa que las inclementes lluvias del otoño convertirán todo aquello en una trampa.

Hay refugios sin paredes entre los arbustos, hay pequeñas carpas para dos donde duermen cinco, y la chabola más amplia hecha de puntales y nylon donde vive Alejandra con sus cuatro hijos.

En el fondo hay una falla semántica: la tierra es “inculta”, en tanto no tenga valor comercial. La tierra es del que la compra, no del que la trabaja. Ni del que es parido en un determinado lugar. Por eso para millones la Patria es utopía, aunque no la utopía del andar romántico evocando anhelos, sino la del drama del destierro; una marcha forzada hacia la nada, una condena. La utopía es ningún lugar.

Quizá sueñen los propietarios con que la tierra es realmente plana, así tendrían un borde desde el cual arrojar a los que no tienen con qué pagar su parcela.

- Nuestros viejos también son de acá. Yo crecí acá, en el barrio. Nosotros no queremos que nos regalen nada, queremos pagar. Que nos digan una forma, en cuotas, para poder pagar nuestro terreno.

Ahí está la falla, Alejandra pertenece a esa tierra, pero por el contrario, la tierra no le pertenece a ella. Alejandra no tiene Patria en sentido lato. Alejandra nació en tierra ajena.

Más abajo, al pie de la pendiente, los vecinos de “la toma” (como la llama la autoridad), han embalsado un arroyito raquítico en un pozo forrado con nylon para que el agua no se escurra. Dos chiquilines regresan desde allá arrastrando a duras penas un tacho de unos 20 litros que se les derrama por el camino. A uno de ellos, al que todavía todo aquello le parece un juego, el borde del tacho le llega al pecho.

 

 

 

***

“Cerca del 50 por ciento de la población rural del mundo no goza de una garantía de derechos respecto a la propiedad de la tierra, y se estima que hasta una cuarta parte de la población mundial son personas sin tierra, haciendo de la inseguridad del registro y la falta de acceso a la tierra ingredientes claros de la pobreza” (UNITED NATIONS HUMAN SETTLEMENTS PROGRAMME, 2008).

Jérémie Gilbert es profesor adjunto de Derecho en la Universidad de East London (Reino Unido). Ha publicado artículos sobre los derechos de los pueblos indígenas, prestando especial atención a los derechos territoriales. Gilbert trabaja con comunidades indígenas y representantes de ONGs sobre casos de derechos sobre la tierra.

En un ensayo publicado por la revista internacional de Derechos Humanos, Sur, y reproducido como material de consulta por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos bajo el título “Derecho a la tierra como derecho humano: argumentos a favor de un derecho específico a la tierra”, Gilbert dice:

“El derecho a la tierra no suele percibirse como un problema de derechos humanos. En términos generales, el derecho a la tierra se refiere a los derechos a utilizar, controlar y transferir una parcela de tierra. Entre tales derechos se incluyen el derecho a: ocupar, disfrutar y utilizar la tierra y sus recursos; restringir o excluir a otros de la tierra; transferir, vender, comprar, donar o prestar; heredar y legar; acondicionar o mejorar; arrendar o subarrendar; y beneficiarse de los valores de la mejora del suelo o de ingresos por alquiler. Legalmente, el derecho a la tierra suele caer dentro de las categorías de las leyes sobre la tierra, los contratos de tenencia de la tierra o los reglamentos de planificación, pero rara vez se asocian con los derechos humanos. En el ámbito internacional, ningún tratado o declaración se refiere específicamente al derecho humano a la tierra; en sentido estricto, no existe el derecho humano a la tierra en el derecho internacional. Sin embargo, detrás de esta fachada, el derecho a la tierra es una cuestión fundamental de derechos humanos. El mismo constituye la base para el acceso a la alimentación, la vivienda y el desarrollo y, sin acceso a la tierra, muchos pueblos se encuentran en una situación de gran inseguridad económica. En muchos países, el acceso a la tierra y los derechos sobre ella suelen estar estratificados y basados en un sistema jerárquico y segregado donde los más pobres y menos educados no tienen seguridad sobre la tenencia de la tierra. El control del derecho a la tierra ha sido históricamente un instrumento de opresión y colonización”.

(Foto gentileza Alejandro Palmas - Al Margen)

Durante el siglo XX y en la actualidad, el “Apartheid” en Sudáfrica, y la lucha perenne por los territorios palestinos en Oriente Medio, son ejemplos de lo dicho. La persecución y el destierro de las comunidades indígenas y la “toma” de las tierras en el barrio Omega, lo son también. Distintas escalas de un mismo drama.

 

***

 

- Cuando nació mi hijo -dice Alejandra- fui a la Municipalidad para ver si podía conseguir un pedazo de tierra. Me anotaron en “lista de espera”. Hoy mi hijo tiene 20 años, y todavía, ni siquiera me contestaron.

“La lista es larga, es muy larga; y lo peor es que ni siquiera se mueve. Después de todos estos años, yo sigo en el mismo lugar, todavía esperando”, agrega.

Hay 7 mil enlistados en el Instituto Municipal de Tierras y Viviendas para el Hábitat Social. Una escena de Kafka. La gente toma acción cuando se la acorrala. La Municipalidad denuncia la “usurpación”, y busca en el código Penal la respuesta que durante décadas no supo darle a lo humano.

- Nosotros laburamos. Todos los que estamos acá por suerte tenemos laburo; pero el sueldo no da para pagar un terreno. Tampoco da para alquilar; es una locura alquilar en Bariloche-, sigue diciendo Alejandra, y cada tanto desvía la mirada, un poco más arriba, hacia el otro lado de la calle donde la policía, en un vehículo sin identificar, monta guardia.

- Ya estamos cansados de hablar con Mella (José Mella, presidente del Instituto Municipal de Tierras y Viviendas para el Hábitat Social); le dijimos que nos dé alguna facilidad, que de a poco algo nosotros podemos pagar. Pero siempre es que no, que no se puede. Es como hablar con una pared. No escucha, no quiere escuchar.

Templa todavía el sol lo suficiente como para lavarse al aire libre con el agua de las vertientes. En días sucesivos, la Municipalidad dará marcha atrás con la denuncia Penal por “usurpación” de terrenos en el barrio Omega y en otros puntos de la ciudad, disipando de momento la amenaza de un desalojo forzado. Alivia, pero es como un paso de minué sin música que no resuelve el problema.

En tanto, los días transcurren inexorablemente hacia el frío. El tiempo no está a favor de los vecinos.

 

 

 

***

 

Releyendo el clásico de Frantz Fanon, “Los condenados de la tierra”; escribió el martiniqués:

“En las sociedades de tipo capitalista, la enseñanza, religiosa o laica, la formación de reflejos morales trasmisibles de padres a hijos, la honestidad ejemplar de obreros condecorados después de cincuenta años de buenos y leales servicios, el amor alentado por la armonía y la prudencia, esas formas estéticas del respeto al orden establecido, crean en torno al explotado una atmósfera de sumisión y de inhibición que aligera considerablemente la tarea de las fuerzas del orden”.

Para Fanon, las ciudades está violentamente divididas, entre excluidos e integrados, por una lógica aristotélica. Describe: 

“… no hay conciliación posible, uno de los términos sobra. La ciudad del colono es una ciudad dura, toda de piedra y hierro. Es una ciudad iluminada, asfaltada, donde los cubos de basura están siempre llenos de restos desconocidos, nunca vistos, ni siquiera soñados. Los pies del colono no se ven nunca, salvo quizá en el mar, pero jamás se está muy cerca de ellos. Pies protegidos por zapatos fuertes, mientras las calles de su ciudad son limpias, lisas, sin hoyos, sin piedras. La ciudad del colono es una ciudad harta, perezosa, su vientre está lleno de cosas buenas permanentemente. La ciudad del colono es una ciudad de blancos, de extranjeros. La ciudad del colonizado, o al menos la ciudad indígena, la ciudad negra, la ‘medina’ o barrio árabe, la reserva es un lugar de mala fama, poblado por hombres de mala fama, allí se nace en cualquier parte, de cualquier manera. Se muere en cualquier parte, de cualquier cosa. Es un mundo sin intervalos, los hombres están unos sobre otros, las casuchas unas sobre otras. La ciudad del colonizado es una ciudad hambrienta, hambrienta de pan, de carne, de zapatos, de carbón, de luz. La ciudad del colonizado es una ciudad agachada, una ciudad de rodillas, una ciudad revolcada en el fango”.

 

***

 

La del “zanjón” del barrio Omega no es la única ocupación pacífica de tierras que sucede en la ciudad -hoy hay por lo menos una docena-, tampoco es la primera. Se trata de una constante histórica en Bariloche. Muchos asentamientos precarios, a lo largo de décadas, incluso, han devenido barrios reconocidos por el Estado.

Una madre joven -no más de 20 años- dice que en la ocupación de San Francisco IV “la policía no nos deja entrar con víveres ni con agua para los chicos. Te tocan, te revisan todo; a mí me pegaron”. Está sentada sobre un neumático inservible, dando de mamar a su hijo.

 

 

***

 

Dice Alejandra que en el “zanjón” del Omega hay 35 familias. Han parcelado el lugar con tramos de cables que alguien arrojó entre otros desperdicios; tiras de tela. Algunos vecinos han colgado anuncios de cartón: “Familia tal”, en el límite del pedacito de tierra que les toca. También dice Alejandra que en el lugar hay 25 chicos.

Descalzos, embarrados hasta las orejas, juegan a la pelota con cualquier cosa, corren sosteniendo un manubrio oxidado de bicicleta.

- ¿Han venido a verlos de la Secretaría de Desarrollo Social?

Alejandra hace que no con la cabeza.

- Por acá no apareció nadie. Yo decía, para mí que nos discriminan, por pobres o por negros, no sé. No han venido ni siquiera a preguntar si estamos bien, si tenemos leche para los chicos. Nos tratan como a delincuentes, y nosotros no somos delincuentes; no andamos robando nada, solamente estamos pidiendo un pedazo de tierra para construir nuestras casas, y que nos den la oportunidad de poder pagarla.

Y enseguida insiste:

“Pero lo primero que necesitamos es que la Municipalidad retire la denuncia que nos hizo. Que nos dejen estar acá y nos permitan hacernos algo mejor para pasar el invierno. Nosotros sabemos que así no podemos tener a nuestros chicos”.

El viernes pasado la Municipalidad presentó una nota al Ministerio Público Fiscal desistiendo de la denuncia, que en primera instancia había provocado órdenes de desalojo, imputaciones contra quienes viven en los terrenos ocupados, y la detención de una mujer y de un hombre acusados de instigar a la gente a instalarse en esas tierras.

Sin embargo a esta hora la incertidumbre persiste. El fiscal Tomás Soto, a cargo de la causa, podría continuar con las medidas, y actuar de oficio.

También dijeron que “si bien el Ejecutivo establece una medida excepcional para alcanzar un acuerdo pacífico, continuará implementando las acciones necesarias para resguardar el patrimonio común”.

- Yo pienso que a la Municipalidad de nosotros no le importa nada. Ni vienen a ver cómo estamos. Imaginate la clase de gente que tienen trabajando ahí adentro. Y nosotros, como te dije, no estamos robando nada; no somos delincuentes. Estamos acá porque otra no nos queda-. Eso dice Alejandra.

Interrumpe un viento frío que solivianta la tierra, estremece los arbustos; vuelan papeles sucios en un anuncio del otoño por venir.

Lentamente cae el sol detrás del borde del zanjón como una gran moneda dorada. Quién sabe qué será esta vez, ¿cara o ceca?