# A 38 AÑOS DE LA GUERRA DE MALVINAS

La guerra también es cuento

Ex combatiente de Malvinas y escritor, Luis Seroni repasa la guerra en clave de recuerdos y preguntas. Vuelca su experiencia en cuentos, historias personales y de pibes que hace 38 años, al sur del sur y sin haberlo decidido, cambiaron sus vidas para siempre.

02/04/2020
Bariloche

 

“Hay tanto que contar, tantas cosas, pero cuando lo quiero decir no me sale”. Lo decía Luis Seroni, hace algunos años.

Ex combatiente, se “dio cuenta que estaba en una guerra” durante el primer bombardeo que sufrió. “Nos agarró con un amigo, Miguel Giorgio, con el que compartíamos la carpa. Y vos primero sentís las explosiones ‘bum bum bum’, y ya sabés que son tres las bombas que vienen, porque nos tiraban a veinte kilómetros de distancia, desde las fragatas. Me acuerdo la desesperación por llegar a meternos en el pozo de zorro, que era el lugar donde nos refugiábamos durante un bombardeo. Y a los pocos segundos empezás a escuchar el silbido de las bombas que se acercan y enseguida entran a caer donde nosotros estábamos. Y yo temblaba, temblaba todo y no podía parar; como en los dibujitos, que se te empiezan a golpear los dientes y no podés parar. Ahí me di cuenta de que estábamos en una guerra”, recordaba Luis hace un par de años.

 

Además de recordar, se hacía muchas preguntas sobre el poder del ejército que enfrentó, las decisiones ajenas que lo llevaron hasta ahí, y con cuál de los dos bandos estaba realmente Dios.

Preguntas y recuerdos se entremezclan en los cuentos que Luis se ha dado a escribir. Aquí, dos de esos cuentos:

 

La moneda

 

Hace muchos años me contaron esta historia.

Un hombre descubrió a su mujer con su amante en la casa y lejos de enojarse le pidió que se cambie tranquilo pero antes de irse, le indicó que dejara una moneda. Y así lo hizo. El marido, cada tanto, sacaba la moneda de su bolsillo y la apoyaba con fuerza sobre la mesa sin decir absolutamente nada. La mujer al ver la moneda o simplemente al escuchar su sonido, recordaba ese momento sumergiéndola en una profunda culpa.

El maltrato psicológico duró por años, hasta que un buen día la mujer no aguantó más y abandonó la casa. Por años, fue para mí, la historia más interesante que conocía sobre una moneda, hasta esa noche de domingo.

De sobremesa, entre amigos hablando de la infancia -recuerdos, exnovias y esos vericuetos a los que te lleva el vino de madrugada-. Marcelo rompió en llanto. Sin aviso, sin introducción, así de la nada. Recuerdo que tenía la copa en su mano como para hacer un brindis.

El llanto empezó en su cara, de abajo hacia arriba, comenzando por la pera que se arrugó como nunca pensé que se podía arrugar, temblando como si tuviera vida propia. Todo esto ante nuestra mirada atónita. Luego siguió por el labio y una especie de puchero infantil que nos llenó de ternura. Siguió su nariz moqueando. Sus ojos rojos y sus lágrimas saltaron descontroladas como llorando por todo lo que no había llorado en su vida.

Lo dejamos que se desahogara en silencio pero todos comenzamos a llorar sin saber por qué lo hacíamos, si de pena por él o por las cosas que nunca lloramos nosotros. Nunca lo hablamos con los muchachos, jamás lo sabremos.

Pasaron minutos eternos hasta que se calmó. Algunos aprovechamos para secarnos las lágrimas, otros tomaron vino, unos pocos se reacomodaron en sus sillas tratando de achicar el silencio ya incómodo del momento.

- Yo tengo la moneda-, dijo Marcelo desde sus entrañas como desgarrándose por dentro. Nosotros nos miramos sin entender.

Luego agregó:

- No me pertenece…

Las palabras salían desde un lugar muy profundo, pesadas como anclas. Por último, con un resoplo como sacándose un peso de encima comentó:

- No sé qué  hacer con ella.

Nos miró con una mirada indagatoria, tal vez esperando una respuesta, como si con tres frases debiéramos comprender todo. Nada, che, no sabíamos qué decir hasta que agregó:

- Malvinas. Y todavía tengo la moneda de Gonzalito-, Y se desplomó cuando lo comentó

Ahí me cerró todo, yo conocía su historia. Creo que era el único. Me paré rápido y lo abracé con fuerza, tratando de compartir su dolor. Lloramos los dos nuevamente.

El resto miraba esperando saber. Corrí mi silla a su lado, puse mi brazo en su hombro. Marcelo miraba hacia abajo y lloraba como un chico, ya no como un hombre que llora: como un chico. Me costaba concentrarme pero, como pude, comencé a contar la historia.

Todos saben que Marcelo fue a Malvinas, ¡Bah! Lo llevaron cuando estaba haciendo la colimba en el 82. Me la contó ni bien llegó a mi casa ese diciembre. Me acuerdo bien porque  llegó con su mujer a pasar Navidad.

Una tarde, antes de que terminara el conflicto, Gonzalito le dio plata a Marcelo para que le comprara en Puerto Argentino, una libra esterlina porque se la quería llevar de recuerdo.

Marcelo la compró, volvió ya de noche y lo buscó por todos lados para darle la moneda. Cuando llegaron los bombardeos, se olvidó de la moneda, de Gonzalito, del encargo, de todo.

Se metió en el pozo. Y antes de dormirse la sacó.

Ernesto, que estaba con él, le preguntó qué era.

- Nada, nada, dijo Marcelo. Es una libra esterlina que le compré a Gonzalito por encargo.

- ¡Ah!, lo llevaron al frente; comentó Ernesto.  

Fue una noche dura de muchos bombardeos, casi nadie durmió en el pozo. Con el alba llegó la noticia de la muerte de Gonzalito.

El final de la historia fue el principio del tercer llanto de Marcelo. El pobre lloró, hasta que sus ojos se quedaron sin lágrimas. Había cargado con la moneda por treinta y siete años, sin saber qué hacer con ella, la llevaba consigo a todas partes y muchas veces cuando nos encontrábamos generalmente para las Fiestas, yo lo descubría con la moneda en la mano, la tocaba y la guardaba y… la volvía a sacar.

Unas vacaciones me contó Susana, su mujer que se la olvidó y estuvieron a punto de volver a buscarla porque hubiese sido lo correcto a la luz de lo que fueron esas vacaciones. Marcelo estaba perdido, callado, pensativo, moviendo sus temblorosas manos. Él, cómo decirlo, no era un canto a la alegría pero esas vacaciones casi que no fueron vacaciones.

El consuelo, por decirlo de alguna manera, llegó cuando le conté  que la hermana de Gonzalito estaba tratando de armar la historia de su hermano, ya que era chica cuando murió. Porque sería de gran ayuda para ella y sobre todo para él, que le entregase la moneda. Pasaron meses hasta que Marcelo, mucho más calmado, juntó coraje y se la entregó en mano, ahora enmarcada con una cinta argentina.

¡Qué momento! Lo recuerdo y me vuelvo emocionar: se iluminó la cara de Marcelo cuando entregó la libra esterlina a la hermana, se miraba sus manos vacías, las frotaba como si le faltara algo, su cuerpo se estilizó ganando unos centímetros.

Hasta este momento es el más hermoso relato que conozco sobre monedas, tal vez aparezca uno superior con el tiempo, no lo sé.

Esta historia se aloja en un lugar de mi corazón y cuando en algún asado alguien cuenta historias de monedas, me apuro a levantar la mano y digo:

- Yo, yo tengo la mejor.

 

***

 

Seis segundos

 

El orgasmo promedio de un hombre es de seis segundos, también lo que tarda un meteorito en cruzar el cielo. Cada seis segundos se vende un Chevrolet y once bebés nacen en el mundo.

Pasó en abril, en un tiempo que todavía no podemos entender, a pesar que la fragata estaba a 20 km de las islas igual se escuchó el ruido de salida del proyectil, seis segundos sería lo que se tardaría en llegar a tierra. El latido del corazón de Carlitos se detuvo en ese instante, su respiración se aceleró, sus dedos índices taparon sus oídos. Todo eso pasó en dos segundos, el tercer segundo pensó en su madre, su padre, su hermanito; los recordó felices, riendo, cómo serían sus vidas cuando recibieran la noticia, entonces su corazón se estremeció.

En el cuarto segundo rezó, se juró y se re juró que iba a cambiar, que iba a pedir ayuda, los segundos eran eternos. En el quinto segundo, numeró las cosas que no había vivido, pensó que no conocía el mar, que nunca vio nevar, jamás se había enamorado, no tendría ni hijos, ni nietos. En el último segundo, vio como en una película en cámara ligera, distintas imágenes de su corta vida: vio la ternura de su madre cuando curó la primera «frutillita» en su rodilla, el primer gol y la cara de felicidad de su abuelo, por último su primer beso contra la pared esa tarde de verano.

La bomba cayó lejos del pozo de Carlitos.

Pero Carlitos jamás volvió a ser Carlitos.