Chief Joseph e Inakayal: los ojos de América

Dos historias, que son una, al norte y al sur del continente. Dos miradas, que son una, que taladran sobre la conciencia del “progreso”. Dos miradas que abren caminos y rebeldías de memoria.

03/05/2020
Adrián Moyano

(Ilustración Rocío Griffin)

En 1960, John Steinbeck viajó a través de 16 mil kilómetros por Estados Unidos con la sola compañía de un perro, en camioneta y con una casa rodante. Al momento de emprender el periplo, ya era un escritor consagrado, a tal punto que dos años después se haría con el Premio Nobel de Literatura. Hasta la página 168 de “Viajes con Charley en busca de Estados Unidos”, el libro resultante del recorrido, toda referencia a las primeras naciones se había limitado a los “mocasines indios” que vendían en los negocios para turistas. La omisión se subsana al ingresar a Montana, cuando afirma que la zona este, al igual que el oeste de las Dakotas, “está marcado en el recuerdo como país indio, y los recuerdos no son muy viejos además” (Steinbeck 169: 2014). La referencia se explica porque el escritor había conocido a un colega, fallecido en 1944, que antes de incursionar en las letras, había servido en el Ejército. Charles Erskine Scott Wood “había participado en la campaña del Jefe Joseph. Su recuerdo de ella era muy claro y muy triste”, compartió Steinbeck.

Así llamaron los estadounidenses a Hin mah too yah lat kekht (Trueno que rueda por la montaña), longko de los nez percé en la parcialidad nimi’ipuu. En 1877, al mismo tiempo que el gobierno argentino trasladaba la línea de fortificaciones hacia las posiciones dispuestas por el ministro Alsina, Jefe Joseph se vio forzado a liderar la retirada de su gente a través de 1.500 kilómetros, desde el valle de Wallowa en Idaho hacia la frontera canadiense. Hicieron falta cuatro regimientos para perseguir a los heroicos nimi’ipuu, 800 hombres, mujeres, niñas y niños que viajaban en dos mil caballos. Su increíble resistencia conmovió a la opinión pública, ya que las alternativas de la persecución se vieron reflejadas en la prensa.

Los guerreros nez percé, durante la retirada de 1877

El drama se terminó de consumar cuando el invierno arribó con todo su rigor y ante las nevadas, la caravana se detuvo cuando apenas quedaban 50 kilómetros para Canadá. Entre las bajísimas temperaturas y los cañones estadounidenses, lograron la rendición de Jefe Joseph, “enfermo y triste” su corazón. Wood recordaba que sus perseguidos habían disputado cada recodo del camino y que sus cualidades merecían conmovido respeto. Steinbeck citó a su vecino: “Si no hubieran tenido con ellos a sus familias, nunca podríamos haberlos atrapado. Y si hubiesen estado equiparados a nosotros en número de hombres y en armamento, no podríamos haberlos derrotado. Eran hombres. Hombres de verdad”. Sólo fue posible doblegarlos en el último de siete combates, que puso término a una persecución de cuatro meses.

 

Otras retiradas

 

Después de su captura, los sobrevivientes fueron confinados en una reservación lejos de su territorio. Jefe Joseph retomó la lucha a través de la palabra y las gestiones, a tal punto que en 1879 consiguió entrevistarse con el presidente Rutherford Hayes, pero en Idaho, los colonizadores no querían saber nada con el retorno de los nez percé. Ese año, el Ejército argentino ponía en marcha la Campaña al Desierto y comenzaron a producirse entre los mapuche retiradas semejantes, aunque lejos de la compasión de los diarios y sus lectores. En 1903, el longko del lejano norte estuvo en Seattle, gracias a la invitación de un profesor de Historia. En la ciudad del noroeste conoció a Edward Curtis, con quien estableció una relación amistosa. Fotógrafo apasionado y sensible a la tragedia que vivían las primeras naciones, Curtis tomó miles de fotografías que luego fueron reunidas en “The North American Indian”. Llevan su firma las imágenes más difundidas de Trueno que rueda por la montaña. Por entonces, el nez percé era un hombre que había superado los 60 años y a pesar de su relativa juventud, en 1904 moriría en el exilio. El médico informó que su vida se había extinguido “de corazón roto”, literalmente. En uno de sus retratos luce muy elegante, con collares y grandes aros. Su piel morenísima y su semblante, vigoroso. Sólo la disposición de su mandíbula y la enorme tristeza de su mirada insinúan la amargura sin medida, la enorme desazón ante la injusticia. Nadie que preserve un mínimo de humanidad podría soportar la mirada de Jefe Joseph sin que al mismo tiempo, la angustia se escape de sus propios ojos.

Chief Joseph

Hay diferencias pero también puntos en contacto entre la historia de los nez percé y los mapuche gününa küna de los loncos Inakayal y Foyel. Hacia 1877, la gente del primero ubicaba sus tolderías en la margen sur del lago Nahuel Huapi, donde actualmente se levantan las ciudades de Dina Huapi y San Carlos de Bariloche. El avance argentino todavía quedaba lejos, ya que la nueva línea se había instalado sobre Trenque Lauquen, Carhué, Guaminí y Puan, a más de mil kilómetros. Al mismo tiempo que los nez percé se batían en dirección a Canadá, los cazadores del antiguo Willimapu (Territorio del Sur) se preparaban para dirigirse hacia la confluencia de los ríos Tecka y Kaquel, donde acostumbraban a permanecer hasta la llegada del otoño para la temporada del guanaco cachorro. Esa costumbre quizás explique que cuando el Ejército arribó al gran lago en abril de 1881, no encontrara las tolderías de Inakayal y Foyel. Sin embargo, el encuentro se produjo pocos días después, cuando las autoridades dueñas de casa parlamentaron brevemente con el general Villegas, en el valle del río Ñirihuau. Su libertad quedó momentáneamente a salvo pero al año siguiente, las tropas invasoras volvieron. Recibió la orden de perseguir a Inakayal sin piedad la 3era Brigada, al mando del coronel Nicolás Palacios.

 

Sin pluma alguna

 

El invierno de 1883 encontró a los tenaces fugitivos en los campos adyacentes al lago Colhué Huapi, es decir, a unos 700 kilómetros del sitio donde solían afrontar las épocas de los grandes fríos. Por entonces, los nez percé sobrevivientes llevaban cinco años de padecer en una reservación, sita en tierras extrañas. Difícilmente tuvieran noticias de Inakayal y su gente, pero las sensaciones que experimentaron durante su retirada debieron ser similares a las que embargaban a los mapuche y gününa küna. Aquellos “hombres de verdad” recibieron los saludos literarios de Wood y Steinbeck. En cambio, los guerreros “araucanos” que habían maravillado al inglés George Musters en 1870, no merecieron pluma alguna de escritor argentino. Apenas si se advierte algún atisbo de sosegada admiración en la descripción que el coronel José Silvano Daza dejó sobre el breve parlamento que animó Villegas con Inakayal, Foyel, Chagallo y otros loncos, a pocos kilómetros del lago Nahuel Huapi.

Antonio Modesto Inakayal

En el invierno boreal de 1877, fueron cuatro los regimientos que Washington movilizó para terminar con Jefe Joseph. Seis años después, cerca del fuego que moderaba un tanto el penetrante frío de la meseta patagónica, Inakayal supo que una nueva partida de soldados se aproximaba desde el sur. Buenos Aires no admitía la supervivencia de aquellos salvajes, a quienes la prensa catalogaba de obstáculos para el progreso. Con presencia permanente en los fuertes “Chacabuco” y Valcheta, más cantones en Collón Cura y sobre el río Negro, hacia el norte no había vía expedita alguna. Uno a uno, los loncos más significativos se fueron presentando ante los jefes militares, para aunque sea, preservar a sus seres más queridos. La resistencia de Inakayal y Foyel se extinguió en la primavera de 1884, víctimas de dobleces, engaños e inclusive, de un fusilamiento preventivo en arroyo Genoa, masacre que los historiadores del Ejército elevaron a la categoría de combate.

Curtis tomó las fotografías de Jefe Joseph en un contexto distinto al que un colega suyo aprovechó para retratar a Inakayal. El longko soportó prisión en Retiro, Tigre y Martín García, antes de sufrir humillaciones inimaginables en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. El estadounidense se preocupó especialmente en que Jefe Joseph luciera vestimenta y ornamentos tradicionales. En cambio, son dos las imágenes más difundidas del mapuche gününa küna, una de frente y otra de perfil, a la manera de los prontuarios policiales. Fotos similares se tomaron a Foyel y Sayweke. Al observarlas, resulta evidente que sobre sus cabellos trabajó un peluquero apurado y grosero, porque su longitud y corte es el mismo en los tres. Como contrapartida, Trueno que rueda por la montaña exhibe un peinado elaborado y prolijo.

El hombre del Willimapu lleva un saco que le queda grande y está arrugado. Muy probablemente por indicación del retratista, el nez percé no mira directamente a la cámara. En cambio, la mirada del mapuche gününa küna dispara hacia la conciencia del fotógrafo con desprecio infinito. A pesar de las circunstancias diferentes, la dignidad es invencible, tanto en Jefe Joseph como en el longko Inakayal. El primero perdió su libertad antes que el segundo, cronológicamente. Sin embargo, Antonio Modesto partió hacia otras dimensiones 15 años antes que su par nez percé. Al fallecer, Curtis y aquel profesor de Historia, Edmond Meany, se preocuparon en que recibiera una sepultura digna. En cambio, los sufrimientos de Inakayal ni siquiera finalizaron con la muerte. Desde aquellas fotos dispares, tanto  los ojos de Jefe Joseph como de Inakayal perseveran en interpelar un orden colonial, esencialmente injusto. Son los ojos indígena de América