Los tehuelches, ¿antes que nada argentinos?

La necesidad de reafirmación nacionalista ha convertido a los mapuches en chilenos, y, consecuentemente para cerrar el círculo, a los tehuelches en “argentinos”. Basta hurgar los archivos sin preconceptos coloniales para encontrar evidencias de la manipulación de esa construcción. O de como una canción puede naturalizar una falsedad histórica.

16/05/2020
Adrián Moyano

Luis Piedra Buena (Ilustración Rocío Griffin)

Pocas obras de la canción popular patagónica lograron tanta repercusión fuera de la región como “Cacique Yatel”, a tal punto que en 1997 llegaron a grabarla Flavio Cianciarulo y Ricardo Iorio, con la participación de Rubén Patagonia. El tema lleva la firma de Hugo Giménez Agüero, un conspicuo anti-chileno, militarista y quizás anti-mapuche, quien en su línea más fervorosa afirma: “Cuando llega a los boliches / por un trago de ginebra / suele cantar un kaani / con fábulas y leyendas. Y los ojos se le escapan / a un costado del camino / porque ha nacido tehuelche / y antes que nada argentino”.

La melodía pegadiza hace que generalmente se soslayen una aberración histórica y una tropelía política: si los tehuelches fueran cronológicamente “antes que nada” argentinos perderían su condición de pueblo preexistente al Estado y en consecuencia, renunciarían a decenas de derechos. Pero además, la pretendida argentinidad tehuelche suele contraponerse a la también supuesta extranjería mapuche, piedra basal de la discriminación de la que es objeto el segundo pueblo, por venir hipotéticamente de Chile. Todas falacias, claro.

Si nos remitimos a la letra de la canción, Yatel fue un tehuelche del sur porque en la descripción del autor era “un cacique cimarrón del aonikenk”. De los últimos tramos del siglo XIX además, porque recordaba a la isla Pavón y al lago Cardiel, “cuando llegaba el barco de don Luis / trayéndole banderas, para él”. Luis era Piedra Buena, cuyo establecimiento principal en el río Santa Cruz no impidió que abriera en Punta Arenas “un despacho de mercaderías que era abastecido regularmente mediante la goleta Espora, también de su propiedad” (Alonso Marchante 2014: 81).

Cacería. Ilustración que acompañó la obra de Musters

Elevado por historiadores a la categoría de prócer regional, hacia mediados de los ‘60 sus prácticas eran de hecho monopólicas, porque no existían otro local comercial en la región. “Además de vender diversas mercaderías a los colonos (de Punta Arenas), el principal negocio de Piedra Buena era el intercambio con los indígenas y la compra de madera que luego vendía en las Islas Malvinas”. Pero nada de buena ginebra. El gobernador chileno de Magallanes, Damián Riobó, dejó una narración en la que acusa al maragato de intercambiar “con los aonikenk pieles de animales a cambio de barricas de aguardiente de pésima calidad” (Alonso Marchante 2014: 75). Cuando visitó la zona en 1879, Francisco Moreno observó que la práctica perduraba: quillangos y plumas de avestruz por azúcar, yerba, galleta y sobre todo, bebida espirituosa de dudosa prosapia.

 

Ni chilenos ni argentinos

 

La consistencia de la argentinidad tehuelche se hace añicos desde el vamos: ya desde 1843, la guarnición chilena de Fuerte Bulnes, en la península de Brunswick, estableció relaciones comerciales con los jinetes más sureños. En 1854, el gobernador trasandino Jorge Schythe, anotó que “muy a menudo han venido a ésta, ya en pequeño número, ya en partidas de cincuenta a ochenta y hasta doscientas personas y siempre con el objeto de vender o cambiar sus capas de guanaco y chingue, pieles de león, zorra y avestruz, por tabaco, aguardiente y víveres” (Alonso Marchante 2014: 67). Admitía el funcionario chileno que “este negocio, pues, es el único que puede servir de fomento a esta Colonia, sacando los habitantes algún provecho al vender los citados artículos a bordo de los pocos buques que fondean en esta bahía”. Se refería a Punta Arenas, que está a más de 150 kilómetros del límite argentino. Es evidente que para los aonikenk, la línea fronteriza que se establecería tres décadas después, no tenía relevancia alguna.

Fue Santiago el que picó en punta en el intento de utilizarlos políticamente en su disputa con la Argentina, a través del Tratado de Amistad y Comercio que celebró con el cacique Santos Centurión. Por el acuerdo, la gente del sur reconocía la bandera chilena, acto que para el entendimiento de la época, implicaba que admitía la soberanía de Chile sobre sus territorios. En 1875, otro gobernador de Magallanes afirmaría que “es fuera de toda duda que las tribus de la Patagonia del sur del río Santa Cruz reconocen la soberanía de Chile”. Para formalizar el hipotético reconocimiento, designaron al cacique aonikenk Papon subdelegado “chileno” en la Patagonia. Si se ve la maniobra desde una perspectiva distinta a la indígena, el asunto podría tornarse grotesco ya que Papon era hijo de Casimiro Biguá, jefe anterior de los aonikenk que Piedra Buena, había designado cónsul general de la Argentina para el mismo territorio.

El aonikenk Casimiro

Las relaciones diplomáticas que desplegaron los aonikenk con argentinos y chilenos deben juzgarse a la luz de sus propios intereses. Verlas desde los designios nacionalistas de las élites que gobernaban en las respectivas capitales, poca luz echará sobre sus motivaciones. Recordemos que la comunidad de Casimiro fue la que acompañó George Musters desde isla Pavón hasta Carmen de Patagones entre 1869 y 1870. El viaje del inglés es muy valorado por la ciencia geográfica porque se trató del primer cruce longitudinal de la Patagonia documentado que realizara un hombre blanco. En los 1.700 kilómetros que median entre el río Santa Cruz y la ruka de Sayweke (Neuquén), la única bandera argentina que vio el marino fue la que llevaba precisamente Casimiro, a la que lució en un encuentro con los gününa küna (tehuelches del norte) en el emplazamiento actual de Colonia San Martín (Chubut). Uno de sus compañeros de viaje puntualizó que desde la confluencia de los ríos Tecka y Caquel en dirección al norte, comenzaba el “país de los araucanos”, es decir, el territorio mapuche (Musters 1964: 269). Nadie en la caravana hacía referencia a Chile o la Argentina.

 

Identidades otras

 

El encuentro entre los aonikenk, los gününa küna y la primera parcialidad mapuche en su ascenso hacia el río Caleufu, fue la del longko Kintuwal, donde en el presente se levanta el aeropuerto de Esquel. Para desorientación de quienes creen en la argentinidad tehuelche y la chilenidad mapuche, el mapuche Kintuwal estaba emparentado con el aonikenk Casimiro. Unos días antes de celebrarse la reunión, un grupo de aonikenk se había adentrado en el valle del río Palena para buscar ganado salvaje, con suerte esquiva. Sin embargo, el conocimiento que tenía Orkeke de esos cañadones y bosques, demuestra que su gente utilizaba frecuentemente esos espacios territoriales, que quedaron del lado chileno después del tratado de 1881. Otra vez una representación propia del territorio, ajena a las estatales que cantó Giménez Agüero.

Ruinas de la estancia San Gregorio, primer bastión de José Menéndez

La tragedia del pueblo aonikenk terminó de consumarse cuando los Estados que se dividieron su antiguo territorio, entregaron en concesión grandes extensiones de tierra, inclusive al margen de la legislación vigente y hechos de corrupción mediante. El emporio ovejero que levantó José Menéndez -uno de los fundadores de La Anónima-, comenzó a erigirse en la bahía de San Gregorio, “paradero habitual de este pueblo nómada” (Alonso Marchante 2014: 68), otra vez, más allá del límite estatal. “Los indígenas, que no serán bien recibidos en la estancia de Menéndez, tendrán que buscar otros parajes que recorrer, donde la caza era menos abundante, lo que los abocó al hambre y al vagabundeo”. No era por gusto que Yatel andaba “con un perro pelao y un cascabel / un caballo cansado viejo y cinchón”.

A pesar de atribuirle argentinismo, Orkeke y su gente fueron apresados en 1883 por las tropas que hacían ondear la misma bandera que honrara su jefe Casimiro. Embarcado el contingente en el transporte “Villarino”, sus integrantes “entonaban una triste y monótona letanía mientras se alejaban de la costa patagónica” (Bandieri 2005: 151).

En Buenos Aires, aquel jinete que podía guiar a sus hombres con los ojos cerrados por las sendas de la cordillera y que no tenía problemas en dormir a la intemperie en medio de una nevada, apenas sobrevivió un mes y dejó de existir en una sala común del Hospital Militar a raíz de una neumonía. ¡Él, que había enfrentado toda su vida al más cruel de los fríos con apenas un quillango! ¿De neumonía? Los científicos de entonces no repararon en que fuera mapuche, gününa küna, aonikenk, argentino o chileno: “su  esqueleto fue posteriormente exhibido en el Museo de La Plata. Triste destino para un soberano de la Patagonia” (Bandieri 2005: 152).

Iorio y el referente neonazi Alejandro Biondini

No sé si Cianciarulo volvió a dirigir su música hacia el sur del sur; Iorio reivindicó la Campaña al Desierto y se hizo neo-nazi, mientras que Rubén Patagonia se comprometió hace tiempo con la lucha mapuche, inclusive con comunidades en proceso de recuperación territorial. “Cacique Yatel” figura como la reproducción más popular de Aonikenk, banda metalera de Cutral Co, grabación que hizo en 2015. Pero ninguna melodía pegajosa debería entonarse sin hacer referencia a tanto dolor porque dentro de los límites estatales son 35 los pueblos preexistentes. Primeras naciones, antes que nada. 

 

Bibliografía

Alonso Marchante, José Luis (2014): “Menéndez, rey de la Patagonia”. Catalonia. Santiago.

Bandieri, Susana (2005): “Historia de la Patagonia”. Editorial Sudamericana. Buenos Aires.

Musters, George Chaworth (1964): “Vida entre los patagones. Un año de excursiones por tierras no frecuentadas desde el estrecho de Magallanes hasta el río Negro”. Ediciones Solar. Buenos Aires.