Los libros de Darío Santillán

El 26 de junio de 2002, hace 18 años, Darío Santillán fue asesinado por la policía bonaerense junto a Maximiliano Kosteki en el hall de la Estación Avellaneda durante la represión de una protesta de los movimientos de trabajadores desocupados. El autor de esta nota, Pablo Solana, compañero y amigo de Darío, relata qué libros moldearon su ideología, su militancia y su sensibilidad.

26/06/2020
Nacional

 

Escena 1. Febrero de 2002. Toma de tierras en La Fe, Monte Chingolo, Lanús. Conurbano bonaerense. Junto a vecinos y vecinas del barrio, Darío participa de la ocupación de unas tierras abandonadas con la idea de lograr un lote propio y dejar de vivir de prestado. Pasa los días en alguna de las carpas provisorias que montaron para marcar el territorio, entre asambleas y guardias colectivas, porque hay amenazas policiales y orden de desalojo. Una de esas tardes van unos reporteros de Indymedia y Darío suspende su rato de descanso. Le preguntan qué lleva en la mano. Se trata de Un encuentro con Fidel. Entrevista realizada por Gianni Miná, un libraco de 400 páginas, tapa dura, edición cubana. Sus descansos en la toma siempre son leyendo.

Escena 2. Una semana después de 26 de junio de 2002. En la casa que habitábamos con Flor y los chicos en Villa Corina, ahí cerquita de Monte Chingolo. Nos decidimos a echar mano al cajón del ropero de la pieza de Juan, nuestro hijo, donde Darío guardaba sus cosas el tiempo que pasaba en casa, para devolvérselas a sus familiares. Casi nada de ropa, varios cedés y algún caset, un cuaderno de apuntes, cinco revistas de palabras cruzadas y muchos libros. Tomé nota: Aguafuertes porteñas, de Roberto Arlt; La orquesta roja, de Gilles Perraut; 19 y 20, del Colectivo Situaciones; Guerra Santa o lucha política: entrevistas y debates sobre el Islam, de Pedro Brieger; Manual del guerrero de la luz, de Paulo Cohelo; Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda; Mi amigo el Che, de Ricardo Rojo; El Che Guevara. La Biografía, de Hugo Gambini; Homenaje a Ernesto Che Guevara, edición Casa de las Américas; Obras Completas – Tomo I, del Che. Por entonces Darío andaba sin casa; entre sus pocas pertenencias casi todo eran libros.

 

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Darío pasó su adolescencia y su brevísima juventud en el sur del conurbano empobrecido, en años de crisis profundizadas por el neoliberalismo noventista. No hay constancia que alguno de los libros que pasaron por sus manos haya sido comprado: todos los recuerdos hablan de intercambios, regalos, recomendaciones y préstamos. El colegio Piedrabuena de San Francisco Solano fue importante para su pasión lectora, aunque de manera indirecta: sus lecturas más sistemáticas empezaron por fuera de las aulas.

Darío a los 16 con su amiga Grillo. En la mesa, el Diario del Che en Bolivia.

Cursando segundo año conoció a Andrea Gallegos, profesora suplente de Lengua y Literatura. Siguió viéndola tiempo después y de manos de ella, que por entonces tenía 30 años y había pasado por la militancia, recibió buenas dosis de política y literatura. Le pasó las Actas tupamaras (una foto retrata a Darío leyéndolo en su habitación, echado en la cama); Todos los hombres son mortales, de Simone de Beauvoir (recuerda Andrea que a Darío su lectura lo conmovió), algunos libros de Eduardo Galeano y otros de poesías de Juan Gelman y Raúl González Tuñón.

Alberto, su padre, contó alguna vez que cuando Darío era chico le gustaba pararse a ver las vidrieras de las librerías. Y que cuando iba a buscarlo a las guardias del hospital Argerich donde aún trabaja de enfermero, Darío llevaba un libro para matizar la espera. “Leía muchísimo”, destaca. “Siempre lo veías con un libro”, completa su hermana Noelia. En la casa familiar del barrio Don Orione, en Claypole, había una pequeña biblioteca en la sala, pero sus libros no estaban allí sino en su cuarto. Hay una foto que lo muestra junto a su amiga Grillo en la que puede verse de fondo esa modesta biblioteca familiar, y en la mesa, junto al cenicero y la pava para el mate, dos libros de los que estaba leyendo en ese momento de estudiante: Diario del Che en Bolivia, y otro más que la foto no deja adivinar.

Con su hermano Leo hizo lo que valoraba que habían hecho con él: le recomendó lecturas de acuerdo a lo que creía que podía ser de su interés. Le prestó una biografía del Che y buscó motivarlo transcribiéndole párrafos enteros de un libro que ya era leyenda entre la joven militancia combativa del sur del conurbano: La montaña es algo más que una inmensa estepa verde, del otrora comandante sandinista Omar Cabezas.

En el último año del secundario, ya con su militancia estudiantil a pleno, Darío se ofreció para encabezar la Comisión de Prensa. Su tarea principal fue impulsar la revista artesanal Lápices – Publicación libre del Centro de Estudiantes. En las páginas del fanzine estudiantil publicó el texto “La desmemoria”, de El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano, y poemas de Roberto Santoro y Mario Benedetti.

Pedro Belio fue su profesor de historia, y también él le recomendó libros. Recuerda haberle prestado Mentalidades argentinas, de Pérez Amuchástegui, un libro de 480 páginas que aborda la historia nacional en el período que va de 1860 a 1930. La influencia de Pedro empalmó bien con su interés: poco después, terminado el secundario, Darío probaría inscribirse en el Ciclo Básico Común de la UBA con la ilusión de hacer la carrera de Historia, aunque no llegó a cursar.

Mariano Pacheco compartió con Darío la militancia desde los años juveniles hasta los últimos días. Recuerda que más allá de los ámbitos de formación política los libros circulaban con soltura, y puede asegurar que por las manos de Darío pasaron, además del ya mencionado La montaña… de Omar Cabezas, La paciente impaciencia, de otro comandante sandinista, Tomás Borge; los tomos de La voluntad, de Eduardo Anguita y Martín Caparrós; La Patria Fusilada, de Paco Urondo y otros textos setentistas.

Che, mural, convocatoria montonera y libro bajo el brazo

Grillo también militó con Darío durante aquellos años. Mantuvieron una amistad que incluyó intercambios de libros varios. Recuerda algunos de los ya mencionados y agrega: “Le gustaba mucho la poesía, me prestó un librito de Jacques Prévert, yo no lo conocía, me hizo descubrir una mirada de clase que me gustó mucho; también le gustaba la poesía tanguera, andaba con un libro que se llamba Antología de tangos, y la gauchesca, leía el Martín Fierro y citaba frases… Le gustaba recitar, a veces lo hacía en un tono de broma, pero tenía una postura de recitador, recitaba muy bien”. A su vez, ella le regaló Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. “Si Darío estuviera en esta época pudiendo googlear, haría un lindo lío, porque siempre buscaba, picaba de acá y allá, era muy inquieto con la lectura… Siempre estaba buscando algo que leer”.

Después del secundario vino su época de militancia política. Primero en el Movimiento La Patria Vencerá (MPV), donde habíamos editado algunos libros clásicos del marxismo como “Cuadernos de formación”: allí Darío estudió El Estado y la revolución de Lenin, una compilación de textos de Marx, las Obras Escogidas de Mao (especialmente los textos Acerca de la práctica / Sobre la contradicción), y también de referentes del nacionalismo popular:  Apuntes de historia militar / Conducción Política de Juan Domingo Perón, y un libro sobre el proyecto bolivariano de Hugo Chávez, que por aquellos años aún era novedad.

La militancia posterior en el movimiento piquetero le abrió nuevos horizontes. La dinámica asamblearia de masas implicaba también una política de formación más amplia, y para eso se acercaban compañeros que se desempeñaban como educadores o docentes en la universidad. Tal era el caso de Sergio Nicanoff –el Nica– y Miguel Mazzeo, ambos profesores de Historia. “Darío estaba muy entusiasmado con la historia del Che en Bolivia, y siempre me preguntaba por qué había decidido ir a morir en ese país y no en Argentina. Creo que su preocupación pasaba en ese momento por conjugar lo nacional con lo latinoamericano o internacional, y le presté la biografía Ernesto Guevara. También conocido como el Che, de Paco Ignacio Taibo II, junto con varios tomos de la edición cubana de sus obras completas. Me preguntaba muchísimo, tenía una gran avidez por conocer, por saber, y si veía que alguien tenía un saber determinado, como yo, que era profe y participaba mucho en formación del MTD, venía y sin ningún empacho me consultaba desde cuestiones políticas o que le recomendara o prestara libros”, contó el Nica a los autores Darío Santillán. El militante que puso el cuerpo. Miguel Mazzeo recuerda haber sido quien le pasó los tomos de los Documentos de la Resistencia Peronista compilados por Roberto Baschetti. “Lo interesante es que todo lo que leía, toda su formación intelectual, se daba desde ese lugar de militancia en un barrio marginal, y tal vez en esa aparente paradoja se resume un poco el perfil de Darío”, interpreta Mazzeo en diálogo para el mismo libro.

La biografía que incluye los testimonios de Nicanoff y Mazzeo menciona otras anécdotas que resaltan la importancia de la lectura para Darío. Por ejemplo, el impacto que le causó la frase del Che con que inicia Pasajes de la guerra revolucionaria: Congo: “Esta es la historia de un fracaso”. Cuentan en el libro que Darío pensó en ese modo de expresarse tan ácido, tan directo del Che; después del impacto inicial, en seguida le causó gracia.

También allí el Turu, referente barrial de Claypole, cuenta que Darío fue el primero en acercarles un libro al barrio. “Yo no sabía ni siquiera quién era el Che Guevara, y él me lo contó por primera vez. Muchos de los compañeros teníamos solo hasta séptimo grado y él nos impulsó a seguir estudiando. Con el transcurso de los años, el que no sabía leer ni escribir aprendió en los talleres de alfabetización, agarramos libros, aprendimos: nos fuimos formando, y Darío fue el que más impulsó todo eso”.

“Todos los que tuvieron un vínculo estrecho con él, quienes lo conocieron más de cerca, lo recuerdan como a un lector incansable; un muchacho con una gran apetencia de conocimiento, de formarse, de crecer intelectualmente y de ampliar su mirada: la militancia territorial, lejos de encerrarlo en un rincón del mundo, lo abría a nuevos saberes”, concluyen Mariano Pacheco, Ariel Hendler y José Rey, el tridente que comparte la autoría de la biografía, una referencia obligada para quien quiera saber sobre Santillán.

Yo compartí bastante con Darío, 4 intensos años de militancia. Los últimos 6 meses, además, brindándole junto a mi compañera y mis hijos el modesto espacio familiar cada vez que él lo requirió, mientras luchaba por su terreno en el barrio La Fe. Fueron años de pura lucha y pocas pausas. En lo que respecta a las lecturas, recuerdo en ese último tiempo su interés por Espartaco y la Roma imperial. Le presté La caída del imperio romano. El ocaso de Occidente, de Adrian Goldsworthy, un libro que acababa de terminar y que obviamente leíamos en clave antiimperialista actual. Darío estaba leyendo Espartaco, una novela histórica de Howard Fast, que le había prestado el Nica, y entrecruzábamos unos y otros sucesos con más sentido de traspolación ideológica que rigurosidad histórica. Para completar la mixtura motivacional, circulaba por ahí una copia en VHS de Gladiador, la película de Riddley Scott. Pero la peli era solo eso, un poco de emoción. A la idea primigenia de la rebelión de los esclavos y la caída del imperio había que darle carnadura, estudiarla para extraerle las claves estratégicas: para eso estaban los libros. Por lo demás, nobleza obliga, debo reconocer que tuve menos lecturas compartidas con Darío de lo que relatan otros compañeros. Recuerdo intercambios de libros, textos y debates políticos (por formación militante y por curiosidad personal), pero poco y nada de literatura. Cuando ahora me recuerda Grillo que a Darío le gustaba tanto la poesía, y que disfrutaba recitar, lamento no haberle propuesto algunas veladas más relajadas, menos guiadas por la rigidez de los debates sobre la contradicción principal y más dados a la dulzura de la metáfora que yo también íntimamente disfrutaba y él sí sabía cultivar. Algunas deconstrucciones nos van llegando tarde.

 

Cheguevareando

 

Salta a la vista la preeminencia que tienen los libros sobre o de Guevara en la biblioteca imaginaria que se forma al reunir los títulos hasta ahora mencionados. Grillo recuerda además que Darío tenía un caset con los discursos del Che, que estudiaba minuciosamente al punto de poder recitarlos de memoria, imitando sus énfasis y su entonación.

Más allá de su admiración personal por la figura mítica, el Che era para Darío —y para nuestro espacio político— una de las fuentes ideológicas fundamentales. No es tema de este artículo, pero baste mencionar la anécdota que anclaba aquellas lecturas con las orientaciones concretas de nuestra militancia cotidiana. Después de leer sobre la Revolución Cubana, los discursos antiimperialistas del Che, su “fracaso” en el Congo o su diario en Bolivia, buscábamos traducir y actualizar el guevarismo extrayendo los principios, y desde esa “guía moral” respondernos la pregunta: ¿Qué haría el Che si viviera en el Conurbano bonaerense a fines de los 90? Todas las páginas subrayadas de las biografías y los discursos convergían para ayudarnos a responder esa sencilla, profunda pregunta.

 

Darío no se preguntaba por el Che y el Conurbano en soledad, pero es claro que fue quien mejor interpretó la respuesta, quien de forma más plena le puso el cuerpo. Aunque hace 20 años aún no había una cámara de fotos en cada teléfono celular, son varias las imágenes que lo muestran militando y, no por casualidad, permiten jugar a las comparaciones: se asemeja Darío al Che en más de una sonrisa barbada, en aquellas imágenes de trabajo solidario en la bloquera, y también en el ejercicio de la lectura en condiciones “guevaristas”.

Es sabido que Guevara anduvo con casi nada en su mochila boliviana, casi nada pero varios libros; de esa última época es la foto que lo muestra trepado a un árbol, en un momento de descanso, leyendo. Volvamos a la escena 1, al principio: no hay montes y guerrillas entre las opciones militantes de Darío, porque la respuesta a la pregunta sobre qué haría el Che aquí y ahora indicaba otra cosa. Por ejemplo, una toma de tierras para arraigar la experiencia piquetera, ahí, donde el pueblo se organizaba y donde al poder le dolía.

Allá descansaba y leía el Che, acá lo hacía Darío. Cada cual sentipensando, a pura praxis, imbricando los libros con el futuro que luchamos.