Black lives matter, ¿y las mapuches?

La consigna en Estados Unidos tras el asesinato policial de George Floyd no decantó en Argentina en preguntas sobre el racismo patrio, cotidiano, folklorizado. La historia oficial y la impunidad, pilar y consecuencia de la xenofobia local.

28/06/2020
Adrián Moyano

(Ilustración Rocío Griffin)

A diferencia de los sucesos que siguieron al asesinato de George Floyd por parte de la Policía en Estados Unidos, en la Argentina casi nadie vinculó la misma suerte que corriera Rafael Nahuel con la supervivencia del racismo, la xenofobia o la herencia de la esclavitud. En el lejano norte, el clamor que siguió a la muerte del afroamericano no sólo hizo blanco en algunos monumentos que saludaban a antiguos esclavistas, además motivó pedidos de disculpas, remoción de otros homenajes y hasta promesas de fondos por parte de instituciones que se beneficiaron del esclavismo, como el Banco de Inglaterra, la aseguradora Lloyd’s y una cadena de pubs, entre otras empresas. Por aquí, la consigna “Black lives matter” despertó generalizada simpatía pero no motivó una mirada hacia adentro, que arrojaría incómodas conclusiones.

La reducción a la servidumbre en condiciones muy similares a la esclavitud fue una práctica común antes, durante y después de la Campaña al Desierto, que ayudó a cimentar fortunas en diversos puntos del país. Por ejemplo, a la provincia de Mendoza fueron trasladados masivamente prisioneros mapuches provenientes del actual norte patagónico y de La Pampa, cautivos que “fueron confinados en barracones, potreros y comisarías” para su distribución en “obrajes, estancias, fincas o casas de familias locales”, afirman los antropólogos Diego Escolar y Leticia Saldi en un texto que titularon “Castas invisibles de la nueva nación”.

(Esclavos en Estados Unidos)

Al poner énfasis en las particularidades provinciales, los investigadores asumen que el traslado de mapuches prisioneros se canalizó también hacia Tucumán, Córdoba, Entre Ríos, San Luis, Misiones y obviamente, Buenos Aires, pero en la provincia cuyana alcanzó un gran impacto demográfico. “El principal responsable del traslado y reparto de prisioneros fue el coronel Rufino Ortega, hombre de confianza de Julio A. Roca, jefe de las divisiones mendocinas y gobernador de la provincia entre 1884 y 1887”, establece la investigación. A las órdenes de Napoleón Uriburu, Ortega operó en el actual norte de Neuquén durante el avance de 1879 y sus motivaciones no fueron solamente patrióticas: “fue el más importante pionero de Malargüe, paraje del sur de Mendoza. En sus tierras se construyó el fuerte San Martín, o El Alamito, clave para el corrimiento de la frontera sur de Mendoza”. Un historiador mendocino acrítico, Narciso Binayán Carmona, escribió en su oportunidad: “Los indios fueron distribuidos por el futuro mandatario provincial (Ortega) entre varios personajes mendocinos del momento y se reservó un lote para sus propiedades en Rodeo del Medio”. Según Escolar y Saldi, “hasta 1892, poseía prisioneros indígenas masivamente instalados” en esos establecimientos. Las indagaciones estiman que se condujeron forzosamente a Mendoza alrededor de 3.000 prisioneros mapuches.

 

Predilección por niños y niñas

 

Al llegar las familias cautivas a los centros de distribución, los inminentes apropiadores ponían especial énfasis en quedarse con niños o niñas. La búsqueda “se apoyaba tanto en el interés inmediato por la mano de obra gratuita que representaba un virtual esclavo como en la idea de destruir la sociabilidad indígena adaptando a los menores a la civilización”, establecieron los antropólogos. Como puede advertirse, los militares de 1976 no hicieron más que emular a sus antecesores de un siglo antes.

Como en la última dictadura cívica y militar, no estamos frente a errores o excesos, sino ante un sistema. El diario “El Constitucional” publicó en noviembre de 1879, una breve crónica sobre la colocación de “noventa y tanto individuos; entre los cuales había 35 indios de lanza, siendo el resto mujeres de 16 años arriba y uno que otro niño de pecho. El sitio donde se los alojó bien pronto fue invadido por numerosas señoras y caballeros que iban a pedir chinos y chinitas para su servicio, y en unas cuantas horas pudo distribuirse convenientemente toda la chusma”. Lamentaba el cronista que quedaran “300 peticiones sin proveer”.

(Niño apropiado para su reducción a la servidumbre en Patagones)

El mismo diario se vio obligado a publicar apenas dos meses después, otra crónica sobre la suerte que iban corriendo los mapuches prisioneros: “Hambrientos los unos, desamparados los otros, sirviendo muchos oficios ruines y que violentan por completo sus fuerzas, el cuadro que esas denuncian nos exhiben no puede ser más desconsolador”. Según resaltan Escolar y Saldi, la mayoría de los cautivos pasó por diversos centros de confinamiento, para su posterior traslado a fincas o a la capital provincial. Los principales funcionaron en Rodeo del Medio, Cañada Colorada, Mosmota y Los Campamentos, enclaves “asociados a propiedades rurales suyas”, es decir, de Rufino Ortega.

En el norte de la Argentina, sectores acomodados también se beneficiaron de prácticas similares porque existió “una coordinación a nivel nacional de la explotación de los prisioneros”, según ventilan Diana Lenton y Jorge Sosa en el artículo “De la mapu a los ingenios”. Los antropólogos encontraron que “en particular, la industria azucarera de nuestro país, en su momento de esplendor, se caracterizó por el reclutamiento de mano de obra prisionera”, que llegaba a Tucumán desde la frontera o desde el campo de concentración de Martín García, entre otros orígenes, “para su utilización servil”.

 

Las agroindustrias, siempre las agroindustrias

 

Para los investigadores, hay una relación directa entre “la inédita expansión en la producción azucarera en todo el mundo” y la decisión estatal argentina de avanzar hacia el territorio mapuche hasta entonces libre. En la década del 80, se registró un notorio crecimiento de las zonas bajo cultivo y en los volúmenes de producción, no sólo en las áreas tradicionales, sino también en Misiones. El proceso coincidió con el ascenso de los Roca al poder.

El traslado forzoso de prisioneros mapuches para su incorporación en establecimientos agrícolas, ingenios azucareros, viñedos, estancias y obrajes ya había sido documentado por el historiador Enrique Masses en 1987. Sólo hacia Buenos Aires, fueron conducidos 5.000 cautivos, aunque se supone que la contabilidad de los documentos oficiales está subvaluada. Por ejemplo, la Municipalidad capitalina solicitó 70 “indios varones” para que trabajaran en la quema de basura.

Cuando se debatió en el Congreso de la Nación el proyecto de ley que permitiría la conquista del Chaco, el senador Aristóbulo del Valle bramó desde su banca: “hemos reproducido las escenas bárbaras –no tienen otro nombre-, las escenas bárbaras de que ha sido teatro el mundo, mientras ha existido, el comercio civil, de los esclavos. […] al hombre lo hemos esclavizado, a la mujer la hemos prostituido; al niño lo hemos arrancado del seno de la madre, al anciano lo hemos llevado a servir como esclavo a cualquier parte; en una palabra, hemos desconocido y hemos violado todas las leyes que gobiernan las acciones morales del hombre”. Así se consolidó al Estado del cual somos ciudadanos y ciudadanas. Así se edificaron varias de las grandes fortunas que todavía gozan de privilegios en la Argentina.

Existe al menos, un testimonio mapuche sobre el padecimiento de la esclavitud en primera persona. Corrió por cuenta de Katrülaf, quien cayó prisionero de los soldados junto con Inakayal y Foyel en la primavera de 1884, en el valle inferior del río Chubut. Encerrados en un corral alrededor de 70 hombres, “no podíamos salir solos afuera, los que trabajaban solamente los sacaban, de a tres, de a cuatro nos sacaban para que nosotros fuésemos a trabajar. Pues todos los días nos sacaban para que trabajemos, nos metían en varios trabajos: cargar leña, pisotear el barro [para hacer casas]. A todos nos hacían trabajar esa vez. Estuvimos seis meses en ese tiempo, nos tenían amarrados y seguimos trabajando, pues no nos ganábamos ningún centavo por todos los días que habíamos trabajado. […] De esa manera nos trataron antes cuando pasamos donde los galeses”. A diferencia de muchos de los rankülche que fueron a parar a los ingenios tucumanos, Katrülaf consiguió sobrevivir.

El 25 de mayo de 2020, George Floyd perdió la vida en Minneapolis a manos de cuatro efectivos policiales. El crimen se inscribió dentro y fuera de su país en la continuidad del racismo y la xenofobia, al tiempo que se emparentó con las consecuencias del esclavismo transatlántico. El tráfico enriqueció tanto a potencias europeas como a Estados Unidos.

(Mural en homenaje a George Floyd)

El 25 de noviembre de 2017, Rafael Nahuel dejó de existir al recibir el impacto de uno de los varios proyectiles que dispararon efectivos de Prefectura Naval. Que el crimen todavía esté impune, refresca el racismo sobre el que se construyeron el Estado y la sociedad argentinos, trabajo esclavo incluido. Muchos son los argentinos y argentinas que sabe qué quiere decir “Black lives matter”, aunque no hablen inglés. En cambio, probablemente ninguno sepa qué significa “Mapuche mongen falingechi” *. Sí, las vidas mapuches también importan.

(Mural que recuerda a Rafael Nahuel, en Bariloche. Obra Colectiva. Foto gentileza René Vargas Ojeda)

 

 

* La traducción fue proporcionada por la profesora Vanesa Gallardo LLancaqueo.

 

Bibliografía

Escolar, Diego y Saldi, Leticia (2018): “Castas invisibles de la nueva nación. Los prisioneros indígenas de la Campaña del Desierto en el registro parroquial de Mendoza”. En “En el país de nomeacuerdo. Archivos y memorias del genocidio del Estado argentino sobre los pueblos originarios, 1870-1950”. Delrio, Walter; Escolar, Diego; Lenton, Diana y Malvestitti, Marisa (compiladores). Editorial UNRN.

 

Lenton, Diana y Sosa, Jorge (2018): “De la mapu a los ingenios. Derroteros de los prisioneros indígenas de la frontera sur”. En “En el país de nomeacuerdo…”

 

Canio Llanquinao, Margarita; Pozo Menares, Gabriel (2013): “Historia y conocimiento oral mapuche. Sobrevivientes de la ‘Campaña al Desierto’ y ‘Ocupación de la Araucanía’ (1899-1926)”. Ibero-Americanisches Institute, Preubischer Kulturbesitz. Staatliche Museen zu Berlin, Preubischer Kulturbesitz, Etnologisches Museum. Santiago.