# ANDAR Y NARRAR

Frío y calor, pudor y desvergüenza... por algún lado tiene que explotar

Los baños públicos compartidos, la tensión y la relajación, la historia y el presente. Fukuoka -todo Japón- es tierra de contrastes sensoriales.

28/06/2020
Pamela Damia

(Ryokan, Kurokawa)

Es un gran baño. Tan grande como un gimnasio. De baldosas y azulejos color crema, caños de acero, sin ningún glamour. Un baño público, impúdico, desvergonzado. Se llama sento y es el lugar donde los japoneses van a bañarse, relajarse y socializar. Aquí en Fukuoka, o en cualquier otra ciudad del país.

A la derecha se extiende una hilera de bañeras u ofuro revestida con azulejos celestes, son individuales, una para cada hidromasaje de pantorrillas, cadera, espalda y cervicales. Para reposar, después, hay una plataforma donde el agua tapa el cuerpo extendido, la base de la cabeza queda apoyada sobre un caño grueso y frío que contrasta con el agua caliente y alivia, más allá de lo imaginable. En frente, hay bañeras más grandes, donde caben ocho o diez personas. Allí los chorros de agua vienen desde abajo con intensidad variable, más gruesos o más finos, hasta los que lanzan burbujas que dan cosquillas.  

Lo que para algunas culturas es indecente u obsceno para otras es tradicional, desde tiempos muy lejanos. En el caso de Japón se remontan al periodo Heian entre el 794 y el 1185. El primer baño público en Edo (ahora Tokio) fue construido en 1591. Fueron ganando popularidad y se produjo un boom después de la II Guerra Mundial, cuando muchos hogares no tenían bañera. Con el tiempo quienes tenían más posibilidades construían en sus viviendas una de madera de cedro ya que el aroma ayudaba a empoderar la calidad terapéutica del baño. Ahora, un baño japonés es un gran cubo de plástico (techo-paredes-suelo) con la bañera separada del resto.

(Baño público. Gentileza de viajablog.com)

Estos baños en el país nipón se asocian no solo con el aseo sino con un ritual ligado a la relajación, en solitario o compartido, y son, según dicen algunos historiadores, lo único original de la isla entre toda la influencia asiática de la que goza su cultura. Además, así como en la antigua Roma (a partir del siglo 25 d.c.), el baño tiene una función lúdica y social, que en Japón se mantiene hasta nuestros días (aunque, al igual que otros patrimonios arquitectónicos, no tienen problema en demolerlos si hay un fin lucrativo o simplemente su estado conlleva un peligro).

Hoy, en Japón se acude a ellos un poco menos que antes dada la frenética vida laboral y la occidentalización contemporánea de las casas, lo que deriva en que cada vez más las viviendas tengan sus ofuros con tecnología para mantener la temperatura y luces de colores, aunque no tienen la variedad de temperaturas e hidromasajes. Por extrañarlos tanto, la dibujante japonesa que vive en Europa, Mari Yamazaki, realizó el manga Thermae Romae del que se produjeron dos películas. Se trata de comedias en la que el arquitecto Lucius, de las termas de la antigua Roma, accidentalmente viaja al Japón actual descubriendo y mezclando la cultura del baño de los dos lugares.

Salgo del vestuario, pero la toalla es mínima y no se puede acceder a este recinto con otra cosa que no sea este pedacito standard y rectangular que venden en los locales a cien yenes y que ni siquiera me alcanza para escurrirme la cabeza. Tengo tanta vergüenza que me quedo estática frente a las duchas para lavarse antes de ir a compartir piscina con desconocidas y así, como vinimos al mundo.

(Ofuro de madera. Gentileza de iagua.es)

Kiyomi, la señora con la que vine, me indica bien que es por acá, que ella aparecerá dentro de unos instantes. En el hall subo una escalera para acceder a los baños, que está subdividida por las banderas que diferencian el de hombres (con el kanji 男) del de mujeres (女), es el que sigo y no me puedo haber equivocado. Estas cosas obligan a aprender algunos caracteres chinos. Alguna otra vez me he equivocado en estos pasillos, pero siempre alguien me advirtió antes de que fuera tarde. 

Para lavarse, las niponas se sientan en un banquito de plástico frente a un espejo. Hay unas palanganas individuales, las llenan de agua y se las tiran encima. Un cartel dice que cuando se usa la ducha móvil, hay que tener cuidado con la persona de atrás y no salpicarla. Atrás, otra hilera de banquitos y duchas espera higienizar otra alma.  

Kiyomi me hace señas indicándome todas las reglas. Cada movimiento responde a una de ellas. Tiene poco más de sesenta años, pero no lo parece. Es delgada, proporcionada y su rostro muestra pocas arrugas. La voz aguda, sabe algunos vocablos en castellano y los dice bien. Pero no es posible comunicarse realmente mediante la palabra. Así que mezclamos las palabras en japonés, más algunas en inglés. “Tomás el jabón y lo frotás en esta toalla fina y alargada, ésta es la que te saca la suciedad, con ella, podés llegar a todos lados si la tomás de los extremos y lustras tu espalda, por ejemplo, como a un zapato”. Los enjuagues implican también a la mesada donde se apoyan los jabones líquidos y el suelo que se comparte con todos. Cuando me equivoco en algo Kiyomi me sonríe dice no con la cabeza y con los dedos juntos en vertical y a la altura de su nariz bate la mano con movimientos cortitos. Los gestos son también muy peculiares en este pueblo. Como forma de confirmación, yo me toqué la nariz con el dedo índice. Esa es la manera de decir “watashi” (¿yo?).  

El recinto es muy silencioso a pesar de que hay bastante gente. No se permiten piercings ni tatuajes porque están asociados a la yakusa, la mafia japonesa. Todo lo ilícito en Japón está muy mal visto, sea grave o no. Una vez escuché a un amigo decir que la cajera de un restaurante donde trabajaba se quedó hasta tres horas más contando la recaudación del día porque le sobraba dinero y al día siguiente, fue a su jefe agobiada a devolver unas monedas nada más, pidiendo perdón por haberse equivocado. Los latinos que trabajaban allí se miraron incrédulos.

En los baños hay un ventanal que abarca casi todo el lateral con una puerta que lleva al patio, donde hay piscinas y algunos bancos para yacer y reposar. Estas bañeras están techadas y son calientes, mientras que las de adentro tienen temperaturas que van de 36 grados o 39 a 17, y con electricidad. La luz de la temprana tarde hace que el ambiente sea aún más cálido. Afuera hay algunos arbustos y las personas se mueve muy lentamente.

No es la desnudez lo obsceno, sino lo obscenamente contradictorio con las formas que guardan en la vida pública. Impúdico, desfachatado y carnal frente a la represión del afecto. Por algún lado hay que explotar, dicen. Se pasa de esta desnudez a la incomodidad producida por una simple roce de brazos en una mesa compartida.

No tienen el hábito de besar en el saludo. Si lo hacen con una persona que sí lo tiene, no saben puntar los labios, juntarlos con una mejilla y hacer el sonido al aflojarlos aún en contacto. El japonés tiende a bajar los ojos, esconder el mentón, solo asoma la cara pero girada por demás por lo que las bocas quedan más bien cerca de la oreja y el beso no se concreta la mayoría de las veces.

Un sento es un oxímoron. Andamos tan naturales como vinimos al mundo, pero a la vez es tan indecente y desvergonzado como sentir que pueden ver cada una de tus partes. Se supone que con la desnudez no se puede esconder nada; esto los hace puros y transparentes dentro del baño. Pero fuera de él no demostrarán sus opiniones ni sus sentimientos. El monosílabo “no”, existe en la lengua como una formalidad, pero jamás será usado para evitar la descortesía. La forma no binaria de responder te da un paseo por muchos recovecos y, al fin de cuentas, no encontrás la salida.   

Los dibujos del cartel con las formas de comportarse nos miran en cada zona del baño. Las normas, la mayoría de las veces son explícitas en este país.

- No beber alcohol antes de entrar.

- Tomar un vaso de agua antes de entrar.

- Enjuagar tu cuerpo.

- No estar por mucho tiempo dentro del agua.

- No poner la toalla dentro de la bañera.

- Secarse el cuerpo antes de entrar al vestuario.

- La cabeza y el cabello, no deben tocar el agua.

Le pregunto a Kiyomi por la piscina fría, más bien helada; ella me dice “adentro, muy bien healthy”. Entiendo el mensaje, pero creo que me limitaré a sumergir un dedo de la mano. Ella baja los tres escalones y se tira sin preámbulo. Mientras tanto me voy hacia afuera. En la piscina cuadrada con agua hasta la cintura hay dos señoras muy mayores cerca de la baranda. Me voy acercando, me miran y hablan con tono bajo entre ellas. Una tiene su toalla en la cabeza como la mayoría de las mujeres y la otra la está escurriendo fuera de la piscina bordeada con piedra laja. Las saludo y me apoyo en un borde frente a ellas. Todo en ellas está caído. El agua toca la cintura, pero no llego a ver sus pezones. En la parte inferior del cuerpo ya no tienen vello y cuando se paran se ve que en las nalgas no tienen mucha carne, quedando un trapecio isósceles entre las caderas y los isquiones, desde donde cae por fuerza de gravedad la estirada piel que parece masa chirle.

Me preguntan si vivo en la ciudad. Los ojos rasgados, pero con la mirada abierta las hace más risueñas todavía. Les respondo que trabajo allí, enseñando a bailar tango rioplatense. Lanzan sus onomatopeyas, que se diferencian de todas las demás culturas del mundo. Un “ohhh” sale desde el fondo de la garganta, arrastrado, con la boca redonda y subiendo las cejas. No es nada común encontrar una sudaca en una ciudad del sur del Japón y confieso sentirme sumamente observada en este baño, así como en la calle, aunque casi siempre son miradas compasivas y complacientes. El archipiélago japonés tiene un altísimo nivel de control de la inmigración, solo se obtiene una visa de trabajo cumpliendo sobrados requisitos y si consideran que das algo a la sociedad que ninguno de ellos puede dar.

Incluso en el panorama actual de la pandemia por Coronavirus, el Gobierno Japonés activó un artículo de la Ley de Inmigración para negar el ingreso (y reingreso) a todos los ciudadanos extranjeros, incluidos los residentes permanentes en el país, los hijos o cónyuges de hijos de japoneses y a los propios cónyuges de ciudadanos japoneses que hayan viajado a cualquiera de los países con restricciones (que ascienden a 111). Consorcios de empresas europeas critican el trato desigual, dado que ellos, por negocios o trabajo, ya dejan entrar a todos. Para otros, la medida roza el racismo: una mujer francesa, profesora universitaria de su lengua y residente en Fukuoka desde hace veinticinco años, no tiene los mismos derechos que un ciudadano japonés. Con la condición de ciudadanos no hay muchos extranjeros, solo se obtiene por parte de padre o con un listado de varias páginas de requisitos que varían con la persona y la interpretación de la solicitud por parte del Ministerio de Justicia en cada caso.

Uno de los requisitos para obtener la ciudadanía es no haber pertenecido a un partido político u organización que abogue por derrocar al gobierno japonés. Para hablar de política, es mejor preguntarles a los viejos, aunque en general no queda bien hablar de política y a ellos no les gusta decir lo que piensan. Por varias razones, la participación política no está promovida, pero cuánto me gustaría hablar con las señoras sobre qué piensan de Shinzo Abe y la princesa de la familia Imperial que dejó de ser noble el año pasado por casarse con un plebeyo. 

Las señoras me preguntan si me gusta el sento y si hay en mi país. Les contesto que sí y no respectivamente. Expresarles mi desconcierto por su forma de ser resulta imposible por carecer de un japonés fluido. Sin embargo, gran parte de lo que pueda elaborar tiene que ver con saber lo que ellos mismos reconocen como una forma de represión cuando se comparan. Lo escuché de varias personas, de colegas, alumnos, latinos o europeos que viven en Japón, pero Mari Yamazaki, en una entrevista lo sintetiza: “Sobre el tema de la comunicación, por ejemplo, creo que los japoneses somos un pueblo que lee entre líneas, que comunica matices emocionales muy sutiles con pocas palabras. Por el contrario, los italianos por ejemplo se ponen a sí mismos ante todo y dicen lo que piensan en voz alta. Su historia, sembrada de conflictos desde el periodo del imperio romano, ha convertido la idea de que ‘las personas no se entienden entre ellas’ en un principio fundamental de su concepción del ser humano. Creo que por eso los italianos respetan de forma absoluta el individuo y la familia, mientras que los japoneses persiguen la harmonía social”.

Kiyomi me hace señas. Es hora de irnos. A la salida hay un comedor que cuesta más que el sento, cuyo valor oscila entre los cuatro y siete dólares. Comida japonesa tradicional, sopas, arroz blanco, raíces marinadas y te. Los televisores están encendidos en el canal de noticias o entretenimientos, las pantallas siempre son muy coloridas, tienen inscripciones muy resaltadas en toda la pantalla y los conductores muy expresivos, hombres o mujeres hablan en volumen muy alto y exagerando las expresiones, tanto que no parecen salidos de esta cultura. Por algún lado hay que explotar.

En todo un lateral de la gran sala hay tatamis de reposo bordeados por un ventanal; en otro lateral hay sillones masajeadores no incluidos en el precio. Ya en la salida, se devuelve la llave de la casilla donde dejamos nuestras pertenencias y vamos a calzarnos en el lugar específicamente diseñado para esta acción.

El tatami es una estera antiguamente elaborada con hilo de paja utilizadas para alfombrar las partes más importantes de la casa tradicional japonesa, excepto la cocina, la entrada o el baño. Para arrodillarse para comer, rezar o tomar el té es necesario un lugar blando, cálido y limpio. El olor de la paja seca y las puertas corredizas o los biombos con papel de arroz, hacen que la artesanía convierta la casa en un lugar natural.   

 

***

 

No es sino de la naturaleza donde nace la costumbre de los baños al calor de las aguas provenientes de la actividad volcánica: los onsen son los baños tradicionales japoneses en el sentido más llano. El símbolo de los baños construido por una línea cóncava en la base y tres líneas verticales curvas humeantes, donde el agua caliente se representa con partículas evaporándose a partir de la superficie. Existen termas al aire libre, llamadas rotenburō y casas de baños termales. El concepto de estas últimas es más bien parecido al concepto de spa, utilizando sus propiedades beneficiosas como sales y minerales para el cuidado de la piel, la belleza y la salud, además de la relajación. Para que las aguas termales sean consideradas como tales, deben tener un mínimo de veinticinco grados y en el país hay más de veinte mil zonas y dos mil onsen organizados.

La suerte me llevó a vivir en Kyushu, la isla más occidental del archipiélago, donde el terreno es montañoso y cuenta en su centro geográfico con el volcán activo más grande de Japón: el monte Aso. En los alrededores de uno de sus cinco cráteres el olor a azufre, marea. Hay una soga que impide acercarse y ver más allá. Aunque mi intensión sea ver las entrañas del infierno, no se puede desde ese lugar. Haría falta un helicóptero para poder ver cenitalmente qué hay dentro de este gran agujero de 114 kilómetros de circunferencia en la cima del pico Nakadake. Hay mucho viento y el paisaje es más bien hostil. Alrededor hay montañas oscuras y el gas es bastante fuerte, pero no está encendida la alarma roja en el puesto de control. Sé que si el viento cambia de dirección, pueden cerrar momentáneamente la visita y llevarme adentro de la cabina del teleférico que me subió. No puedo dejar de imaginarme la pintura del infierno de Sandro Boticelli, haciendo un correlato de la estructura que tiene este cráter, más ancho en su parte más alta angostándose hacia abajo. Depende el tipo, según Dante, los pecadores irán más adentro y más abajo.

Un autobús que llega una sola vez al día me trae a Kurokawa, un pequeño pueblo del Parque Nacional de Aso-Kujū en la prefectura de Kumamoto. Casi todas las construcciones son de madera opaca y oscura menos el suelo que está cubierto por hojas secas de colores rojos, marrones, violetas y amarillos. Es finales de octubre, un otoño ya nacido en el país del sol naciente.

(Casa tradicional japonesa. Kurokawa- Prefectura de Kumamoto)

En la oficina de turismo me atiende una señora que habla muy bien inglés. Viste chancletas con medias en su horario de trabajo, detrás del mostrador.

- Tengo que llegar a este ryokan, ¿cuánto es caminando?-, le señalo la dirección que imprimí de la reserva.

- ¡No! Es muy lejos. ¿Tienen coche?

- Ie -, le contesto en japonés.   

- Oh, no, no, imposible, imposible. Espera un momento-, se va hacia la oficina de adentro. Hace llamados, consultas con su colega, al cabo de una media hora vuelve.

- Voy a llevarte yo en mi coche cuando termine aquí. Tendrás que hacer tiempo.   

- ¿De verdad? No deseo ser una carga para usted, pero muchas gracias-,  dije exaltada de alegría. Una japonesa y desconocida está haciendo un acto de altruismo que no olvidaré.

(El otoño de Kurokawa)

Al pueblo lo cruzan arroyos de piedras con puentes pintorescos, y al costado de la riera sobre la piedra hay casas de material con detalles en madera. Hay algún local abierto para comprar masas de arroz o pinchos de pollo. El olor a azufre es permanente. Caminatas por el bosque circundante en los ratos de sol, pero con frío a la sombra, hacen que sea más esperado el baño termal. A un costado de una de las pocas calles asfaltadas hay un lugar de madera, público y techado, con asientos y un canal de agua para meter los pies. Se llama Ashiyu.

A la hora acordada, regreso a la oficina de la señora, cuyo nombre no recuerdo. Me subo a su coche y en el camino hablamos mucho, es curiosa por saber qué hacía de mi vida ya que era turista en el pueblo, pero no en el país. Su hija, a la que según ella me parecía, había ido a estudiar al exterior y me pregunta qué me parecía. El camino de ripio era curvo y cuesta arriba, andamos más de veinte minutos hasta llegar, casi al anochecer, a este alojamiento tradicional, una estructura grande, chorizo, en medio del bosque, convertida en mini departamentos con una tina de piedra de agua termal.

(Kurowawa - Prefectura de Kumamoto)

 

Era una habitación de tatami, con los futones enrollados en el armario, que luego hay que echar en el suelo para dormir; una mesita con los elementos para la preparación de té, y afuera, entre plantas, un ofuro.

Se siente casi como en los baños de agua termal públicos, pero situado en un enclave natural.

(Templo Kurokawa)

No hay nada para comer en el establecimiento. No es un lugar turístico que ofrece cena y no hay nada cercano para ir a comprar. Los mates y el té no alcanzan para aplanar la ansiedad del hambre. En la recepción no hablan inglés. Pido en japonés alimento, cualquiera sea. La señora, no entiende cómo se me podía pasar por la cabeza tal requerimiento. Va a la cocina y trae tres onigiris triangulares de arroz blanco, típicamente fríos. Es lo único que hay.  

Lloro del hambre a las dos de la madrugada.  

Por algún lado hay que explotar.

 

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