Los aonik’enk: hermanos del viento que jinetearon por su vida

La conformación de las grandes estancias en Santa Cruz y la extensión de la frontera ovina acorralaron y diezmaron al pueblo originario. Apellidos que se repiten ayer y hoy. De la Patagonia Trágica a los banderazos.

30/08/2020
Adrián Moyano

(Ilustración Rocío Griffin)

A comienzos de 1885, el gobernador del Territorio Nacional de Santa Cruz, Carlos María Moyano, visitó Punta Arenas. Buscaba reunirse con los ganaderos que poseían estancias del otro lado de la frontera para interesarlos en las casi 25 millones de hectáreas que iban desde el límite con Chubut hasta el Estrecho de Magallanes. Presidía el comité de estancieros el español José Menéndez, futuro cofundador de la Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia. El funcionario argentino tenía facultades para entregar en arrendamiento por 10 años, campos de hasta 40 mil hectáreas por solicitante. Entre otros, se mostró interesado Mauricio Braun, quien solicitó tierras cerca de la desembocadura del río Coyle. Allí se levantaría más tarde una estancia emblemática: Coy-Aike. El por entonces joven hacendado es ancestro de Marcos Peña, jefe de Gabinete durante el gobierno de Mauricio Macri. Por su parte, Menéndez en principio se mostró expectante, aunque luego hizo saber su interés por una porción de campo sobre el río Gallegos frente al mar. Años después, el asturiano sería el principal hacendado de Santa Cruz, al totalizar 500 mil hectáreas.

No satisfecho con los resultados de su excursión a la localidad chilena, Moyano viajó a las islas Malvinas con idéntico cometido. Allí no sólo conoció a quien sería su esposa, Ethel Turner, además logró interesar a ganaderos como Waldron, Hood, Hamilton, Greenshields, Saunders o Fenton. Fueron los primeros súbditos británicos que individualmente o a través de sociedades, establecieron las estancias pioneras en Santa Cruz. Curioso concepto del nacionalismo tenía el hombre de Julio Roca en el sur. En poco tiempo, los apellidos de los grandes latifundistas de Magallanes, en el lado chileno, eran los mismos que señoreaban del lado argentino. Además de ingleses, sus  orígenes eran escoceses, españoles, alemanes, franceses e italianos.

(Los Menéndez Behety junto a un busto que saluda al fundador de la dinastía)

Las irregularidades estuvieron a la orden del día: The Patagonian Sheep Farming Company, del grupo Wood & Waldron, totalizó sólo en el Territorio Nacional de Santa Cruz 200 mil hectáreas, cinco veces más que las legales. La concentración latifundista fue tan escandalosa que mereció una protesta en el Congreso de Wenceslao Escalante, ministro de Agricultura. Si bien no se concedieron nuevos arrendamientos, nadie revisó los acaparamientos de tierras ni se revirtieron los otorgamientos que beneficiaban, entre otros, a José Menéndez. Es que después de producirse el Abrazo del Estrecho (1899), entre el presidente Roca y su par trasandino, Federico Errázuriz Echaurren, la delegación argentina pernoctó en Punta Arenas. El tucumano durmió esa noche en la acogedora casa del español. Quizás el ministro Escalante no tuviera presente ese dato.

 

Pecho al desnudo

 

En el otoño de 1869, George Musters partió de Punta Arenas en dirección a la isla Pavón, inserto en una partida chilena que perseguía desertores. Antes de llegar a destino, salió a su encuentro un pequeño grupo de aonik’enk, cuya interlocución asumió Sam Slick, hijo del jefe Casimiro. El jinete se había ganado su apodo precisamente en Malvinas y pudo entenderse con el marino porque conocía algunas palabras del idioma inglés. Viajeros y dueños de casa comieron juntos. Los aonik’enk acababan de cazar un guanaco, así que sobró carne. “Las mujeres llevaban botellas de agua, que nos cedieron enseguida, con gran alivio y satisfacción nuestra, pues todos estábamos abrasados de sed” (Musters 2007: 41). El pueblo al que pertenecían nunca encontró gestos recíprocos para esa hospitalidad. Al día siguiente, después de cruzar el río Coyle -aquel que después quedó en manos de Mauricio Braun-, la partida se topó con un grupo de aonik’enk más numeroso: “[…] en breve nos vimos rodeados por unos cuarenta o más individuos, la mayor parte montados en pelo, en caballos de buena estampa” (Musters 2007: 43). El europeo comenzó a maravillarse: “Había indudablemente algunos individuos muy altos entre ellos, pero lo que llamó particularmente mi atención fue el espléndido desarrollo de sus torsos y brazos. Aunque el viento era muy vivo, muchos tenían echadas para atrás las mantas negligentemente, exponiendo así al aire su desnudo pecho, lo que al parecer, no les causaba la menor molestia”.

No sería el clima preocupación para el pueblo preexistente del sur patagónico. Cuando la frontera ovina comenzó a avanzar después de 1885, de generosos anfitriones pasaron a convertirse en un estorbo para los estancieros. En la disminución sustantiva de la población aonik’enk mucho tendría que ver Menéndez, que instaló su primera gran estancia en la Bahía de San Gregorio, territorio ancestral de ese pueblo originario. Al negársele el acceso, debieron buscar guanacos y choiques en otros sitios de menor abundancia, alterándose así un ciclo centenario de cacería y equilibrio con la naturaleza. Pronto llegaría el hambre.

(Hombres tehuelche del Lago Cardiel. Autor desconocido. Sin fecha. Archivo Fotográfico Museo Chileno de Arte Precolombino)

Hacia 1897, escribía Ramón Lista: “son los propietarios originarios de la tierra que habitan y esta tierra no les pertenece, ni siquiera poseen una parcela, donde puedan descansar al término de la jornada: han nacido libres y son esclavos; eran ayer robustos y de cuerpo agigantado: hoy la tisis los mata, y su estatura amengua. Todo les es contrario, el vacío les rodea, van a desaparecer […] El comerciante-forajido de Punta Arenas, el comerciante-rapaz de Gallegos, he ahí los dos elementos de extinción; los deja uno los toma el otro: salen de las llamas y caen en las brasas: el hombre indígena es una cosa que les pertenece” (Alonso Marchante 2014: 68). Sin embargo, fue la apropiación territorial que practicaron las compañías de ganado ovino la que puso al pueblo aonik’enk al borde de la desaparición.

 

En la Patagonia trágica

 

“No he encontrado documentación oficial sobre cuántos de los peones masacrados eran indígenas, pero sí he escuchado relatos orales de familiares y conocidos de las víctimas, entre ellos el de Faustino, quien contó que Pedro Tomás se salvó de que lo mataran debido a su destreza como jinete”, dice la antropóloga Mariela Rodríguez, en una nota al pie de su tesis doctoral. Oriunda de Santa Cruz, la investigadora consagró buena parte de su vida académica a reflejar el proceso de autoafirmación de la comunidad tehuelche Camusu Aike. Durante la mortandad que generó la alianza estanciero-militar entre los trabajadores rurales, los herederos de aquellos jinetes despreocupados también fueron blancos de los soldados.

(Grupo de hombres tehuelche. Autor desconocido. Sin fecha. Archivo Fotográfico Museo Chileno de Arte Precolombino)

“En el 21 a Pedro Tomás, que era tío mío, de Laguna Grande, le dijeron: jineteás o te matamos... En el año de la huelga, les decían: haga la fosa. Si usted jinetea, sale… Mis primos habían quedado ahí todos en la Vega, cerquita de donde estaba el rancho. Ahí se salvó el tío Pedro Tomás, en el año ‘21, en la huelga”. Hasta ahí la memoria oral. Según Rodríguez, “en el marco de lecturas de estos episodios en los que confluyeron lucha de clase y nacionalismo, los indígenas quedaron incluidos en el colectivo ‘obreros rurales’, aunque en la lista de elementos deportados se encuentran -entre otros- quillangos, rastras, cuchillos, monturas, etc. utilizados por los indígenas, aunque no exclusivamente”.

Observó la antropóloga que “en continuidad con la invisibilización en los archivos, la única referencia que llega a quienes compran la ex ‘reserva’ (en alusión a la Reserva Lago Viedma) es una imagen que amalgama un supuesto exotismo ligado a patrones alimenticios y una negación de la agencia indígena, recipientes vacíos pasibles de ser levantados por ‘agitadores’. Diversas notas publicadas entre 1920 y 1922 por el Diario La Unión de Río Gallegos, responsabilizan a los ‘agitadores profesionales’, ‘elementos perturbadores’ que actúan contra la ley y el orden propiciados por los defensores de la patria afectando ‘la normalidad’ y atentando contra la soberanía”. Se refería el periódico a los dirigentes de la Sociedad Obrera y a los delegados que impulsaban las huelgas en demanda de mejores condiciones laborales.

(El monumento a Roca en Río Gallegos)

Beneficiarios directos del despojo que sufrió el pueblo aonik’enk acusaron a Rodríguez de “andar levantando indios” en el curso de sus investigaciones, como si fueran incapaces de impulsar sus propias demandas.

Una adivinanza, ¿sabe quién financió la erección en 1941 del monumento a Roca en Río Gallegos? Alejandro Menéndez Behety, segundo hijo de José Menéndez. Otra: ¿a que no sabe quién saqueó los restos de Sam Slick de su enterratorio? La respuesta es fácil pero va una ayudita: otro monumento saluda su memoria en Bariloche. Cuando las clases poseedoras invocan la ley, el orden, la patria, la normalidad y la soberanía, es porque se aprestan a perpetrar las peores tropelías. En nuestros días, suman banderazos.