Defensa poética de un anarquista

El 3 de junio de 1924, el periodista, escritor y dramaturgo anarquista Rodolfo González Pacheco publicó en el periódico La Antorcha un recuerdo de Kurt Wilckens, al cumplirse un año de su asesinato en prisión. Wilckens había ultimado al Teniente Coronel Héctor Varela, responsable de la masacre de 1500 peones rurales en las estancias de Santa Cruz, hecho conocido como la Patagonia Trágica. Aquel escrito le valió a González Pacheco una condena de seis meses de prisión por "apología del crimen". En esta nota la vibrante apelación presentada por el abogado del dramaturgo anarquista. Dice el abogado que González Pacheco era “escritor casi por fatalidad", en quien "la literatura no es una profesión, sí una necesidad”, y que “sólo escribe porque las verdades se le revientan dentro del cuerpo”.

12/11/2020
Santiago Rey

Rodolfo González Pacheco

El alemán Kurt Wilckens ultimó al Teniente Coronel Héctor Varela el 23 de enero de 1923. Vestido de traje y sombrero para no desentonar en las calles del barrio de Palermo, Wilckens caminó hasta la calle Fitz Roy y aproximadamente a las 7 de la mañana esperó a Varela en una esquina. Le arrojó a los pies una bomba casera y luego le disparó cuatro veces. El responsable de la masacre de 1500 peones rurales en Santa Cruz cayó muerto.

¿Por qué ha matado este hombre? ¿Hay todavía que decirlo? ¿Por qué se tiende sobre el abismo el puente, se vuela con dinamita el peñasco, se ultima a tiros el lobo? Explicaos esto y la muerte de Varela está explicada”.

Rodolfo González Pacheco

(“Kurt Wilckens”, La Antorcha, 9 de febrero de 1923)

La historia de los asesinatos de trabajadores de las estancias en la Patagonia, entre fines de 1920 y principios de 1921, es conocida: el Gobierno radical de Hipólito Yrigoyen envió al Ejército para reprimir las huelgas de los peones rurales en los campos de los hacendados, ingleses en su mayoría. Varela ordenó el sistemático y violento accionar. Se calcula que 1500 trabajadores fueron fusilados.

Kurt Wilckens llegó a Buenos Aires en septiembre de 1920, huyendo de Estados Unidos, donde su actividad de agitador anarquista y objetor de participar en la guerra le valió la persecución. Los hechos de Santa Cruz lo conmovieron, y el 23 de enero de 1923 vengó la masacre.

Recreación del ajusticiamiento de Varela

Fue detenido y cinco meses después de matar a Varela –el 15 de junio de 1923– fue asesinado en la celda de la Penitenciaría Nacional por Ernesto Pérez Millán Témperley, integrante de Liga Patriótica Argentina.

Y bien: Wilckens, a su vez, fue muerto. Parecería que esto debiera de descontarse y que, quizás, él mismo lo descontó desde el primer momento; vida por vida, muerte por muerte. Pues sólo los asesinos, los perdidos en la sombra de su delito, se eluden, muerden y se agazapan, son una sola cosa con la noche de que parten, con la obscuridad a que vuelven. Hay que rastrearlos, como a las víboras, entre las grietas de sus instintos, como a las fieras, entre los matorrales de su conciencia.

Wilckens no era de éstos. Los compañeros saben que este hombre andaba en lo alto; que su mirada era como una gasa pendida a toda altura. Que era bueno, consciente y responsable. Y que, lanzado al terrible trance de vengador del pueblo, seguramente, positivamente, descontó que, a su vez, iba a ser muerto”.

Rodolfo González Pacheco

(“La muerte de Kurt Wilckens”, La Antorcha, 29 de junio de 1923)

Desde las páginas de La Antorcha –el periódico anarquista que fundara en 1921– el periodista, escritor y dramaturgo Rodolfo González Pacheco trazó un semblante del vindicador ácrata. Desde el primer día de la acción de Wilcknes –y a diferencia del diario La Protesta–, González Pacheco explicó y argumentó a favor de las acciones vindicatorias, tal como lo hizo algunos años más tarde cuando el anarquismo expropiador llegó a su momento de auge.

Artículo de González Pacheco en La Antorcha

Sobre un hecho protagonizado por Severino Di Giovani, escribió en su Cartel “La Cosecha”: “Frente al dinamitazo del consulado italiano no nos desdecimos ni en una coma. Pensamos lo que pensábamos: el sistema de barbarie por el que arrean al mundo los gobernantes va a continuar produciendo estas explosiones. Son ellos, con sus violencias bestiales y sus podridos cinismos ante las más inefables aspiraciones del pueblo y sus más primarios instintos de libertad y justicia, los únicos responsables. No nos ponemos al margen ni le sacamos el cuerpo a ninguna sospecha, por más infame que sea”.

Volviendo a Wilckens, al cumplirse el primer aniversario de su asesinato, González Pacheco publicó en la portada de La Antorcha –3 de junio de 1924– un encendido artículo. Dijo del alemán que ...

“pasea la clara luz de sus ojos sobre todos nosotros. Y no detiene su gesto ni su palabra al borde del surco, sino que cava la tierra. Cava hondo. El traía consigo los quilates de una sensibilidad nueva, la visión animada y lúcida del anarquismo labrado a fuerza de comprensión, de confianza, de valor y de fe.

Él no es un extranjero. Y dice su palabra, labra al rojo vivo el gesto que intuía largamente, al cruzar los mares del Norte. Baja América, cava su surco y alborea para él un nuevo sol. Fue la vindicación, la voluntad heroica que contuvo solo un instante en sus brazos y la hendió en las carnes canallas de Varela para alumbrarnos la marcha.

Kurt Wilckens, vindicador, levantado al ánimo y las esperanzas de todo un proletariado, solo vivió al término de su gesto, unos cuantos meses más. Los intereses de la justicia argentina, la cobardía y la incapacidad de los que tomaron a su cargo la tarea de juzgarlo, combinados en su propósito asesino con el militarismo que aún sangraba, aplicaron su saña bestial en armar el brazo criminal y consuman el acto, vergonzosos.

Pérez Millán, enteco y miserable, levantó el arma y aniquiló la vida radiosa de Kurt Wilckens.

El estupor despertó todos los ánimos. Los trabajadores de la región y del mundo levantaron su protesta.

Han corrido los meses y el 16 ha de cumplirse el primer aniversario de su trágica muerte. Al término de un año bien podemos decir que Kurt ha cumplido el destino que intuía al dejar la vieja Alemania. Aquel silencioso que disonara con sus pocas y breves palabras en la mentalidad ambiente, demostró no ser un extranjero. Vivió tan cerca de nosotros, de nuestras esperanzas y derrotas, como cualquiera de nosotros. Saturó su sensibilidad de esta amargura que nos ahogaba y se deshizo de ella cumpliendo su vida: tuvo el gesto que nos faltó; arrancó de sus carnes el grito que moría en nosotros, desató sus brazos, conmoviendo los aires con el estampido de la dinamita.

Kurt Wilckens

Kurt Wilckens fue un anarquista que labró su tragedia en América. Que su vida heroica, su ejemplaridad de hombre nuevo nos traiga el hondo consuelo de forjar en estas tierras la comprensión y la sensibilidad anarquista que arrancó de sí y la irguió ante el estupor nuestro, en el gesto magnífico”.

Esa publicación le valió una imputación por “apología del crimen”, y durante el gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear fue condenado a seis meses de prisión. El informe policial que sustentó la denuncia destaca que González Pacheco “goza de concepto intelectual. No bebe alcohol. Es de carácter pacífico. No usa armas. Es periodista, en cuya labor se inició”. Sin embargo, hace hincapié en que es un “agitador profesional”. Tras un fallo en primera instancia, González Pacheco dejó en claro que no pretendía clemencia alguna por su condición de escritor.

(…) Yo no puedo ampararme en mi calidad de dramaturgo tampoco, porque eso sería hipocresía. Yo amo más esa bomba de Wilckens, cargada con el dolor, los fríos y las fiebres de la agonía de los mil seiscientos trabajadores asesinados en Santa Cruz, que todo el teatro del mundo, cargado de genio, desde el de Esquilo hasta el de Pirandello. Y me condenan por eso”.

Rodolfo González Pacheco

(“De mi condena”, La Antorcha, 19 de septiembre de 1924)

 

Sin embargo, su abogado Simón Scheimberg sí apelaría al carácter poético y a la vez gutural de los escritos de González Pacheco en una apelación presentada ante la Cámara correspondiente, en la que solicitó el sobreseimiento de su defendido. En un escrito de 15 carillas exalta su condición de escritor y dramaturgo, reproduce críticas de diarios a sus obras de teatro, y transcribe algunos de sus famosos Carteles. El texto de Scheimberg amalgama la historia de las ideas, la poesía y la dramaturgia, el rol de los intelectuales, el peso de la libertad de prensa en una democracia, y la figura de González Pacheco en ese contexto. Scheimberg, luego coleccionista de arte y también escritor, dijo sentirse “cohibido” al “tener que asumir la defensa de un hombre como Rodolfo González Pacheco”, a quien describió como “escritor casi por fatalidad, en quien la literatura no es una profesión, sí una necesidad” y que “sólo escribe porque las verdades se le revientan dentro del cuerpo”.

La apelación del abogado –que por primera vez aquí se comparte– reproduce un fragmento del cartel “Ushuaia”, escrito por González Pacheco tras su paso por esa prisión, en 1911. Y dice que el dramaturgo es “escritor a la manera de los clásicos, es decir, que sólo escribe para decir algo. Y ese algo en González Pacheco siempre es mucho. Quizás el mayor crimen de González Pacheco es el de tener ideas y quererlas, como se quiere a los hijos que le nacen a uno en el dolor de la carne”.

Apelación presentada por el abogado Scheimberg

Se copian aquí los pasajes centrales del escrito de defensa de González Pacheco, firmado por Scheimberg:

“1) El escrito publicado por González Pacheco en ‘La Antorcha’ encomienda la memoria de Kurt Wilckens en el día del primer aniversario de su muerte (Kurt Wilnckens ha sido asesinado en forma alevosa por quien estaba encargado de guardarlo) y por el que se procesa, no constituye delito: Ni es apología del crimen ni, menos, la apología de un delincuente.

2) Kurt Wilckens no es un delincuente, porque no existe sentencia que lo declare tal.

3) El homicidio no es un delito en todos los casos; el Código Penal determina cuándo no lo es, y no está probado que lo fuera en el caso de Kurt Wilckens.

4) El asesinato de Kurt Wilckens ha motivado un paro general de 24 horas, del que ha participado toda la clase obrera del país; condenar ahora a quien tradujo en letra de imprenta este homenaje es, entre otras cosas, inferir una ofensa a la clase obrera nacional.

5) En estricta lógica, si ese homenaje constituye un delito, este proceso que se instruye a González Pacheco debe hacerse extensivo a cuantos participaron del mismo.”

La sentencia en primera instancia decía: ‘Desde luego se glorifica a Wilckens porque mató al Comandante Varela y es eso, precisamente, lo que constituye la apología del crimen.’

Y esto no es así. No existe el delito de apología del crimen, en abstracto, sino aplicado al caso concreto de un delincuente, declarado tal por la única autoridad encargada de hacerlo. Si así no fuera, no habría escritor –y, más concretamente, historiador– que anduviese libre por la calle.

Excelentísima Cámara. He destacado, de entrada, la vigorosa silueta del procesado para hacer más evidente la enormidad jurídica que esa condena representa.

La libertad de prensa es la base de toda libertad y sin ella la democracia es palabra vana. Hasta por puro instinto republicano debe defenderse ésta en su mayor extensión en estos momentos. La república no debe temer por el libre juicio que sus instituciones merezcan a sus ciudadanos. Otra cosa, sería creer que en realidad la democracia sólo es una ficción que se sostiene por la fuerza de las armas en manos de los que detentan el poder.

Y cuando, como en este caso, se trata de un escritor que no es un advenedizo de las letras, limitar esa libertad es atentar contra la dignidad de la Nación: En el escritor, en el artista, se justifica la razón de ser de los pueblos.

¿Será preciso mencionar ejemplos?

Pues bien, ahí van a simple título de ejemplo: en plena guerra, la de 1914, Bernard Shaw estigmatiza en su panfleto la guerra y declara principal culpable de la misma al que fue Ministro de su patria, Sir Edward Grey; y hace más aún: En plena guerra se hace estrenar una obra de teatro en la que hace mofa de la belicosidad de sus conciudadanos.

Y Bernard Shaw no es llevado a la cárcel.

En Francia, Barbusse publica siendo soldado su obra ‘El fuego’; es el anatema más terrible contra la guerra. Barbusse es soldado y, sin embargo, no se lleva a la cárcel.

Y podrían multiplicarse los ejemplos.

Es que se trata de pueblos respetuosos de la civilidad, en los que por encima de todos se coloca la dignidad humana.

Pero no debemos llamarnos a engaño. Bajo la apariencia de un proceso por un escrito que se no constituye delito, se procesa en realidad una ideología que no es la del señor Juez. Y esto es, precisamente, lo que determina la inconstitucionalidad de la condena.

¿Por qué, en efecto, se condena a González Pacheco? ¿Por su artículo ‘Kurt Wilckens’? No. El artículo es ésto: Un retrato apasionado de Wilckens, encajado en el medio del engranaje social que determina cada uno de sus actos; una diatriba contra el militarismo; y una conclusión, que es esta: ‘Destaquemos, en toda su honda significación, este hecho. Kurt Wilckens ha encarnado junto a las poderosas fuerzas de la vindicación, un latente caso de conciencia histórica. Sepamos aprovechar de su gran valor moral esta perdurable acción: Que ello nos mueva a levantar frente a la institución militarista la más tenaz, continuada y constante de las agitaciones’.

Esto es todo, pero aún no es delito. González Pacheco escribe como un observador apasionado –¡todo él es pasión! Pero, en definitiva, no hace más que historia. Y apasionada, como la que hacen los hombres.

Kurt Wilckens frente al Comandante Varela, uno y otro como valores representativos de dos fuerzas históricas contradictorias y que luchan cada una por su predominio; los hombres solo están allí para materializar ideas, concretarlas. Esto se ha escrito mil veces y en todos los tonos. ¿Por qué, pues, se procesa en este caso a González Pacheco?

La Policía califica a éste, en su informe ya mencionado, de agitador profesional. Y es cierto: González Pacheco, que es un escritor, y un escritor honrado, es, por eso mismo, un agitador profesional: en esto estriba, precisamente, el tener ideas.

Unamuno escribió una vez, en abril de 1919, estas palabras eximias: ‘¿Agitadores profesionales?: ¡Pues claro está! ¿Y por qué no? ¿Por qué no ha de ser una profesión, y tan honrada como muchas otras, la de agitar la conciencia civil pública? Y si hay policías honorarios, y con el tiempo acaso verdugos honorarios, y esquiroles honorarios –es decir, que no pecan por la paga, sino que acaso pagan por pecar– ¿por qué no ha de haber agitadores profesionales? Y vale más que la de agitador público sea una profesión. Si la revolución española toma tan mal carácter es porque aquí no ha habido más que revolucionarios aficionados. Y la afición podrá presenciar desde el tendido, pero no saber hacer revoluciones en el ruedo’.

Porque González Pacheco es un agitador profesional, y un agitador profesional de ideas que no son las del señor Juez: Por eso, se le procesa y condena.

Pero, este sentido –el de agitador de ideas–, Leopoldo Lugones, por ejemplo, lo es tanto como González Pacheco; y de ideas de la peor especie. Dentro y fuera del país realiza una campaña de difamación contra nuestras instituciones e incita al levantamiento armado contra los poderes constituidos, empleando para ello órganos de publicidad de la mayor difusión.

Entre las formas de la criminalidad política, Maxwell incluye junto a anarquistas y sindicalistas, a los exaltados de la derecha: ‘Se asemejan por sus procedimientos a los delincuentes de las categorías precedentes; los delitos de la palabra y de la pluma les son habituales, porque hallamos también aquí conductores y conducidos’.

Así planteadas las cosas, se impone esta pregunta: ¿Por qué mientras uno goza de todos los privilegios de un valido el poder, a otro se procesa y condena a una pena privativa de la libertad?

Excelentísima Cámara

¿Qué puede temer nuestro país de hombres como González Pacheco, animosos, fuertes y plenos de nobles esperanzas de redención humana? ¿Los mueve, acaso, la cobardía, el vicio, la mentira?

Antes, al contrario, lo común es encontrar en ellos una sobriedad ejemplar que a las veces toca en el ascetismo.

Y no es posible creer que un quinielero o un redoblonero tenga para nuestros jueces más personalidad moral que González Pacheco.

Por todo lo expuesto, en definitiva, pido: Que se sobresea definitivamente en este proceso, con especial constancia que el mismo no afecta en su buen nombre y honor a mi defendido”.

 

A pesar de los argumentos expuestos, la condena contra González Pacheco fue ratificada. El escritor y dramaturgo pasó –otros– seis meses en la cárcel. Su hija, Magda González Pacheco, contaba que en la casa de la Avenida Independencia siempre había una vianda preparada, para llevarle a Rodolfo cada vez que las dictaduras o las democracias de cartón lo sepultaban en una de sus prisiones. De ese temple también está escrita la historia de los anarquistas.