# CHAU DIEGO

El último gran héroe

Maradona no era Dios. Diego era algo menos, algo mejor: era un héroe, nuestro héroe. Una nota de Diego Rodríguez Reis.

26/11/2020
Nacional

 

 

 

“Sólo los dioses muertos son dioses para siempre”

José Saramago, “Todos los nombres”

 

A todos los pibes que aquel domingo 29 de junio de 1986 lo vimos levantar la Copa del Mundo, nos costó lágrimas de sangre entender y aceptar esta verdad: Diego Armando Maradona no era Dios.

Vale decir que teníamos sobradas pruebas de ello: asisitimos a más de tres décadas de caídas y recaídas, oímos injurias injustificadas de su boca, le conocimos leves traiciones que después eran a su vez rectificadas en una baldosa y contemplamos unánimemente la escena ominosa en que le cortaron las piernas.

No. Contra toda lógica y deseo, Maradona no era Dios. Porque a los dioses se le hacen sacrificios monstruosos y se los idolatra en ausencia. Los dioses viven totalmente alejados de la humanidad y bajan a la tierra solamente a percibir sus tributos de oro o de sangre.

Diego era algo menos, algo mejor: era un héroe, nuestro héroe.

 

Según las diversas mitologías, un héroe era un personaje ubicado entre la humanidad y la divinidad. El héroe encarnaba los rasgos clave valorados en su cultura de origen: poseía habilidades sobrehumanas o ideales que le permitían llevar a cabo hazañas extraordinarias. Pero había otro rasgo que lo caracterizaba: el héroe era un personaje que por su origen, valores y acciones, que se fundan en la solidaridad y en la justicia social, era digno de respeto o veneración. Casi un dios.

Un ejemplo se me viene velozmente a la memoria. La historia del titán Prometeo, de la mitología griega. Los hombres y mujeres originales no conocían el fuego, que era privilegio exclusivo de los dioses. Prometeo sube al Olimpo, roba el fuego de los dioses y lo comparte con la humanidad. Pero no se roba impunemente el fuego sagrado: los dioses lo castigaron encadenándolo a una piedra y enviando a un águila que continuamente le devoraba las entrañas.

Eso hizo Diego. Ascendió desde el barro hasta lo más alto, compartió el espacio con los poderosos pero no se durmió en esos laureles: robó ese fuego, bajó y lo compartió con nosotros, los humildes, los mortales. Y tuvo que pagar por eso, claro: le cortaron las piernas y tenía también un monstruo personal que le devoraba las entrañas constantemente, con el que luchó y perdió acaso toda la vida.

También intentaron cortarle la lengua, cercenarle la palabra. Muchas veces le dijeron eso, así: que sólo tenía que jugar, que no hablara, porque la palabra también es el privilegio reservado a los que detentan el poder. No pudieron callarlo. Porque Diego tenía también ese don precioso, el de la palabra. Más aún, el de la palabra justa, la sentencia ilustre, la metáfora gloriosa. Cuando Diego no podía volar con el cuerpo, llegaba a las alturas con la palabra.

 

En la película El último gran héroe (dirigida por John Mc Tiernan y estrenada en 1993), Jack Slater, el protagonista de películas taquilleras de acción, escapa de la pantalla grande e ingresa en el mundo real, persiguiendo a un villano. Lo primero que hace es romper un vidrio de un puñetazo. Instantáneamente, se detiene, asombrado, porque el golpe le dolió. El pequeño Danny Madigan, su admirador y guía en este mundo (como una especie de Virgilio de una Divina Comedia noventosa) le explica que las reglas de este universo son esencialmente distintas de las de esos mundos de ficción: acá los héroes sufren dolor, acá los héroes pueden morir.

Diego aprendió, desde el principio de los tiempos, que una cosa era la cancha y otra, muy distinta, era el afuera. Adentro, era todopoderoso, prácticamente invencible. Afuera, las cosas eran muy distintas: había otros bandos, otras reglas, otros castigos.

 

En la película recién citada, al héroe Jack Slater le disparan, lo hieren gravemente, va a morir irremediablemente en este mundo. Danny Madigan, llorando y a los gritos, explica que tienen que llevarlo de regreso a su mundo, a la pantalla, donde ese disparo fatal es apenas una herida menor. Obviamente, es un película en la cual todo termina bien: Jack Slater es llevado de vuelta a su universo y vive para siempre en las pantallas. Anoche pensaba eso, mientras veía las multitudes autoconvocadas para despedir a Diego: Llévenlo de vuelta a la cancha, ahí donde era invencible, ahí donde era inmortal.

 

Nos duele enormemente su partida de este mundo. Porque no era un dios, claro que no lo era: pero era nuestro último gran héroe. Diego era uno de nosotros. Y sí, quisimos que fuera Dios, un dios, y tal vez sí lo convertimos en un dios pagano, pero era nuestro dios, un dios cotidiano, un dios de a pie, hacedor de milagros grandes y humildes. Era nuestro representante en las alturas celestiales, nuestro agente secreto, era el mejor de todos, lejos.

El filósofo escocés Thomas Carlyle, en su libro De los héroes y el culto de los héroes propone esta versión de las cosas: “La historia del mundo es la biografía de los grandes hombres”. En sus biografías, dice Carlyle, se cifran todas las penas, todas las glorias y todos los olvidos, todas las humillaciones y fracasos, todos los esplendores y todas las derrotas. Ayer circulaba esta leyenda, impresa sobre diversos fondos: “No nos importa lo que hiciste con tu vida, sino lo que hiciste con las nuestras”. Este es, ni más ni menos, el manifiesto de nuestro culto, de nuestra muchas veces discutida iglesia maradoniana.

 

Ayer abandonó este universo nuestro último gran héroe. Decirle adiós a Diego es decirle adiós a demasiadas cosas al mismo tiempo y por eso nos cuesta aceptarlo: es decirle adiós a la infancia, a la felicidad, a los sueños, al sueño del pibe, al sueño de los sin jeta, a la palabra justa, a la metáfora perfecta, al gol más lindo, al mejor jugador de todos los tiempos.

Hoy amaneció nublado y triste. Hoy, después de toda una vida, abrimos los ojos a un mundo que ahora tiene menos magia y menos coraje.