# CRÓNICA

Quereme trans

Alex fue el primer varón trans en realizarse una masculinización de tórax en Bariloche. Odiaba las tetas que le sacaron. Hoy acompaña a niñes trans desde el área de Género de la Municipalidad. Su historia es inspiradora para otres. Aquí la cuenta. Esta crónica de Santiago Rey fue seleccionada finalista del Concurso Leamos del Festival Basado en Hechos Reales 4.

05/12/2020
Bariloche
Santiago Rey

 

Alex dice que tenía unas tetas tremendas. Tremendas, eh, dice, y hace así con las manos.

Alex odiaba que le miraran las tetas. Odiaba a los varones que me las miraban fijo, así, dice, y estira la cabeza para adelante, con los ojos bien abiertos.

No quería sacarse la remera en la playa, no podía nadar, que es lo que más le gusta, y le molestaban las tetas al momento del sexo. Estorbaban, dice, no eran mías. Hace dos años se las sacó.

Alex es ahora un varón trans que ovula, menstrúa y puede gestar.

- ¿Pensás en la maternidad?

- ¿Maternidad? Paternidad será. Si gesto sería padre, corrige.

Alex es un varón trans que puede embarazarse.

Alex era Morena y ahora es Alex More.

 

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Alex More tiene puesta una chomba negra, un gorro gris, pelo corto bajo el gorro gris que no se saca durante las dos horas que charlamos, unos pelos que amagan barba adolescente a sus 27 años, un jean amplio, varios tatuajes, un piercing en el labio inferior. Pide un agua, mira el vaso a contraluz y reclama que lo cambien; se pone alcohol en las manos una y otra vez.

Banca la parada con su figura de metro setenta, y tiene activados mil radares a lo que pasa alrededor: un papel que sea de otra mesa del bar, una conversación un poco más allá, algunos niños que corren sin barbijo. Los mismos radares que le advertían sobre las miradas a sus tetas.

Hasta hace poco tenía una selfie en primer plano en su cuenta de whatsapp. Hoy, sólo una silueta masculina gris.

 

Alex acompaña a otros trans en transición. Desde el área de Géneros y Diversidad Sexual charla con niñes, adolescentes, adultes que atraviesan lo mismo que él pasó. Cuenta su historia, pone en juego ante los demás ese cuerpo ya sin tetas y que describe como “con algunos kilos de más”, que exhibe tatuajes en los brazos, el pecho, el cuello y una oreja. Una tabla de skate, un trébol de cuatro horas, un ovni abduciendo un ser humano, el chanchito del dibujito animado Invasor Zim, un rayo, una pluma con los colores de la diversidad en el pecho, una bandera de la diversidad en la oreja, y un zombi enorme en el cuello.

Tiene una mirada clara y escrutante, que se enternece al repasar las historias de las infancias trans que acompaña. Tienen 6, 8 años, 12, 17, dice más o menos, para no dar precisión en este que, dice, todavía es un pueblo chico.

Alex nació en Bariloche y pasó sólo unos pocos meses en Buenos Aires, tentado por la idea del estudio y la gran ciudad. Duró poco. Allí donde las miradas son más penetrantes se sintió observado, extrañaba a su mamá y a las calles casi todas de tierra del barrio de laburantes, de clase media baja, donde vivía, donde pasó su infancia.

Y no es que en Bariloche las miradas no juzgaran a esa nena de pantalones, que en el Jardín gustaba de sus compañeritas y en primer grado se enamoró de la maestra. Pero su crecimiento se dio caminando junto al lago, con fríos hirientes y afectos cálidos, de los que no pudo prescindir.

Su recorrido fue largo. Ahora Alex espera que pase la pandemia para acompañar hasta la puerta del quirófano a les próximes en realizarse la masculinización de tórax, la vaginoplastía, la colocación de prótesis mamarias. Puerta de entrada a otros cuerpo en el mismo cuerpo, a una identidad completa, a un nombrarse íntegro.

Alex acompaña transiciones en tiempo de covid. Gestiona partidas de nacimiento y DNIs nuevos, amoldados a la realidad del sexo, el género, la psiquis, la emocionalidad.

 

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- Alex, ¿algún día voy a encontrar el amor?

Me mató la pregunta, dice Alex, que imita la voz del niñe trans que lo interpeló. Me preguntó si lo van a querer, si habrá una persona que lo ame.

Hace un silencio.

- Sí te van a querer, te van a amar, pero primero tenés que amarte vos, dice que le dijo.

Alex, junto a su amigo Fede, primero habla con las familias, después con la personita; sonríe al decirlo.

Hablo con las madres, que son casi siempre las que se acercan al Área de Géneros y Diversidad Sexual, hablo y les cuento mi historia, les bajo la ansiedad, les explico que hay que trabajar el amor propio y la seguridad, que hay que acompañar la transición, y que hay que respetar la auto percepción.

 

Todo eso les dice y les muestra a las familias fotos de su propia transición. “Me gustaría que mi hijito te conozca”, me piden, se enorgullece.

La segunda entrevista se centra en el vínculo con les niñes. Cómo te sentís, cómo te gustaría que te llamen, qué te gustaría que pase, les preguntan.

- Mi hijo está más contento, se levanta con una sonrisa, tiene más vínculos sociales, cuenta Alex que tienen como devolución, por lo general, una vez iniciado el acompañamiento de la transición.

En pandemia no se frenó, seguimos, un poco menos presencial, más encuentros virtuales, pero seguimos gestionando, dice. Las que están paradas son las operaciones. Alex sabe la importancia de quitar lo que sobra. Y por eso dice que espera que pase la pandemia para que sacándose lo que está demás otres puedan sentirse también completos.

 

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Fede es también un varón trans. Es amigo de Alex, trabaja con él, y con él ingresó al Hospital Zonal Ramón Carrillo de Bariloche, el 25 de abril de 2018. Juntitos, dormimos súper bien, dice Alex, y trabajosamente hilvana fechas, horas.

A las 6 los despertaron y medicaron, durante casi dos horas charlaron, hicieron videos con el celular y jugaron al UNO. Se cagaron de risa, dice.

A las 8 llevaron a Alex quirófano, le pusieron la peridural que le dolió muchísimo, recuerda, le abrieron la bata y quedaron expuestas las tetas que nunca quiso mostrar.

Ya se van mis tetas, dice que pensó, mientras la anestesia empezaba a dormirtarlo. Antes de ceder a la anestesia sintió el beso en la frente que le dio el Director del Hospital.

Fede y Alex (foto Lucía Díaz)

Cuando era chico le rogaba a Dios, a cualquier santo, a Buda, Sai Baba, llorando a la noche, pidiéndole al universo despertarme y ser un varón, repasa sin melancolía. Tenía un dolor, una angustia, una tristeza, puntea como sinónimos.

Morena, después Alex... siempre Alex

Había llegado el día. Allí estaba en el quirófano, con las tetas al aire, Alex que de chico se cortaba el pelo en lo de Nancy, la peluquera del barrio 204 Viviendas, Nancy que en su peluquería tenía fotos de mujeres con el pelo corto, así Nancy, así quiero yo, le decía Alex que no usaba vestido pero no pateó nunca una pelota, jugaba a las barbies y le gustaba el color rosa, ahí estaba ahora con las tetas al aire y por dormirse, soñando despertarse y no usar más faja.

Y es que no quería saber nada con las mamas -a veces les dice mamas-, en el gimnasio me rebotaban, no podía sacarme la remera en la playa, en el sexo las tetas no me representaban, dice, pero ahora sí, esa ausencia sí, respira profundo.

Soñó con la persona que le gustaba en ese momento, se despertó en el ascensor de regreso a la sala, entró balbuceando una canción romántica, melosa, que le pido tararee, pero no recuerda. Algunas horas después también Fede volvió ya sin tetas a la misma habitación. Y también llegó cantando.

 

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Vienen más las mamás, casi siempre son ellas, dice Alex. Al Área de Géneros y Diversidad Sexual de la Municipalidad de Bariloche las que golpean las puertas en busca de respuestas, ansiosas la mayoría de las veces, queriendo acompañamiento son las madres de les niñes trans.

Mira cómplice, dando por sentado que está escrito en la historia de la humanidad que son las madres las que asumen ese rol. Que se acerquen a buscar info es amor, el acompañamiento es amor, reafirma.

Y emparenta con la lucha de las mujeres trans que hace muchos años abrieron el camino, que se comieron torturas y calabozo, para que ahora los hombres trans podamos sentirnos libres de elegir y decir y actuar.

Las chicas trans de ATTTA -Asociación de Travestis Transexuales y Transgéneros de Argentina- son nuestras madres, nos abrieron el camino, si fuera por los varones trans seguiríamos igual que hace un siglo, dice Alex, coordinador en la Provincia de Río Negro de la organización.

 

Las enseñanzas de esas mujeres trans, desde 2017, son palabras que comparte con las siete familias que se acercaron en los últimos meses a la oficina que hoy ocupa en el Municipio. De las siete infancias trans, tres son mujeres y cuatro varones, según una definición clásica a la que le escapa. Frunce el ceño y dice que los varones están saliendo más entre los 18 y los 30 años, y las mujeres ya salieron antes.

- ¿Salieron?

- Del closet, así decimos, asumir quiénes son, encontrar su propia felicidad.

Para Alex el pleno conocimiento propio está ligado a la felicidad.

Después de alguna charla en un colegio o universidad, recibe mensajes: “No sé cómo decirle a mi familia”, “qué hago con mi pareja que todavía no sabe”.

Y Alex cuenta cómo hizo él, su experiencia oscilante entre la angustia del silencio y la alegría de la aceptación. A los 17 o 18 años, nunca recuerda bien, mantenía una relación con una mujer, hasta que le preguntó que pasaría si se “hace hombre”. Ella no lo aceptó. Quereme trans, sino te estás mintiendo, le respondió. Se separó, le costó muchísimo superarlo, recuerda.

Pero fui amándome a mí mismo, buscaba info, googleaba trans y aparecían mujeres en pornografía y homicidios. Un amigo gay le dijo algo que, cuenta, le dolió: que era travesti, que no ves que sos travesti. No, soy lesbiana masculina, le respondí, explica.

Se comunicó con la delegación local de la Federación LGBT y encontró a Tisiano, alguien que, como él ahora, estaba dispuesto a hablar. Voy a su casa nervioso, me dice que rezaba por ser hombre, me sentí re identificado, soy trans, soy varón, me dije. Creo que tenía 21 años, no recuerda bien.

Jesús, un amigo, y Alex

Después de pensar cómo planteárselo a la familia decidió enviar un whatsapp al grupo que comparte con su mamá, sus cuatro hermanas y dos hermanos: “A partir de hoy quiero que me llamen Alex”. Pero…

- No me dieron bola. Me clavaron el visto. Moqueando escribí “ok no le interesa a nadie”. Entonces entro a la pieza de mi mamá, estaban mis hermanas, una de ellas dice cállense que quiere hablar, les dije y respondieron, “bueno, dale”. La naturalidad con la que lo tomaron fue como guau, sacarse un peso.

Hoy, cuando recibe mensajes de niñes preguntando cómo contarlo, repasa esa historia, ensaya en conjunto videos, cartas, posteos. La virtualidad potenciada en pandemia ayuda a no exponer el cuerpo.

Después me cuentan, dice Alex, que la familia reacciona bien, que la madre o el padre lloran y lo abrazan, eso es muy fuerte para nosotros. Aunque hay padres que no lo aceptan y los siguen llamando con el nombre anterior.

Tal vez si vieran que ya no tienen esas tetas, piensa. No hace falta tomar tetosterona u operarte, igual sos varón trans, aún con esas tetas, pero si los padres ya no las vieran capaz entienden, explica y espera que la pospandemia lo encuentra acompañando más niñes trans al quirófano.

 

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Fue Tisiano, aquel de la Federación LGBT, el que lo bautizó Alex. Bautizo pagano, sexualizado y amoroso. “Tenés cara de… no, no, sos Alex”, dice que le dijo, y a Alex le gustaba el nombre desde chico y lo vio como una señal.

Desde chico también le gustaron las mujeres. Su orientación, dice, va más para las mujeres. No siento incomodidad con varones, pero la atracción es hacia las mujeres, explica. Y no es que me gustan las mujeres por las hormonas masculinas, confía cómplice.

No tengo relaciones con gente con pene, resume, biológico.

Roza el eslogan cuando insiste que le interesa la persona y su sensibilidad más que lo físico, porque puede ser la más linda pero el peor ser humano, dice.

 

No piensa, por ahora, pasar de nuevo por otra cirugía. Sentado en el pasto de una plaza soleada en la primavera pandémica barilochense, dice me encanta mi vagina, tengo placer con mi vagina, por qué me operaría.

- ¿Pensás en la maternidad?

- ¿Maternidad? Paternidad será. Si gesto, si me embarazo, sería padre. Antes no quería saber nada con eso, sentía que era muy femenino. Hoy con mi masculinidad consolidada, con mi amor propio, me lo fui cuestionando. Estoy en plena búsqueda, de ver qué quiero.

Si tiene un hijo no lo compartiría con nadie, dice, no quiere estar con nadie para o por tener un hijo. Pero si está en pareja y se da, él lo gesta, y ella, su ocasional pareja, lo amamanta.

Será cuando esté económicamente estable, proyecta no muy convencido, cuando tenga una casa. Hoy vive solo, alquila, y en dos años tuvo que mudarse tres veces.

 

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Se cuelga con el teléfono, no contesta los mensajes de su celular personal, pero tiene en la mano casi todo el tiempo el que, en pandemia, le dieron en el trabajo. Por aquí me preguntan, por aquí estoy en contacto todo el tiempo con las familias y les niñes, explica.

- ¿Cómo le digo a mi mamá que soy lesbiana?, le preguntan, por caso.

Alex elige contar su historia para responder. Sabe que ni en los resquicios más sensibles de los manuales se respira la humanidad de la primera persona.

Yo me crié con mucha libertad por mi madre. Mi mamá era como yo, usaba ropa ancha, la acosaban mucho, la miraban, un día me entró la duda y le dije “sos una lesbiana reprimida”. Pero no, si hubiera tenido ganas (¿de ser lesbiana?) lo hubiera hecho, dice.

 

Recuerda Alex que a los 16 años le contó que era lesbiana. A esa edad me enamoré de una chica de 19, puntualiza edades esta vez con precisión de calendario. Esperó que Gilda, su mamá, estuviese a punto de salir y la abordó. Era de noche, el departamento de las 204 Viviendas estaba en penumbra, la madre soltera con siete hijos estaba cansada, vistiéndose apurada para ir al casino donde trabajaba. Busqué ese horario porque se estaba por ir y no daba para una charla larga, y voy y le digo llorando que estoy saliendo con alguien, “qué tiene de malo” me pregunta, se llama Daniela, le digo. Me mira y me dice “si vos sos feliz, yo soy feliz, te amo”, me abraza y se va.

- Antes de decirle, lloraba todas las noches, no daba más; tenía cagazo a que me dé un voleo en el orto y me diga chau, tas re loca. Tenía miedo de otras historias que no eran mías.

Después le contó a las hermanas. “Todas lo sabíamos menos vos”, le dijeron.

- ¿Cómo le digo a mi mamá que soy lesbiana?, le preguntan por el celu del trabajo.

- Antes de decirle lloraba todas las noches. Tranqui, seguro te dicen que todos lo sabían menos vos -teclea finalmente-, tranquila, no pasa nada.