La pregunta, el archivo, el nombre de les otres

El 20 de diciembre de 2020, En estos días publicó una nota firmada por Adrián Moyano y titulada “Nombrarlas, para liberar del silencio a las ‘prisioneras de la ciencia’”. El texto incluye afirmaciones imprecisas y falsas sobre el camino que culmina en el “hallazgo” del nombre de “la mujer de Inacayal”, en una operación de oscurecimiento del proceso de investigación y los roles de diferentes personas que intervinieron en él. La exclusión del nombre y cualquier alusión de la persona que hizo la pregunta sobre el nombre de “la mujer de Inacayal”, lejos de ser anecdótica, es ilustrativa de un modo de apropiación antropológica del conocimiento que lamentablemente goza de buena salud en la academia y sus adyacencias. Nota de Marcos Sourrouille Cengarle.

06/01/2021

En agosto de 2019 tuve la oportunidad de conversar con les trabajadores del Museo Provincial de Ciencias Naturales y Oceanográfico (Puerto Madryn, Chubut) sobre las fotografías de pobladores indígenas de la Patagonia que aparecen en la sala llamada “El proyecto Nacional”. En el guion original de la muestra (que fuera elaborado sin consulta y participación de quienes deben mostrarlo al público) no se diferenciaba entre situaciones de autonomía y cautiverio, y muchas personas de las que se conoce nombre y biografía aparecen anonimalizadas (la “anonimalización” es la operación que el antropólogo André Menard definió como aquella “por la que el sujeto individual es devuelto a la categoría animal del ejemplar”). Pudimos reconocer la identidad de algunas personas fotografiadas y el contexto de producción de esas imágenes a partir de los trabajos del colectivo GUIAS, especialmente Antropología del genocidio (2010).

El 15 de noviembre de ese mismo año, Karina Oldani (antropóloga, integrante del Colectivo GUIAS) brindó una charla en el Instituto Superior de Formación Docente N° 803 de Puerto Madryn. Entre otras cuestiones, abordó el tema de los prisioneros indígenas en el Museo de La Plata, entre quienes estaba “a mujer de Inacayal”.

Había ido a la charla con Emilia (mi hija, de 7 años entonces), y ella me preguntó -y yo le transmití la pregunta a Karina- si esa mujer no tenía nombre propio. Los archivos del Museo no la registraron por su nombre. En ese momento, la pregunta no formaba parte del repertorio de la charla, y mucho menos la respuesta. El Museo no registró un nombre propio para la “mujer de Inacayal” en la década de 1880, y ese dato permaneció desligado de sus restos y su imagen hasta hace pocos días. Es probable que el nombre no apareciera antes porque las preguntas de GUIAS y otres investigadores se orientaran en otros sentidos. En otras palabras, como sabe cualquiera que haga de la investigación su oficio, no hay respuesta posible si no se plantea una pregunta.


 

El nombre de Llanque-néu estaba escrito desde 1884 en un libro de bautismos que el sacerdote salesiano Francisco Vivaldi inició ese año. El bautismo, en situación de cautiverio en Corral General Villegas (cerca del río Chubut, a la entrada de su valle inferior desde el oeste), es anterior al traslado de Inacayal, Llanke-néu y otres prisioneres al Museo de La Plata.

Los últimos bautismos asentados en el libro datan del año 1899, y desconocemos el itinerario de este registro documental hasta su inclusión en el sitio familysearch.org, repositorio documental gestionado por la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, de acceso público y gratuito.

El 30 de noviembre de este año, el usuario de Facebook Sebastián Graff, de Trelew, compartió en el grupo público vestigios tehuelches (el nombre y su descripción dirán mucho a quien quiera leerlos) dedicado el acta de bautismo de María Inacayal de Nawelpan, registrado en el libro del canónigo Vivaldi ya mencionado, incluyendo el link a el registro en familysearch.org. La abogada y docente Sonia Ivanoff compartió la publicación ese mismo día, y gracias a ello llegamos a ver el acta, que en principio nos interesaba por nuestras propias investigaciones, unos días después.

Una primera inexactitud que nos interesa señalar en la nota es que cuando se realizó la charla de Karina Oldani en Puerto Madryn “Marcos Sourrouille (…) también sabía que en Family Search estaban esos bautismos”. Yo no supe que esos archivos existían hasta el 8 de diciembre de 2020, por el camino antes indicado. Y el “también” introduce una ambigüedad que oscurece la cadena de circulación de la información: en GUIAS tampoco lo sabían. Esto no es una inferencia o conjetura, lo sé porque apenas vi el nombre y su contexto (que estaba junto a personas que compartieron luego el cautiverio en La Plata y que sí estaban identificadas, por ejemplo) compartí la información y el registro completo con Karina Oldani, quien hasta ese momento los desconocía. Desde luego, entiendo que el dato es relevante para el colectivo GUIAS, y que este grupo tiene un mayor acceso a canales de difusión para que finalmente Llanque-néu sea llamada por su nombre. Es posible que otres investigadores en un caso similar hubieran elegido guardarse el dato para publicar un artículo, por lo menos antes de compartirlo, aunque eso es contrafáctico y en mi humilde opinión sería de una miserabilidad notable. En la redacción de Moyano, amén de la atribución arbitraria de una diferencia de “profundidad” en los acercamientos al archivo, entender quién encontró qué dato, cuándo y dónde es una tarea azarosa. Personalmente, preferiría que la información circulara sin el agregado de personas o grupos como “restituyentes”, pero no deja de contrariarme la atribución nebulosa una supuesta pesquisa-y-hallazgo a quienes no plantearon la pregunta ni encontraron la respuesta.

Lo importante aquí es la pregunta, que en su formulación precisa no es de GUIAS sino de Emilia Sourrouille González. El hallazgo del nombre en el libro de bautismos es un buen ejemplo de cómo se produce y circula el conocimiento en las ciencias sociales. Ciertamente, para mí era un archivo interesante en función de mis propias preguntas (que aquí no vienen al caso). Pero el hallazgo, en cierto modo “fortuito” del nombre, es consecuencia directa de la pregunta de Emilia y de la asociación entre su pregunta y mi lectura. En un artículo, nota de divulgación, tesis o charla podremos contarlo como más nos complazca, pero nadie investiga ni mucho menos “descubre” en soledad. La acumulación de información, si no hay pregunta, es inconducente. Información junta cualquiera, pero organizarla a partir de una pregunta es la línea que separa el oficio de la investigación de los memorialismos y anecdotarios, la línea que transforma un archivo en fuente documental.

La pregunta de Emilia seguramente se nutre de un contexto familiar (papá historiador, mamá docente y formada en ESI), pero más todavía de un contexto generacional en el que decir “la mujer de” no es una respuesta válida sobre la identidad de ninguna mujer. Un contexto generacional en el que Joaquín (11) y Emilia (9) le explican al padre que en el CV debe decir “hijes” y no “hijos”.

Entendemos que cada persona o institución tiene el derecho a presentarse a sí misma como más le plazca, y que la historia se reescribe siempre desde el presente, pero la pregunta por el nombre de “la mujer de Inacayal” no estaba en el repertorio de aquella charla en el lejano noviembre de 2019. Para ponerlo en contexto, la nota alude a la muestra “Prisioneras de la ciencia”, que se montó por primera vez en octubre de 2020. En la página de GUIAS hoy (22 de diciembre de 2020) Llanke-néu sigue siendo la anónima “mujer del Lonko Inakayal” y se sigue aludiendo a los “Prisioneros de la ciencia”. Seguramente la información es muy reciente y algunos cambios son lentos, pero pareciera que las deudas con la cuestión de género y los nombres propios no son asuntos tan “coronados” como se enuncia en el relato.

La manera de relatar la historia en la nota de Moyano silencia la pregunta que la hace posible y a la persona que la formuló. Es mujer, es niña, se llama Emilia Sourrouille González. En este caso, el acceso familiar a los medios en los que se dirime la apropiación privatista y la circulación de la información, permitió que Emilia volviera a preguntar, en este caso cómo era eso de “robarse una pregunta”. En ese punto, tenemos que reconocer nuestro lugar privilegiado: en otros casos, les informantes desconocen las formas y caminos por los que circula la información aportada al etnógrafo (uso la figura aquí para aludir a una relación, más allá del género y el título formal de cada caso particular).

Extraña forma de “terminar con la ignominia” esa que se jacta de la restitución del nombre de las muertas, al mismo tiempo que borra el nombre y las acciones de las vivas. Extraña forma de reparar las imposiciones de la ciencia colonial aquella que reproduce sus prácticas de expropiación del conocimiento y oscurecimiento de la cita al mejor estilo del maestro Casamiquela.

 

Marcos Sourrouille Cengarle