Bullrich y su ceguera frente a las causas de la “violencia extrema en la Patagonia”

La puesta en escena de la ex Ministra de Seguridad repitió estereotipos fundantes de la Conquista del Desierto. La nueva Liga Patriótica y los mismos viejos objetivos supremacistas.

18/04/2021
Adrián Moyano

 


En su libro “Paz en la frontera” (Dunken – 2000), Abelardo Levaggi arremete contra un estereotipo: “la idea más difundida que existe de las relaciones entre los blancos y las comunidades indígenas es la de un conflicto permanente producto del ansia de dominación de los primeros, dispuestos a emplear todos los medios a su alcance para lograr su objetivo, y la resistencia más o menos férrea de los indios a perder su independencia y aceptar ese vasallaje que se les imponía por la fuerza”.
El autor cuenta en la actualidad con 86 años y lejos estaba de ser un activista cercano a las demandas indígenas cuando publicó su libro. Más bien, es un historiador del derecho, además de investigador del CONICET y profesor en la UBA. Esa lejanía relativa explica que se refiriera a “comunidades” en lugar de pueblos y a “indios”, adjetivo que es considerado ofensivo por las y los integrantes de los 36 pueblos preexistentes al Estado en la actual jurisdicción de la Argentina. Sin embargo, su contribución resulta sustantiva.
Según el especialista, “en unas relaciones tales no había lugar para la diplomacia, el trato amistoso, el acuerdo de voluntades, las alianzas, en suma, para una convivencia pacífica firme y sincera”. Pero su investigación demuestra más bien todo lo contrario, porque desde el siglo XVII hasta la Campaña del Desierto, “las relaciones con las naciones indígenas, en realidad, no fueron unidireccionales sino bidireccionales. Conocieron tiempos de guerra y tiempos de paz, igual que entre las demás naciones, salvo lo propio de cada proceso histórico”. Durante las 568 páginas de su obra, se propuso el autor “descubrir y mostrar la faz a menudo oculta de la realidad americana -en este caso, rioplatense y, más específicamente, argentina-, la de los vínculos interétnicos pacíficos en el nivel público o estatal, es decir, las relaciones diplomáticas plasmadas generalmente en tratados verbales o escritos, con sus implicancias sociales y jurídicas”. Logró su meta con creces.
En efecto, la “convivencia pacífica firme y sincera” fue más bien la norma antes que la excepción, al menos desde mediados del siglo XVIII en adelante y hasta que la élite que se adueñó del Estado a partir de 1861, decidió terminar con ese proyecto político. Hasta se plasmó en la Constitución de 1853, en el inciso 15 del artículo 67: “Proveer a la seguridad de las fronteras, conservar el trato pacífico con los indios y promover la conversión de ellos al catolicismo”. Con la primera parte del precepto, la República Argentina admitía que, entre su jurisdicción y el territorio de los pueblos indígenas libres, existía una frontera. Con la segunda, los convencionales se referían a continuar con la política de tratados que se seguía desde los tiempos de la colonia. Quiere decir que los sucesivos ataques que sufrieron las diversas parcialidades mapuche a partir de 1878, vulneraron y con creces, la Constitución.

Versión 2021 de la Liga Patriótica

En su reciente Congreso por la Paz, la Justicia y el Fin de la Violencia Extrema en la Patagonia, la mirada de Patricia Bullrich y demás hipotéticos congresales no contempló las raíces históricas del conflicto que a todas luces, están abocados a exacerbar. Según amplificó desproporcionadamente la prensa regional y nacional, se escucharon las palabras de “más de 50 víctimas de acciones violentas de la RAM (Resistencia Ancestral Mapuche)”, Bullrich dixit.

 

Curiosamente y en abierta vulneración de las más elementales reglas periodísticas, la crónica de Clarín -por ejemplo- no mencionó a ninguna de esas supuestas 50 víctimas. Apenas si reprodujo las palabras de “un docente jubilado de El Maitén”, que según se puede concluir, ocupa su tiempo libre en llevar un diario de desmanes supuestamente cometidos por la RAM, entre ellos, contra “un refugio de 350 metros que habían construido en el cerro Azul”. Claro que el afligido vecino omitió mencionar que el proyecto de construir una pista de esquí en el cerro León -su nombre más antiguo-, invadía el territorio tradicional de la comunidad Canio, una de las afectadas por los incendios de marzo último. El conflicto detonó hace una década y las familias mapuche no hicieron más que defender el espacio donde están enterrados sus mayores. Por entonces, la RAM ni siquiera existía.
Pero la cabeza de la ex ministra de Seguridad, responsable política de las muertes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, no está para sutilezas. En su reunión barilochense habló de crear un “movimiento anti tomas” y aseveró que su “congreso” fue el inicio “de un gran movimiento patriótico en la Patagonia”. Quizá tampoco reparara Bullrich en la similitud que hay entre su anhelo y el accionar de la Liga Patriótica, de triste recuerdo para miles de trabajadores. Con su actuación entre 1920 y 1921 en Santa Cruz, fue corresponsable del fusilamiento de 1.500 peones rurales. Más allá de la hilaridad que provoca que una directiva de Propuesta Republicana (PRO) hable de patria, 100 años atrás también se invocó ese concepto para en realidad, defender la voracidad de latifundistas y capitalistas ante las demandas obreras. En 2021, ¿qué saben de patria Joe Lewis, la corporación Benetton, las trasnacionales mineras que merodean eternamente por Río Negro y Chubut, los jeques árabes y demás recién llegados al antiguo territorio mapuche tehuelche?
Referentes de la derecha argentina suelen invocar la necesidad de vivir en un “país normal” y acostumbran a invocar la vigencia de las leyes. Claro que ignoran toda legislación que salvaguarde derechos indígenas, aunque también hay que decir que ese déficit no es su patrimonio exclusivo. La Ley 26.160 ordenó en 2006 “realizar un relevamiento técnico, jurídico y catastral de las Comunidades Indígenas y en caso de corresponder, de tierras ocupadas por las mismas de forma actual, tradicional y pública”. 15 años después, aún está en veremos. ¿Tanto cuesta finalizar un relevamiento?

Hipocresías de ayer y de hoy

Con hipocresía sin medida, incluso en julio de 1878 se acordó un “tratado de paz” entre el gobierno de la República Argentina y “las tribus indígenas que encabezan los caciques Epumer Rosas y Manuel Baigorria”, es decir, dos de los grandes loncos rankülche. En la primavera siguiente, comenzaría la gran ofensiva del Ejército que Julio Roca planeaba, pero, se mantenía la fachada que ordenaba la Constitución: “conservar el trato pacífico con los indios”.

Retrato que se atribuye a Epugner Rosas

Por entonces, Epugner levantaba sus tolderías en Poitahué y Baigorrita en Leuvucó, emplazamientos de la actual provincia de La Pampa. El artículo 1ro decía: “Queda convenido que habrá para siempre paz y amistad entre los pueblos cristianos de la República Argentina y las tribus ranquelinas que por este convenio prometen fiel obediencia al Gobierno y fidelidad a la Nación de que hacen parte y el Gobierno por su parte les concede protección fraternal”. La fraternidad duró nada: la tinta todavía no se secaba cuando Roca ordenó a su hermano Rudecindo, comandante de Villa Mercedes (San Luis), que apresara a los grupos rankülche que desprevenidos, viajaron a la localidad para comerciar o esperar las raciones. Gente de Salinas Grandes también cayó en la celada. Las partidas de Baigorrita y Namunküra quedaron prisioneras a raíz de la sorpresa. Los kona de Epugner se resistieron y sufrieron 50 muertos. Pocos días después, La Nación informó que, por orden de Rudecindo, otros 60 rankülche fueron “encerrados en un corral y fusilados allí como animales, y peor que animales”. El diario de Bartolomé Mitre tomó como fuente la publicación del cordobés Pueblo Libre, según cuenta el doctor Levaggi.
A fines del año siguiente y todavía como ministro de Guerra, Roca elevó su memoria al Congreso: “El resultado de las operaciones militares sobre el enemigo ha sido el siguiente: 5 caciques soberanos prisioneros y uno muerto. 1.271 indios de lanza prisioneros. 1.313 indios de lanza muertos. 10.539 indios chusma prisioneros. 1.049 indios reducidos. Cautivos rescatados: 480. Lo que da por resultado la cantidad de 14.172 indios suprimidos de la Pampa. Sin incluir en esta cifra el número considerable de indios muertos en las persecuciones y a consecuencia del hambre en el seno mismo del desierto”. El “cacique soberano” que perdió la vida era, precisamente, Baigorrita.
Ese fue el balance de la campaña de 1879. No hace falta sumar los miles de víctimas que se cobró el avance de las tropas en las campañas de 1881 y 1883-4 para entender que la “Violencia Extrema en la Patagonia” que Bullrich quiere ver finalizada, no es consecuencia de las movilizaciones mapuches, sino del genocidio que fundó al Estado, del cual los mayores de su familia se beneficiaron directamente. Su flamante libro se titula “Guerra sin cuartel”. Para poder desplegarla, insiste en construir al enemigo, a través de nuevos estereotipos.

Mapuches y tehuelches reducidos, después de la campaña de 1883-1884

Pero la “Paz en la frontera” fue y será posible. Cumplir la ley puede ayudar, cuando respecto de los pueblos indígenas dice: “Reconocer la personería jurídica de sus comunidades y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan”, además de “Regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano”. Mandato constitucional que lleva 27 años de incumplimiento.