Anatomía de una integración

por Mariana Vidal

Cuando el abuso intrafamiliar parte la vida en dos. Cuando el silencio y el olvido son marcas de la violencia. Cuando el horror se denuncia, cuando la Justicia condena. Cuando una mujer puede reencontrar su voz y decir un 8M: aquí estoy, entera.


Marzo 2026

Viajo hacia el trabajo. Una hilera de cuerpos se mueve con el vaivén de los pozos. Alguien abre la ventana y un aire gélido irrumpe en el espacio. Lo purifica.

Estamos en primavera. El sol entra por los vidrios del micro calentando los rostros. Afuera, en la sombra, aún hay escarcha.

En la próxima parada finaliza el recorrido. El chofer ataca la última curva con intensidad. Los cuerpos se tambalean y quedan suspendidos.

Una mano se mete entre mis piernas. Lo hace con fuerza. Hurgando como quien busca algo, en el fondo de una cartera desordenada.

Los dedos presionan la carne, la hunden. Insisten. La marcan.

Siento el estruendo.

El colectivo se convierte en el frío pasillo de la casa familiar.

Soy un animal a punto de ser cazado.

Inmóvil.

Chiquito,

que a pesar de ver a su depredador sabe que su identidad es otra y la acaba de revelar.

***

Nota preliminar: Pido disculpas al lector. No he sabido ordenar el relato. Lo adjudico a la fragmentación de mi memoria. Y a los dos seres que habitan en mí. La niña y la mujer adulta. Las dos mezcladas. Indivisibles, queriendo hablar al mismo tiempo.

Confieso que todas las voces que aparecen en el texto pertenecen a la misma persona.

Decir «yo» me asfixia en el centro de lo que cuento; necesito decir «ella» para poder ver cómo respira esa que soy.

Estoy naciendo de mi propio desorden.

Todavía me estoy integrando.

M.

***

M. está sentada con sus piernas entrelazadas. A veces habla sosteniendo la mirada y parece que la determinación y firmeza de sus palabras ocupan todo el espacio. Mira un punto fijo, como si buscara concentrarse en algún detalle del presente que le permita encontrar el ritmo. El suyo. Ese que necesita para hablar de su experiencia.

Trastorno disociativo por estrés postraumático es el diagnóstico que la Justicia reconoció una vez que M. logró recordar la historia de abuso sufrido en la infancia y denunciar lo ocurrido. Al igual que tantas otras mujeres y niños que han atravesado violencia sexual, en situaciones de estrés, M. se vuelve una observadora externa de sus propios pensamientos. Su cuerpo se separa; como si pudiera desprenderse de la materia. Queda vacío, desconectado.

M. fue violada por su abuelo materno durante toda su infancia, desde los 2 años de vida hasta sus 14.

***

-¿Te acordás de lo que dijiste en la primera sesión, ante mi pregunta de por qué habías venido ?

- Sí…

El brillo blanco y minimalista del mobiliario toma la atención de M. En silencio, acaricia los pelos del almohadón que tiene entre sus brazos buscando alguna textura que la devuelva a la superficie.

- Que no recordaba nada de cuando era chica…

- Bueno…

La psicóloga la observa.

- ... igual siento que debería acordarme…

- Lo esperable es que no recuerdes... no te acordabas porque no podías.

M se detiene. La mira fijamente. Insiste en tocar sus trapecios con las orejas. Parece estar buscando aflojar el cuello.

-Los trastornos disociativos producen una alteración de las funciones integradoras de la conciencia, la identidad, la memoria. ¿Se entiende esto?

Las últimas palabras se escuchan como sentencia, con la mudez de lo definitivo. Sabe que esa es la razón por la que guardó media existencia en un cajón y se dividió en dos.

***

¿Acaso el silencio y el olvido no son marcas de la violencia ejercida? ¿No es un gesto cargado de sentido el hecho de silenciar el abuso sufrido en la construcción de la memoria personal?

Se repite una y otra vez la pregunta como mandato social: ¿Cómo es posible que no te acuerdes lo que pasó? Este mandato atraviesa a todas las instituciones del Estado. Cuando se denuncian los delitos de abuso sexual en la infancia, los denunciantes (en su mayoría mujeres) deben enfrentar la limitación que supone el cuestionamiento de los hechos y la exigencia de una memoria hegemónica, ubicada en tiempo y espacio como una fotografía vívida de la violencia.

***

Hace calor. Las moscas dan vueltas por el parral. La abuela Chela les sacude un trapo para que se vayan.

Estoy en la pelopincho. Corto el agua con las manos.

Primero un brazo, después el otro.

Estiro el cuerpo y me hago bolita. Tapo la nariz con los dedos. Giro. Doy una vuelta completa. Me entra un poco de agua y me pica.

Escucho un globo desinflándose como cuando lo estiras de costado y apenas sale el aire. Agudo. Finito.

Es el abuelo silbando. Silba raro. Me enseñó a hacer el mismo sonido con un peine y papel celofán. Cada vez que lo hace los perros ladran mucho. No me gusta que ladren tanto.

Mamá dice que cuando se ponen así es porque algo pasa.

Subo un poco. Floto. Mi cabeza está boca abajo. La voz de Chela dice algo del perro nuevo. Que lo van a regalar porque rompe todo. Que le faltó un golpe de horno y por eso es tonto... El sol hace chispitas en el agua. Escucho la risa del abuelo. Siempre se ríe.

El sonido de alguien corriendo en el piso de cemento mojado. Plaff. Buuum.

Algo muy pesado me aplasta la cabeza.

Hago fuerza para levantarme. No puedo. Intento otra vez. Siento que gasté la respiración y me estoy ahogando. "Natalia estás aplastando a tu prima".

Las manos grandes de mi abuelo me agarran la cabeza y me sacan hasta arriba. Respiro. No me entra el aire.

Veo su cara mirándome. Lloro.

Se ríe.

Me acerca hasta él.

Sostiene un toallón en sus manos. Me tapa. Acaricia mi espalda por adentro de la malla. Silba.

Los perros ladran.

***

Quise recordar una imagen, algo tangible a lo que aferrarme pero un vómito de sensorialidad se impuso.

***

M. Tiene 35 años y vive en San Carlos de Bariloche.

Con la posibilidad de integrar lo que durante tantos años estuvo bloqueado en su inconsciente, empieza un proceso complejo. Recuerda haber sido abusada por su abuelo a partir de vivenciar en acto otro abuso en un colectivo.

La memoria es fragmentada. Huele a colonia de señores grandes. A gomina y caramelos media hora. Tiene la textura de las superficies donde ocurrieron las cosas. Paredes con globitos, armarios de melamina, una traba en la puerta de una cocina, un silbido, agudo, punzante y el ladrido de los perros.

***

-Mi padre no va a hacer ningún descargo, que lo dirima la Justicia- le dice la tía de M. a un periodista que la llama por el alcance mediático que tomó el caso luego de que ella hizo la denuncia.

–Pero la Justicia ya lo condenó por otro caso de abuso -responde el periodista.

– Porque nosotros arreglamos eso para que nos dejen en paz.

–¿Esa condena implica que asume las acusaciones?

–Sí, lo hicimos mal. Es M. la que está detrás de todo esto. Llamala a ella.

-¿Pero no quieren contar su versión de los hechos?

-No, no. Es M. la que está detrás de este circo.

-¿Te parece un circo lo que se denuncia? ¿Pero hay una condena anterior?

-¿De dónde sacaste mi número de teléfono?

***

M. dejó de vincularse con sus tíos, primos y con su abuela materna el 19 de abril de 2018, día en que radicó la denuncia penal contra su abuelo en la Fiscalía de Viedma, con el patrocinio letrado de Julia Mosquera. Sus padres y su hermano, que la acompañaron en el proceso de justicia, también rompieron lazos con la familia.

Señalada como la encargada de manchar el apellido de los suyos, siente que tanto ella como sus padres tuvieron que vivir a la par del proceso judicial una serie de duelos acelerados. Lo más difícil fue aceptar que la mayoría de los integrantes de su familia por acción u omisión buscaron sostener la impunidad.

Desde su denuncia contra Alejo Insaurralde transcurrieron meses de investigación hasta que el 4 de septiembre de ese mismo año en una audiencia presidida por el Juez de Garantías Juan Brussino Kain, el fiscal Juan Pedro Puntel le imputó a Alejo Insaurralde el delito de abuso sexual gravemente ultrajante doblemente agravado por el vínculo.

El 28 de septiembre de 2018, la justicia de Río Negro condenó al abuelo de M. a ocho años y medio de prisión. Él ya contaba con una condena de prisión en suspenso de un año y medio por abusar de una niña, vecina del barrio en el que vivía. Además, tenía en su historial dos denuncias del año 1992 por abusar sexualmente de dos niñas de tres y cuatro años en la guardería infantil de la que era dueño.

***

Ahora que dije «ella», puedo volver a decir «yo».

Fui invadida. Y no fue solo el peso sobre la carne: me vaciaron por dentro para imponerme el deseo de otro. Me arrancaron la autoría de mi memoria hasta convertirme en una extranjera en mi propio cuerpo. Durante años, fui apenas silencio. Me partí para no morir de mí: un acto de misericordia violenta.

Mi identidad es esta voz que ahora muerdo y domino. Estoy aquí. Yo. Entera, hecha de pedazos que todavía laten. Soy yo, M., habitando a la fuerza mi propia piel, reclamando el derecho de ocupar espacio sin pedir permiso por existir.