Crónica IV: Las incógnitas y los sueños

por Santiago Rey

Avanza el juicio, algunas certezas se confirman, otras preguntas no encuentran respuestas. Rafael Nahuel sigue muerto, los responsables de su asesinato libres, y el inconsciente se cuela en la cobertura de las audiencias.

Imagen principal: Natalia Bernades (La Retaguardia) / Expediente judicial.

Septiembre 2023

- Crónica I: ¿Dónde empieza la locura?

- Crónica II: La Encrucijada

- Crónica III: Los medios y el azar

Esta es la cuarta crónica semanal sobre el desarrollo del juicio por el asesinato estatal de Rafael Nahuel y hasta ahora no hice un resumen de lo sucedido la tarde del 25 de noviembre de 2017 en la comunidad mapuche Lafken Winkul Mapu, en Villa Mascardi, Bariloche.

Apretada síntesis: ese día, una patrulla de seis miembros de la Agrupación Albatros de la Prefectura Naval Argentina ingresó a la comunidad con la orden judicial de “intensificar” el control del territorio que había sido desalojado dos días antes, e identificar y detener a las personas que encontrasen en el lugar.

En 2018 publiqué el libro “Silenciar la muerte – Crónica e investigación sobre la vida y asesinato de Rafael Nahuel”. Extraigo de allí lo que sucedió luego: “En esa patrulla van el Cabo Primero Cavia; el Cabo Segundo Sosa; el Cabo Primero Lezcano; y el Marinero García.

Durante el trayecto se cruzan con un perro y ven a dos personas fumando. Deciden esconderse. Cavia y Sosa permanecen escondidos, mientras que Lezcano y García bajan hasta el lugar donde hay una antena derrumbada, con el objetivo de tratar de modular y avisar que habían entrado en contacto visual con los dos hombres.

A través de los handys se comunican con Berra, quien manda al Cabo Primero Pintos y al Cabo Segundo Obregón -quienes estaban en el denominado “Puesto Mochilas”-, para que suban a detener a esas dos personas.

Pintos y Obregón llegan hasta donde están Lezcano y García, los pasan montaña arriba y siguen subiendo para encontrarse con Cavia y Sosa, quienes permanecen escondidos entre la vegetación. En el trayecto se cruzan con integrantes de la comunidad mapuche, dan la voz de alto y empiezan a disparar. La primera línea de fuego la conforman Cavia, Sosa, Pintos y Obregón.

Desde su puesto en la antena, Lezcano y García escuchan los disparos. El primero de ellos se queda en el lugar, y el segundo sube a la búsqueda de sus compañeros de armas.

En tanto, el Ayudante de Segunda Blanco y el Ayudante de Tercera Sánchez suben para prestar apoyo, cuando se cruzan al grupo de seis uniformados que baja corriendo. No ven ni escuchan nada de lo sucedido. Y tampoco disparan.

La cacería ya había ocurrido. Los Albatros, en escasos 10 o 15 minutos, realizaron entre 114 y 129 disparos. El Cabo Primero Pintos, el que más”.

***

La Justicia había previamente intervenido teléfonos de los integrantes de la comunidad. Así, en una serie de mensajes quedó registrado el dramatismo del momento: el mensaje de las 17,05 del 25 de noviembre de un celular terminado en 253, dice: “El rafa herido grabe con plomo en la pansa difundir y venir”. Unos minutos antes, a las 16,43, del mismo teléfono salió el mensaje: “Le pegaron un tiro a la yoana y al pinito”. Dos minutos después: “Estamos arriba le pegaron un plomaso al Rafa y a Pino, ayuda”. Y a las 16,59: “Nos emboscaron tres heridos de plomo”. 

***

Según la autopsia, el proyectil 9 mm que ingresó por la parte posterior de la cadera, en dirección ascendente y de izquierda a derecha, rompió el hueso ilíaco, lesionó el intestino, el hígado, el pulmón, y le provocó un “shock hipovolémico por lesiones de los órganos y tejidos que provocaron una hemorragia de aproximadamente 4 litros de sangre, alojada en cavidad torácica y peritoneal”. 

***

Esta cuarta semana del juicio oral y público por el asesinato fue clave. Los peritos que participaron en la autopsia, la inspección ocular y la primera pericia balística brindaron información que ratifica que los Albatros persiguieron a los integrantes de la comunidad mapuche; que les dispararon mientras huían; que los corrieron más allá de los límites de la comunidad y de la orden expedida por el Juez; que sólo se encontraron en el lugar vainas servidas y rastros de disparos realizados con armas que portaban los uniformados -es decir que no existió “enfrentamiento a mano armada”, como sostienen las defensas-; y que la mínima presencia de partículas compatibles con pólvora encontradas en las manos de los mapuche puede explicarse por “contaminación” o “transferencia”.

No fue una buena semana judicial para los Albatros.

***

Vuelvo sobre las audiencias del martes 5 y miércoles 6 de septiembre. A pesar que la instrucción se cerró con la elevación a juicio por el delito de “homicidio agravado cometido en exceso de legítima defensa”, esos testimonios apuntan a un hecho cometido con alevosía y hasta premeditación.

La causa FGR 027423/2017 caratulada "Pintos, Francisco Javier y otros sobre homicidio simple, usurpación y atentado agravado a mano armada", de la cual es querellante Alejandro Nahuel, padre de Rafael, tiene como procesados al cabo primero Cavia por el delito de "homicidio agravado cometido en exceso de legítima defensa" y a los otros cuatro integrantes del grupo Albatros -Pintos, Obregón, Sosa y García- como "partícipes necesarios" del hecho.

Me retumba la palabra exceso. Recuerdo la canción que a mediados de los ‘80 cantábamos en las plazas: “No hubo errores, no hubo excesos, son todos asesinos los milicos del proceso”. 

***

Durante las últimas noches empecé a soñar con el juicio. El primero de los sueños fue agobiante: en la sala del Tribunal, alguien, un testigo que no puedo identificar, habla. Lo veo pero no lo escucho, como si una radio prendida o un sonido exterior me impidiese oírlo. En el sueño me angustio pensando (¿pensando?) que está diciendo algo importante que me perderé para mi trabajo. Es muy difícil explicar la angustia que puede sentir un/a periodista por perderse una pieza central del engranaje de su cobertura.

El segundo sueño fue perturbador y grotesco: un cuarto en supuesta asepsia, clima de autopsia, médicos, enfermeras, una camilla, un muerto -presumiblemente Nahuel-, pero también niños que corren, gente que grita, que lleva y trae vísceras, alguien manipula un bebé fallecido al que le saca unos pequeños guantes de goma, y de repente, acuclillada en el piso, una doctora o enfermera junta con pinzas algunos vidrios en medio de un charco de sangre -presumiblemente de Nahuel-. Miro la escena horrorizado en total conciencia (¿conciencia?) sobre la pérdida de sangre necesaria para los análisis de la investigación. Pero me tranquilizo: “no importa, hay cuatro litros”.

Me despierto.

Me siento a tipear los sábados a la mañana. Pero la crónica se va escribiendo toda la semana, en la cabeza.

***

Definición de incógnita, primera respuesta de Google: “Cosa, como un concepto, un suceso, un comportamiento, etc., que no se comprende o cuyas causas se desconocen, especialmente si es objeto de análisis u observación”.

Lo interesante es el comienzo de la definición: “cosa, como un concepto, un suceso, un comportamiento”. La incógnita le cabe a todo, a una cosa, un concepto, un suceso y un comportamiento.

Las incógnita del expediente son muchas. Hay un par que me obsesionan desde 2018.

***

La incógnita Ifi As Zalar.

Escribí en el libro: “En el celular del Ayudante de Segunda de Prefectura Naval Argentina, Eric Fabián Blanco, se esconde uno de los misterios de la causa que ni el Juez Villanueva ni la Fiscal Little se dieron nunca a investigar: ¿Quién es una persona apellidada Salazar?

¿Ifi As Zalar o Salazar?
¿Ifi As Zalar o Salazar?


El Ayudante Blanco, en los días previos al ataque de Prefectura, cruzó 16 mensajes de texto con alguien guardado en sus contactos como Ifi As Zalar -las últimas dos palabras, anagrama de Salazar-.

Ifi As Zalar, cuyo teléfono termina en los números 602, le advirtió a Blanco, el 24 de noviembre a la ‘1,26 de la madrugada: ‘Atentos. Me ha llegado cierta información, respecto a futuros accionar durante esta noche o mañana. A Juz Fed y PF (Policía Federal), o bien algún corte de ruta. Esta data viene de gente desde adentro. La cual están invitando muy cerradamente a gente del 7,2 km a reagruparse o unirse con los de Mascardi y armar algún lío. Perdón muchachos pero va a ser una noche movida para los buenos, PSA, COER tienen orden de recorrer ante posibilidad de atentados en la zona’.

No fue una ‘noche movida para los buenos’; fue, en todo caso, la del 25, una tarde movida para los que Ifi As Zalar, Blanco, y el resto de las fuerzas de seguridad, consideran ‘los malos’.

La ‘cierta información’ que manejaba el contacto de Blanco deja en claro que la comunidad podría haber estado infiltrada, o bien que, alguien podía tener acceso a escuchas de los teléfonos intervenidos por el Juez.

Algunas horas antes de aquel mensaje, Blanco le envió un texto: ‘Zalazar. Te hago una consulta, vos informaste sobre el tema de las mochilas?’.

Blanco se refiere a las mochilas encontradas el día 24. Salazar -¿Zalazar?- no respondió.

Juan Manuel Salazar sería un efectivo de la Policía de Río Negro que tal vez pueda aportar algún dato al expediente, pero su identidad nunca fue investigada”.

Hasta aquí lo que escribí en el libro.

Como dije, los teléfonos de la comunidad estaban intervenidos, y la información que manejaba Ifi As Zalar, según el celular de Blanco, pudo haber provenido de esa intervención. ¿Pero cómo llego la información del Juzgado Federal a la Policía de Río Negro?, ¿una filtración?, ¿o Salazar recibía data de algún infiltrado?.

Blanco ya declaró en el juicio como testigo. Nadie le preguntó por esas comunicaciones con el policía de Río Negro. No puedo evitar a veces pensar que conozco el expediente más que algunos de los abogados que participan en el juicio.

Salazar está citado como testigo para las próximas semanas. Tal vez llegue el momento de que esa, por lo menos esa incógnita, se devele.

Conversación entre el policía y Blanco
Conversación entre el policía y Blanco


***

En algunos mensajes del mismo teléfono, posteriores al asesinato, Blanco incita a acompañar a los uniformados sospechosos del crimen. A sus compañeros de armas los llama la “hermandad UOPE”.

La UOPE es la Unidad de Operaciones Policiales Especiales de la Prefectura, el dream team de los Albatros, la elite. La hermandad.

***

La incógnita Villanueva.

El 21 de junio de 2019, comparecieron ante el juez Leónidas Moldes -otro de los magistrados que intervinieron en la instrucción- los peritos independientes Roberto Nigris y Karina Uribe, y los peritos de Gendarmería Martín Moreno y Silvina Lastretti.

La primera pericia balística realizada en enero de 2018 había determinado de forma indubitable que el proyectil que mató a Rafael Nahuel provino del subfusil MP5 serie 05—C335508, identificado con la letra B. Una segunda pericia balística realizada por Gendarmería determinó que el proyectil no salió de esa arma. Más allá de esa contradicción (sobre la que escribí en https://enestosdias.com.ar/cronica/cronica-ii-la-encrucijada), una incógnita recorre el expediente: ¿por qué el Juez Villanueva le otorgó a una fuerza de seguridad la realización de una pericia clave, siendo que otra fuerza como Prefectura -ambas dependientes del mismo ministerio de Seguridad que conducía Patricia Bullrich- estaba siendo investigada?

El acta -a la que accedí- de aquella comparencia de Nigris, Uribe, Moreno y Lastretti dispará más preguntas. Nigris le dijo a Moldes en junio de 2019: “El Dr. Villanueva me preguntó cómo hacer ese cotejo (la pericia), y la respuesta fue que lo podía hacer una fuerza de seguridad o nosotros, pero el Dr. Villanueva dijo que prefería que lo hiciéramos nosotros porque éramos civiles independientes de toda fuerza de seguridad”.

Exactamente lo mismo repitió Nigris la semana que pasó ante el Tribunal que juzga el hecho (nota de Télam: https://www.telam.com.ar/notas...).

Es decir que Villanueva sabía de las condicionantes que podían existir al solicitarle una pericia de tamaña importancia a la Gendarmería.

La estrategia de la defensa de Pintos (expresada durante la indagatoria del 5 de junio de 2018), fue asegurar que ese subfusil MP5 señalado no estuvo en el lugar de los hechos. Es decir, que Pintos no subió a la comunidad mapuche con esa arma.

Para el Juez Villanueva esa estrategia defensiva fue suficiente para poner en duda el resultado de la pericia y solicitar un segundo estudio comparativo de proyectiles. “En atención a lo manifestado en declaración indagatoria por Francisco Javier Pintos, y en audiencia testimonial por (los Albatros) Pablo Rubén Berra y Francisco Antonio Lezcano” -según dijo en un acta-, encomendó a la Dirección de Criminalística y Estudios Forenses de Gendarmería Nacional que practique “una experticia tendiente a determinar si el proyectil recuperado del cuerpo del occiso corresponde al subfusil MP5 serie 05—C335508 (entregado por el cabo primero Francisco Javier Pintos) o al subfusil MP5 serie 05— C335528 (entregado por el cabo segundo Juan Ramón Obregón)”.

El magistrado tomó la decisión sin otra motivación que las declaraciones de los uniformados y en contradicción con la argumentación del pedido de la primera pericia.

La pericia de Gendarmería determinó que el proyectil que mató a Nahuel no salió del MP5 serie 05—C335508 entregado a Pintos.

La contradicción mayor se consumó cuando una tercera pericia adjudicó el disparo mortal a la pistola Beretta que portaba el Cabo Primero Sergio Cavia. Con esa contradicción -y esa incógnita sobre el desempeño de Villanueva- llegó la causa a juicio oral.

***

Mi computadora está vieja, pide a gritos la jubilación. Me lo hace saber. Le tomo el tiempo cada mañana: tarda un promedio de 7 minutos 13 segundos en abrir un word. Es el lapso necesario para que me torture pensando que perderé todos mis archivos y al mismo tiempo me haga un café.

Es la misma computadora en la que escribí el libro en 2018. Y ya estaba vieja para esa época.

Los últimos 15 días antes de terminar el libro me encerré en una cabaña en Pucatrihue, una bahía de pescadores del sur de Chile -de Osorno hacia el mar-, con ese encanto mezcla de vegetación exuberante, comunidad pueblerina, sierra frita y silencio.

Sí, pude darme el lujo del estereotipo: Mirando el mar, solo con mi alma, escuchando Bill Evans, abocado 12 horas diarias a terminar de escribir, contrarreloj, el libro urgente que generosamente publicaría Acercándonos Ediciones.

Me llevé el expediente en papel, vino tinto, la computadora, pisco, distribuí la papelería por el piso de la cabaña intentando armar el rompecabezas, resolver la incógnita. O las: quién lo mató, quiénes dispararon, por qué tanto, por qué.

No encontré en el expediente, ni en el Pacífico rompiendo bravío, ni en el malbec, ni en mis archivos, ni en My foolish heart, ni en las decenas de entrevistas que hice y desgrabé, las respuestas a todas las incógnitas. Algunos atisbos sí, algunas certezas.

Me gusta lo que dice el escritor chileno Rafael Gumucio en su libro “Mi abuela”: “Para mi abuela eso era un artista: no alguien que pinta o compone o escribe, sino alguien que ve: por ejemplo, Pepe Donoso cuando la llevaba a gallineros perdidos del barrio Independencia y le mostraba lo que cualquiera podía ver, pero deteniéndose en algo inesperado y nuevo, lleno de detalles que desmentían la observación general. Eso era ser artista: ver lo que por sabido se olvida”.

Ver -y señalar- lo que por sabido se olvida, es decir algunas certezas, pueda tal vez ser la tarea del periodismo.