El eternizador eternizado
por Inés Strizzi
En fotografía se habla de técnica, de encuadre, de la velocidad de la luz. Se dice que una imagen puede congelar un instante, aunque ante la muerte de un padre que saca fotos no hay imagen que detenga nada. El gesto de mirar, sin embargo, marca para siempre lo que existe.
Fotos: Hugo Strizzi

Mi papá está quieto. No completamente inmóvil: respira, apenas. Pero todo en él está dispuesto para no intervenir. Frente a su cuerpo, el bebedero: una tapa de tanque convertida en fuente. El agua quieta como si también esperara. A unos metros, el trípode. La cámara está preparada desde antes.
Es la hora de la siesta en uno de los últimos días del invierno. El aire todavía guarda el frío pero hay una tibieza insinuada, una luz, un movimiento distinto en los árboles. Estamos en el patio de la biblioteca del pueblo. Como él es integrante de la comisión directiva, tiene la llave y podemos entrar. Para mí sigue siendo una aventura furtiva, incluso ahora con mis cuarenta y tantos. Ahí descubro lo que venía preparando en los días anteriores. La tapa del tanque, el agua renovada, el espacio dispuesto para que algo suceda.
Un benteveo baja primero. También hay cotorras. Sé que a veces aparecen colibríes.
Mi papá no dispara. Espera a que el cuerpo del pájaro se acomode, a que el pico roce el agua, a que el equilibrio dure apenas un segundo más de lo previsto. Espera a que algo mínimo ocurra. Recién entonces hace la foto. Hay una ética en ese gesto.

Durante años pensé que fotografiar era eso: aprender a esperar. Lo comparaba con su otra afición, la pesca. Sostener la mirada en la superficie del agua hasta que algo se moviera.
Ahora entiendo que no alcanza porque incluso en esas esperas hay una decisión previa. Ofrecer algo al mundo, preparar una escena, aceptar que lo que llegue nunca va a ser del todo controlable. Fotografiar no es solo paciencia; es una forma de estar disponible.
Pienso en lo que escribe John Berger sobre los modos de ver. Toda imagen implica una elección. Un recorte. Algo queda dentro del encuadre y algo desaparece afuera para siempre. Mi papá parecía saberlo intuitivamente. Por eso esperaba. No para capturar cualquier cosa, sino para encontrar el instante en que algo —un pájaro, una luz, un gesto— empezaba a volverse visible.
Mi papá murió en mayo de 2025. Murió. El cuerpo dejó de respirar. Lo velamos. Lo cremamos. Volvimos a casa con una bolsa de ropa que todavía tenía su olor.
Desde entonces, la muerte dejó de ser una idea. Se volvió una sensación física. Una presión en el pecho. Algo que aparece sin aviso, incluso en los momentos más ordinarios. Miro a mis hijos y sé que van a morir. No ahora, pero un día. Me miro a mí misma y sé lo mismo. La vida dejó de ser promesa. Pasó a ser un tramo.

Hugo Héctor Strizzi nació en 1945 en Villa Maza, provincia de Buenos Aires. Creció entre estaciones de trenes, mudanzas, casas cerca de las vías. El ferrocarril organizaba la vida, su papá era ferroviario. Así llegó a Realicó. A los 19, él también entró a trabajar al ferrocarril. Durante años ese fue su mundo. Las historias que más repetía venían de ahí: viajes, compañeros, escenas mínimas contadas con una precisión que parecía ensayada.
Luego su familia se trasladó a Mechita, una colonia inglesa cabecera de riel, paraíso ferroviario de la pampa húmeda. Allí pasé gran parte de los veranos durante mi infancia. Íbamos en tren. El viaje comenzaba a la tarde desde Realicó, por la madrugada transbordo en Lincoln para llegar a media mañana a la estación de Mechita. Hay una textura en esos viajes que no volvió a repetirse, un aroma amargo de vagón y botellita de Crush.
En 1969 se casó con mi mamá, Dorita Tasso. Para la luna de miel compró su primera cámara: una Kodak Instamatic 133, en ‘Fotos Carlitos’, de Carlos Viglino, un fotógrafo y reportero emblemático del pueblo; el mismo que retrató para los documentos a generaciones enteras de niñas y niños. A ese local llevaba mi papá los rollos para revelar.
No sé si allí comenzó todo, pero quizá sí empezó una forma de insistencia.
Antes ya había otra señal: estudiaba dibujo por correspondencia, a partir de avisos en revistas. Dibujaba solo. Aprendía solo. Esa lógica no la abandonó nunca. Mi padre fue un autodidacta riguroso, un lector voraz y así construyó su casa, sus muebles, mis juguetes de madera, bibliotecas en nuestras habitaciones, aprendió a encuadernar libros, a reparar todo lo roto, investigó Italia, su música y su lengua. Más tarde dejó el ferrocarril y trabajó durante más de treinta años en el Banco Nación, aunque siguió haciendo cosas con las manos hasta el final.

En casa crecimos rodeados de fotos analógicas. En los años 80 y hasta buena parte de los 2000, fueron una presencia silenciosa y constante. Rollos guardados en cajones (incluso en la heladera), sobres de revelado, libros y revistas sobre fotografía. Entre la toma y la imagen había un intervalo inevitable: días de espera, a veces más. El revelado introducía una distancia, pero también una forma de expectativa. No se sabía con exactitud qué había quedado fijado, qué había salido movido, qué se había perdido.
Cuando entré al jardín de infantes, mi padre compró una Minolta SRT 100X con la que retrató toda mi infancia con precisión. Recuerdo el ritual: preparar la cámara, cambiar las pilas del flash, disparar dos o tres veces al aire como prueba.
Hace unos meses empecé a ordenar su archivo fotográfico. Fechas. Carpetas. Discos rígidos. Nombres que intentan fijar algo que ya no puede defenderse. No sé bien cómo hacerlo. Más que un método, son decisiones intuitivas, ensayos temporales.
Abro un álbum al azar: aparezco a los cinco años cantando en la vereda con un enchufe como micrófono. En otro tengo nueve, en un acto escolar o sobre un escenario, bailando ballet. A los quince, con mis amigas. A los veintitantos, con las panzas de embarazada. En la computadora una carpeta dice “Nietos”: son mis hijos recién nacidos; mis hijos en todas sus edades, sus cumpleaños, sus juegos. Otro dice “Patio de casa”. Ahí hay más de 4000 imágenes: un colibrí vibrando entre las flores, suspendido en un gesto que ya no existe; aves comiendo las migas de pan que todavía hoy mi mamá ofrece y dispersa en el suelo, junto a la santa rita.
Pienso que mi vida puede contarse con las imágenes que él tomó. Y sin embargo, no alcanza.

En Las fotos, Inés Ulanovsky insiste en algo que ahora entiendo con otra intensidad: las imágenes familiares no organizan la vida, la fragmentan. No construyen un relato continuo, sino una acumulación discontinua donde los tiempos se mezclan y las jerarquías se diluyen. Una infancia puede convivir con una muerte. Un nacimiento con una ausencia.
Eso encuentro en este archivo. No una historia. Más bien, una superposición. Cada imagen afirma que esto estuvo. Ninguna puede decir esto sigue.
Después llegaron las cámaras digitales. Cambiaron los dispositivos, aunque no el gesto. Preparar el espacio. Ofrecer algo. Esperar.
En ese momento, mi papá también comenzó a mirar hacia arriba.
Seguía calendarios astronómicos. Sabía cuándo habría lluvia de meteoritos, cuándo la Vía Láctea sería visible sin la interferencia de las luces del pueblo. Se levantaba de madrugada. Manejaba hasta el campo. Instalaba el trípode. Calculaba la exposición. Esperaba. En esas fotos, el cielo no es espectáculo. Es evidencia. Un trazo breve en la oscuridad. La marca de algo que ocurrió mientras él estaba ahí.
Ordenar el archivo es enfrentarse a una evidencia incómoda: ninguna imagen salva a nadie. No restituyen la presencia. No devuelven el tiempo. Son, como dice Sontag, huellas espectrales. Restos. Toda fotografía es, en el fondo, un memento mori: participa de la mortalidad de aquello que registra. Congela un instante, pero justamente por eso testimonia su desaparición.
Esto es lo que duele. No la ausencia de imágenes. Sino su exceso. Porque las fotos están. Se acumulan. Se organizan. Se clasifican. Persisten como objetos. Pero lo que nombran ya no puede responder.

El eternizador terminó eternizado. Su cuerpo no está. Su obra sí. La diferencia es brutal.
En febrero, el día que hubiera cumplido 81 años, montamos una muestra en El Vínculo, un espacio de arte en Realicó. Las fotos ocupaban una sala blanca. Afuera, la luz filtrada entre los árboles repetía en el suelo lo que las imágenes hacían adentro: insistir.
La gente hablaba de técnica, de paciencia, de encuadre. Yo pensaba que ninguna de esas fotos pudo evitar su muerte. Que no hay imagen que detenga nada. Pero también, que sin ese gesto —mirar, esperar, registrar— muchas de esas cosas no existirían para nosotros.
El bebedero sigue en el patio de la biblioteca. Los pájaros bajan igual. El agua quieta refleja el cielo. Desde su muerte, algo insiste en mí. La pregunta no es para qué se vive. La pregunta es qué se hace y cómo se mira mientras tanto.
