El fin del pensamiento mágico
Los argentinos sabemos: en el fútbol, universos racionales y mágicos se cruzan, se rozan, dialogan todo el tiempo. Este Mundial 2026 nuestra selección hizo historia y en casa el resto de los mortales arriesgamos liturgias para contribuir al milagro de haber llegado a otra final.

"El señor del oráculo no habla ni oculta: da señales”
Heráclito
En un fabuloso texto llamado “Carreras secretas”, Alejandro Dolina narra las peripecias de un individuo cuya vida está regida por misteriosas correspondencias, cábalas, supersticiones: “La teoría según la cual todos los objetos del universo se influyen mutuamente, aun más allá de la causalidad y el silogismo, ha sido sostenida por muchas civilizaciones”, dice Dolina.
Ha sido, es y será, me atrevo a refrendar y completar la sentencia dolinesca. Habitamos un mundo aparentemente lógico, donde el pensamiento racional ordena y civiliza; lo cual no significa que el pensamiento mágico haya sido desterrado de nuestro universo. La magia nos sostiene: misteriosa, hermosa y a veces cruel.
Hay contratos históricos de la humanidad con el cosmos: ver una estrella fugaz habilita la petición y el futuro cumplimiento de un deseo; pasar por debajo de una escalera, la rotura de un espejo, pasarle la sal a otro individuo en una mesa, son promesa de mala suerte inexorable; el hallazgo de un trébol de cuatro hojas redundará en la buenaventura del feliz hallador.
El pensamiento mágico rige la vida de los muchachos y las muchachas sensibles del mundo. Y el fútbol es el terreno donde esa pasión desata, desaforadamente, sus dotes y recursos.
El fútbol es un pensamiento mágico que se juega, podríamos decir.
Bienvenidos al rito
En el primer partido del mundial de Qatar 2022, Argentina perdió con Arabia Saudita 2 a 1. En el segundo partido, Argentina le ganó 2 a 0 a México. El azar (¿el azar?) quiso que ese día estuviera justamente en casa mi amigo y colega Arturo Bandini. No hubo caso: en todos los partidos subsiguientes de ese mundial, Bandini tuvo que venir a ver los partidos en casa, contra toda lógica y razón. Los resultados están a la vista: Argentina se coronó campeón del mundo, y Bandini y yo aportamos nuestro pequeño pero significativo granito de arena a esa coronación.
Quien crea que los mundos racionales y mágicos no se tocan, no se superponen, se rozan, se enriquecen y se contaminan, que abandone prontamente esta lectura: en principio, le advierto que no sabe nada de fútbol, de nuestro fútbol.
Hay jugadores que ingresan al campo de juego saltando tres veces sobre la pierna derecha, porque entrar con el pie izquierdo es de mal augurio. Hay jugadores, como el Cuti Romero y Lisandro Martínez, que fundaron la autodenominada “banda del palo santo”, cuyas actividades consisten en quemar maderas de palo santo y sahumerios en las concentraciones de la selección para espantar las malas vibraciones. Vale recordar que ambos defensores también solicitaron agua bendita para untarse las manos o hacer libaciones en determinados momentos de los partidos. El “Panadero” Díaz, ayudante de campo de Alfio “Coco” Basile en Boca Juniors, era el encargado de aplicarle un “talco” mediante una palmada en la espalda al técnico durante los encuentros, para lograr un aura más favorable. Este polvo blanco no era el que se utiliza frecuentemente como desodorante de pies, sino un elemento místico: el mismo “Coco” confesó años después que se trataba de un polvo “trabajado” por una bruja de Lanús.
Pero el máximo gurú de esta secta proverbial es Carlos Salvador Bilardo. Durante el Mundial de México en 1986 (en el cual Argentina se consagró campeón, no olvidemos este hecho), el cuerpo técnico estaba tan compenetrado con las cábalas que su cumplimiento era tan vital como los entrenamientos, el estudio de las tácticas y la alimentación. En el micro tenían que escuchar tres canciones completas: "Total eclipse of the heart" de Bonnie Tyler (cantante británica, fallecida este 8 de julio, en pleno mundial, en Portugal); "Eye of the Tiger", de la banda Survivor (la canción de Rocky III); y "Gigante chiquito", de Sergio Denis. Este repertorio debía terminar en el mismo momento en el que el micro se estacionara en la puerta del estadio. En la final contra Alemania, la efectividad del operativo policial hizo que el traslado hacia el estadio Azteca fuera más veloz, no duraría lo suficiente para que se cumpliera el rito: por expreso pedido de todo plantel, el chofer tuvo que transitar las últimas cuadras a ritmo, para llegar al tiempo que terminaran esas tres canciones completas.
Más aún: Maradona tenía que salir primero a la cancha, segundo Pumpido y tercero Cuciuffo; la formación la cerraba Burruchaga, quien debía recibir una palmada de Bilardo, que ingresaba último al campo de juego. Maradona solía dibujar una figura humana con los botines, las medias, el pantalón y la camiseta en el vestuario antes de cada partido. Diego Armando Maradona, el mejor futbolista de ese mundial y (según quien redacta estas líneas) de la historia, confiaba en estos recursos místicos tanto como en las capacidades que la naturaleza o los dioses le habían otorgado.
Promesas, ritos, rituales, oraciones, anatemas, macumbas: todo vale, todo sirve, todo significa en esta cosmovisión.
En este mundial, en casa inflamos dos globos, uno celeste y otro blanco, cada mañana, antes de cada partido, y los colgamos en la lucarna que da al deck del patio de atrás. Inauguramos un rito, un ritual, una nueva liturgia. Aguardamos, con fe. Los resultados, óptimos: primeros en el grupo; sendas victorias en 16avos y 8vos de final.
Como el mundo cotillonesco de los globos, en este universo mágico, es creer o reventar.
Es un sentimiento: no puedo parar
Los 4tos de final nos encontraron de viaje: veríamos el partido en La Cumbre, en la provincia de Córdoba. Pensé en Boca Juniors, club del que soy hincha desde la cuna: jamás ganó un partido de mata-mata mientras yo estaba en otra ciudad; la última vez, contra Huracán en mayo de este año, yo estaba presentando un libro en San Martín de los Andes y sabía, desde el principio, que íbamos a perder.
Pero con la selección sería distinto: no había historial, era todo nuevo. Mantuvimos la cábala de los globos, esta vez, doble: mientras inflamos un par de globos celeste y blanco en un departamento en las sierras cordobesas, mi amigo Bandini inflaba otro par en mi casa y los sumaba a los otros diez que ya casi tapaban la lucarna trasera.
El partido, inextricable y atroz, diría Borges, lo vimos en una pizzería del centro de La Cumbre. El resultado positivo y el festejo posterior determinaron para siempre que, si alguna vez tengo que ver en un partido definitorio de la selección fuera de mi ciudad, debe ser en una pizzería.
Al otro día, caímos en la cuenta de que el vuelo de vuelta nos coincidía con el partido contra Inglaterra, por lo cual tuvimos que cambiar desesperadamente esos pasajes para el día anterior: lo logramos, seguimos respirando.
Ese partido, ya cómodamente instalados en casa, ya inflados dos nuevos globos (sumando ya catorce en total) fue lo que sin lugar a dudas podemos definir como partido histórico, heroico, romántico, épico, legendario. Ha de haberse escrito mucho sobre eso, así que prefiero concentrarme en mi teoría: la del valor del pensamiento mágico.
Hay mil razones por las cuales debemos valorar el contacto y el comercio entre lo terrenal y lo sagrado, de los estandartes, las banderas, los discursos, las palabras significativas y significantes en este partido, que va de cabeza a los libros. Primero: el director técnico de Inglaterra (el alemán Thomas Tuchel) no estaba al tanto de que la Argentina quería jugar con la camiseta azul porque con esa casaca los habíamos vencido en los cuartos de final del 86 (un improvisado total, despídanlo, no sabe nada de fútbol ese muchacho). Segundo: cómo se cantó el himno nacional, por favor. Tercero: la bandera de “Las Malvinas son argentinas” terminó de conciliar a la selección con el pueblo argentino, lo señalaron los propios Leandro Paredes (permiso, me pongo de pie) y Lisandro Martínez. Y mil: Lionel Messi terminó de asumir que hace rato dejó de ser un jugador de fútbol para ascender a ser un símbolo, que no juega y habla por él sino por y para un pueblo, “para esa gente que no tiene trabajo o no llega a fin de mes, que lucha todos los días”.
Las palabras sobran.
Las palabras obran.
No me arrepiento de este amor
Después, llegó la final, el final de esta historia. Debo admitir que todo era tan parecido a la final del mundial Italia 90, que una parte de mí ya sabía lo que iba a pasar.
La historia era terriblemente similar: un mundial subsiguiente al que Argentina sale campeón; un equipo prácticamente idéntico en nombres propios, cuatro años más viejos, con alguna joven aparición; partidos más épicos, sufridos, contra dos equipos europeos; y la final contra el equipo más poderoso de Europa. La final contra Alemania había salido 0-1, con un gol convertido en las postrimerías del partido.
Tenía un mal presentimiento, pero igual sostuvimos las cábalas. Dos nuevos globos albicelestes, para llegar a los 16 en total, y la invitación a Bandini, presente en la final de hace cuatro años.
El final de esta historia ya lo conocemos: es trágico en cierta forma. A diferencia del espíritu épico, en la antigua Grecia, el espíritu trágico reside en la resolución de una historia que sabemos que no va a tener un final feliz (por eso se llama tragedia). Antígona sabe que si entierra el cuerpo de su hermano será sacrificada; Ifigenia sabe que debe ser inmolada para que las naves puedan partir a la guerra; Aquiles sabe que si va a la guerra, morirá en batalla; Héctor sabe que va a morir a manos de Aquiles. Ninguno de esos personajes deja de cumplir su destino, pese a esos conocimientos. Aún más: lo cumplen gracias a esos conocimientos. Por eso son héroes y heroínas de historias que la humanidad jamás se cansará de repetir.
En el mundo de las cábalas sucede algo más. Cuando una cábala no funciona, no se deja de creer en las cábalas en general: se estima que el rito no fue ejecutado a la perfección, o se la reemplaza por otra, más nueva, más misteriosa, más efectiva.
Con el último mundial de Lionel Messi, se termina una era, podríamos llamarla la segunda era del pensamiento mágico argentino. Como sucedió con la era de Diego Armando Maradona, la razón chocaba contra esa deidad, le ganaba a todo con su magia. Hasta que le cortaron las piernas, fuente física de su poder celestial. Tuvimos que aguardar años racionales, de explicaciones, tácticas científicas de orden y alimentación, hasta la llegada de un nuevo héroe.
Ahora, con el último partido del último mundial de Messi, es probable que venga un nuevo ciclo racional: no se avizora un nuevo mago, un nuevo sacerdote, un nuevo mediador entre los dioses y los humanos, en el horizonte inmediato.
Eso no nos preocupa a los muchachos y las muchachas sensibles del sur del universo. Con dolor, con fe, con orgullo, ya estamos planeando nuevas cábalas, nuevos ritos, nuevas liturgias, para la próxima mágica y misteriosa historia que debe estar escribiéndose en secreto.