El hambre que los come
por Gabriela Naso
En la guerra de Malvinas, el enemigo más cercano no era el que estaba del otro lado del frente. Otra batalla más silenciosa consumía a los soldados conscriptos desde adentro.
Trabajo final en la Diplomatura de Narrativas Creativas de No Ficción de la Fundación de Periodismo Patagónico y la Universidad Nacional de Río Negro. Cohorte 2025.

“Cuando cayó el soldado Vojkovic
dejó de vivir el papá de Vojkovic
y la mamá de Vojkovic y la hermana
También la novia que tejía
y destejía desolaciones de lana
y los hijos que nunca
llegaron a tener”,
Gustavo Caso Rosendi.
***
Cuando sacó el palito y vio que era corto, Miguel Anderfuhrn respiró aliviado: iban los largos. En cambio, Pedro Vojkovic, que tuvo la misma suerte, renegó de ella. Enfurecido por haber quedado afuera, arrojó la maderita, que dio un par de vueltas en el aire antes de clavarse en la turba. Los otros soldados de la Compañía A del Regimiento de Infantería Mecanizado 7 lo miraron extrañados.
—¿Qué te pasa? ¿Querés ir? Andá —le dijo su compañero de carpa, Horacio “el Gallego” Méndez.
—¿En serio? —preguntó Pedro, incrédulo.
—Sí, andá vos. Yo me quedo acá, así doy el presente.
Pedro se abalanzó sobre Horacio y lo abrazó con fuerza, haciendo que se despegara del suelo. Era el único que aún conservaba algo del entusiasmo con el que, el martes de 13 de abril de 1982, habían subido a los colectivos de línea y salido de la unidad militar de La Plata rumbo al aeropuerto de El Palomar. Ninguno podía precisar cuánto tiempo había pasado desde entonces.
***
Habían viajado en un Boeing 737 sin asientos. Sentados, hombro con hombro, sobre los bolsones porta equipos, cargados con municiones y fusiles.
Pedro sobresalía por su estampa de rebelde: alto, rostro ovalado, pómulos marcados, nariz recta y labios finos. Sonreía con la mirada, como todo joven de diecinueve años que desea comerse el mundo. A su lado, más callados, viajaban Alejandro Vargas, Manuel Zelarrayán y Carlos Hornos. Los cuatro eran soldados conscriptos clase 62.
Alejandro era un joven de rasgos angulosos y marcados: frente amplia, cejas rectas y espesas, nariz alargada, boca pequeña y mandíbula firme. Manuel tenía ojos grandes y expresivos, cejas largas, nariz recta y labios carnosos. Carlos, de rostro alargado y orejas grandes, cabello oscuro y ojos melancólicos, era el más pensativo del grupo. Tal vez se preguntaba cuándo volvería para así poder retomar su trabajo en la carnicería. Su esposa estaba embarazada y la falta de un sueldo se hacía notar.
Cuando el avión aterrizó en Río Gallegos, los soldados pensaron que ese sería su destino. Creían que los habían enviado a reemplazar a la unidad militar local que, acostumbrada al clima patagónico, cruzaría a las islas. Pero los planes de las Fuerzas Armadas eran otros: los hicieron bajar, caminar por la pista con los bolsones al hombro y el armamento a cuestas, y subir a otro avión de mayor porte.
El Hércules despegó cargado de interrogantes. Nadie sabía con certeza adónde los llevaban. Durante el vuelo, las conjeturas se mezclaron con el ruido de los motores. Unos instantes después de la sacudida violenta del aterrizaje, la voz del comandante anunció que habían llegado a las Islas Malvinas.
***
Llovía. Las gotas repicaban sobre el fuselaje. Afuera, la pista abría el campo en dos: era una herida gris en medio de la inmensidad desolada de las islas. El viento barría el terreno rocoso y doblaba los pastos amarillos, cortos y duros, mientras los arbustos achaparrados se aferraban obstinados a la tierra. A lo lejos, las siluetas de los montes se confundían con las nubes bajas.

Los cuatro soldados descendieron con sus pertrechos y caminaron con pasos pesados hasta un costado de la pista, donde se apiñaron como ovejas para intentar protegerse de los latigazos del viento. Algunos se recostaron sobre los bolsones y se durmieron, vencidos por el cansancio. Otros no lograron conciliar el sueño, acosados por sus propias preguntas y las de sus compañeros.
Un par de horas después, los soldados de la Compañía A iniciaron la marcha a pie rumbo a Moody Brook. Caminaron varios kilómetros al oeste, bordeando la costa de Puerto Argentino. Siguiendo la Ross Road, dejaron atrás el cementerio local, varios galpones de chapa, la parroquia anglicana, con su arco de costillas de ballena, y el muelle.
En el trayecto, la presencia militar argentina era cada vez mayor: vehículos militares cruzaban las calles y soldados armados custodiaban las entradas del hospital y la casa del gobernador. En la iglesia St. Mary’s, la bandera argentina colgaba de un mástil y se agitaba con el viento, pesada por la lluvia.
Cuando el camino se terminó, siguieron a campo traviesa, entre pastos duros y turberas. El suelo blando y oscuro cedía bajo los borcegos de cuero. A cada paso, el agua brotaba alrededor.
***
Cavaban para tener un lugar donde guarecerse en caso de ataque. Pero las piedras dificultaban la tarea: obligaban a detenerse, a evaluar si era posible seguir o si debían volver a empezar en otro sitio. Lo mismo ocurría cuando brotaba el agua. Algunas veces, el pozo se podía vaciar con el casco; otras había que volver a empezar.
La Compañía A, a cargo del teniente primero Jorge Ricardo Calvo, se había ubicado en Wireless Ridge, a unos siete kilómetros de Puerto Argentino. Estaba posicionada frente al río Murrell, con el monte Longdon a la izquierda y la Compañía Comando detrás.
Con el paso de los días, los soldados aprendieron a moverse en la oscuridad y a distinguir por el silbido la caída de las bombas navales. Pero el frío, la mojadura constante y el hostigamiento nocturno de las fragatas británicas comenzaron a minar el ánimo de la tropa. También el hambre se hizo sentir, como un zumbido sordo en el vientre.
El reparto de alimentos seguía un orden: primero comían los oficiales, después los suboficiales y, al final, los soldados, que recibían un caldo que no tenía ni el sabor de la carne. Calvo se quedaba con las mejores raciones y acumulaba en su posición latas de carne, dulce de batata, botellas de whisky, leche en polvo, chocolates y cigarrillos. Las atesoraba con celo.
Un día, a Pedro Vojkovic se le ocurrió que podían escabullirse hasta el pueblo a buscar comida. No hizo falta sacar un palito para sortear quién iría: Miguel, con sus ojos celestes, cabello rubio y contextura robusta, podía pasar por inglés. Por algo todos le decían “el Gringo”.
Entre varios soldados juntaron unos pesos y de las carpas salieron las prendas para el disfraz: unas zapatillas, un pantalón de gimnasia, una remera, una campera y un gorro de lana negro. Disfrazado de kelper, Miguel comenzó el descenso por la montaña. Pasó por el costado de la Compañía Comando y siguió hasta la entrada del pueblo. Dos policías militares custodiaban el ingreso.
Miguel bajó la cabeza. Se acomodó el gorro y ajustó la bolsa al hombro.
—Morning—murmuró al pasar.
Los militares se miraron entre sí, sin decir palabra. “El Gringo” continuó caminando con la cabeza gacha. Después de un rato, llegó a un almacén atendido por una mujer chilena, donde compró cigarrillos, chocolates, galletitas y algunas cosas más. Guardó todo en la bolsa y emprendió el camino de regreso. Al pasar de nuevo junto a los policías militares, levantó la mano en un gesto de saludo y siguió.
Cuando llegó a la carpa ya había oscurecido. Dejó la bolsa a un costado, se acomodó y se quedó dormido. A la mañana siguiente, todos los soldados que habían puesto plata se reunieron en una piedra y, bajo el rayo del sol, comenzaron el reparto. Hubo chocolate, cigarrillos y, por un instante, también un poco de felicidad.
***
A falta de espejo, los cuerpos de los otros fueron el primer reflejo de su propio deterioro: rostros mugrientos, piel reseca, ojos hundidos, dedos violáceos. El segundo indicio fue la ropa, que pronto les quedó holgada por el abrupto descenso de peso.
Atormentados por el aullido lastimero de las tripas, algunos soldados empezaron a escaparse hacia el frente para buscar comida o cazar ovejas, pese a la orden expresa de no abandonar la posición ni matar a los animales. No podían pensar en otra cosa más que en acallar la agonía de ese lobo desgarbado, de mirada vacía, que les roía las entrañas.
En el desamparo de uno de esos días, cuando el viento y la lluvia azotaban las posiciones, Miguel vio al soldado Gabriel Sagastume: los brazos y las piernas estiradas, atadas a estacas clavadas en el suelo. El cuerpo extendido, tirante, como Cristo, sobre el barro helado. Los ojos abiertos y el dolor titilando en los tobillos y las muñecas. Llevaba varias horas en esa posición: el teniente Roberto José Colom lo había mandado a estaquear por haber cazado una oveja.

Mientras la tarde se apagaba, “El Gringo” se acercó a Gabriel con plena conciencia de que podría haber estado en su lugar. También él se había escapado a cazar. Corrió el paño de carpa que lo cubría, le levantó la cabeza y le dio de beber. Los labios de Gabriel besaron el jarro metálico con desesperación.
Cuando Miguel se retiraba, lo interceptó el teniente Colom.
—¡Soldado hijo de re mil puta! Usted no tiene nada que hacer acá. Lo voy a estaquear al lado de esta otra lacra y va a tener un Consejo de Guerra cuando volvamos al continente —escupió el militar.
El soldado no llegó a responder. Colom sacó una pistola que tenía en la cintura y se la puso en la sien.
—Mirá que en la guerra vale todo. Si aprieto el gatillo, vos no llegás a ningún lado y a tu casa no va a llegar ni una bandera. Simplemente, tu vieja va a recibir un telegrama diciendo que moriste en combate.
***
Pedro señaló la mancha rojiza del otro lado del Murrell. Era un casco de estancia. Durante los primeros días habían visto humo salir de la chimenea, hasta que una mañana dejó de aparecer. Algunos soldados pensaron que la casa había quedado vacía. Pedro también. Tal vez por eso imaginó que, si lograban llegar, podrían encontrar comida.
Alguien propuso sortear quiénes irían y, de algún lado, aparecieron las ramitas: cuatro largas y cuatro cortas. El sistema era simple: un soldado colocaba las puntas a la misma altura y agarraba a todas las maderitas juntas, con el puño cerrado para ocultar la diferencia de tamaño. Quienes sacaban el palito largo, iban; quienes sacaban el palito corto se quedaban.
Terminado el ritual de los palitos, Alejandro, Manuel y Carlos se unieron a Pedro para cumplir la misión que se habían propuesto: bajar por la ladera del monte Wireless Ridge sin ser vistos, cruzar el río Murrell a nado y llegar hasta el casco. Y, si hallaban alimentos, regresar con provisiones para repartir entre el grupo.
Al caer la tarde del día señalado, los cuatro soldados iniciaron el descenso. Avanzaron con cautela, procurando pisar sobre los pastos amarillos para no hundirse en la turba.
En la orilla del río encontraron un bote de madera a remos que los ayudó a cruzar.
***
Miguel no escuchó las explosiones. Pero, en medio de la noche, le pareció oír que alguien llamaba a Horacio pidiendo auxilio. Salió de la carpa y en la oscuridad se acercó a la posición del soldado.
—Me parece que es Carlos —le dijo.
—¿Te parece?
—Sí, es él. Vamos...
—No. ¿Dónde vamos a ir si es de noche? No se ve nada.
Con el alba llegaron los gritos de los superiores y la orden de armar una patrulla, que Miguel se apresuró a integrar. Cuando pisó la playa, vio los restos del bote, la cadena con el ancla, el cuerpo de Pedro inerte sobre una piedra, con el cabello chamuscado y los ojos abiertos. Los restos de Alejandro y Manuel, desmembrados, esparcidos y mezclados con cebollas, papas, latas y paquetes de comida. Faltaba Carlos.
Al principio no comprendió. Nadie les había dicho que la playa era un campo minado propio.
Entre insultos y amenazas de Consejo de Guerra, el teniente Colom mandó a juntar los restos.
—Vean lo que es el fuego de la artillería. Ustedes son una manga de inútiles, deshonran al país, tendrían que morir todos, tendría que ejecutarlos uno por uno.
Una vez más, Colom sacó su pistola y se la puso a Miguel en la cabeza.
—Ya te lo dije una vez. La próxima vez es la tercera y la tercera la vencida.
Se necesitaron varios soldados para levantar el cuerpo de Pedro y colocarlo sobre una manta. Con los dedos agarrotados por el frío y el temor de detonar otro explosivo, fueron recogiendo los restos de Alejandro y Manuel. Buscaban cualquier indicio que les permitiera identificarlos: el tono de la piel, el color de las medias, algún rastro que los ayudara a reasociar sus restos.
Cuando los tres estuvieron envueltos en mantas, los llevaron hasta la avanzada de combate. Allí, otro grupo se encargó de trasladarlos hasta Moody Brook. Al volver, comenzó la búsqueda de Carlos.
—Nunca lo encontramos. Nunca lo encontramos —repite Miguel, más de 40 años después.

*
La investigación que permitió escribir esta crónica fue posible gracias a la Beca Creación 2021 del Fondo Nacional de las Artes, disciplina: Letras.