El reino del volcán

por Elena Fracassi

A sus 81 años, Elena se sube al auto y maneja sola hasta las termas de Copahue, en Neuquén. Respira olor a azufre, contempla el barro hirviente, las aguas tibias y terapéuticas, la majestuosidad del paisaje, después escribe.

Fotos: Termas de Neuquén


Mayo 2026

Una presión social insólita se impone en las conversaciones con mis amigas y amigos octogenarios: “No podés tener 81 años, vivir en la Patagonia y no haber ido nunca a Copahue”, me reprochan. Especie de parque de diversiones de mi generación, pero no solamente, las termas de Copahue son famosas por su efectividad terapéutica y sus paisajes. Y yo, que ya me enamoré de la cordillera y de San Martín de los Andes, ¿cómo resistirme a estos encantos? Entonces agarro mi coche y, una vez más, salgo a la ruta, esta vez sin mi gato Caramba, silencioso compañero de aventuras.

En el camino hay pocas indicaciones. Necesitaría más carteles, más grandes y continuados porque, a pesar de que veo muy bien con mis ojos nuevos, ya sin cataratas, lo desconocido me provoca ansiedad y me gustaría apoyarme en la certeza de las señales. Por lo general uso mapas, no GPS. Me fascina el trazado de los ríos, la línea punteada de los límites, la minuciosidad en el tamaño de los puntitos que indican ciudades según su importancia. Además de los colores previsibles: marrón para las montañas, verde para las llanuras, azul para el mar, amarillos para desiertos y mesetas. Con su doblado múltiple que, una vez desplegado, nunca vuelve a quedar bien, me muestra ese universo a escala que hace parecer fácil cualquier viaje. ¿Alguien más se fijará hoy en los mapas de ruta?

Voy por la 40 y en Zapala hago mi primera parada aliviadora, mate y baño, estiramientos y fotos para guardar. Paso por Las Lajas y cuando agarro la ruta 21 entro de golpe en un entorno nuevo, tan distinto de mis montañas que se precipitan al Lácar, que no me alcanzan los ojos. Necesito que alguien me ayude a mirar toda esta belleza. El paisaje es tan abierto y luminoso que me quedo sin aliento. La ruta divide la inmensidad de hondonadas fértiles del río Agrio. Unos mallines varias veces más grandes que los que conocía hasta el momento, me invitan a detenerme nuevamente para documentarlo en fotos. Los pehuenes, gigantes del bosque nativo, el maná de los pueblos originarios, dominan el paisaje: más de mil años resistiendo inviernos crudos y este sol implacable, viendo pasar la vida minúscula de los hombres. Por cierto, ¡el sol! Parece otro, me golpea la piel de los brazos al volante como si no hubiera atmósfera. Tengo una primera sensación de extrañamiento, me parece que en lugar de viajar de un pueblo a otro estoy yendo de un planeta a otro. Soy interplanetaria en la misma provincia.


Sigo en la ruta y de pronto un piño de chivos y un arreo de ovejas y vacas me impiden avanzar. Hombres y mujeres de a caballo, orgullosos con su vestimenta paisana, con sus mulas de carga y sus perros arrieros, llevan sus animales a los pastos nuevos. ¡Es tiempo de la veranada! De octubre a abril los paisanos trasladan al ganado para el engorde que les permitirá pasar el invierno en los campos áridos de la precordillera. Cuando caiga la tarde llegarán a un rial, refugio preparado para su descanso nocturno. Me quedaría horas viéndolos pasar, pero necesito avanzar, me urge llegar a destino. Paso por Caviahue con ganas de parar, sigo prometiéndome en silencio detenerme a la vuelta.

El volcán Copahue aparece ante mí recién cuando el sol decide recostarse tras las montañas. Es una roca negra enorme y chata que guarda en su cima un cráter gigantesco. Lo imaginaba puntiagudo como el Lanín, pero las sucesivas erupciones que ha sufrido fueron desgastando su cúpula. Está activo y dormido, espero que no se le ocurra despertar justo ahora que voy yendo.

Finalmente llego al hotel Termas. Me bajo del auto y el olor a azufre es tan intenso que debo mentalizarme: hay que respirar, aceptarlo y acostumbrarse. El primer hotel se construyó en 1924 pero hay referencias a “Los Copahues” desde 1700, cuando mapuches y pehuenches ocupaban la zona y aprovechaban los beneficios de los barros y las aguas emergentes del volcán. El historiador Rodolfo Casamiquela sostiene que hubo presencia tehuelche en la época pre-hispánica y que fue desplazada cuando la corriente migratoria de araucanos cruzó la cordillera. Desde entonces y hasta ahora, pasaron por este lugar gobiernos y pobladores, turistas y profesionales de la salud, gente curiosa de todo el mundo, periodistas especializados y cronistas diletantes, todos coincidentes en el poder terapéutico de las termas. Luego de varias administraciones privadas, el hotel fue reformado y ampliado. Actualmente es propiedad del estado provincial.

Después de las formalidades del check-in entro a mi habitación, es neutra y está impecable. Me desparramo en la cama para recuperar energías porque la verdadera aventura empieza mañana. Antes de notar la acción curativa de las termas se sienten los efectos que provoca la altura, la disminución de la presión atmosférica, la rarefacción del aire, el ambiente saturado por las emanaciones de las lagunas. La respiración es más rápida, la sangre se oxigena con más frecuencia porque aumentan las contracciones cardíacas, la digestión se acelera y se despierta un apetito volcánico. Urge comer cordero patagónico en la parrilla tradicional del lugar: La Gamela de Nito.


A la mañana siguiente escucho durante el desayuno que otros huéspedes comentan los ruidos y estremecimientos nocturnos del volcán. Habré dormido como un oso porque no me enteré de nada. “¿Querrá erupcionar?”, pregunta un turista. El personal del hotel lo tranquiliza: “No, señor, es que a veces el Copahue simplemente nos recuerda quién es el amo”. Salgo. El cielo es tan azul que me trae la sensación de la patria de frontera. Ahí nomás, cerquita, mi país se torna extranjero y me bastan unos pocos pasos para ser forastera en mi tierra. Es temprano, los empleados del hotel y los encargados del control de las piletas empiezan sus tareas a su ritmo. Luego de un rápido desayuno doy un paseo por la villa bastante solitaria a esas horas tempranas. Los lugareños son parcos y solemnes, los veo ir a sus tareas con parsimonia, sin la urgencia que he observado en las ciudades. Como estamos en comienzo de la temporada hay poca cantidad de turistas, hecho que me beneficia en mi tarea de observadora de la dinámica de las termas y me permite disfrutar de los baños sin esperar demasiado los turnos.

La Sulfurosa es la primera laguna que veo al empezar a recorrer la villa, es una masa de barro negro, espeso e hirviente, prohibido para el contacto. Me inunda esa nube olorosa y punzante. Sus fumarolas agresivas son de un poder hipnótico y me quedo en la orilla respirando profundo, dejándome envolver por su vapor. Sé perfectamente que esto no es turismo aventura, pero tener 81 años y andar en bata de acá para allá, chupando calor y frío y nuevamente calor se le parece bastante. Me meto al hit de las termas: la laguna del chancho. ¿Hace falta describirla? No ver el fondo me produce un vértigo espantoso, pero avanzo, avanzo y me sumerjo en esa espesura viscosa superando el miedo. Soy un chancho más, me entrego. Las miradas cómplices con los otros chanchos se convierten en conversaciones express, en amistades de una sola zambullida. Contrariamente a lo que se supone, no solamente visitan las termas personas enfermas. Si bien el prestigio curativo de las aguas supone un alivio a sus males, muchos viajeros vienen a disfrutar de Copahue como un centro de turismo más. Charlo con Ana, de 58 años, con el barro hasta el cuello me cuenta que viene a las termas todos los diciembres desde La Plata hace cuatro años y de paso me indica cómo hacer para mantenerme sentada en la laguna sin flotar. No lo consigo. Unos metros más lejos, Juanjo disfruta con la cara al sol y acota: “Apoyá las manos en el fondo”. Pruebo. Resulta. Ana tiene artrosis en su rodilla y el chancho la alivia para todo un año. Juanjo no me cuenta su mal, es joven y no parece sufrir dolores, sin embargo cuando salimos hacia las duchas comenta el alivio que siente después de cada baño en el barro. ¿Me servirá para calmar la rebeldía de mi rodilla derecha?

Continúo la aventura. Frío y viento al salir. Otra laguna me espera: esta tiene un verde manso y las aguas quietas, me invita a entrar en ella sin temor. Quiero dejar la piel y los años en estas aguas acariciantes como si no existiera el tiempo permitido. Pasaron ya mis veinte minutos y hago trampa. Juego a ignorar las llamadas de advertencias de los cuidadores y me quedo un ratito más en el disfrute. En esta laguna hay más concurrencia. Un grupo de damas mayores que imagino jubiladas de algún gremio, charlan, se ríen y se desplazan con soltura, juegan con los flotadores provistos, disfrutan como en un spa de lujo. Me acerco y no hay quórum para incorporarme al grupo.


A la mañana siguiente visito tres aguas menores: las llamo así no por ser menos beneficiosas sino porque comparo su tamaño con las otras. Como es mi costumbre, me acerco a conversar con unas personas que hacen una cola para cargar sus termos en una pequeña vertiente de agua para el mate. El hombre que está delante de mí me advierte: “Si tomás el mate muy caliente te va a faltar temperatura”. Y así es, pero no quería quedarme sin probarla. Otra vertiente de agua de limón me tienta y me acerco a beberla, es demasiado ácida, habrá que acostumbrarse.

En la última recorrida por la villa encuentro una fuente circular y de baja profundidad donde varias señoras, sentadas en sus bordes, meten los pies y charlan alegremente. Es el agua de los callos y aunque no lo necesitaba me uno al grupo para intercambiar opiniones. Marta, una conversadora fácilmente identificada como cordobesa, me cuenta de su experiencia y me recomienda que venga todos los años para tener los pies suaves como los de un bebé. ¿Será para tanto? El resto de las mujeres, entre risas, afirman que es cierto.

El viento y el frío me han dado una tregua. Aprovecho para entrar en una gruta umbrosa y húmeda. Me sorprende una nube de vapor caliente que me provoca la sensación de derretirme como un trocito de hielo al sol. Varias personas deambulan en silencio como fantasmas sudorosos. La bruma se mantiene, densa y cegadora, y aunque es aquí donde se purifica el cuerpo liberándolo de toxinas, a mí me agobia. Los fantasmas salen lustrosos y sonrientes y yo empapada y floja como una babosa. Después del placer de las grandes lagunas esta gruta se me antoja una advertencia del volcán: no todo es para todos.

Es necesario descansar después del vapor y como ha salido el sol me tiendo en una reposera y me hidrato con unos mates. Es una pausa larga. Imagino que vendrán experiencias mejores y así sucede. Las piletas de aguas sulfurosas y ferruginosas son gratificantes. Su cuidador es un señor mayor, chileno de origen y neuquino por adopción, controla los tiempos de las piletas cubiertas con precisión. Me cuenta que hace muchos años que hace esta tarea y que está por jubilarse. Con vergüenza confieso que no recuerdo su nombre, sí su charla, su parsimonia y sus modales. Las cabinas de estas aguas son individuales, pequeñas y silenciosas. Se puede regular la temperatura agregándole agua fría a voluntad, pero el tiempo es acotado, como en todas. Cumplido el plazo, hay que abandonar la pileta con pocas ganas de enfrentar el raro verano del volcán con un viento helado que hoy castigó a la villa y a la gente.


Última noche. En el silencio de mi habitación monástica apunto en una libreta todo lo que me pasa durante el día. Soy de la vieja escuela: cuaderno rayado y birome, no tengo muchas pretensiones para escribir. Cuando llegue a casa deberé traducir y transcribir mis garabatos a la computadora, que es mi amiga más chúcara, nos queremos más o menos, a los tropezones.

Despierto el último día con el volcán nevado en pleno diciembre. Me despide con majestuosidad. Quisiera estudiar geología para entenderlo mejor. Tal vez lo haga, total tengo toda la vida por delante.

Un viento empujador me obliga a tomar el baño del adiós al cubierto. De todas las piletas a las que fui en estos tres días vuelvo a elegir la de agua verde porque quiero sentir de nuevo el placer de la ingravidez que me acuna en ese silencio balsámico del entorno. Disfrutando cada segundo que me queda en el reino del volcán, agradezco haberme dejado influir por mis amigos.

Vienen a avisar que debo dejar la pileta. Junto mis cosas mientras pienso en las historias que nos contamos unos a otros, en que la curiosidad se contagia y que ahora, cuando vuelva a casa, seré yo misma un vector de transmisión para los desprevenidos que aún no conocen las termas. Ya en la ruta nuevamente, renuevo la esperanza de volver y me llevo prendido a la ropa y a la piel el olor inevitable de Copahue.