“En el ‘81 se nos ocurrió traer a Adolfo Pérez Esquivel al Balseiro”
Testimonio de Gerardo Aldazabal, físico, investigador en CNEA-CONICET. En el ‘81, en plena dictadura, organizó una charla en el Centro Atómico con el Premio Nobel de la Paz.

Ingresé a la carrera de física en la Universidad de Buenos Aires en 1975. Ya se vivía un ambiente pesado. En el Ministerio de Educación estaba Oscar Ivanissevich, que había venido a “depurar de marxistas la universidad” y como rector de la UBA estaba Alberto Ottalagano, autoproclamado admirador del franquismo.
En el ‘78 rendí el examen para entrar al Instituto Balseiro. Había venido de mochilero a Bariloche y me gustaba la idea de vivir acá. Llegué en agosto, era la época del Mundial. Fue un momento de mucha euforia, no sólo por el fútbol, había gente que realmente estaba entusiasmada con el régimen. Me impactó ver que algunos estudiantes que vivían dentro del Instituto tenían en sus habitaciones posters de la dictadura que decían: “¿Sabe dónde está su hijo ahora?”.
En esos años, a pesar de que estaban restringidas las reuniones, había una especie de centro de estudiantes. Discutíamos “con cuidado”, pero logramos sostenerlo. Era un momento en el que se le daba mucha importancia a la política.
En el ‘81 con un grupito de estudiantes se nos ocurrió traer a Adolfo Pérez Esquivel al Balseiro. Le habían entregado el año anterior el Premio Nobel de la Paz y a través de gente que conocíamos del Servicio de Paz y Justicia nos enteramos de que tenía prevista una gira por Río Negro. Acá tenía relación con el Obispo Miguel Hesayne, uno de los pocos de la jerarquía eclesiástica comprometido con la denuncia de las desapariciones. Entonces lo contactamos y entre todos armamos una estrategia: ellos se encargaban de traerlo a Bariloche y nosotros de ingeniárnosla para sortear los controles de ingreso al Centro Atómico. Esto tuvo su parte de riesgo y su parte de inconsciencia.
La Comisión Nacional de Energía Atómica, hasta la época de Alfonsín, estuvo bajo la órbita de la Marina, así que tenía mucha presencia de esa Fuerza y sabíamos que había gente de los servicios de Inteligencia del Estado. Corrimos la noticia de que iba a venir Pérez Esquivel para sondear la reacción de las autoridades. Rápidamente se enteraron de quiénes estábamos organizando y nos convocaron. Tuvimos una reunión con el director del Centro Atómico y allegados y nos dijeron:
-Nosotros no vimos nada, el riesgo es de ustedes.
De alguna manera, habilitaron que se hiciera. Sabíamos que a Pérez Esquivel lo seguía gente de los Servicios y que antes de que llegara a un lugar, tiraban panfletos diciendo que era terrorista. A Bariloche llegó en un auto hasta el centro, luego fue en otro auto hasta el barrio Virgen Misionera, en donde el obispo Hesayne tenía relación con otro cura, Curulef. Ahí cambió de auto nuevamente y un compañero y yo nos subimos con él para ir al Centro Atómico.
La idea era que Pérez Esquivel entrara con nosotros y saludara a los gendarmes que estaban en el puesto de control. Él tenía un parecido muy notorio con Andrés García, un físico que trabajaba ahí: el pelo largo, los anteojos, era prácticamente igual. Y así logramos pasar, creemos que lo confundieron. Habíamos acordado que si veíamos alguna movida alarmante en la entrada, nos iríamos. Pero no pasó nada.
La actividad se había difundido de boca en boca y el salón de actos, en el que entran unas doscientas personas, estaba repleto, incluso había gente de pie. En la charla estuvo también Hesayne. Hablaron de la represión, de los desaparecidos, de la lucha por la democracia. Había estudiantes, docentes y trabajadores del Centro Atómico. Después las autoridades nos llamaron y nos reprendieron, pero nadie denunció nada. O no lo supimos, capaz que aparecemos en algún legajo o en alguna lista.
Al año siguiente, en el ‘82, yo tenía cierta actividad política e iba con un grupo a trabajar en un barrio. Era la época de la guerra de Malvinas, a la que veía como un manotazo de la dictadura. Uno de esos días rociaron mi auto con un líquido corrosivo y me dejaron un mensajito que decía: “Cuidate”. Nunca supe si fueron los Servicios o algún estudiante que bancaba el régimen. Luego hubo apertura democrática.
Desde hace muchos años vivo en Bariloche, soy investigador en CNEA-CONICET y docente en el Balseiro. Me parece importante contar todo esto porque hay cosas que se olvidan y generaciones que no las vivieron. Hoy más que nunca hay que contarlo, porque si bien este gobierno fue elegido democráticamente, hay rasgos y crecientes posiciones autoritarias que lo conectan con ese pasado. Y eso es algo para preocuparse.